Lecturas innecesarias 2

Manuel Jabois sigue desentrañando en El País el caso de La Manada, que ya apareció en el primer post de Lecturas innecesarias. En esta ocasión explica la penosa estrategia de defensa de los violadores y sus implicaciones socioculturales. Dice Jabois:

Hay más conclusiones de una estrategia así: si una chica practica sexo en grupo, si sale sola o si supera rápidamente sus traumas, es una víctima idónea para un violador. Y una conclusión escandalosa más: con cuanta menos libertad viva una mujer, más posibilidades tiene de ser creída si la violan. Es sabido que las mujeres son menos libres que los hombres por muchas razones, una de ellas para que los hombres no las violen; una defensa así trata de reducir aún más esas libertades para que, en el caso de que los hombres las violen, la justicia las crea.

Esto no tiene nada que ver con la presunción de inocencia de los acusados, sino con la presunción de culpabilidad de la denunciante.

-Este es el trailer de Batman Ninja, que se estrenará en Japón -y ojalá igual de pronto en el resto del mundo- durante 2018:

La historia entre The Dark Knight y Japón no es nueva. La trilogía de Christopher Nolan (Batman Begins, 2005; The Dark Knight, 2008 y The Dark Knight Rises, 2012) ya exploraba la relación entre Batman y el mundo de los ninjas. No hay demasiada información acerca de Batman Ninja aún, más allá de lo que se ve en el trailer, pero en estos artículos de Forbes y Nerdist se dan algunos detalles. Por cierto, en un libro de 2008 (Bat-manga!) el ilustrador y escritor Chip Kidd, uno de los diseñadores de portadas de libros más prestigiosos de Estados Unidos, recopiló toda la información que pudo -incluida una entrevista con el artistas responsable- acerca de una serie de mangas de Batman publicados en los años 60 en Japón. Compré un ejemplar en tapa dura (hay también edición paperback) hace unos años y es una joya para fans de Batman. Aquí hay una entrevista con Chip Kidd sobre el libro.

The New York Times reduce de 10 a 5 los artículos que pueden leerse de manera gratuita en su site. El periodista Ismael Nafria explica el cambio en su newsletter semanal. En este otro artículo de su blog, Nafria, autor de un estupendo libro (que pueden descargar de forma gratuita en el link) sobre evolución digital de The New York Times, analiza el incremento sostenido de suscriptores digitales del diario. Chequen este gráfico incluido en su artículo:

Screen Shot 2017-12-03 at 1.31.16 PM
Número de suscriptores digitales de The New York Times trimestre a trimestre 2011-2017

-Esta historia sobre el negocio de sandwiches en Reino Unido, publicada en la serie The long read del Guardian, es fascinante. Aquí un dato para abrir boca:

According to the British Sandwich Association, the number grows at a steady 2% – or 80 million sandwiches – each year. The sandwich remains the engine of the UK’s £20bn food-to-go industry, which is the largest and most advanced in Europe, and a source of great pride to the people who work in it. “We are light years ahead of the rest of the world,” Jim Winship, the head of the BSA, told me.

-El periodista Manuel Llorente entrevista a uno de mis ensayistas favoritos, el español Rafael Sánchez Ferlosio (de quien hablaba ayer en este otro post titulado Tener razón no es suficiente). Sánchez Ferlosio tiene ya 90 años y cuando Llorente le pregunta por una biografía sobre él próxima a publicarse, responde (la negrita es de Llorente):

Me mandaron el libro, el original, antes de que se publicara. Me cabreó. Esos libros son para los que ya están muertos. Pero no he leído ni una línea. Ha fisgado mucho [J. Benito Fernández], ha encontrado personas fáciles de palabra y opinión, y eso es intolerable. Pero estuvo bien que me lo haya mandado, eso es de caballero. Pero no he leído ni una línea. Ya leo poca cosa. Ya no leo de casi nada..

