Mis problemas con Kapuscinski

En una entrevista reciente a propósito de la publicación de No hemos entendido nada en España, el periodista Matías de Diego me preguntaba lo siguiente:

¿Crees que la falta de verificación y de contexto en los medios tiene algo que ver con que hayamos convertido en un icono de la profesión a Ryszard Kapuscinski, que no siempre se ajustó a los hechos?

Matías traía a cuento a Kapuscinski a propósito de la mención que sobre el famoso periodista polaco hago en un post de este blog y que terminó convirtiéndose en un capítulo del libro. Ahí decía yo, disculpen la autocita:

Voy a repetir esa última parte: «lo que es verdad es que gente de todo el mundo se vio afectada por el caso». La respuesta de Rosenthal me recuerda a una famosa frase de Ryszard Kapuscinski, el reportero polaco que fue elevado a los cielos por lectores y colegas como el mejor periodista del mundo incluso antes de su muerte en 2007, tras la cual se convirtió en algo así como el santo patrono de los periodistas con aspiraciones literarias. Kapuscinski tituló uno de sus libros ‘Los cínicos no sirven para este oficio’, y la frasecita ha sido convertida en mantra por sus acólitos.

Como sabemos por el libro Kapuscinski Non-Fiction, de Artur Domoslawski, periodista, amigo y antiguo discípulo de K, el autor de Ébano y El Shah fue además de un estupendo narrador de historias, un poco escrupuloso reportero que no tenía empacho alguno en tergiversar hechos para adornar sus relatos.

El antiguo editor de The New York Times A.M. Rosenthal y Kapuscinski son ejemplares perfectos de aquellos que entienden el periodismo como una suerte de misión de ayuda humanitaria, convencidos por su superioridad moral de que el trabajo del periodismo es cambiar –o, peor aun, salvar– el mundo.

Tan convencidos –y ensimismados– llegan a estar en su misión que, incluso siendo periodistas brillantes y reporteros experimentados, dejan de lado sin asomo de vergüenza o contrición el principal compromiso de un periodista: relatar hechos ciertos.

Si se piensa bien, en realidad los que no sirven para este oficio no son los cínicos sino los que mienten a sabiendas y se justifican a sí mismos con frasecitas de autoayuda.

Ante la pregunta de Matías, mi respuesta fue:

Sí… Si lees lo que he escrito sobre él, queda claro que soy bastante crítico con esto, lo que me ha generado muchas discrepancias enconadas con gente que sigue pensando que Kapuscinski es un modelo a seguir. Me hace mucha gracia esto porque era evidente, tras leer la biografía de Artur Domoslawski [Kapuscinski non fiction] y seguir la pista de varias cosas que publicó, que su periodismo dejaba bastante que desear.

He visto que algunos usuarios de redes sociales se han mostrado sorprendidos por lo que señalo tanto en la entrevista como en el libro y ha habido incluso quien me ha escrito preguntándome a qué problemas con la obra de Kapuscinski me refiero.

Por supuesto, lo primero aquí es recomendar, una vez más, la lectura de Kapuscinski Non-Fiction, la estupenda biografía de Artur Domoslawski. El libro, además de en su idioma polaco original, se encuentra disponible en español, inglés (que le valió al autor y su traductora un premio English Pen 2012), italiano y portugués.

Cuando se publicó el libro en español en 2010, la editorial Galaxia Gutenberg me invitó a presentarlo en Madrid junto a Artur ante un grupo de periodistas españoles. Gracias a esa invitación, pasé algunos días conversando con él. Fruto de esas charlas y de la lectura del libro surgió un ensayo escrito a solicitud de Alfonso Armada y publicado en el site FronteraD.

Ese es el texto que reproduzco a continuación, con algunas pequeñas correcciones. Espero que les interese y les sirva de puerta de entrada al libro de Artur Domoslawski.

Kapuscinski según Domoslawski. El debate debe continuar

A mediados de noviembre del 2010 pasé varios días junto a Artur Domoslawski, autor de Kapuscinski non-fiction, la biografía sobre el famoso reportero polaco que tanta polémica causó tras su publicación en Polonia. Le hice una extensa entrevista para la revista Letras Libres, lo acompañé a conversar con mis alumnos del Master de Periodismo ABC-Complutense y, por último, la editorial Galaxia Gutenberg me invitó a presentarlo en un coloquio con varios periodistas españoles.

A lo largo de esos tres días, Domoslawski repitió innumerables veces que su libro era una biografía, no una lección de periodismo. Me lo dijo a mí en más de una ocasión, se lo dijo a mis alumnos y se lo dijo a nuestros colegas en esa charla y en las varias entrevistas que mantuvo con distintos medios. Y yo, una y otra vez, le dije que no se preocupara, que la lección de periodismo no tenía ni siquiera que darla él, que estaban dándola, en sentido inverso, muchos de los medios y periodistas que se habían hecho eco del escándalo sin haber leído antes el libro. Yo incluido, con mi participación en un dossier preparado por Alfonso Armada y publicado en FronteraD, Sombras sobre Kapusckinski.

Desde marzo de 2010, distintos medios españoles publicaron varias notas acerca del libro de Domoslawski, o mejor, publicaron varias notas acerca del escándalo que el libro había generado en Polonia. A excepción del certero artículo de Timothy Garton Ash, publicado por The Guardian y El País (La polémica creatividad de Kapuscinski, 12 de marzo de 2010), el resto de notas fueron escritas por periodistas o comentaristas que no habían podido leer el libro en cuestión.

La traducción al castellano, que apareció en noviembre de 2010, fue la primera en cualquier lengua. Así que el resto, todos, con mayor o menor acierto, mayor o menor cautela, no pudimos sino hablar de oídas, haciéndonos eco de una polémica que no teníamos cómo aprehender. Como resultado, aquellos que finalmente pudimos, y decidimos, acercarnos al libro en noviembre nos llevamos una profunda sorpresa.

Yo, he de confesarlo, esperaba que el libro fuese poco menos que una carnicería. Como conté en la pequeña pieza que escribí para el dossier de FronteraD, hacía años ya que mi relación con la obra y la figura de Kapuscinski había entrado en un periodo de desconfianza. Me molestaba, y mucho, la posición de gurú que con tanto agrado había asumido Kapuscinski en sus últimos años, tenía serias dudas acerca de algunos procedimientos utilizados en sus libros, por lo que tenía muchísima curiosidad y esperaba con muchas ganas que ese libro tan polémico, en el que al parecer alguien, un cercano conocedor de su obra y figura, se había dado el trabajo de desmenuzar ambos, me diese argumentos para confirmar mis recelos.

Mis expectativas habían sido alimentadas por la cobertura que los distintos medios españoles realizaron de la publicación del libro en Polonia. Guiándome de esas notas y esas reproducciones de cables de agencia, yo –e imagino que muchos otros— me había hecho del libro una imagen distorsionada, había comprado esa narrativa según la cual el libro de Domoslawski estaba escrito con un espíritu demoledor, incluso vengativo y desleal, ya que el biógrafo decía haber sido amigo y discípulo de Kapuscinski. Lo cual, todo sea dicho, no hacía sino aumentar mi interés. Y era, como comprobará quien se interne en sus páginas, meridianamente falso.

En efecto, el libro demuestra en una serie de casos concretos que Kapuscinski mintió, inventó y adornó deliberadamente fragmentos de su obra y biografía (aunque estos últimos, la mayoría de la veces, están directamente relacionados con, o forman parte de, su obra), cosa que por supuesto, por deformación profesional, a mi me interesa muchísimo.

Domoslawski demuestra que Kapuscinski exageró la posibilidad de haber sido fusilado en Usumbura (Congo) en un fragmento de La guerra del fútbol; comprueba que pasó por hechos unos rumores acerca del revolucionario boliviano Rómulo Peredo sin especificarlo; que exageró y añadió una dosis importante de exotismo y folklore a sus descripciones del paisaje y costumbres de ciertos lugares de África; que exageró la condición de cuasi mártir de su padre, que según su relato en El Imperio se salvó de ser asesinado por las tropas soviéticas en la matanza de Katyn.

Pese a lo profunda y, a ratos, incontestable que resulta la investigación de Domoslawski, el libro presenta un par de problemas a este respecto. Uno es el doble intento de realizar una teoría psicoanalítica acerca de las invenciones de Kapuscinski sobre su padre y sus invenciones en general.

En el primero, una “intérprete del pensamiento de Lacan” llamada Renata Salecl explica al biógrafo que “es posible que al atribuirle al padre ese fuerte elemento de la historia heroica del martirologio polaco, en cierta forma Kapuscinski lo creara de nuevo, que construyera esa autoridad que no existía, pero que él tanto necesitaba”.

Es posible, sí. Y es posible, como ocurre tantas veces con el psicoanálisis, argumentar –con los pocos datos con que contamos Domoslawski, Salecl y nosotros— precisamente lo contrario.

Esto queda aún más claro en el segundo intento, realizado esta vez por Wyktor Osiatynski, prestigioso sociólogo y constitucionalista polaco amigo de Kapuscinski. “Las fabulaciones suelen aparecer cuando alguien no tiene seguridad en sí mismo y debe infundirse algún sentimiento o simular algo”, dice Osiatynski. Y a continuación pregunta si en algún momento de su vida desaparecieron las fabulaciones. A lo que Domoslawski responde que desaparecieron, pero algunas permanecieron. El diálogo sigue así:

–Eso confirmaría mis presentimientos. Cuando se hizo famoso y le llegó el reconocimiento, cuando se sintió más seguro y no tuvo que demostrarle nada a nadie ni a sí mismo, entonces dejó de inventarse cosas.

–Algunas fabulaciones las mantuvo, no las desmintió.

–Es comprensible. Resulta muy difícil retractarse de una fabulación, sobre todo para un reportero. Si hubiera reconocido que se había inventado cosas, alguien podría poner en tela de juicio todo lo que ha escrito. Además, cuando alguien se inventa cosas se pone en marcha un singular mecanismo psicológico: después de algún tiempo él mismo empieza a creerse lo que se ha inventado y llega a la convicción de que está diciendo la verdad. “Desmentir” exige un esfuerzo inmenso, ser valiente y conocerse muy bien a sí mismo.

Una vez más, puede ser.

Pero, como demuestra Domoslawski al recoger el testimonio de Jon Lee Anderson, Kapuscinski era consciente de que el asunto del Che Guevara no era verdad. Lo que desactiva ese supuesto mecanismo psicológico del que habla Osiatynski. Y, además, la fabulación respecto a su padre aparece en El Imperio, libro publicado originalmente en Polonia en 1993, diez años después de que apareciera la traducción al inglés de El Emperador (Harcourt, 1983. La primera edición española, de Anagrama, es de 1989), publicación que le granjeó los elogios de John Updike y Salman Rushdie, además de que fuera elegido Libro del año por el Sunday Times inglés también en 1983. Al éxito de ese libro prosiguió el casi inmediato de El Sha. Y así sucesivamente.

Cuando escribió El Imperio, Kapuscinski rondaba los sesenta años y disfrutaba no solo del reconocimiento de sus compatriotas polacos, sino de buena parte del mundo ilustrado occidental. En este caso, Kapuscinski no tenía que retractarse de una mentira de sus años como escritor en busca de reconocimiento que inventaba intentando camuflar sus propias inseguridades. Lo que, una vez más, echa sombras sobre la explicación de Osiatynski.

Domoslawski, sin embargo, asiente y da por buenas ambas explicaciones. El segundo caso en el que la investigación de Domoslawski presenta un problema es el que atañe a la leyenda según la cual Kapuscinski había sido amigo del Che Guevara. El biógrafo demuestra que es imposible que se hubieran siquiera conocido, pero rehúsa buscar al editor inglés, probable autor del texto de contraportada de la edición inglesa de La guerra del fútbol, donde se afirmaba que Kapuscinski había sido amigo de Salvador Allende, El Che Guevara y Patrice Lumumba.

Domoslawski, gracias al calendario, la hemeroteca, los testimonios de un buen amigo de Kapuscinski que sí conoció al Che y el periodista Jon Lee Anderson (a quien Kapuscinski dijo que eso era una invención del editor), demuestra que no hubo forma en que el encuentro y la relación tuvieran lugar. Y demuestra también que Kapuscinski nunca se preocupó por desmentirlo en público.

Cuando pregunté a Domoslawski por qué no buscó al editor, me dijo que pensaba que ya había dejado claro que era imposible que Kapuscinski los hubiera conocido y que probablemente el esfuerzo necesario para localizar a ese editor no se hubiera visto recompensado. “Siempre hay cosas que no sigues porque tienes que calcular esfuerzo, tiempo y frutos”, me dijo. Puede ser, pero en este caso concreto el testimonio del editor podría haber aportado una luz distinta y quizá definitiva sobre el asunto.

Pero el libro es por suerte muchísimo más que eso. Kapuscinski non-fiction es sobre todo un notable esfuerzo por situar al periodista polaco en la época y lugar que le tocó vivir, es un esfuerzo por entender cómo ese niño polaco nacido en los años previos a la Segunda Guerra Mundial llegó a convertirse en el reportero más célebre del mundo.

Sus mejores páginas son las que Domoslawski dedica a explicar los complejos engranajes del poder comunista durante la Polonia Popular, por cuyos pasillos Kapuscinski se movía con bastante habilidad. Para el lector no polaco (imagino que también para el polaco, pero de manera distinta), esos capítulos resultan una fascinante lección de historia del siglo XX.

Pero Domoslawski va más allá y plantea una resolución al conflicto entre las dos narrativas existentes en Polonia a la hora de explicar la actuación de Kapuscinski durante los años del comunismo. Según explica el biógrafo, existen en Polonia dos corrientes, una que busca saldar cuentas con el pasado del país, siempre dispuesta a emprender una caza de brujas y para la cual Kapuscinski fue siempre un posible objetivo. Y otra, la más extendida, según la cual la connivencia y colaboración de Kapuscinski con el régimen comunista han de entenderse como el peaje que debió pagar para poder viajar al extranjero y hacer carrera como reportero. Un traidor o una víctima. Vendepatria o pactista con el diablo.

Domoslawski aporta una tercera explicación, bastante más sensata a la luz de la biografía y la bibliografía del autor de El Imperio. Leyendo Kapuscinski non-fiction uno comprende, con la claridad que se comprenden las ideas brillantes, preguntándose cómo es posible que nadie hubiera caído en cuenta antes, que Kapuscinski no podía ser un traidor ni un colaboracionista por la sencilla razón de que era un comunista convencido. Y lo fue durante buena parte de su vida.