-He estado revisando el caso Louis C.K. para escribir algo en algún momento. Si bien he recomendado en Twitter ya varios artículos sobre el tema, este de la periodista Alexandra Schwartz en The New Yorker, que he vuelto a leer, me sigue pareciendo uno de los mejores. Schwartz realiza una devastadora reseña -a la luz de las denuncias contra el cómico- de I Love You, Daddy, la película que C.K. escribió, dirigió, protagonizó y produjo con su propio dinero y que probablemente nunca podramos ver. La idea principal del texto de Schwartz es el nivel de impunidad que debía sentir Louis C.K. para tocar en su obra -tanto en la película como en sus stand-up y series- los mismos hechos de que era acusado. Es ese detalle particular el que hace, a mi modo de ver y también el de Schwartz, que el caso de Louis C.K. sea tan perturbador. Dice la autora:

Like so many of Louis’s standup jokes that purport to skewer the grossness of men, it could only have been made by a person confident that he would never have to answer for the repulsive things he’s long been rumored to have done, let alone be caught—if I may borrow a choice word from the recently disgraced Leon Wieseltier—in a major moment of public “reckoning.”

-El periodista Philip Bump de The Washington Post ha hecho un cálculo del tiempo que el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, pasa viendo Fox News. El resultado es inquietante. Aquí el gráfico que acompaña el análisis:

Screen Shot 2017-12-03 at 1.40.50 PM

-Otra periodista de The Washington Post, y una de mis héroes personales, la ex defensora del lector de The New York Times Margaret Sullivan, analizaba hace unos días la trampa que el site de ultra derecha Project Veritas tendió a The Washington Post, cuando intentó plantar una falsa víctima de abuso sexual (mencioné el caso en Lecturas innecesarias 1). Sullivan hace especial hincapié en la necesidad de transparencia y pedagogía sobre el método periodístico de lo medios de cara a su audiencia:

Newspeople used to joke that readers should never be allowed to see how the sausage is made. Now we need to show that messy process as clearly as possible. Our very credibility depends on it.

-La periodista Meghan McCarron analiza en esta estupenda pieza para Eater las múltiples manifestaciones de machismo que forman parte del día a día del mundo gastronómicoLas potentes ilustraciones que acompañan el artículo de McCarron son de la artista Kelsey Borch. Escribe McCarron (las negritas son mías):

In other words, male chefs are considered cultural influencers because the cooking they do is seen as fundamentally more skilled — and more important — than the cooking done in the home by women. (Ina Garten may be famous, but few in our culture would consider her an artist, or a visionary, however short-sighted that opinion is.)

(…)

The practice of naming a restaurant after a female relative, or extolling “grandma cuisine,” functions as a way of gaining the authenticity associated with home cooking, while also distancing male chefs’ work from both the domestic arts and cooking by female chefs. According to Harris, when male chefs cite this kind of domestic inspiration, and the media uncritically reports it, “there’s a pattern to chef myth-making, a common trope where he would become inspired by women and by their cooking, but he would surpass it, and transform it into something worthy of attention and praise.”

-El periodista Chris Kissel escribe para L.A. Weekly un reportaje acerca de cómo la música chicha peruana está ganándose un lugar en la escena latina californiana. El reportaje cuenta también la historia e influencia de José Luis Carballo, un guitarrista que tocó con varios grupos fundamentales de la música peruana de los últimos 30 años -Los Destellos, Los Mirlos, Los Hijos del Sol y Chacalón y la Nueva Crema- antes de mudarse a Los Ángeles en 1991.

Este es José Luis Carballo:

la_weekly_music_chicha_photo_by_danny_liao_2
Fotografía de Danny Liao para L.A. Weekly

Tener razón no es suficiente

Desde hace ya un buen tiempo, una popular radio peruana ha convertido en su lema la frase “Porque tu opinión importa”. La frasecita no es sino un paso más allá del famoso “todas las opiniones se respetan”. El dicho original, si se piensa con cuidado, no es sino un malentendido.