Cuando Kapuscinski escribía, departía con sus camaradas o saltaba de un despacho a otro en el palacio de gobierno, no estaba traicionando a nadie, mucho menos a sí mismo, ya que la Polonia Popular era su Polonia, el partido comunista era su partido. Y los intereses de una y otro eran los suyos propios. Al menos durante buena parte de su existencia, ya que al final del régimen, Kapuscinski deviene en crítico del partido, se distancia y llega a devolver su carnet. Resulta interesante que, como explica Domoslawski en el capítulo titulado «Y después del socialismo, ¿adónde?», fuera el propio Kapuscinski quien se haya encargado de oscurecer y/o ignorar su pasado durante la Polonia comunista.

Como dice el biógrafo, en El Imperio “Kapuscinski perdió una ocasión irrepetible de hablar de su devoción por la ideas del comunismo”. Pese a que el libro no es ni mucho menos un frío volumen histórico acerca de la Unión Soviética sino más bien “la narración personal de un viaje” por el imperio soviético, Kapuscinski, en palabras de Domolawski, “no incluyó ni un solo comentario sobre su relación con la ideología comunista, sobre la cual se había cimentado la construcción de ese imperio”.

En opinión de Domoslawski, el conocimiento de los pasillos del poder en la Polonia comunista configuró la mirada con que Kapuscinski abordaría después otras dos dictaduras decadentes, Etiopía e Irán, en los que serían probablemente sus dos libros más famosos: El Emperador y El Sha. Leyendo a Domoslawski, uno descubre que en la Polonia comunista, la gente de a pie e incluso varios hombres fuertes del régimen leyeron y entendieron esos dos libros como metáforas de la situación polaca. Para el biógrafo son algo más, son metáforas del poder a secas. Eso sí, no son periodismo.

Domoslawski echa un capote a Kapuscinski e insinúa que ni siquiera lo fueron para él mismo, cosa que el reportero polaco jamás afirmó. Ni en Polonia ni el extranjero. El periodista Arcadi Espada despacha el libro de Domoslawski precisamente por el tratamiento que el biógrafo da a El Emperador.

En concreto, porque a su entender “Domoslawski sólo tenía una obligación: ir a Addis Abeba y buscar algún meado. La antigua corte. Los antiguos dignatarios. Sus hijos. Repasar la lista de embajadores. Buscarlos. Un sólo testimonio que dijera sí, yo conocí al hombrecillo. O no. Nadie le conoció”. Espada se refiere a un famoso párrafo de El Emperador:

Era un perrito muy pequeño, de raza japonesa. Se llamaba Lulú. Disfrutaba del privilegio de dormir en el lecho imperial. A veces en el curso de alguna ceremonia saltaba de las rodillas del Emperador y se hacía pipí en los zapatos de los dignatarios. A éstos les estaba prohibido mostrar, con una mueca o un gesto, molestia alguna cuando notaban humedecidos los pies. Mis funciones consistían en ir de un dignatario a otro limpiándoles los orines de los zapatos. Para ello utilizaba un trapito de raso. Desempeñé este trabajo durante diez años.

Espada tiene razón hasta cierto punto. Domoslawski se apoya en el testimonio del profesor Harold G. Marcus, a quien describe como el “mayor experto en la vida de Haile Selassie”, quien refiriéndose al famoso párrafo dice: “Es cierto que al emperador le gustaba los perritos, pero jamás habría permitido que ningún animal humillara a sus súbditos”. No parece suficiente. Así como tampoco pareció suficiente a los abogados de Harcourt, la editorial norteamericana responsable de la primera edición en inglés de El Emperador, que Kapuscinski afirmase en el libro que lo que relataba le había sido confiado por distintos súbditos etíopes.

Como cuenta Domoslawski, la editorial insistió para que Kapuscinski le proporcionara las declaraciones y comprobaciones de esos testimonios a través del traductor del libro, William Brand. Cosa imposible, dadas las características del régimen etíope, según explicó Brand a la editorial y que se zanja con un documento firmado por él según el cual tanto Kapuscinski como Brand “se hacen responsables de cualquier reclamación que puedan interponer los etíopes”.

Si bien, como dice Espada, Domoslawski no se preocupó por partir en busca de la perrita Lulú, lo que hubiera sido importante para el libro, esa carencia no es suficiente para echar la biografía por la ventana.

Pese a sus fallos, que son muchísimos menos que sus aciertos, y gracias a los descubrimientos de los graves devaneos con la ficción que he comentado antes; al descubrimiento que hace de la omisión de una serie de fragmentos en la edición americana de El Sha concernientes a la actuación de la CIA en Irán y que con casi toda seguridad fueron omitidos por el propio Kapuscinski; al magnífico relato de los años del comunismo polaco, incluida la minuciosa descripción de los quehaceres y obligaciones –la mayoría de las veces inútiles— que para con el servicio secreto tenía un reportero de un país soviético (y también uno occidental) durante la Guerra Fría, Kapuscinski non-fiction resulta un libro fundamental para entender a Kapuscinski y su obra. Aunque no definitivo.

Y resulta, sobre todo, una magnífica oportunidad para discutir con muchísimos más elementos de juicio la obra del que probablemente sea el periodista más influyente en el ámbito hispanomericano. El debate no ha acabado, ni mucho menos.

[ACTUALIZADO] Revista SEMANA, Daniel Coronell, Alejandro Santos y la independencia periodística

El día martes 28 de mayo, el periodista colombiano Daniel Coronell, uno de los columnistas más respetados del país, publicó un tuit en el que señalaba:

El domingo 26, dos días antes del tuit en el que anunciaba que había sido despedido por uno de los dueños de la revista, SEMANA había publicado tanto en su edición impresa como digital una columna suya titulada La explicación pendiente.

Daniel Coronell lee La explicación pendiente en un evento público.

¿A qué «explicación» se refería Coronell? Aquí va algo de contexto para los lectores no colombianos:

A mediados de mayo, el diario The New York Times publicó un reportaje en el que el periodista Nicholas Casey recogía documentación y testimonios que demostraban que, a principios de este año, el ejército colombiano había emitido una orden que instruía “a los soldados que no ‘exijan perfección’ al momento de ejecutar ataques letales, incluso si tienen preguntas significativas sobre los objetivos que están atacando”.  Según militares consultados por el periodista norteamericano, “esa orden implica que reduzcan sus normas para proteger a civiles inocentes de ser asesinados, [lo] que ya ha ocasionado muertes sospechosas o innecesarias”.

Como era de esperar, la noticia supuso un escándalo en Colombia y reavivó la polémica de los “falsos positivos”, una serie de asesinatos ilegales supuestamente cometidos por el ejército colombiano entre los años 2006 y 2009 durante el gobierno del expresidente Álvaro Uribe, que están aún siendo investigados por la justicia.

El reportaje remeció al gobierno del actual presidente Iván Duque, muy cercano a Álvaro Uribe, hasta el punto que los ministros de Defensa Nacional y de Relaciones Exteriores dirigieron una carta (en inglés) al editor del diario neoyorkino.

La carta abría señalando que el reportaje en cuestión «retrata de forma tendeciosa, parcializada y distorsionada los esfuerzos del estado colombiano y su ejército para estabilizar sus territorios y consolidar el orden y la seguridad». Dean Baquet, director de The New York Times, respondió a su vez con una carta (en español) dirigida a ambos ministros, en la que respaldaba el trabajo realizado por su reportero.

Pese a la bravata de los ministros de Defensa Nacional y Relaciones Internacionales, menos de una semana después de publicado el reportaje de Nicholas Casey, el presidente Iván Duque anunció en conferencia de prensa que crearía una comisión independiente encargada de realizar “un análisis riguroso de todas las órdenes, manuales y documentos operacionales” del ejército. Según Duque, el cometido final de la comisión será asegurarse de que “esas normas, procedimientos y protocolos se ajustan a las normas internacionales y nacionales en materia de derechos humanos y en materia de derecho internacional humanitario”.

A los pocos días de publicado el reportaje de Nicholas Casey, el site colombiano La silla vacía publicó un artículo en el que el periodista Juan Esteban Lewin afirmaba que la revista SEMANA había tenido acceso a la misma documentación e informes que The New York Times, incluso meses antes, pero que no publicó la historia a solicitud de un enviado del presidente colombiano Iván Duque.

Consultado por La silla vacía, el director de SEMANA, Alejandro Santos, descartó las acusaciones y señaló que sencillamente se trataba de un caso en el que un medio le gana la primicia a otro. “Es la sana competencia entre los medios, que ayuda a que en una democracia haya contrapesos al poder (…) Lo importante es que la información salió a la luz”, dijo Santos.

En la columna publicada el domingo pasado, Daniel Coronell indicaba que, incluso luego de haber hablado con el director del semanario, consideraba que las explicaciones que SEMANA había dado hasta el momento no eran suficientes y que “los lectores tienen derecho a saber si faltó diligencia periodística o si –en el peor de los casos– SEMANA privilegió su relación con el gobierno sobre su deber de informar a los ciudadanos”.

En una entrevista posterior a su despido Coronell relató la conversación que había tenido con el director de SEMANA, previa a la publicación de la columna:

Yo le pedí el viernes pasado a Alejandro Santos que habláramos, esto fue muy temprano en la mañana, una hora después estábamos hablando. Me dijo que consideraba injusto el tema, pero que lo entendía. Yo le dije que le enviaría la columna a él primero que a nadie con el propósito de que la conociera y que pudiéramos hablar antes de enviarla a la edición. Él me dio unos puntos de vista que yo busqué incluir, y me pidió que excluyera una frase que había en la columna que decía que yo decía eso y me atenía a las consecuencias. Él me dijo que la consecuencias no pueden ser sino el respeto por lo que tú piensas.

Por supuesto, como hemos visto, esas no fueron las consecuencias.

A raíz de la cancelación de la colaboración de Daniel Coronell, varios periodistas e intelectuales colombianos y extranjeros han expresado su preocupación por el estado de la libertad de prensa y del periodismo colombiano:

La exhortación de la escritora Carolina Sanín es particularmente incisiva porque Alejandro Santos, además de ser director de la revista SEMANA es, como Daniel Coronell, uno de los periodistas más respetados y galardonados de su país.

Estos son algunos de los premios que su trabajo periodístico ha merecido, según su entrada de Wikipedia:

  • Premio María Moors Cabot (2013)
  • Premio Rey de España (2008)
  • Premio de la Sociedad Interamericana de Prensa en la categoría Periodismo en Profundidad (2012)
  • Premio Latinoamericano de Periodismo IPYS a la mejor investigación en un caso de corrupción en América Latina (2010)
  • Premio Latinoamericano de Periodismo IPYS a la mejor investigación en un caso de corrupción en América Latina (2008)
  • Premio de la Sociedad Interamericana de Prensa en la categoría Derechos Humanos y Servicio a la Comunidad (2008)
  • Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, otorgado en SEIS ocasiones

Pero, además, en los últimos meses Santos se ha visto abocado a defender su independencia y la del semanario que dirige. ¿Por qué? Porque a principios de 2019 Publicaciones SEMANA, la empresa editorial que publica el semanario, vendió el 50% de sus acciones a los empresarios Jaime y Gabriel Gilinski, dueños de una de las fortunas más importantes de Colombia.

Los múltiples intereses empresariales y políticos de la familia Gilinski habían puesto ya en guardia a quienes piensan que ese complejo entramado de poder económico podría poner en riesgo la independencia de uno de los medios más importantes y prestigiosos del país.

Así respondía a esas dudas Alejandro Santos en una entrevista concedida en febrero a la periodista Vicky Dávila, de W Radio Colombia:

Vicky Dávila: Los periodistas que trabajamos en medios cuyos dueños son grupos económicos tenemos tal vez claro algo, y no sé si usted lo comparta, y es que en el mismo instante en que ese grupo quiera intervenir en la independencia, pues uno se va. Digamos, usted como director se iría, imagino yo de SEMANA, si le dice el señor Gilinski «mire usted tiene que decir esto y no lo que usted está pensando».

Alejandro Santos: Absolutamente. Por un lado, yo creo que tenemos varios factores. Uno, ese. El día que a uno le digan lo que tiene que decir, uno tranquilamente se va con su carta de renuncia sin problema.

Pese a su elocuencia habitual, el director de SEMANA no ha dicho nada tras el despido de Daniel Coronell. Hasta el momento de publicación de este post, tres días después del tuit en que Coronell anunciaba que el otro dueño de la revista, Felipe López, le había comunicado «la decisión de la empresa de cancelar mi columna», Alejandro Santos no ha hecho ninguna declaración.

Las últimas palabras en público del director del semanario se encuentran en otro tuit, publicado el domingo 26, pocas horas después de que se hiciera pública la columna crítica de Coronell:

Imagino que no soy el único que aguarda expectante sus nuevas declaraciones.

ACTUALIZACIÓN

El día sábado 1 de junio, empezó a circular el editorial de la edición número 1935 del domingo 2 de junio de SEMANA. Si bien la fecha oficial de publicación del semanario es el día domingo, la edición impresa de la revista suele estar disponible desde el día anterior para algunos suscriptores y en un número limitado de puestos de venta.

El editorial lleva por título Lecciones aprendidas y una bajada que reza: «En algunos momentos hay que hacer un alto en el camino para reflexionar. Esta es una de esas semanas». Aquí pueden leerlo en su totalidad:

Si bien el director Alejandro Santos sigue sin pronunciarse a título personal respecto al despido de su columnista Daniel Coronell, el editorial hace alusión a Santos en dos ocasiones y, por ende, podemos presumir que cuenta con su aprobación.

«Frente a este episodio, creemos que reconocer públicamente los errores, en cabeza del director de la revista, Alejandro Santos, es necesario…»

«Su director, los editores, los periodistas y el resto del equipo de SEMANA seguiremos trabajando sin desfallecer para estar a la altura de ese desafío».

Las explicaciones que el texto pretende ofrecer a sus lectores difícilmente dejarán satisfechos a quienes, como el excolumnista Coronell, han sido críticos con la actuación de SEMANA en este episodio, ya que no aportan ninguna información que no fuera ya de conocimiento de quienes han seguido el caso a través de la cobertura de otros medios como La silla vacía.

Pero, además, el editorial abre de forma extraña, alabando la labor periodística de Coronell y lamentando que ya no vaya a colaborar con la revista. Esto es lo que dice:

Antes que nada, lamentamos la salida de Daniel Coronell, un periodista sobresaliente cuyas columnas exaltaron los contenidos de esta casa editorial.

Por supuesto, ni esas líneas ni las siguientes se hacen cargo de que fue uno de los responsables y dueño de la revista –Felipe López– el que forzó la salida del columnista, a la vez que lamenta lo ocurrido como si se tratara de un accidente fortuito y no una decisión editorial y empresarial.