Una opinión no se respeta: o se está de acuerdo con ella o se discute. Quien merece respeto es la persona que la expresa, pero ese respeto -o consideración- no tiene por qué alcanzar necesariamente a la idea expresada. Cuando se trata de opiniones, a mí me gusta mucho más el dicho anglosajón: las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene una y la mayoría apesta.

El problema aquí no es que una radio deseosa de llenar espacio al aire con contenido gratuito abra el micrófono para que sus oyentes llamen a decir lo que les plazca, el problema es que la mayoría de columnistas o analistas en Perú y buena parte de la prensa hispanoamericana parece haber hecho suyo el lema.

Hace un tiempo, cuando todavía era editor de un periódico y mantenía una columna semanal, lancé un reto a mis amigos y seguidores en Twitter y Facebook: “Enumeren articulistas o columnistas en prensa peruana que habitualmente citen informes, estudios, libros, artículos”. El silencio con que fue recibida mi inocentada –incluso los pocos que respondieron no pudieron aportar nombres– fue a la vez triste y revelador. Me atrevo a pensar que el mismo reto lanzado en España, México o Argentina daría resultados similares.

No es que confunda erudición con argumentación, pero la búsqueda de fuentes documentales es, desde mi punto de vista, al menos un signo de curiosidad; de haber intentado siquiera escapar al ombliguismo dominante.

Cuando leo a los nombres recurrentes de la opinología en mi país, pero también en la mayoría de medios en castellano, pienso en las palabras del escritor español Rafael Sánchez Ferlosio (en la foto de cabecera), quien en un ensayo de 2002 escribía: “nada hay más peligroso para uno que estar cargado de razón ni nadie más peligroso para los demás que el que está cargado de razón”.

La mayoría de opinólogos pareciera enfrentarse a la página en blanco “cargado(s) de razón”, sin saber o siquiera plantearse que no basta con tener –o creer que se tiene– razón, sino que es indispensable demostrarlo. Sin entender o siquiera plantearse aquello que escribió Christopher Hitchens a propósito de George Orwell:

Pero lo que Orwell demostró, gracias a su compromiso con el lenguaje como socio de la verdad, es que las ‘opiniones’ en realidad no importan; lo que importa no es lo que piensas sino cómo lo piensas.

Tener razón sin argumentar por qué no significa nada. De hecho, esa carencia significa, casi siempre, que no tienes razón. Pero, hoy, basta echar un vistazo a las páginas de Opinión en diarios y sites de medios, pareciera que argumentar se ha convertido en un trámite tan innecesario como, para muchos, frenar el auto delante de un paso de cebra. Total, qué más da llevarse unas cuantas verdades o personas por delante.

No sé ustedes, pero yo estoy harto de personas que piensan que abrazar causas que creen justas es un salvoconducto -o, peor, una excusa- para desactivar la necesidad de argumentar y contemplar matices en cualquier discusión. La supuesta justicia de una causa puede resultar evidente para uno, pero no para el vecino. Es por ello, no solo pero sobre todo, que hace falta abundar en argumentos.

Mi hartazgo crece de forma exponencial cuando esa ausencia de argumentos y matices excede al intercambio amateur de redes sociales y se instala en la prosa de periodistas, analistas o escritores, cuya labor profesional pasa, o debería pasar, precisamente por elaborar argumentos.

Escribir en una tribuna en medios -impresos o digitales- es, siempre, participar de la discusión pública, aunque haya autores que prefieran olvidarlo. Como olvidan que esa discusión exige unos mínimos de altura y complejidad que, lastimosamente, muy pocos parecen estar dispuestos a respetar.

Las redes sociales nos han hecho creer a todos que nuestras opiniones, ceñidas a 140 -o 280- caracteres, aderezadas con un meme o un gif y atadas a un hashtag, son indispensables para la supervivencia de la Humanidad, aun cuando no las sustenten ni un solo dato o el más mínimo esfuerzo de entendimiento.

Que el ciudadano de a pie, cuyo salario o recibo por honorarios depende de cualquier otra actividad, crea que Facebook y Twitter no pueden vivir sin su última ocurrencia genial, bueno, qué le vamos a hacer.

Que personas a las que se les paga por opinar con conocimiento de causa rebajen el debate público a una discusión de borrachos a las cuatro de la madrugada, a la que solo le falta el “yo te aprecio” o un “no sabes con quién estás hablando, conchetumare“, resulta empobrecedor, triste y exasperante.

*Una versión anterior de este texto, con otro título, fue publicada el 15 de agosto de 2016 en Perú21.

Lecturas innecesarias 1

Cada año, a principios de octubre, el sello editorial Houghton Mifflin publica en Estados Unidos una serie de antologías conocidas como The Best American Series. Hay una dedicada a relatos de ficción, una a ensayos, una a relatos de misterio, una a periodismo medioambiental y divulgación científica, una a crónicas de viaje, una a periodismo deportivo, una a cómics, una a infografías, una a ciencia ficción e historias fantásticas y una inclasificable, sobre la que volveré más adelante.

La serie nació originalmente en 1915, con un único volumen dedicado a cuentos y titulado The Best Short Stories.

Screen Shot 2017-11-28 at 8.37.27 PM
Página de título de la primera edición de The Best Short Stories

El creador fue un poeta, traductor y editor llamado Edward J. O’Brien. Desde 1915 hasta 1941, cuando murió de un infarto, O’Brien realizó y publicó una selección de los que, a su juicio, eran los veinte mejores relatos publicados durante el año por diversas revistas y periódicos de Estados Unidos.

Este fue el obituario que le dedicó The New York Times el 26 de febrero de 1941, al día siguiente de su muerte en Londres:

Screen Shot 2017-11-28 at 8.33.06 PMTras la muerte de O’Brien, pasó a ocuparse de la antología la escritora y editora Martha Foley. Si bien Foley no creó The Best American Short Stories, fue ella la que cimentó su fama y prestigio durante los 37 años que estuvo al mando de la antología.

La historia de Martha Foley es fascinante. Su influencia en la literatura norteamericana del siglo XX, tremenda. Y, sin embargo, casi nadie recuerda su nombre.

De hecho, estas son las dos únicas fotografías suyas que he podido encontrar (la primera fue subastada en Ebay no hace mucho y se supone que data de 1941, la sgunda fue publicada en la web Library Thing y no consigna autor, año o procedencia):

Como escribió su amigo, el escritor Jay Neugeboren, en The New York Times dos años después de la muerte de Foley (las negritas son mías):

No hubo exequias para Martha Foley. No hubo funeral, nadie envió ni recibió condolencias. Al momento de su muerte en 1977, a los 80 años, Foley vivía en un pequeño departamento amueblado de dos habitaciones en Northampton, Massachusets. Los únicos objetos que le pertenecían en el departamento eran algunos libros, una colección completa de la revista Story, una máquina de escribir y un archivador que había comprado de una peluquería local. Y aun así, esta mujer cuya muerte -y vida- pasó casi desapercibida y sin reconocimiento ha sido una fuerza mayor en la literatura americana.

Cuando murió, The New York Times le dedicó un extenso obituario, pero el texto de Neugeboren, que estaba ya trabajando en las memorias que Foley dejó inconclusas, le hacía mayor justicia a su apasionante carrera.

En 1930, cuando Foley era corresponsal extranjera en Viena, convenció a su entonces pareja, otro joven periodista con aspiraciones literarias llamado Whit Burnett, de que debían fundar una revista que publicara exclusivamente relatos.

A mediados de los años 20, tanto Foley como Burnett fueron redactores en diarios de Nueva York, ella en el Daily News y luego en el Daily Mirror, él en The New York Times. Cuando en 1927 Burnett fue despedido, Foley lo incitó a que se mudara a París y “no hiciera otra cosa que escribir”. Meses después, la periodista pediría licencia en el Mirror para reunirse con él en Europa.