El editorial no es sino una nueva oportunidad perdida por parte de SEMANA y su director para intentar corregir la cada vez mayor brecha de confianza entre medios y audiencia –en Colombia, Latinoamérica y en todas partes– producto, entre otras cosas, de la falta de transparencia con que las empresas periodísticas de medio mundo manejan la relación con sus lectores.

ACTUALIZACIÓN II

Al día siguiente de la actualización anterior, el director de SEMANA, Alejandro Santos, compartió él mismo en su cuenta de Twitter el editorial en cuestión, constantando así que o bien lo escribió él o bien cuenta con su total aprobación:

Nuevamente, una oportunidad perdida por parte de SEMANA y su director para actuar con la transparencia que las audiencias de medios periodísticos requieren y exigen en esto tiempos. Difícil entender así el salto que supone ese «En Semana siempre defenderemos la libertad de expresión, aún la de los columnistas que critican a su casa editorial» de su anterior tuit, al «lamentamos la salida de Daniel Coronell» del editorial, que como todos sabemos no se produjo por la caída de un meteorito ni como consecuencia de un tsunami o algún otro accidente natural.

Lástima.

ACTUALIZACIÓN III

El día 3 de junio, el fundador y uno de los dueños de la revista SEMANA, Felipe López, concedió una entrevista a la periodista María Isabel Rueda, del diario El Tiempo. Entre otras cosas, resulta muy interesante este intercambio entre la periodista y López:

-María Isabel Rueda: Concluyamos. ¿Finalmente, por qué salió Daniel Coronell de ‘Semana’? ¿Fue por la columna, o por poner en duda las explicaciones de su director?

-Felipe López: Hubo otra cosa. Cuando hablé con él, me dijo algo que me desconcertó: Que mientras ‘Semana’ no diera una explicación satisfactoria, él iba a insistir en el tema en las próximas columnas, pues tenía mucha información que no había publicado en la primera. Eso me pareció inaceptable. Si su decisión era seguir poniendo en tela de juicio la credibilidad de la revista, lo lógico es que lo hiciera desde afuera.

Ante esa alusión, Daniel Coronell concedió él también una entrevista al diario El Tiempo, firmada por la Unidad Investigativa, en la que, entre otras cosas, indica:

-El Tiempo: Felipe López insiste en que ‘Semana’ no engavetó la noticia sino que tenían que hacer otras verificaciones, ¿por qué no les cree? y ¿qué es lo que, según usted, ‘Semana’ tiene aún pendiente por explicar?

-Daniel Coronell: Hasta el día que hablé con Felipe no había ninguna explicación. Es más, él me dijo que ‘Semana’ no tenía por qué explicar nada.

Finalmente, la explicación llegó este domingo, en forma de editorial y luego de mi despido que califica como “salida”. Allí, ‘Semana’ reconoce que sí cometieron errores. Entre otros, el de no publicar cuando ya tenían información suficiente.

En otro momento de la entrevista, Coronell indica:

Felipe le asegura a María Isabel Rueda cosas que yo jamás dije en la conversación. Cuando recibí su llamada para comunicarme la decisión –ya tomada– de cancelar la columna, yo estaba en una librería frente a un apreciado colega, a la librera y a otras dos personas que pudieron oír todo lo que dije. La conversación apenas duró dos minutos y medio. 

Jamás afirmé que iba a publicar más sobre el asunto. Lo que sí le dije, con toda serenidad, es que existen informaciones adicionales sobre reuniones de ‘Semana’ con el Gobierno, además de la de Jorge Mario Eastman. Esta última reunión ‘Semana’ también la admite, en su editorial, como otro de sus errores.

Por último, el miércoles 5 de junio, Daniel Coronell publica una nueva columna, esta vez en The New York Times en Español, titulada El precio que pagué por preguntar, en la que insiste en un detalle clave del editorial publicado por SEMANA:

El editorial también dice “lamentamos la salida de Daniel Coronell”, pero yo no me salí: me sacaron por atreverme a preguntar.

ACTUALIZACIÓN IV

El día martes 11 de junio, la revista SEMANA anunció en redes sociales y a través de un escueto comunicado en su página web que, tras una reunión entre el director Alejandro Santos, la presidenta del Grupo Semana María López y Daniel Coronell, se había acordado la vuelta del columnista al semanario:

Alejandro Santos, en su primera declaración a título personal desde el despido de Coronell el pasado 26 de mayo, dijo a través de su cuenta de Twitter:

En declaraciones al diario El Tiempo, Daniel Coronell indicó que había decidido «aceptar la amable invitación de Alejandro Santos y María López para retomar la columna».

Por otro lado, el site La silla vacía, que el 21 de mayo desató la crisis que culminó con la salida (ahora temporal) de Daniel Coronell de SEMANA, aporta algunos detalles más acerca de la reconciliación del semanario y su columnista estrella.

Según un artículo publicado también el día 11 de junio por el periodista Juan Esteban Lewin, el mismo que originalmente reveló que SEMANA había tenido acceso a la misma documentación e informes que The New York Times y había optado por no publicarlos a instancias del gobierno colombiano, informa que uno de los nuevos propietarios de la revista, Gabriel Gillinski, había sido clave en la vuelta de Coronell:

Según tres fuentes conocedoras de la negociación (que no incluyen a Coronell, quien nos dijo que prefería no hablar del tema y quien tampoco dio mayores detalles en su entrevista con Juan Carlos Iragorri en RCN Radio, minutos después de publicar la nota), el actor clave para el regreso fue Gabriel Gilinski, el nuevo dueño de la mitad de Publicaciones Semana.

Desde el momento de la crisis, cuando en una llamada Felipe López le quitó la columna a Coronell, Gilinski empujó la búsqueda de un acuerdo para no perder al columnista. Finalmente lo consiguieron el director de Semana, Alejandro Santos, y la presidente de Publicaciones Semana e hija de Felipe, María López.

Así comentaba el propio Coronell su regreso al semanario en Twitter:

También a través de Twitter, Coronell se hacía eco a través de un retuit, de que el hashtag #CoronellVuelveASemana se había convertido en el primer trending topic entre los usuarios de Twitter en Colombia:

Pd: Antes de escribir este texto intenté comunicarme tanto con Daniel Coronell como Alejandro Santos para hacerles algunas preguntas más respecto a lo ocurrido, pero lastimosamente no obtuve respuesta de ninguno de los dos.

*Una versión reducida de este texto apareció en el boletín de Comité de Lectura el día miércoles 29 de mayo. El newsletter aparece de lunes a viernes y cuenta con una edición de fin de semana. Colaboramos en él Augusto Townsend, Daniela Meneses, Matheus Calderón y yo. Si desean suscribirse pueden hacerlo aquí.

Paolo Guerrero, la contaminación cruzada y la inocencia (de los medios)

El domingo 5 de mayo, el programa televisivo Domingo al día, de América Televisión, emitió un reportaje en el que una serie de extrabajadores y trabajadores del Swissotel de Lima brindaban testimonios que apuntaban a una compleja conspiración ocurrida al interior del hotel para encubrir la supuesta responsabilidad de la organización en el resultado analítico adverso que estuvo a punto de dejar a Paolo Guerrero fuera del mundial Rusia 2018.

(Si no recuerdan bien el caso Guerrero y las idas y venidas de su suspensión, lo expliqué en este otro artículo del blog)

Este es el reportaje televisivo:

Véanlo, vale la pena. Pero, por si acaso, estos son los puntos fundamentales:

  • El principal denunciante es Jorge (o Jordi) Alemany, quien trabajó en el Swissotel como «asistente de alimentos y bebidas». Alemany ingresó a trabajar al hotel el 16 de julio de 2018. Es decir, nueve meses después de la estadía de la selección peruana en la que supuestamente se produjo la ingesta de mate de coca por contaminación cruzada que derivó en el resultado analítico adverso de Paolo Guerrero.
  • Según la periodista Paola González, autora del reportaje, «no pasó mucho tiempo para darse cuenta de que el Swissotel no cumplía con la normativa internacional y que alguno de los afectados habría sido el Depredador (Paolo Guerrero)».
  • Según Alemany, cuando el fiscal que investigaba el caso acudió al hotel a realizar una inspección, «solicitan que vuelvan a hacer los montajes de los salones tal y como se realizó en su momento cuando estaban los futbolistas». Pero, dice Alemany, «siendo yo el responsable, lo hacen a escondidas mío».
  • Según Alemany, cuando cuestionó a su jefe directo al respecto, este le dijo «que si quería conservar mi puesto de trabajo, no volviera a preguntar sobre ese tema».
  • Esto llevó a que Alemany, armado con unos lentes con cámara oculta, decidiera investigar por su propia cuenta. Esto, de nuevo, casi un año después de la estancia de la selección peruana en el hotel.
Jorge Alemany con los lentes con cámara oculta
  • Ante la cámara oculta de Alemany, un mozo del hotel que atendió a la selección nacional dice: «yo tengo la seguridad de que la contaminación se dio en el hotel». El camarero, llamado Anthony Obando, dice también: «han agarrado una tacita o una jarrita, miento, una jarrita donde estaba servido el mate de coca, no la han lavado bien, han metido el té con limón y lo han servido ahí».
  • Obando, siempre ante la cámara oculta de Alemany, indica también que «sí se vendía mate de coca (…) en banquete y puntos de venta».
  • Obando dice que el gerente de alimentos y bebidas del hotel, indicó a él y otros dos camareros cambiar su versión de lo ocurrido. Según Obando, lo hicieron porque «te podían botar».
  • Alemany graba con su cámara oculta a otro trabajador del hotel, George Roman, quien según la periodista Paola González «habría preparado el té a Paolo». Roman dice ante la cámara oculta: «tú agarras un recipiente que está de mate de coca adentro, no lo lavas correctamente, no está limpio, sigue estando de mate de coca, nada más».
  • Un cuarto testimonio, este sí frente a las cámaras de Domingo al día, de otro extrabajador del hotel, Luis Escate, sirve para confirmar que, en palabras de la periodista Paola González, «los estándares de limpieza no se cumplían a cabalidad».
  • Hay un quinto testimonio, otro extrabajador del hotel, que indica que una vez Obando «nos confesó que él había sido partícipe directamente de eso».
  • Para terminar, la periodista Paola González le pregunta a Jorge Alemany si tiene miedo. Este responde: «En este país, y tú lo sabes mejor que yo, por un celular te matan. Por una información como esta por supuesto yo sé que mi vida puede hasta correr peligro. Ya lo hago público de aquí, si algo me ocurre es Swissotel».

Esa información podría resumirse en dos puntos claves, siempre según los testimonios presentes en el reportaje televisivo:

  • El hotel sí vendía mate de coca.
  • El protocolo de seguridad alimentaria del hotel era un desastre y eso permitió que se sirviera al capitán de la selección peruana un té con limón de una jarrita donde previamente se habría servido mate de coca, lo que produjo la contaminación cruzada que derivó en el resultado analítico adverso.

Como era previsible, el reportaje ha suscitado una ola de comentarios, artículos, opiniones y demás en la prensa y redes sociales peruanas. Todos, o la inmensa mayoría, dando por buenos los testimonios de los extrabajadores y trabajadores del hotel y, en consecuencia, acusando al Swissotel de mentir y perjudicar a Paolo Guerrero.

Según estos comentarios, los testimonios del reportaje de Domingo al día, demostrarían que Guerrero es inocente. Porque como, por ejemplo, señala en su columna del diario Perú21 el analista Augusto Rey (las negritas son mías):

Paolo Guerrero acudió a todas las instancias para demostrar su inocencia. Algunos lo acusaron de drogadicto. Le dijeron cocainómano, pero dio la cara. Eso es bastante valiente en un país donde una denuncia suele ser una sentencia. Se defendió con consistencia y mantuvo su versión. Se enfrentó a los medios y a sus detractores que aprovecharon el momento para hacerlo leña.

Los adjetivos que le llovieron en redes fueron injustos, igual que la sanción que lo alejó por meses de la cancha y de su trabajo. Aun así, cumplió su condena, pero hoy sale una versión de los hechos bastante creíble que demostraría su absoluta inocencia, una sobre la que varios nunca tuvimos dudas.

La pregunta aquí, que nadie o casi nadie se hace, es: ¿»su absoluta inocencia» de qué? O, de otra forma, ¿por qué fue sancionado en última instancia Paolo Guerrero?

La respuesta es sencilla y se encuentra en un documento que, al parecer, ninguno de los muchos comentaristas en medios y redes sociales, ha podido o querido consultar. El laudo del Tribunal Arbitral del Deporte (TAS por sus siglas en francés, o CAS por sus siglas en inglés):

El laudo emitido por el TAS/CAS el 14 de mayo de 2018 consta de 20 páginas y determinaba lo siguiente:

En resumen: Guerrero debía cumplir una sanción de 14 meses por haber violado el art. 6 del reglamento Anti-Doping de la FIFA («Presencia de una sustancia prohibida o de sus metabolitos o marcadores en la muestra de un jugador»).

Pero, ¿cómo es que llegó esa sustancia prohibida al cuerpo de Guerrero según el Tribunal?

El laudo del TAS/CAS es pródigo y prolijo en sus explicaciones. Primero, en el punto 67 señala que hay cuatro posibles fuentes:

  1. uso de cocaína.
  2. un té bebido en el comedor privado de la selección peruana del Swissotel en Lima el día 5 de octubre (T1)* (en el documento del laudo del TAS/CAS hay un pequeño error, en realidad sería el 3 de octubre, dos días antes del partido que fue jugado en Buenos Aires el 5 de octubre).
  3. un té bebido en el área de visitas del mismo hotel el mismo día (T2).
  4. un té bebido a la mañana siguiente del partido en Buenos Aires (T3).

El punto 68 indica que el Tribunal está «en general satisfecho con que el señor Guerrero ha establecido en un estándar no menor al 51% o, como se dice coloquialmente, con las justas, que la fuente de la sustancia prohibida fue un mate de coca».

El punto 69 señala que el tribunal rechaza tanto T1 (un té bebido en el comedor privado de la selección) como T3 (un té bebido a la mañana siguiente del partido en Buenos Aires).