Luego de intentar sin éxito conseguir un trabajo en la capital francesa, Foley y Burnett regresaron por unos meses a Nueva York. Pero tras esa primera visita a París, Foley sabía bien lo que tenía que hacer.

Ahorró 500 dólares (“lo suficiente para vivir cómodamente en París por cinco meses, gracias a la increíblemente favorable tasa de cambio de entonces”), renunció al Daily Mirror, llamó a Burnett a la oficina de Associated Press donde él trabajaba y le dijo que iba a embarcarse de regreso a París al día siguiente.

De vuelta en Francia, Foley consiguió trabajo como “chica para todo” en el Paris Herald. En sus propias palabras:

Reporteaba (y me aseguraba de entrevistar personalmente a todos los editores que llegaban a la ciudad, soñando con que algún día me quisieran publicar a mí); revisaba los diarios franceses en busca de temas que pudieran interesar a los americanos en la ciudad; reescribía despachos locales, telegráficos y de agencia; leía y revisaba textos de otros y, a veces, substituía a algún reportero de la sección local. Y censuraba las cartas que recibíamos de Ezra Pound.

Poco tiempo después, Foley escribió a Burnett y le dijo que le había conseguido un trabajo en el Herald. Este se embarcó de inmediato y la alcanzó en París. Desde ahí, no mucho después, se mudaron a Viena, donde Burnett había conseguido un trabajo mejor pagado como corresponsal para la agencia noticiosa Consolidated Press. Una vez habían decidido dejar París, Foley solicitó y consiguió un puesto como corresponsal de otra agencia, Universal Service. Llegaron a la capital austriaca a principios de 1930.

La primavera de ese año, Foley y Burnett recibieron en Viena la visita del mismísimo Edward J. O’Brien. El célebre creador de The Best American Short Stories, que vivía en Londres, estaba de paso por la capital austriaca y llamó a casa de la pareja. Burnett atendió el teléfono y, sin saber bien de quién se trataba, lo invitó a almorzar a su departamento.

-¿Sabes quién era ese al teléfono?- le preguntó Foley a su pareja, según cuenta ella misma en sus memorias.

-Alguien llamado O’Brien- respondió Burnett.

-Y tanto que es alguien. Es el editor de The Best American Short Stories.

O’Brien era ya entonces, quince años después de haber creado The Best American Short Stories, “el San Pedro que cuidaba las puertas del cielo de los escritores de relatos”, en palabras de Foley. Ella, Burnett y el famoso editor pasaron un par de horas comiendo, bebiendo y charlando. Tras esa visita, según cuenta la propia Foley, “no podía pensar en otra cosa que no fueran todos los relatos que quería escribir”.

La joven periodista había visto siempre el oficio de reportero como un mero pasaje hacia la literatura. Como ella misma escribió en sus memorias:

Veíamos más allá del trabajo de diario, pensábamos escribir cosas más importantes. No planeábamos pasar el resto de nuestras vidas en el efímero trabajo del periodismo diario. Nosotros queríamos producir literatura.

Unos meses después de ese almuerzo en Viena, Burnett y Foley recibieron una carta de Edward J. O’Brien. En ella el editor solicitaba permiso para incluir el relato ‘Two Men Free’, escrito por Whit Burnett, en la próxima edición de The Best American Short Stories of 1930.

La alegría de Foley fue tal que, tras llamar a su mejor amiga a contarle la noticia, hizo todo lo posible por ubicar por teléfono a Burnett, que se encontraba reporteando en un pequeño pueblo de los Balcanes. Cuando finalmente consiguió tenerlo al otro lado de la línea, Foley no pudo hablar porque estaba llorando de la emoción. “¿Qué te ocurre? ¿Cuál es el problema?” le preguntó Burnett. Cuando consiguió controlar el llanto, le leyó la carta de O’Brien.

“Whit podrá ahora vender cada nuevo relato que escriba”, se dijo a sí misma Foley, según recuerda en sus memorias. Pero a partir de ahí empezó a preocuparse por la escasez de revistas donde publicar cuentos. Empezó a listar mentalmente aquellas que todavía publicaban relatos -dos medios importantes de la época, la parisina transition y The American Mercury de H. L. Mencken, habían reducido el número de páginas que dedicaban a ficción- y se dio cuenta de que, pese al logro alcanzado, Burnett no tendría muchas opciones para sus relatos.

Así que ese mismo día, inspirada por Edward J. O’Brien, Martha Foley decidió que empezaría su propia revista. Cuando Burnett volvió de viaje unos días después, Foley le dijo:

-Quiero fundar una revista.

-Es una idea ridícula. ¿Cómo se te ocurrió?- respondió Burnett.

-Mientras me preocupaba por tus relatos. ¿Dónde vas a publicarlos ahora?

-¡Pero escúchate! ¿Fundar una revista tú misma? ¡No puedes hacer eso!

-Pensaba que debemos hacerlo juntos.

-¡Dios santo! ¡Regreso a casa y me encuentro con una mujer que se ha vuelto loca!

Por suerte, Foley se salió con la suya y logró convencer a Burnett. El primer número de la revista aparecería en abril de 1931. Publicaron únicamente 167 ejemplares, todos mimeografiados página a página por Foley y Burnett. El nombre de la publicación no podía ser más explícito: Story.

Esta fue la declaración de intenciones que apareció en la primera página del primer número:

Screen Shot 2017-11-29 at 12.26.22 PM

Solo un año después de haber visto la luz, Story ya era “la revista de relatos más distinguida del mundo”, en palabras del influyente Edward J. O’Brien. Dos años después, en 1933, luego de pasar una temporada en Mallorca, Foley y Burnett regresaron a Nueva York, donde continuaron publicando la revista.

Para 1935, Story había alcanzado una circulación de 21 mil ejemplares por número y había publicado a autores de la talla de Robert Musil, Malcolm Lowry, William Faulkner o Tennessee Williams.

Durante esa primera década de Story, Foley y Burnett descubrieron y publicaron a algunos autores que se convertirían en nombres fundamentales de la literatura norteamericana del siglo XX.

En 1935, Story publicó uno de los primeros relatos de John Cheever titulado ‘Of Love: A testimony’. En 1930, a los 17 años, Cheever había publicado su primer relato en The New Republic, luego de lo cual estuvo cinco años sin publicar nada. En 1935, además de en Story, publicaría cuentos en The New Republic y en The New Yorker.

En 1936, una joven de 19 años llamada Carson McCullers, que entonces firmaba Carson Smith, veía publicado por primera vez un relato suyo en la edición de Story de diciembre de ese año. El cuento se llamaba, de forma tan rotunda como certera, ‘Wunderkind’ (niño prodigio). Cuatro años después, McCullers publicaba su libro más conocido: The Heart is a Lonely Hunter.

En 1940, un joven estudiante de la clase de escritura que dictaba Whit Burnett en Columbia University publicaría su primer relato en Story. Burnett lo describía años después así:

Había un joven pensativo de ojos oscuros que se pasó todo un semestre de mi clase sin tomar notas, aparentemente sin escuchar, mirando a través de la ventana.

(…)

Era un muchacho callado. Casi nunca preguntaba nada. Nunca hacía ningún comentario. Yo pensaba que no valía nada.

El muchacho se llamaba Jerome David Salinger y se pasó casi dos semestres enteros sin llamar la atención de nadie en la clase de Burnett. Cuando faltaba poco para terminar el segundo semestre, luego de una lectura de Faulkner que Burnett hizo en el aula, Salinger recobró el interés por la literatura que lo había hecho matricularse y escribió varios relatos que impresionaron a su profesor. Uno de ellos, ‘The Young Folks’, sería publicado en el número de marzo-abril 1940 de Story.