A continuación, en el punto 70, el Tribunal indica que descarta el consumo de cocaína y considera probado T2 (un té bebido en el área de visitas del mismo hotel el mismo día) porque:

  • La cantidad de la sustancia prohibida encontrada en la muestra del señor Guerrero, de acuerdo a los dos expertos consultados, es consistente con cualquiera de los dos supuestos.
  • Ambos expertos consideran que la contaminación por mate de coca debido a una jarra o jarrita de té en donde otro té ha sido servido produciría una concentración menor a la cantidad encontrada.
  • Ambos expertos concuerdan en que el examen capilar elimina la posibilidad de que el señor Guerrero sea un consumidor habitual de la droga, si bien ambos también concuerdan, aunque con diferentes grados de énfasis, en que no puede descartarse un único uso de la droga en los siete días previos a la prueba.
  • Sería imprudente, si bien no inaudito, que un futbolista con un partido importante programado para como mucho una semana después tomara una droga que no va a mejorar su rendimiento en el campo de juego, que incluso podría ser contraproducente y que es tan fácil de detectar.
  • El señor Guerrero no solo tiene, hasta ahora y por un periodo prolongado de tiempo, un record impoluto en lo que concierne a controles antidoping sino que es también embajador y, de hecho, imagen de campañas por un deporte libre de drogas. El uso de la droga, si este fuera revelado, dañaría seriamente su reputación; el panel considera que puede tomar en consideración para el conjunto de la evaluación la improbabilidad de que asumiera un riesgo así.

Es decir, debido a la reputación de Guerrero y a las pruebas aportadas por él mismo, el Tribunal descartó la posibilidad del consumo de cocaína. Lo que dejó al Tribunal con una única respuesta. La denominada T2: un té bebido en el área de visitas del Swissotel durante la concentración de la selección peruana el día 5 de octubre de 2017.

Esto parecería dar alas a la teoría de la contaminación cruzada esgrimida en el reportaje de Domingo al día pero en realidad lo que hace es descartarla.

¿Por qué?

Porque el mismo Tribunal lo hace en el punto 70.2 ya indicado, en base al testimonio de dos expertos consultados durante el proceso:

Repito:

Ambos expertos consideran que la contaminación por mate de coca debido a una jarra o jarrita de té en donde otro té ha sido servido produciría una concentración menor a la cantidad encontrada.

Entonces, si Guerrero no fue sancionado por consumo de cocaína ni por haber bebido un té que contenía trazas de mate de coca, ¿cuál fue la motivación de la sanción?

Una vez más, el laudo del TAS/CAS es meridianamente claro al respecto:

75. Los pasajes claves del testimonio del señor Guerrero ante el Tribunal fueron aquellos en que describió sus suposiciones cuando tomó el té el día en cuestión. El señor Guerrero asumió que había protocolos en marcha tanto en el comedor privado de los jugadores como el salón de visitantes. De hecho, como ha testificado la nutricionista [de la selección], el señor Guerrero estaba en lo cierto respecto al primero pero no al segundo. En base a esa falsa premisa, él luego asumió que el té que bebió en T2 (el salón de visitantes) era el mismo que bebió en T1 (el comedor privado). Ahí, en base a la evidencia analizada por el Tribunal, el señor Guerrero estaba equivocado. Ambos tés eran, de hecho, diferentes.

76. El Tribunal no cuestiona la veracidad del testimonio del señor Guerrero a la hora de explicar que estas fueron sus suposiciones. Como jugador experimentado –habiendo jugado profesionalmente por muchos años en Europa y Sudamérica– está acostumbrado a que los responsables del equipo proporcionen áreas seguras, tanto en locales de entrenamiento como durante los días de partido, tanto en lo que respecta a seguridad física como a no ser expuesto a comida o bebidas peligrosas, incluidas aquellas que puedan contener sustancias prohibidas. Pero el Tribunal observa que estas, y así lo admite el jugador, no eran sino suposiciones. Nunca preguntó a los responsables si había protocolos establecidos, ni dónde regían estos. Si estos regían en la sala de visitantes, que era un ambiente diferente en muchos aspectos al comedor privado, sobre todo respecto a quién podía acceder a él.

77. El Tribunal, sin embargo, duda de que el señor Guerrero haya inspeccionado, incluso en T1 (el comedor privado), la etiqueta del té que se le sirvió para verificar que se trataba de un anís. Dadas sus suposiciones acerca del comedor privado como un ambiente seguro, no habría necesidad de ello. Además, su descripción del filtrante que le fue servido en T1 señalaba que era de la marca Lipton’s McCollins, o sea amarillo, cuando según la evidencia aportada por WADA este era azul.

En otro momento, el Tribunal señala que «había varias maneras en que el señor Guerrero, en lugar de confiar en suposiciones, podía haber cumplido con su principal deber personal como atleta de asegurar que ninguna sustancia prohibida ingresara a su cuerpo».

Es decir, el TAS/CAS culpa a Paolo Guerrero de negligencia. De no haber sido lo suficientemente responsable respecto a qué comió o bebió pese a que se encontraba en un área no protegida.

Y lo hace dejando claro que, a su entender y en base al testimonio de dos expertos, una posible contaminación cruzada no fue la causa del resultado analítico. O sea, según el TAS/CAS, Guerrero habría bebido un mate de coca sin darse cuenta de ello. Esto señalan los puntos 70.8 y 70.9 del laudo:

  • El Swissotel sí tenía mate de coca, de la marca Delisse, disponible para sus huéspedes.
  • Hay evidencia considerable, proveniente del señor Guerrero y sus amigos, que el Panel ha escuchado y visto, de que bebió té en el salón de visitantes. T2 («un té bebido en el área de visitas del mismo hotel el mismo día») fue servido al señor Guerrero en un área donde, como testificó la nutricionista ante el Comité Disciplinario de la FIFA, no había protocolos de seguridad para alimentos y bebidas. No hay entonces el mismo nivel de imposibilidad de servir un mate de coca en T2 que sí había en T1. Además, como se explica abajo, el Tribunal duda de que, como él mismo dice, el señor Guerrero le haya dejado claro al camarero que quería un té de anís. El Tribunal considera más probable que se le pidiera un mate y, en consecuencia y sin error de su parte, le haya servido al señor Guerrero un mate de coca.

Volvamos entonces a las supuestas revelaciones del reportaje televisivo de Domingo al día. ¿Se acuerdan? Son estas:

  • El hotel sí vendía mate de coca.
  • El protocolo de seguridad alimentaria del hotel era un desastre y eso permitió que se sirviera al capitán de la selección peruana un té con limón de una jarrita donde previamente se habría servido mate de coca, lo que produjo la contaminación cruzada que derivó en el resultado analítico adverso. (punto aparte: los trabajadores y extrabajadores del Swissotel hablan en todo momento de un «té con limón», mientras que ante el TAS/CAS Guerrero indicó que pidió un «anís»)

Lo primero quedó establecido ya por el TAS/CAS en mayo del año pasado. Lo segundo, como he explicado detalladamente, fue descartado como explicación. Repito, en palabras del Tribunal: «Ambos expertos consideran que la contaminación por mate de coca debido a una jarra o tetera en donde otro té ha sido servido produciría una concentración menor a la cantidad encontrada«.

Comentario aparte merece la negativa del Swissotel a colaborar en un inicio en la investigación. Y el haber eliminado el mate de coca de su carta una vez ocurrido el escándalo. El propio Tribunal hace referencia a este pésimo manejo de crisis del hotel y señala: «la inferencia del Tribunal es que la gerencial del hotel estaba preocupada porque, con razón o no, pudieran ser objeto de críticas o incluso se les exigiera una compensación por poner la carrera del señor Guerrero en peligro al servirle una bebida que contenía una sustancia prohibida, y por ende intentó ocultar cualquier rastro que pudiera haber conducido a esta situación».

¿Prueba ello que el Swissotel es responsable de la situación del capitán de la selección peruana? No lo considera así el TAS/CAS. Se trata, a su entender, de un mal manejo de crisis, que a estas alturas resulta evidente para cualquiera que haya seguido el caso con cierta atención.

¿Qué hay entonces en las supuestas revelaciones del reportaje televisivo que demuestre la «absoluta inocencia» de Paolo Guerrero? Nada. Recordemos, según los testimonios presentes en el reportaje, en el hotel se le habría servido al futbolista un té con limón en una jarrita usada previamente para servir mate de coca.

Si el Tribunal, como he explicado, descartó el consumo de cocaína y descartó la contaminación cruzada como causas del resultado analítico adverso, los testimonios de trabajadores y extrabajadores del Swissotel asegurando que se sirvió un té contaminado a Guerrero –y tendrán que probarlo, me imagino, aunque para la periodista de Domingo al día y los comentaristas de otros medios y redes sociales no parezca necesario– en realidad no significan absolutamente nada.

*Como me hace ver en Twitter el usuario @notoriusmatsuda, en el documento del TAS/CAS hay un error en las fechas. En el momento en que explica las posibles fuentes de la sustancia prohibida, en el punto 67, indica «tea drunk in the Peruvian national team’s private dining room in the Swisshotel in Lima on October 5th» y luego repite esa fecha. Pero, en otro momento, en los antecedentes, sí se señala correctamente que los hechos habrían ocurrido en la «concentración del 3 de octubre» o «dos días antes del partido del 5 de octubre». Es una errata que no afecta al fondo de la resolución.

Notre Dame, Nostradamus y la estructura de nuestra desinformación

Hace casi un mes, el día 24 de marzo, el diario peruano El Comercio publicitaba en su edición impresa y página web el lanzamiento de una campaña contra las llamadas «fake news», en alianza con los otros diez medios integrantes del Grupo de Diarios de América (GDA). Esta es la doble página del anuncio en el diario impreso:

Así titulaba El Comercio en su página web:

La nota abría con este video:

Y en el cuerpo del texto podía leerse (las negritas son mías):

Estamos inmersos dentro de una era de información, donde las noticias están a la orden del día. Donde la tecnología, las redes sociales y los medios de comunicación trabajan de la mano. Pero así como es una ventaja tener fácil acceso a la información, también hacemos caso a las noticias falsas o ‘Fake News’, que ponen en riesgo la reputación y confianza de medios de comunicación.

‘Fake News’ se traduce al español como ‘noticias falsas’. Son las noticias que carecen de veracidad y que son transmitidas a través de portales de noticias, medios de comunicación y difundidas por las redes sociales como si fuese una información verídica.

A inicios de año periodistas de El Comercio junto a editores de medios del Grupo de Diarios América (GDA) se reunieron en Lima para concientizar sobre la importancia de las buenas practicas periodísticas y combatir la desinformación y ‘Fake News’ en sus medios.

(…)

Las buenas prácticas del periodismo son una responsabilidad que no solo recae en los periodistas, lograr la transparencia y confianza del consumidores es un trabajo en conjunto de todo el medio de comunicación.

La verificación de una noticia, el averiguar la procedencia, antes de difundirla es el trabajo de todo comunicador y la repercusión de ello son los miles de rebotes que una noticia puede tener luego de ser expuesta. Desde El Comercio, a través de nuestros Principios Rectores, nos hemos unido a la lucha por mantenerlos no solo informados, sino bien informados.

Gracias a una generosa invitación de los responsables de El Comercio, yo participé de un almuerzo en el marco de esa reunión de «periodistas de El Comercio junto a editores de medios del Grupo de Diarios América». Fue una conversación distendida en la que compartimos dudas y preocupación por el estado actual de la industria, hablé del trabajo que realicé para mi libro y convenimos todos en la importancia que tiene, hoy más que nunca, la confianza de la audiencia en los medios. Tanto desde un punto de vista estrictamente periodístico como de negocio.

Otros medios del GDA, como La Nación (Argentina), El Universal (México) o El Tiempo (Colombia), también se hicieron eco de la campaña. Este último publicaba un editorial titulado con cierta grandilocuencia: «Alianza contra la mentira». En el texto podía leerse (las negritas son mías):

Conscientes de que es a sus lectores y audiencias a quienes se deben –en cualquier plataforma–, el GDA hace un llamado al consumo de información que emane de sitios confiables, al tiempo que emprende una campaña para erradicar las falsas noticias, advertir de quiénes las promueven y contribuir al fortalecimiento de mecanismos que generen tranquilidad hacia medios y periodistas.

Las ‘fake news’, como se conocen popularmente, han propiciado una serie de acontecimientos con consecuencias terribles, entre ellas poner en tela de juicio la legitimidad de un gobierno o promover su ascenso, torcer la voluntad de un pueblo o socavar los cimientos de la democracia. No es un asunto de poca entidad, sino una epidemia que lleva a cuestionarnos sobre nuestro papel como forjadores de opinión, pero también como retransmisores de lo que se publica en redes y portales. Decir no a las noticias falsas es un imperativo nuestro, sin duda, pero también de la sociedad en general.

Por suerte, el GDA no tuvo que esperar mucho para poner a prueba sus «buenas prácticas periodísticas» y sus esfuerzos por «combatir la desinformación».

Como casi todos los lectores sabrán, hace una semana, el lunes 15 de abril, la famosa catedral de Notre Dame en París ardió en un incendio. Todos los medios del mundo pusieron el ojo en la capital francesa y cubrieron de forma exhaustiva lo que se ha considerado una tragedia cultural que afecta a toda la Humanidad. Aquí pueden ver dos muy buenos reportajes sobre cómo se propagó el fuego y cuál es el alcance de los daños de la catedral.

Esta de abajo es una amplia selección de portadas de diarios europeos del día martes 16 compiladas por un usuario de Twitter:

Y estas son las portadas de algunos de los diarios del GDA en Latinoamérica:

La oferta informativa en los sitios web fue igual de unánime y abundante. Para poner un solo ejemplo: la edición online del diario El Comercio de Perú publicó entre el lunes 15 y el martes 16 más de sesenta notas distintas agrupadas bajo el tag «Notre Dame».

Entre ellas había una que me llamó la atención.

La vi antes en otro diario peruano, cuya vocación y empeño por difundir teorías de la conspiración y otras formas iguales o peores de desinformación hace tiempo ya que dejaron de sorprenderme:

Poco después de compartir la imagen en redes sociales, un contacto me hizo ver que La República no era el único medio peruano avivando las llamas de la superstición:

La nota publicada por El Comercio dice así (las negritas son mías):

«Un símbolo de la cristiandad en Francia o España arderá en fuego purificador. Nuestra señora llorará por todos nosotros y brillará en la lejanía», este es uno de los fragmentos que circula en redes sociales, otorgado al famoso libro ‘Las Profecías’ (1555), que supuestamente predice eventos futuros en el mundo y fue escrito por el médico y astrólogo francés Michel Nostradamus.

Este fragmento fue desempolvado en internet este lunes luego del incendio de la Catedral de Notre Dame que convirtió en cenizas el techo y la emblemática torre de la aguja. Usuarios en redes sociales han comentado que este fragmento había advertido este trágico evento.

Esta hipótesis empezó a circular debido a que la famosa astróloga Jessica Adams publicó un blog sobre este asunto. Allí menciona que el «horóscopo de Notre Dame» da pistas de que este evento del que habló el francés iba a a ocurrir justo el 15 de abril de 2019.

«Lo que tenemos aquí es Chiron, de hecho, al ‘jefe de Aries’ a solo tres grados del signo zodiacal. El sol, que arde de naranja al atardecer en París al caer Notre Dame, también se encuentra en Aries, en esta carta astrológica establecida para el lunes 15 de abril de 2019 a las 5.50 pm, París, Francia. La conmoción del momento es mostrada por Urano en 2 Tauro, haciendo un semisextil casi exacto para Quirón. De hecho, esta es una alineación que solo podría suceder una vez cada 80 años. La Luna está en 3 Virgo, exactamente quincunx Quirón».

Esta teoría conspirativa de la gran pérdida patrimonial es debatida por otros, quienes aseguran que esto no es cierto y en realidad el apunte de Nostradamus se refiere a Luis XIV y a la Guerra de Sucesión Española en 1702. Aseguran que lo que el profeta predijo fue el agitado y extenso siglo que siguió, que inició con la invasión de Francia a Italia en 1802 y Napoleón autoproclamándose como rey de la misma en 1805.

Entre tanto, las autoridades francesas priorizan la hipótesis de un origen accidental del incendio que devastó durante horas la catedral, al tiempo que investigadores comienzan a interrogar a testigos.

Nostradamus, o Michel de Nostredame, fue un médico, astrólogo y escritor francés nacido en Provenza a principios del siglo XVI, que publicó en 1555 su libro más conocido, una compilación de cuartetos poéticos titulada Les Prophéties, que fue actualizando años después. Antes, a partir de 1550, había empezado a publicar también una serie de textos astrológicos llamados Almanachs, en los que acumulaba centenares de supuestas profecías año a año. La obra de Nostradamus fue muy popular en su época y, pese a su muerte en 1566, sus libros han seguido imprimiéndose y concitando la atención de los aficionados a la astrología y superstición.

Cada vez que tiene lugar un acontecimiento de importancia global que resulta difícil de explicar o que despierta recelo o temor en mucha gente, no falta quien asegure que este ya había sido pronosticado en algún texto de Nostradamus. Quizá el ejemplo mayor sean los atentados del 11 de setiembre.

Internet está repleto de páginas que aseguran que la caída de las Torres Gemelas ya se encontraba descrita en Les Prophéties. Por supuesto, esto es una tontería. Aquí, por si hacía falta, el site Snopes, página pionera a la hora de desmontar bulos y patrañas en Internet, desmontaba la supuesta profecía de Nostradamus a las pocas semanas de ocurridos los atentados.

Volvamos ahora a la nota publicada por El Comercio, que curiosamente viene firmada por otro diario miembro del GDA:

Así que, como aconsejaba el propio diario El Comercio en su campaña contra las «fake news», decidí «averiguar la procedencia» y verificar qué decía El Tiempo acerca de Nostradamus y su profecía sobre Notre Dame. Bastó con una sencilla búsqueda de Google para dar con esto:

El titular y cuerpo del texto eran idénticos en las notas de ambos diarios. Solo se diferenciaban en la bajada. Mientras El Tiempo hacía énfasis en lo dicho por la «famosa astróloga Jessica Adams…que se volvió viral» (!!!), en El Comercio afirmaban lo siguiente:

Esta teoría conspirativa sobre el incendio de Notre Dame es debatida por otros, quienes aseguran que esto no es cierto y en realidad el apunte de Nostradamus se refiere a otros sucesos de la historia.

Es decir, según El Comercio, el problema no se encuentra en difundir una «teoría conspirativa» (como el o la redactora anónima la califica) sino en que hay quienes «aseguran que…en realidad el apunte de Nostradamus se refiere a otros sucesos de la historia».

Me pudo la curiosidad, así que fui a buscar qué otro medio del GDA, esa «alianza contra la mentira», había también invocado el espíritu de Nostradamus de cara a la tragedia parisina. No tardé mucho. El Nacional de Venezuela publicaba exactamente la misma nota que sus pares peruano y colombiano, con la bajada que ya había visto en El Tiempo:

Por su parte, el representante argentino del Grupo de Diarios de América, La Nación, se mostraba más osado que sus homólogos –que se refugiaban en dos signos de interrogación para esconder su irresponsabilidad en la diseminación de teorías conspirativas– y afirmaba con rotundidad:

La nota de La Nación era más corta que la de El Comercio y El Tiempo, pero mencionaba también el supuesto escrito donde Nostradamus vaticinaba el incendio de la catedral ocurrido el lunes 15 de abril de 2019:

Un símbolo de la cristiandad en Francia o España arderá en fuego purificador. Nuestra Señora llorará por todos nosotros y brillará en la lejanía. Con la entrada de la primavera una iglesia de todos los tiempos arderá por los pecadores.

El texto citado por El Tiempo, El Comercio y El Nacional no incluía la última oración que arriba marqué en negritas y quedaba así:

Un símbolo de la cristiandad en Francia o España arderá en fuego purificador. Nuestra señora llorará por todos nosotros y brillará en la lejanía.

Según los primeros tres diarios, «este es uno de los fragmentos que circula en redes sociales otorgado al famoso libro ‘Las Profecías'» (sic); mientras que para La Nación, es la «frase que rescatan los exégetas del boticario y adivino francés cuyas profecías fueron publicadas en 1555, bajo el título de Propheties».

Dejemos por un momento de lado el hecho de publicar como cierto en un titular que una supuesta profecía se ha cumplido (La Nación), o de insinuar la posibilidad de que Nostradamus sea, en efecto, un adivino con poderes paranormales que profetizó hace casi 500 años una serie de desastres, entre ellos el incendio de la catedral de Notre Dame (El Tiempo, El Comercio y El Nacional).

Supongamos que con ese «otorgado» el o la periodista autor(a) de la nota en El Tiempo ha querido decir «atribuido». Entonces, según los cuatro diarios del GDA exégetas de Nostradamus, ese fragmento sería obra o, al menos, habría sido atribuido a Las Profecías. Pero, ¿por qué atribuido? ¿Acaso no es posible comprobar si el astrólogo francés, en efecto, escribió esas palabras?

Como decía varios párrafos arriba, la obra de Nostradamus lleva unos cuantos siglos siendo tremendamente popular y es, por ende, muy sencillo acceder a ella. Así que, primero, hice lo más fácil: cogí el fragmento citado por los tres diarios y realicé una búsqueda de Google.

Por supuesto, todos los resultados que encontré en esa primera búsqueda hacían referencia –a posteriori– a cómo Nostradamus había pronosticado el desastre de Notre Dame. Así que, a continuación, aislé la búsqueda para obtener solo resultados anteriores al 15 de abril, fecha del incendio.

Para mi sorpresa, no encontré nada. Ni un solo resultado anterior al 15 de abril que citara la profecía de Nostradamus. Ni uno. Aquí recordé que la nota de El Tiempo, y debido a ello las de El Comercio y El Nacional, citaban un tuit como fuente del «fragmento» que «había advertido este trágico evento». Este es el tuit:

El tuit de @CHAVASILVA25 fue publicado el mismo día 15 a las 2:28 pm hora de Bogotá, Colombia, alrededor de tres horas después que empezara el incendio en París. Dejemos de lado ahora que los tres diarios citaban como fuente de autoridad un tuit de un usuario o usuaria que cuenta con 238 seguidores y que se define como «opinatologa (empírica )» (sic) y volvamos a concentrarnos en el texto de la «profecía».

Como no encontré en Google ninguna referencia al supuesto fragmento profético de Nostradamus, decidí buscar también en Twitter, utilizando tanto el texto citado como la palabra «Nostradamus» y el hashtag #Nostradamus. De nuevo, no encontré ninguna mención anterior al 15 de abril que aludiera a «Un símbolo de la cristiandad en Francia o España arderá en fuego purificador».

A continuación, como Google y Twitter no me daban respuesta, descargué dos ediciones distintas de Les Prophéties, una en el original francés con traducción al inglés y otra en español. Las profecías está dividido en diez centurias, cada una compuesta, como su nombre indica, por casi un centenar de cuartetos.

Por supuesto, como era de esperar a estas alturas, el dichoso fragmento citado por los cuatro diarios del GDA no se encuentra por ningún lado entre esos cerca de mil cuartetos escritos por Michele de Nostredame a mediados del siglo XVI. Tampoco, por si les interesa, se encuentra en ninguno de los Almanachs que Nostradamus publicó entre 1550 y 1566.

Intenté conversar con responsables del diario El Tiempo para entender por qué habían publicado la nota que dio origen a los artículos publicados luego por sus colegas del GDA y cuáles habían sido los procesos que lo permitieron.

Me comuniqué primero con quien en su perfil de LinkedIn señala ser el Coordinador de Mesa Digital del diario. Le escribí un mensaje por Twitter solicitándole una dirección de email. Me respondió amablemente diciéndome que le escriba. Lo hice preguntándole si, en efecto, era él uno de los responsables del contenido de digital del diario y señalando que quería enviarle unas preguntas. Me dijo que sí y me preguntó qué necesitaba. A vuelta de correo, le envié mis dudas sobre el artículo en cuestión. Nunca más obtuve respuesta.

Me comuniqué luego con un editor de El Tiempo que había conocido en esa reunión de principios de año en Lima que mencionaba la nota de El Comercio sobre la campaña del GDA contra las «fake news». Cuando le expliqué la razón de mi mensaje, me dijo que veía que esa nota era «del puntocom» y me facilitó el contacto de tres personas que podrían ayudarme. Verifiqué que dos de los tres sí tenían responsabilidades en el área digital del diario y les escribí.

Pasados unos días sin obtener respuesta, volví a escribirle al editor que había conocido brevemente en Lima. Me respondió de inmediato diciéndome «cuál es puntualmente la duda que tienes» y «me dicen los editores que estás cuestionando el perfil editorial de la nota». Le ofrecí enviarle el mensaje que les había dirigido a sus editores. Se lo envié. No volví a obtener respuesta.

Hice lo mismo con dos responsables del área digital del diario El Comercio. Les escribí por WhatsApp señalando que tenía algunas preguntas. Uno de ellos nunca me respondió. El otro me dijo que estaba haciendo lo posible porque algún editor del contenido digital del diario me respondiera. Esperé varios días pero tampoco fue posible.

Recapitulemos: cuatro de los diarios más importantes de América Latina, miembros de un «un consorcio exclusivo integrado por los once periódicos independientes con más influencia» de la región, que de manera entusiasta lanzaron hace menos de un mes una campaña contra las «noticias falsas» donde señalaban que la «verificación de una noticia, el averiguar la procedencia, antes de difundirla» es «el trabajo de todo comunicador», publican al unísono que un astrólogo muerto en 1566 predijo un incendio producido en abril de 2019.

No contentos con eso, con utilizar sus plataformas para difundir superchería y teorías de la conspiración, ni siquiera comprueban si el supuesto texto del astrólogo muerto hace más de 400 años existe o no. Porque no existe, claro. ¿De dónde sacaron que un texto del astrólogo francés había pronosticado el incendio? De un tuit. Ya saben:

Por suerte, la catedral de Notre Dame logró sobrevivir al incendio y se encuentra «estructuralmente bien», según lo dicho por las autoridades francesas luego de una primera inspección ya con las llamas apagadas.

Lastimosamente, no puede decirse lo mismo de los diarios que, pese a campañas y editoriales bienintencionados, siguen publicando mentiras y difundiendo desinformación día tras día. Y con ello, como bien señalaba la campaña contra las «noticias falsas» de El Comercio, «ponen en riesgo la reputación y confianza de medios de comunicación».

Doce cosas que todo el mundo debe entender sobre tecnología

Anil Dash es un emprendedor y escritor norteamericano de ascendencia india radicado en Nueva York. Es CEO de Glitch, miembro de la junta de directores del Data & Society Research Institute y fue asesor de estrategia digital en la Casa Blanca durante el gobierno de Barack Obama. Desde octubre de 2018, conduce y dirige Function, un podcast donde analiza junto a expertos, investigadores, usuarios y críticos culturales el impacto de la tecnología en la cultura y las comunicaciones.

Doce cosas que todo el mundo debe entender sobre tecnología fue publicado primero en la página de Dash en Medium, en marzo de 2018. Al mes siguiente, Dash también lo publicó en su blog personal. El texto es una estupenda y concisa panorámica sobre el funcionamiento y los valores internos del mundo tecnológico, y consigue deshacer muchos malentendidos acerca de una de las industrias –aunque, como bien señala el propio texto de Dash, hablar de «industria tecnológica» puede llevar a error y a malas interpretaciones, aunque resulta cómodo a la hora del análisis– más influyentes y poco comprendidas de nuestro tiempo.

Por esa razón, he utilizado el artículo en más de una ocasión cuando he conversado sobre algunos aspectos que no solemos entender sobre la tecnología en general, su impacto social y cultural, así como sobre las motivaciones de quienes crean productos tecnológicos.

A propósito de un breve intercambio en Twitter, Dash y yo hablamos de la posibilidad de traducir su artículo y publicarlo en español en su blog y aquí en No hemos entendido nada, a lo que accedió generosamente.

Ojalá les sea tan útil como a mí.

La tecnología es más importante que nunca, afecta de forma profunda nuestra cultura, política y sociedad. Dado el tiempo que pasamos con nuestros dispositivos y aplicaciones es esencial entender los principios que determinan la forma en que la tecnología afecta nuestras vidas.

Por Anil Dash

Entender la tecnología hoy

La tecnología no es una mera industria, es un método para la transformación de la cultura y economía de sistemas e instituciones. Esto puede resultar difícil de entender si vemos a la tecnología como una colección de productos de consumo disponibles en el mercado. Pero la tecnología va mucho más allá de los teléfonos en nuestras manos, y debemos entender algunos de los cambios fundamentales en nuestra sociedad si es que vamos a intentar tomar buenas decisiones relacionadas con la manera en que esta ha ido dando forma a nuestras vidas. Sobre todo si queremos influir en las personas responsables de crear tecnología.

Incluso aquellos de nosotros que llevamos inmersos en el mundo tecnológico por un buen tiempo podemos pasar por alto las fuerzas motoras que modelan su impacto. Así que en este texto identificaré alguno de los principios claves que nos ayudarán a entender el lugar que ocupa la tecnología en nuestra cultura.

***

Lo que necesitamos saber

1.- La tecnología no es neutra.