En 1941, otro joven escritor vio su nombre impreso en una revista de circulación nacional por primera vez. Desde 1933, Story celebraba anualmente un concurso de relatos para estudiantes universitarios. La edición de 1941 la ganó un estudiante de segundo año de la universidad de Harvard. Se llamaba Norman Mailer y tenía 18 años.

El relato, titulado ‘The Greatest Thing in the World’, apareció en la edición de Story de noviembre-diciembre de ese año. Mailer se referiría esa publicación varios años después así: “En ese entonces publicar en Story era suficiente para que un joven empezara a sentir la certeza interior de que quizá sí estaba destinado a convertirse en escritor. Obviamente, esa fue una de las experiencias más importantes de mi vida hasta entonces”.

Ese número de fin de año de Story sería el último editado por el matrimonio Burnett-Foley. La pareja se divorció ese mismo año y Martha Foley cambió la revista que había fundado diez años antes por The Best American Stories, donde sustituyó al recientemente fallecido Edward J. O’Brien.

Esta es la nota de despedida que apareció en la primera página de Story de noviembre-diciembre de 1941:

Screen Shot 2017-11-29 at 12.10.41 PM

Foley editaría The Best American Short Stories hasta su muerte en 1977. Durante los 37 años que estuvo al mando, la antología se convirtió en una de las instituciones más prestigiosas de la cultura americana. Así describe el trabajo de Foley la entrada que le dedica el quinto tomo del diccionario enciclopédico Notable Literary Women:

Las antologías de The Best American Short Stories eran adoradas por los escritores, que acudían a ellas para encontrar el trabajo de sus pares, sus seguidores y sus ídolos. En ellas los autores podían descubrir nuevas voces y a la vez conocer qué estaban haciendo sus maestros. En ellas se destacaba el trabajo de los artistas literarios más serios del país, que de esa forma llegaba a los lectores que sabían apreciarlo.

Durante esos 37 años, el nombre de Foley se hizo indistinguible de la antología. Así respondía ella cuando se le preguntaba acerca del método de selección:

Edito todo yo misma. Leo todos los relatos y elijo aquellos que creo son los mejores. Es por eso que el libro se llama The Best American Short Stories, edición de Martha Foley.

Tan identificada estaba The Best American Short Stories con Foley que, luego de su muerte, la editorial optó por un nuevo sistema de selección. A partir de la edición de 1978, la antología contaría con un editor general fijo y un editor invitado para cada año, responsable final de la selección.

Foley no vivió para ver los nuevos caminos que tomaría la institución que dirigió durante 37 años. En 1986, nueve años después de la muerte de la editora, se empezó a publicar una segunda antología, también de frecuencia anual pero dedicada a trabajos de no ficción. Así nació The Best American EssaysEl editor general ha sido desde entonces el ensayista Robert Atwan y han sido editores invitados autores como Joyce Carol Oates, Susan Sontag, Gay Talese, Susan Orlean, David Foster Wallace o Christopher Hitchens.

En 1991, la serie se amplió a tres con la inclusión de una antología de periodismo deportivo: The Best American Sports Writing. En 1997, se sumó una antología de historias de misterio: The Best American Mistery Stories. En el año 2000, aparecieron dos nuevos volúmenes, The Best American Travel Writing The Best American Science and Nature Writing.

Y en 2002 aparecería la antología inclasificable de que hablaba al principio y a la que este post debe su nombre. The Best American Nonrequired Readingalude, por contraposición, a las lecturas obligatorias que forman parte del currículo escolar. En inglés, a los libros o textos que forman parte de esos listados se les conoce como “required reading”.