Una de las cosas más importantes que todos debemos saber acerca de las aplicaciones y servicios que utilizamos es que los valores de sus creadores están profundamente enraizados en cada botón, cada link y cada ícono brillante que vemos. Las decisiones que los desarrolladores de software toman acerca de diseño, arquitectura técnica y modelo de negocio pueden tener un impacto profundo en nuestra privacidad, seguridad e, incluso, derechos civiles como usuarios. Cuando el software nos incita a tomar fotos en un encuadre cuadrado en lugar de uno rectangular, o a colocar un micrófono encendido 24/7 en nuestras salas, o a estar disponibles para nuestros jefes en todo momento, está cambiando nuestro comportamiento y nuestras vidas.

Todos esos cambios que ocurren cuando utilizamos nuevas tecnologías tienen lugar de acuerdo a las prioridades y preferencias de aquellos que crearon dicha tecnología.

2.- La tecnología no es inevitable.

La cultura popular suele presentar la tecnología de consumo como una infinita progresión ascendente que hace todo mejor para todo el mundo de manera ininterrumpida. En realidad, los nuevos productos tecnológicos suelen implicar una serie de soluciones intermedias en las que mejoras en áreas como usabilidad o diseño traen consigo un deterioro en otras como privacidad y seguridad. Algunas veces ciertas herramientas tecnológicas suponen mejoras para una comunidad determinada mientras que implican empeorar las cosas para otras. Aún más importante, solo porque un avance tecnológico sea “mejor” esto no garantiza que vaya a ser adoptado de forma masiva por los consumidores o que vaya a causar que otras tecnologías más populares mejoren.

De hecho, los avances tecnológicos son muy similares a la evolución en el mundo biológico: existen muchas formas de callejones sin salidas e involuciones o soluciones de compromiso injustas a lo largo del camino, aun cuando veamos un progreso general en el tiempo.

3.- La mayoría de gente que trabaja en tecnología de verdad quiere hacer el bien.

Podemos ser analíticamente escépticos y críticos de las compañías dedicadas a la tecnología y los productos que crean sin por ello tener que creer que la mayoría de la gente que trabaja ahí es “mala”. Tras haber conocido decenas de miles de personas alrededor del mundo que crean hardware y software, puedo dar fe de que el cliché según el cual esta gente quiere hacer del mundo un lugar mejor es un deseo sincero. Los creadores de tecnología están sinceramente comprometidos con la idea de un impacto positivo. Dicho esto, es importante que aquellos que se dedican a crear tecnología entiendan que las intenciones positivas no los absuelven ni quitan responsabilidad por las consecuencia negativas de su trabajo, sin importar cuán bien intencionados sean.

Es útil reconocer las buenas intenciones de la mayoría de gente en el mundo de la tecnología porque nos permite rastrear hasta el final esas intenciones y reducir la influencia de aquellos que no las tienen, y también para asegurarnos de que el estereotipo del tipo desalmado del mundo de la tecnología no eclipse el impacto que la mayoría de personas consideradas y conscientes pueden tener. Es también esencial creer que hay una buena intención en la mayoría de esfuerzos tecnológicos si vamos a hacer responsable a todo el mundo por los productos tecnológicos que crean.

4.- La historia de la tecnología está muy mal documentada y peor entendida.

Las personas que aprenden cómo crear productos tecnológicos pueden por lo general descubrir cada detalle íntimo sobre cómo su lenguaje de programación  o dispositivo favorito fue creado, pero es casi siempre imposible saber cómo es que cierta tecnología floreció o qué ocurrió con aquellas que no lo hicieron. Si bien nos encontramos aún en una fase lo suficientemente temprana de la revolución informática como para que varios de sus pioneros se encuentren todavía vivos y trabajando, es habitual toparse con que la historia de ciertos productos tecnológicos recientes ha sido completamente borrada. ¿Por qué tu aplicación favorita tuvo éxito y otras no? ¿Cuáles fueron los intentos fallidos previos necesarios para crear esas aplicaciones? ¿Con qué problemas se encontraron o qué problemas causaron? ¿Qué creadores o innovadores fueron borrados de la historia cuando se crearon los mitos de los actuales gigantes de la tecnología?

Todas estas preguntas son ignoradas, silenciadas o algunas veces respondidas de forma deliberadamente incorrecta en beneficio de historias que hablan de un progreso inevitable, pulcro y continuo. Ahora bien, esto no es así solo en el mundo de la tecnología. Casi todas las industrias tienen problemas similares. Pero esa mirada ahistórica del mundo tecnológico puede tener graves consecuencias ya que los creadores se ven imposibilitados de aprender de sus antecesores, incluso cuando quieren hacerlo.

5.- La mayoría de planes de educación tecnológica no incluye ninguna formación ética.

En disciplinas asentadas como el Derecho o la Medicina solemos encontrar siglos de conocimiento incorporado en sus planes de estudio que incluyen requerimientos explícitos de formación ética. Ahora bien, esto rara vez supone un obstáculo para que ocurran transgresiones éticas. Podemos ver personas muy poco éticas en posiciones de poder que fueron a las mejores escuelas de negocios, instituciones que se precian y alardean de sus cursos de formación ética. Pero ese nivel básico de familiaridad con cuestiones éticas otorga a esos campos cierta soltura en conceptos éticos, de manera que se puedan tener discusiones informadas al respecto. Y, aún más importante, asegura que aquellos que quieren hacer lo correcto y realizar su trabajo de manera ética tengan una sólida formación para ello.

Recién tras la reciente reacción negativa del público ante los peores excesos del mundo de la tecnología ha habido un pequeño progreso y, al menos, ha aumentado un poco la expectativa de que se incorpore la educación ética en los programas de formación tecnológica. Son todavía muy pocos los programas educativos que aspiran a mejorar la formación ética de aquellos que ya se encuentran trabajando en tecnología. Los programas de formación profesional para personas que ya trabajan están sobre todo enfocados en adquirir nuevas habilidades técnicas y no sociales. No hay una receta mágica para este asunto, la idea de que juntar científicos informáticos a trabajar con graduados de carreras de humanidades bastará para lidiar con estas preocupaciones éticas es demasiado simplista. Pero está claro que las personas dedicadas a la tecnología tendrán que empezar a manejar con soltura cuestiones éticas si es que quieren seguir contando con la amplia aceptación por parte del público de la que todavía disfrutan.

6.- Los productos tecnológicos se construyen muchas veces con una sorprendente ignorancia acerca de sus usuarios.

Durante las últimas décadas el respeto por la industria tecnológica ha crecido considerablemente, lo que ha tenido como resultado que muchas veces se trata a personas responsables de crear productos tecnológicos como si fueran infalibles. Los creadores del mundo tecnológico hoy reciben tratamiento de autoridades en una amplia gama de campos como la industria de medios, el mundo del trabajo, transporte, infraestructura y política, aun cuando no tengan formación o experiencia en esas áreas. ¡Saber cómo diseñar un aplicación para iPhone no significa que entiendas una industria en la que nunca has trabajado!

Los mejores y más reflexivos entre los creadores de productos tecnológicos suelen involucrarse de forma sincera y profunda con las comunidades a las que quieren servir, para así asegurarse de que están atendiendo sus verdaderas necesidades en lugar de solo intentando alterar indiscriminadamente la forma en que ciertos sistemas consolidados funcionan. Sin embargo, a veces estas nuevas tecnologías pasan como una aplanadora por encima de estas comunidades, y las personas responsables por ellas tienen los recursos económicos y la influencia social suficientes para que sus deficiencias no les impidan alterar el balance del ecosistema social al que han ingresado. A veces, los creadores tienen tanto dinero respaldando sus proyectos que ni siquiera notan los efectos negativos de las fallas en sus diseños, sobre todo si se encuentran aislados de las personas afectadas por esos fallos. La cosa es aún peor debido a los problemas de diversidad e inclusión en la industria, lo que se traduce en que muchas de las comunidades más vulnerables tienen poca o ninguna representación dentro de los equipos responsables de estas nuevas tecnologías. Lo que hace que esos equipos permanezcan ignorantes de las preocupaciones que pueden ser particularmente importantes para ciertas minorías.

7.- No hay nunca un único genio creador de un producto tecnológico.

Una de la representaciones más extendidas de la innovación tecnológica es la del genio en su habitación de una residencia universitaria o en un garage, quien de pronto tiene un “momento Eureka” y consigue un gran logro tecnológico. Esa representación alimenta el mito alrededor de gente como Steve Jobs, mito gracias al cual un individuo recibe el crédito por “inventar el iPhone”, cuando en realidad estamos hablando del trabajo de miles de personas. Lo que ocurre de verdad es que los avances tecnológicos están siempre asentados en el conocimiento y los valores de la comunidad donde sus creadores trabajan, y casi siempre que una innovación tiene lugar esta ha sido precedida por el trabajo de años o décadas de otros creadores intentando construir productos similares.

El mito del “genio solitario” es particularmente pernicioso porque exacerba los problemas de exclusión que asolan a toda la industria tecnológica. Los genios solitarios retratados por los medios provienen de ambientes mucho menos diversos que las personas que habitan comunidades reales. Si bien los medios pueden verse beneficiados al poder otorgar reconocimientos y premios a individuos, así como las instituciones educativas pueden verse motivadas a construir esa mitología alrededor de una persona para beneficiarse del reflejo de su gloria, las historias reales de creatividad son complicadas e involucran a muchas personas. Debemos ser enérgicamente escépticos de cualquier narrativa que indique lo contrario.

8.- El mundo de la tecnología no se reduce a startups ni la mayoría de productos tecnológicos han sido producido por startups.

Solo alrededor del 15% de los programadores trabaja en startups, y en muchas de las grandes empresas tecnológicas la mayoría de trabajadores no son programadores. Así que definir la industria en base a los hábitos o cultura de los programadores que trabajan en startups reconocidas distorsiona tremendamente la forma en que la sociedad ve al mundo tecnológico. De hecho, debemos considerar que la mayoría de personas que crea productos tecnología trabaja en organizaciones o instituciones a las que no consideramos tech para nada.

Aún más, hay un montón de compañías independientes, pequeñas empresas y negocios familiares, que se dedican a hacer websites, aplicaciones y soluciones de software, y muchos de los más talentosos programadores prefieren la cultura y retos que ofrecen esas organizaciones antes que trabajar en los gigantes de la tecnología más conocidos. No debemos obviar el hecho de que las startups suponen una parte diminuta del mundo tecnológico y no debemos permitir que la cultura extrema de muchas startups distorsione la manera en que vemos a la tecnología en su conjunto.

9.- La mayoría de grandes empresas tecnológicas hacen dinero únicamente de una de estas tres formas.

Es importante entender cómo hacen dinero estas compañías si queremos entender por qué el mundo de la tecnología funciona de la manera en que funciona.

  • Publicidad: Google y Facebook hacen casi todo su dinero vendiendo información sobre nosotros a anunciantes. Casi cada producto que crean está diseñado para obtener toda la información posible de sus usuarios para así poder crear un perfil cada vez más detallado de sus preferencias y comportamiento. De esa manera, los resultados de búsqueda y canales de redes sociales elaborados por compañías de anuncios –como Google o Facebook– se encuentran tremendamente interesados en direccionarte hacia sites o aplicaciones que te muestran más anuncios de esas plataformas. Es un modelo de negocio construido sobre la vigilancia, lo cual resulta particularmente chocante dado que se trata del modelo principal de la mayoría de negocios de Internet orientados al consumidor.

  • Grandes negocios: Algunas de las mayores (y generalmente más aburridas) compañías de tecnología, como Microsoft, Oracle o Salesforce, existen para obtener dinero de otras compañías grandes que necesitan software para sus negocios pero que están dispuestas a pagar un extra si este software es fácil de utilizar y si les permite bloquear de forma sencilla las diferentes maneras en que los usuarios pueden usarlo. Poca de esta tecnología es agradable de usar, especialmente porque los principales clientes están obsesionados con monitorear y controlar a sus trabajadores, pero las empresas que la producen son algunas de las más rentables.

  • Individuos: Empresas como Apple y Amazon quieren que les pagues directamente por sus productos, o por los productos que otros venden en sus tiendas. (Aunque “Amazon Web Services” existe para atender al mercado de Grandes negocios que explicaba arriba). Este es uno de los modelos de negocio más claro y directo: uno sabe exactamente lo que obtiene cuando compra un iPhone o un Kindle, o se suscribe a Spotify, y dado que no está sustentado por anuncios ni cede el control de nuestras transacciones a nuestros empleadores, las empresas con este modelo de negocio son las que otorgan a los clientes individuales un mayor poder.

Casi todas las compañías en el mundo tecnológico intentan hacer una de estas tres cosas. Podemos entender por qué toman las decisiones que toman observando cuál es su relación con estos tres modelos de negocio.

10.- El modelo económico de las grandes compañías distorsiona a todo el mundo tecnológico.

Hoy en día, las mayores empresas de tecnología siguen una fórmula sencilla:

  • Produce un producto interesante o útil que transforma un mercado importante.
  • Consigue un montón de dinero de inversores de capital de riesgo.
  • Intenta conseguir rápidamente una audiencia enorme de usuarios incluso si esto significa perder mucho dinero durante un tiempo.
  • Descubre la forma de convertir esa audiencia enorme en un negocio suficientemente valioso como para ofrecer a tus inversores un rendimiento enorme.
  • Empieza a luchar de manera feroz contra las otras empresas competitivas de tu mercado. O a comprarlas.

Este modelo es muy distinto a la manera en que crecen las empresas tradicionales, que por lo general empiezan como pequeños negocios y crecen, principalmente, atrayendo clientes que pagan directamente por bienes o servicios.

Las empresas que siguen este nuevo modelo pueden crecer muchísimo más y a una mayor velocidad que los negocios tradicionales que dependen de incrementar los ingresos provenientes de clientes que pagan por un bien o servicio. Pero estas nuevas empresas se manejan también con menos responsabilidad dentro de los mercados en que ingresan, ya que están atendiendo los intereses de corto plazo de sus inversores por encima de los intereses de largo plazo de su comunidad.

La generalización de este tipo de plan de negocios consigue que sea casi imposible competir para las empresas que no cuentan con dinero procedente de inversión de capital de riesgo. Las compañías tradicionales que crecen en base a ganar dinero proveniente de sus clientes no pueden permitirse perder tanto dinero por tanto tiempo. No se trata de una competencia en igualdad de condiciones, lo que a menudo significa que, en general, las empresas se ven confinadas a ser, o bien emprendimientos independientes pequeños, o monstruosos mastodontes, con poco terreno en el medio. Como consecuencia, el panorama es muy similar a lo que vemos en la industria cinematográfica: pequeñas películas de autor o gigantescas películas de superhéroes, y no mucho más.