Para realizar la selección el primer editor de la antología, el escritor Dave Eggers, formó dos equipos de alumnos de secundaria. Uno en California y otro en Michigan. Los equipos de alumnos se reúnen semana a semana para leer, debatir y seleccionar las piezas que incluirán. El resultado, que Eggers editó hasta 2013 y que desde entonces edita el escritor Daniel Handler (conocido por su pseudónimo Lemony Snicket), es una heterogénea y divertida selección de los mejores relatos de ficción, reportajes, ensayos, piezas de humor y cómics publicados en ese año, a criterio de los editores y esos muchachos de secundaria.

En castellano podríamos traducir “nonrequired” como “no solicitado” o “extracurrilar” en el contexto académico. Pero si se trata de un contexto no escolar, el término que yo prefiero es “innecesario”.

Y son esas lecturas innecesarias -así como ese afán de seleccionar y dar a conocer las lecturas que uno encuentra fascinantes que animó a Edward J. O’Brien y Martha Foley- lo que inspira esta nueva categoría de posts del blog, que llamaré, sin más vueltas: Lecturas innecesarias.

Mis “lecturas innecesarias” serán una pequeña selección de lo mejor, más estimulante e interesante que he descubierto en esos días en la red. Buena parte de los links recomendados tendrán que ver con los temas habituales de No hemos entendido nada, léase, Periodismo, Internet, Redes Sociales, Industria de medios. Pero no solo. La idea es compartir las lecturas que me más me llaman la atención y que, aunque innecesarias, ojalá sean útiles o, al menos, interesantes para los lectores del blog.

Uno de los intelectuales en activo que más me interesa, el economista norteamericano Tyler Cowen, publica a diario en su blog un post donde comparte links a artículos, papers, reportajes, columnas o investigaciones que ha leído o está leyendo ese mismo día. Con menor frecuencia, una vez cada diez o quince días, Cowen realiza un post titulado What I’ve Been Reading, donde lista los libros que está leyendo en ese momento.

Cowen, como sabemos bien sus seguidores, lee con una voracidad y velocidad casi sobrehumanas. El economista ha escrito al respecto en su blog y habla sobre la forma en que lee en esta charla con el periodista Ezra Klein (minuto 10:46):

 

Yo, pese a mis esfuerzos, leo a una velocidad menor que la de Cowen. Así que no publicaré posts de Lecturas innecesarias a diario, aunque intentaré hacerlo con una frecuencia similar. Por lo menos un par de veces a la semana.

Las piezas linkadas serán sobre todo en español e inglés, los dos idiomas en que leo con solvencia. Ocasionalmente habrá artículos en italiano, el otro idioma que puedo leer con comodidad y, muy rara vez, en francés, un idioma que no conozco tan bien como los otros pero en el que me esfuerzo por leer lo que puedo.

Esta es la primera entrega:

-En este reportaje The Washington Post revela que una falsa víctima de violación que trabajaba con The Veritas Project, un site de extrema derecha que busca desacreditar a medios y periodistas que consideran liberales, intentó tenderles una trampa.

-A propósito de esto último, es muy valiosa la pieza de la periodista Erin Gloria Ryan sobre los peligros que acechan al movimiento #MeToo.

-El periodista peruano Marco Avilés escribe una extensa y poderosa carta a otro escritor peruano, Renato Cisneros, explicándole los motivos porque debe sumarse a las campañas antiracismo que están teniendo lugar en Perú, así como las diferencias entre boicot y censura.

-El caso de La Manada en España, un grupo de amigos que violó una joven en los Sanfermines de Pamplona en 2016, es una de las historias más espeluznantes que he leído en lo que va de año. El juicio ha quedado visto para sentencia hoy jueves. Este artículo del periodista Manuel Jabois relata el contenido de la acusación fiscal. La periodista Lucia Lijtmaer resumía en esta columna la indignación que el caso ha despertado en buena parte de la sociedad española, sobre todo entre feministas. Uno de los periodistas que ha seguido el caso con más atención, Andrés Lozano, hace aquí un buen resumen. Y aquí otro reportero, Bras Cedeirahace un retrato de los cinco violadores durante el juicio.