¿Y cuáles son los costos más altos para estas nuevas empresas tecnológicas? La contratación de programadores. La gran mayoría de ese dinero proveniente de fondos de inversión se destina a contratar y conservar a los programadores que construirán sus nuevas plataformas. Una pequeña parte de esa enorme pila de dinero se destina a pagar cosas que serán útiles para la comunidad o a construir patrimonio para alguien más que los fundadores o inversores de la empresa. Crear una empresa tremendamente valiosa en términos financieros no presupone la ambición de crear un montón de puestos de trabajos para diferentes tipos de personas.

***

De cara a las personas ajenas al mundo tecnológico, crear aplicaciones o dispositivos se presenta como un proceso hiper racional en el que los ingenieros eligen la tecnología más avanzada o apropiada para la tarea asignada. En realidad, la elección de lenguajes de programación o herramientas a utilizar puede ser producto de los caprichos de un programador o responsable de proyecto, o puede responder tan solo a la tendencia del momento. De forma igualmente habitual, los procesos o metodologías utilizados para crear productos tecnológicos pueden estar determinados por modas o tendencias, y esto afecta todo el proceso, desde la manera en que se realizan reuniones de trabajo a cómo se desarrollan productos específicos.

Algunas veces las personas que crean productos tecnológicos están buscando la novedad, en otras ocasiones quieren retornar a los básicos de su guardarropa tecnológico, pero estas elecciones se ven influidas por factores sociales, no solo por la valoración objetiva de sus méritos técnicos. Un avance tecnológico más complejo no siempre significa un producto final más valioso, así que si bien muchas empresas gustan de promocionar cuán ambiciosos o vanguardistas son esos nuevos avances, no hay garantía de que terminen ofreciendo mayor valor a los usuarios de a pie, sobre todo si tenemos en cuenta que los nuevos productos tecnológicos traen consigo, de forma inevitable, nuevos problemas y efectos colaterales.

12.- Ninguna institución tiene el poder suficiente para controlar los abusos del mundo tecnológico.

En la mayoría de industrias si una empresa comienza a comportarse de forma nociva o a explotar a sus consumidores, será metida en vereda por periodistas que investigarán y criticarán sus acciones. A partir de ahí, si los abusos continúan y el asunto se hace suficientemente grave, estas compañías podrán ser sancionadas por las autoridades a nivel local, estatal, gubernamental o internacional.

Hoy, sin embargo, mucha de la prensa especializada en tecnología está centrada en cubrir el lanzamiento de nuevos productos o de nuevas versiones de productos ya existentes, y los periodistas de tecnología que realizan cobertura sobre el impacto social de la industria tecnológica están muchas veces relegados y ven su trabajo publicado al lado de reseñas de nuevos teléfonos en lugar de ser presentados en secciones prominentes de cobertura de negocios o cultural. Si bien esto ha empezado a cambiar según las empresas tecnológicas se han hecho absurdamente ricas y poderosas, la cobertura está también constreñida por la propia cultura al interior de las empresas de medios. Los reporteros de negocios tradicionales pueden tener experiencia y peso en sus medios, pero son por lo general poco versados en cuestiones básicas de tecnología de una forma que sería impensable para periodistas que cubren, por ejemplo, el mundo de las finanzas o asuntos legales. Mientras tanto, los reporteros dedicados a cubrir tecnología y que tienen un entendimiento mayor del impacto cultural de esta, por lo general son asignados (o se inclinan) a cubrir lanzamientos de productos en lugar de cuestiones más amplias que atañen a su impacto cívico o social.

El problema es muchísimo más serio si consideramos que los reguladores y cargos electos suelen incluso presumir de su ignorancia en materia tecnológica. Si tenemos líderes políticos que son incapaces hasta de instalar una aplicación en sus teléfonos, resulta imposible que entiendan el mundo tecnológico de manera que puedan regularlo de forma apropiada, o que puedan exigir responsabilidades legales de forma correcta cuando los creadores de productos tecnológicos violan la ley. Mientras la tecnología plantea nuevos retos a nuestras sociedades, los legisladores y responsables políticos permanecen tremendamente rezagados cuando se trata de formular los marcos legales adecuados.

Sin la fuerza correctiva del periodismo y la exigencia legal de responsabilidades, las compañías tecnológicas avanzan como si estuvieran completamente desreguladas, y las consecuencias de este estado de cosas normalmente recaen sobre aquellos fuera del mundo tecnológico. Aún peor, los activistas tradicionales que confían en métodos como protestas o boicots, por lo general, ven cómo sus esfuerzos resultan ineficaces debido al modelo de negocio indirecto de los gigantes de la industria, que pueden apoyarse en publicidad, o vigilancia (“recolección de datos de usuarios”), o dinero procedente de capitales de riesgo, para continuar sus operaciones incluso cuando los activistas han identificado de forma correcta los problemas de estas empresas.

La ausencia de sistemas apropiados de rendición de cuentas es uno de los grandes desafíos que enfrenta el mundo tecnológico en nuestro días.

***

Si entendemos todo esto, podemos cambiar la tecnología a mejor

Si todo es tan complicado y tantas cuestiones importantes relacionadas con este mundo no son tan obvias, ¿debemos sencillamente abandonar la esperanza de mejora? No.

Una vez conocemos las fuerzas que moldean la tecnología, podemos empezar a impulsar los cambios. Si sabemos que el mayor costo para los gigantes de esta industria es atraer y contratar programadores, podemos animar a estos a que exijan cambios éticos y sociales de parte de sus empleadores. Si sabemos que los inversores que alimentan a estas empresas responden a riesgos potenciales en el mercado, podemos enfatizar que sus riesgos aumentarán si apuestan por compañías que se conducen de forma nociva para la sociedad.

Si entendemos que la mayoría de personas que trabaja en tecnología tiene buenas intenciones pero carecen de conocimiento acerca del contexto histórico o cultural para asegurarse de que el impacto de sus acciones sea tan bueno como sus intenciones, podemos asegurarnos de que reciban la educación necesaria para prevenir daños antes de que estos tengan lugar.

Muchos de los que nos dedicamos a crear tecnología, o que amamos la forma en que esta nos da poder para mejorar nuestras vidas, estamos sufriendo al lidiar con los muchos efectos negativos que estos mismos productos tecnológicos tienen en la sociedad. Pero, quizá, si empezamos con un set de principios comunes que nos ayude a entender cómo funciona realmente el mundo tecnológico, podamos empezar a abordar sus mayores problemas.

Roma, arte e incomodidad

Sergio del Molino, uno de los autores que más admiro en español y de quien además tengo la suerte de ser amigo, menciona la reseña que escribí hace unos pocos días sobre Roma en esta inteligente columna sobre la disyuntiva arte/panfleto moral publicada en el diario El País el día lunes 25 de febrero.

Dice Sergio en su columna:

Como resumía el periodista Diego Salazar en Foreign Policy: “Roma es un homenaje hermoso a la opresión doméstica”. En otras palabras: la mirada condescendiente de un señorito a las criadas que agradecen los mendrugos de pan lanzados por los amos. Y algo de eso puede haber. Al fin y al cabo, es una historia de inspiración autobiográfica narrada por un señorito que evoca su relación filial con una criada. Hay un retrato sin enjuiciamiento, y si no hay condena explícita, muchos espectadores concluyen que hay justificación implícita de un orden social. Pero eso es exigirle al arte algo que el arte no está obligado a dar y que, además, lo estropea hasta convertirlo en panfleto. Roma es arte porque se centra en el retrato y no en enjuiciar lo retratado. Es decir, Cuarón ha contado lo que le ha dado la gana y no lo que algunos le exigían que contara.

A diferencia de Sergio, yo creo que la película de Cuarón no hace nada por encarar el tópico –habitual en relatos (cinematográficos o literarios) de autores latinoamericanos– de las empleadas de hogar como muchachas «mudas… cortas pero buenas o, cuando menos, inocentes», en palabras de la escritora colombiana Margarita García Robayo.

Mi reseña continuaba (pueden leerla completa en español aquí):

La historia de la niñera de Cuarón se encuentra atrapada en el recuerdo idílico del cineasta, una mirada infantiloide, como si tantos años después el Cuarón adulto no hubiese aprendido nada sobre la realidad de Libo (Cleo) ni hubiera ampliado su mirada y comprensión para entender que la vulnerabilidad de ella era el precio a pagar por su seguridad infantil.

La diferencia en nuestras lecturas de Roma, creo, es uno de esos temas en los que nunca conseguiremos ponernos de acuerdo. Si Sergio y yo fuéramos autores de otro siglo, nos imagino perfectamente gastando decenas de folios de papel y sobres de correo en largas argumentaciones en defensa de nuestras posiciones.

Me parece que es perfectamente posible tener lecturas y visiones diferentes de una película tan rica en simbología y ambición sin que el desacuerdo presuma mala fe, idiotez o ignorancia del que opina distinto a uno. De hecho, la disparidad y enorme cantidad de opiniones que ha suscitado Roma es, para mí, una de las cosas más fascinantes de la película y una de las razones por las que acepté escribir al respecto cuando la editora de Foreign Policy me lo sugirió.

Mi reflexión y crítica a Roma asume explícitamente la posibilidad de esas lecturas distintas y, como señalo en el propio texto, está hecha a partir de la perspectiva particular que supone ver la película con ojos latinoamericanos e, incluso, de latinoamericano de clase media o media alta. Esa condición supone, desde mi punto de vista, que con casi toda seguridad uno ha sido o es cómplice de la estructura de poder y desigualdad que da origen y sostiene la situación de semiesclavitud en que viven Cleo y una parte importante de las mujeres –aunque no solo– que realizan trabajos domésticos en nuestras sociedades.

A pesar de lo que Sergio deja caer en su columna, yo no le pido a Cuarón que haga crítica social explícita, ni mucho menos panfletos moralistas. Pocas cosas me interesan menos. Mi crítica a la película está centrada en ciertas decisiones estéticas y narrativas del director que, a mi modo de ver, dejan traslucir cierta falta de reflexión y/o entendimiento por su parte acerca del asunto central de la película: de nuevo, la condición de semiesclavitud en que sobrevive Cleo en la ficción, equiparable a la de miles de mujeres latinoamericanas todavía hoy en pleno año 2019. Si no lo han hecho, los invito de nuevo a leer el texto para entender a qué me refiero.

Llevo algunos días pensando si comentar todo esto, ya que si bien he seguido con cierta atención los múltiples comentarios y reacciones, tanto a favor como en contra, que ha suscitado mi ensayo, hace tiempo ya que tomé la decisión de no discutir mis textos a posteriori en redes sociales, creo que lo que escribo debe defenderse solo, a menos que haya errores factuales groseros.

Si lo hago aquí es, primero, debido a la interpelación directa e inteligente que me hace Sergio, tanto en su columna como en un comentario de Facebook. Interpelación que me ha servido además para dar algo de forma a la reflexión acerca de algunos cuestionamientos que se han hecho a mi lectura.

Pero también escribo estas líneas porque he encontrado fascinante que haya un grupo importante de gente –no es el caso de Sergio en absoluto– para la que pareciera que las únicas respuestas posibles ante un artefacto cultural son «lo adoro con locura» o «lo odio tanto que nunca debería haber existido».

Parece que hay quien piensa, a raíz de mi lectura crítica, que he odiado la película o que pienso que habría que prenderle fuego a todas las copias existentes y a Cuarón mismo. Por supuesto, eso no es así. Como le decía a Sergio en un comentario en su muro de Facebook, parece que hay mucha gente que piensa que es una excentricidad o un imposible que uno disfrute una película o un libro o cualquier artefacto cultural pero, a la vez, este le suscite preguntas, dudas y hasta cierta incomodidad que lo lleven a cuestionarlo y a cuestionarse uno mismo.

Por suerte, hay también quien, estando en desacuerdo con uno, plantea preguntas y cuestiones que, lejos de zanjar el debate, lo azuzan e impiden que uno agote la reflexión ensimismado. Como Sergio. Gracias, querido.

Algunas cosas que se han dicho sobre No hemos entendido nada

«Diego Salazar sube al ring conceptos tan escurridizos como posverdad, fake news y revolución digital, y analiza las herramientas –generalmente desastrosas– con que los medios de comunicación les han hecho frente. Luego, en un knockout demoledor, demuestra que el único camino posible para el futuro del periodismo es la utilización de las mejores armas de toda la vida: investigación minuciosa, chequeo de datos y prosa sublime. Este libro reúne las tres».
Leila Guerriero, autora de Plano americano y Los suicidas del fin del mundo.

«Amigos periodistas: si quieren una buena novela de terror, el libro de Diego Salazar les va a estremecer. Escalofríos y sustos garantizados. No hemos entendido nada disecciona la razón de ser del periodismo en un mundo donde parece haber perdido su sentido, y lo hace desde la incomodidad y la autocrítica, sin complacencia, para recordar que sigue habiendo una verdad y que es posible entreverla si se corta bien la maleza».
Sergio del Molino, autor de La hora violeta y La España vacía.

«Me he reído a gritos leyendo No hemos entendido nada. Un libro divertido e incisivo acerca del periodismo y su caída libre escrito por una de las mentes más iluminadas de Latinoamérica».
Alberto Fuguet, autor de Sudor, Missing: una investigación y VHS (Unas memorias).

«No hemos entendido nada [es] uno de los libros más importantes sobre la crisis actual del periodismo, conectada, por supuesto, al desafío de internet».
Edmundo Paz Soldán, autor de Río fugitivo, Los vivos y los muertos y Norte.

«Si realmente te interesa el periodismo y entender un poco lo que estamos afrontando debes leer el libro de Diego Salazar».
Esther Vargas, directora de Clases de Periodismo.

«¿Qué tiene que ocurrir para que un periodista ponga de lado una de las partes esenciales del oficio? Diego Salazar ha hecho de esta pregunta un caso de estudio sobre un mal creciente y contemporáneo: los periodistas no verifican, los editores no editan, y los medios de información caen, uno tras otro, víctimas de sí mismos. ¿Qué esperanza de vida tiene un medio periodístico que no hace periodismo? No hemos entendido nada es el libro donde Diego Salazar desmenuza el presente sin demasiado futuro del periodismo».
Marco Avilés, autor de De dónde venimos los cholos y No soy tu cholo.

«Una de las mejores cosas que le podía pasar al periodismo peruano de estos tiempos ha sido el nacimiento de No hemos entendido nada, el espacio que Diego Salazar ha convertido en referente de análisis sobre lo bueno, lo malo y lo complejo de este oficio y la industria que muchas veces lo afea y lo arruina. Este es el libro que da sentido a esta iniciativa».
David Hidalgo, autor de La biblioteca fantasma y Sombras de un rescate.

Trailer:

La edición peruana de No hemos entendido nada se encuentra disponible en librerías desde julio de 2018.

La edición chilena apareció en enero de 2019.

La edición española salió a la venta el 21 de febrero de 2019.

La edición mexicana aparecerá en julio de 2019.

Mientras tanto, quien desee leer el libro antes de que aparezca la edición impresa de su país puede hacerlo en ebook, tanto en Amazon Kindle como en Apple iBooks:

-Si utilizan una cuenta de Amazon domiciliada en Estados Unidos, pueden comprarlo aquí.

-Si utilizan una cuenta de Amazon México, pueden hacerlo aquí.

-Si su cuenta es de Amazon España, lo encuentran aquí.

-Si en lugar de Kindle, utilizan iBooks de Apple, pueden conseguirlo aquí.

ABC, la Luna, los rusos y los diarios teóricos de la conspiración

Me encantan las teorías de la conspiración. Creo haberlo contado ya varias veces. Encuentro algo irresistible en esa pulsión que lleva a tanta gente a creer en elaborados complots, en ejércitos de seres humanos ejecutando al unísono un complejísimo plan sin desviarse un milímetro, sin equivocaciones ni accidentes y, sobre todo, sin filtraciones indiscretas que echen por la borda el diseño elaborado por un oscuro genio del mal.

En el fondo, más allá del delirio y la paranoia, hay en las teorías de la conspiración una fe humanista, una confianza en el carácter perfectible y la diligencia humana, que me gustaría compartir.

Por eso, cuando vi pasar esta «noticia» del diario español ABC, no pude evitar el click:

Screenshot_20181125-172810

Díganme si no es una maravilla. No sé ustedes, pero a mí me encanta particularmente que la nota se encuentre en el apartado CIENCIA del site.

El corazón del cuerpo de la nota, que va sin firma, dice así:

Desde entonces, y pese a la insistencia de Estados Unidos y la NASA en la veracidad de aquel primer alunizaje, han sido muchos los que han dudado de que fuese real. Las dudas acerca de si el Apolo 11 y Armstrong llegaron a la Luna han estado siempre presentes, e incluso las teorías más conspiranoicas aseguran que este nunca fue real.

El próximo año se cumplirán cincuenta años de aquel histórico instante [la llegada del Apolo 11 la Luna], que desde Rusia tampoco terminan de creer como veraz. En ese sentido, Roscosmos, la agencia espacial rusa, ha anunciado ahora la propuesta de una misión a la Luna que se encargue de verificar si aquel alunizaje del Apolo 11 fue o no real.

Así lo ha confirmado este sábado el director general de Roscosmos, Dmitry Rogozin. «Hemos establecido este objetivo: de volar y verificar si los estadounidenses estuvieron allí o no», señaló Rogozin, en respuesta acerca de una pregunta sobre si la NASA llegó a la Luna o no. Una afirmación que hizo en tono distendido, aunque los antecedentes dotan de mucha realidad.

Pese a la insistencia de Estados Unidos y la NASA en la veracidad de aquel primer alunizaje.

En tono distendido.

Nada de eso, por supuesto, fue óbice para titular «Rusia organizará una misión para «confirmar» si Neil Armstrong llegó a la Luna» y darle una palmadita de reconocimiento a una de las más extendidas teorías de la conspiración.

Que Neil Armstrong y Buzz Aldrin nunca pusieron pie en la Luna no solo es una de las teorías de la conspiración más populares del mundo, sino que existen decenas de versiones. La más delirante de todas señala que el alunizaje y la caminata lunar fueron filmadas por Stanley Kubrick, con guión de Arthur C. Clarke, en un estudio de Hollywood.

No son pocas las personas que defienden esta hipótesis o alguna parecida. Hace unos meses, el ex capitán de la selección española de fútbol y del Real Madrid, campeón del mundo en 2010, Iker Casillas, quien cuenta con más de ocho millones de seguidores en Twitter, se apuntaba al club de la conspiración:

Por supuesto, que la NASA puso a dos hombres en la Luna es un hecho probado y las teorías de la conspiración que señalan lo contrario no son sino delirios paranoicos o mentiras interesadas. Aquí pueden leer una nota de National Geographic en español donde desmontan una a una varias de las supuestas pruebas que esgrimen los conspiranoicos.

También pueden ver este programa de la televisión española de 2014, escrito y dirigido por Luis Alfonso Gámez y José A. Pérez, que hace lo mismo en un entretenido y didáctico formato audiovisual:

Existen múltiples razones por las que los seres humanos somos propensos a creer en teorías de la conspiración por muy absurdas que estas sean. En este artículo, la periodista Elizabeth Svoboda hace un estupendo trabajo explicando y resumiendo algunas. Escribe Svoboda (la traducción es mía):

Si bien la debilidad de la gente por teorías de la conspiración puede parecer irracional, nace de un lógico deseo por dotar al mundo de sentido. Atribuir significado a lo que nos ocurre ha ayudado a los seres humanos a prosperar como especie, y las teorías de la conspiración son historias con cohesión interna que «nos ayudan a entender lo desconocido cuando tienen lugar hechos inesperados o que nos producen temor», dice Jan-Willem van Prooijen, un psicólogo social de la Universidad Vrije en Amsterdam. Para algunos creyentes, la sensación de claridad y confort ofrecida por esas historias se anteponen a su veracidad.

Pero, ¿es Dmitry Rogozin, el director de Roscosmos, la agencia espacial rusa, uno de esos creyentes como el artículo del ABC invita a pensar? ¿Cuáles son esos «antecedentes [que] dotan de mucha realidad» a la supuesta afirmación de Rogozin?

Los supuestos antecedentes, según la misma nota, en realidad son solo un antecedente. Este:

El pasado año 2015, el Comité de Investigación de Rusia pidió la apertura de una investigación acerca de los alunizajes estadounidense, dudando así de su veracidad.

¿A qué investigación se refiere el redactor anónimo del ABC?

A una que nunca ocurrió.

¿Saben por qué?

Porque, en realidad, el Comité de Investigación de la Federación Rusa, un organismo equivalente al FBI norteamericano, no solicitó ninguna investigación. Lo cuenta en este artículo para de The Washington Post publicado en junio de 2015 el periodista Rick Noack .

En ese entonces, un portavoz del Comité de Investigación de la Federación Rusa llamado Vladimir Markin escribió una columna donde se quejaba de una investigación del FBI que terminaría destapando el gigantesco escándalo de corrupción de la FIFA que acabó con la carrera de Joseph Blatter y otros dirigentes del fútbol mundial.

Markin renegaba del intervencionismo americano. Las autoridades de ese país, escribía el portavoz del Comité de Investigación, se han «autoproclamado árbitros supremos de los asuntos relacionados con el fútbol internacional». Estados Unidos, decía Markin, debía atenerse al mismo rigor investigador que imponía al resto. Ya que Washington «ha encubierto, respaldado y luego usado a sus propios aliados como víctimas y arietes para apuntalar su dominio en el mundo».

De ser así, continuaba Markin:

Podemos también ayudar a realizar una investigación internacional acerca de dónde se filmó el video, si fue grabado por astronautas en la Luna, o dónde están escondidos esos 400 kilos de suelo lunar que nadie ha visto. No, no estamos diciendo que no volaron [a la Luna] y simplemente hicieron una película. Pero todos esos artefactos científicos, o quizá culturales, son parte de la herencia de la Humanidad y su desaparición sin rastro es una pérdida compartida por todos. Y la investigación dirá.

Por supuesto, la supuesta investigación nunca ocurrió. La bravata de Markin nunca abandonó los confines de las páginas del diario Izvestia, donde fue originalmente publicada. Porque nunca fue nada más que eso. Un «y tú más» de casi 3000 caracteres dirigido a «los americanos», ese enemigo mortal del estado ruso y sus distintas encarnaciones.

Pero, volviendo al presente y a la nueva investigación que supuestamente lanzará Roscosmos, ¿qué dijo, en realidad, hace unos pocos días Dmitry Rogozin, director de Roscosmos? ¿Estaba poniendo en duda el máximo responsable de la agencia espacial rusa que Neil Armstrong y Buzz Aldrin pusieron pie en la Luna en julio de 1969, como el diario ABC afirma?

Si alguno de ustedes entiende ruso puede escucharlo aquí:

El video fue compartido por el propio Rogozin en su cuenta oficial de Twitter:

Según la traducción ofrecida por Microsoft para Twitter en inglés, Rogozin presenta el video así:

I answer questions of the President of Moldova: whether there were Americans on the moon, why do you have @ fighters and trams and how Russian astronautics will help Moldovan grapes?

Traduzco:

Respondo a las preguntas del presidente de Moldavia: ¿Hubo americanos en la Luna? ¿Por qué tienen aviones de combate y tranvías en @roscosmos? ¿Y cómo la astronáutica rusa ayudará a las uvas moldavas?

Como no sé ruso, no puedo saber el momento exacto en que Rogozin habla en el video acerca de la investigación que supuestamente organizará para comprobar si el Apolo XI llegó a la Luna entre sonrisas. Pero sí puedo ver qué dijeron otros medios al respecto.

Si uno realiza un google search utilizando las palabras «Dmitry Rogozin» y «Roscosmos», encontrará que decenas de medios en español y en inglés compartieron la «noticia», todos con distintas variaciones de «Rusia propone verificar si Estados Unidos llegó a la Luna» en el titular.

Encontrará también, que algunos medios en inglés señalaron que Rogozin hizo la propuesta «with a smirk». Es decir, con una sonrisa. Fue así, gracias a esa expresión, que descubrí que todos los medios en español y en inglés que se han hecho eco de la inminente investigación rusa, se basan, a sabiendas o no, en este cable de la agencia Associated Press (AP) del día 24 de noviembre:

Screenshot_20181126-104405

¿Qué es lo que dice la nota de AP? Esto (la traducción es mía):

MOSCÚ (AP) — El director de la agencia espacial rusa Roscosmos dijo que ha propuesto una misión rusa a la Luna para verificar si los alunizajes realizados por Estados Unidos fueron reales, aunque aparentemente estaba bromeando.

«Hemos establecido el objetivo de volar y verificar si estuvieron ahí o no, dijo Dmitry Rogozin en un video publicado el sábado en Twitter.

Rogozin estaba respondiendo a una pregunta acerca de si la NASA alunizó en realidad hace casi 50 años. Parecía estar bromeando, dado que sonrió y se encogió de hombros mientras respondía. Sin embargo, las conspiraciones alrededor de las misiones a la Luna de la NASA son comunes en Rusia.

La Unión Soviética abandonó su programa lunar a mediados de los años 70, luego de que cuatro cohetes experimentales explotaran.

Aparentemente estaba bromeando.

Parecía estar bromeando, dado que sonreía y se encogió de hombros cuando respondió.

La agencia estatal noticiosa rusa RIA Novosti publicó un artículo similar el mismo día, aunque se ahorraba la referencia a la sonrisa de Rogozin. Sin embargo, al día siguiente, en un nuevo artículo, la misma agencia aclaraba que todo era una broma del director de Roscosmos:

«Es un chiste, por supuesto», dijo un representante oficial de Roscosmos a RIA Novostia en respuesta a la solicitud de un comentario acerca de las palabras del director de la empresa estatal.

No sé ustedes, pero para mí el verdadero chiste es que páginas informativas conviertan un cable de una agencia en el que se indica que un oficial ruso realiza un comentario en broma en una noticia que apalanca una de las más absurdas y extendidas teorías de la conspiración.

El chiste es que en las redacciones parece que todo vale con tal de publicar un titular atractivo que «garantice» un buen puñado de clicks.

El problema es que el chiste es tan habitual ya que hace tiempo que dejó de tener gracia. El chiste es tan malo que la broma, en realidad, hace rato que pasamos a ser nosotros, los periodistas. Lo más triste, al menos para mí, es que a nadie parece importarle.

ACTUALIZACIÓN

En ABC han cambiado, en algún momento y sin aclaración alguna en la nota, la bajada y un fragmento del artículo titulado «Rusia organizará una misión para «confirmar» si Neil Armstrong llegó a la Luna» para incluir que la afirmación del director de Roscosmos parece una broma.

Titular y bajada aparecen ahora así:

Screen Shot 2018-11-26 at 12.57.46 PM

El fragmento en cuestión del cuerpo del texto aparece ahora así:

Screen Shot 2018-11-26 at 1.07.43 PM

Así fueron publicados originalmente, sin bromitas de por medio:

Screen Shot 2018-11-26 at 12.57.25 PM

Screen Shot 2018-11-26 at 1.02.37 PM

Ningún restaurante vegetariano tailandés fue clausurado por servir carne humana

El día lunes 5 de noviembre, mi feed de Twitter empezó a llenarse de tuits de distintos medios, todos con variaciones de un mismo titular: «Cierran un restaurante vegetariano que servía carne humana».

No tardé mucho en dar click. ¿Quién puede resistirse a esa triada «restaurante vegetariano + asesinato + carne humana»? Luego de leer las notas de La Vanguardia y El Comercio, fui a buscar la «noticia» a Google News.

El «macabro hecho», como describían varios medios lo ocurrido, ya había sido objeto de artículos publicados por otras páginas en español una semana antes:

Estos cinco medios no fueron los únicos en nuestro idioma. También se hicieron eco de lo ocurrido en ese restaurante de Bangkok medios como El Español, 20 Minutos, el Heraldo de Aragón, El Plural, La Voz de Galicia y La Sexta en España; Excelsior de México; ATV, Correo y El Popular en Perú; así como El Comercio de Ecuador, entre muchas otras páginas desperdigadas por Hispanoamérica que relataron la «espeluznante noticia» de Prasit Inpathom, cuyos restos habían sido supuestamente servidos en un plato de fideos «vegetarianos».

De uno a otro medio se repetían los siguientes detalles:

  • Algunos clientes se habían quejado porque encontraron en sus fideos vegetarianos trozos de carne.
  • Al inspeccionar el local la policía encontró sangre en el suelo y paredes.
  • La policía de Tailandia localizó el cadáver de un hombre de 61 años en un tanque séptico del restaurante.
  • Autoridades señalaron que la intención del propietario era deshacerse del cuerpo moliéndolo y sirviéndolo por partes a los clientes.
  • El dueño se había dado a la fuga.

¿De dónde provenía toda esa información?

La fuente, como es costumbre cuando se trata de historias estrambóticas, era la página web del Daily Mail. Ya he escrito alguna vez que el diario británico es uno de los medios que más noticias basura publica. Pese a ello, legiones de periodistas en redacciones de todo el mundo siguen acudiendo al site inglés en busca de «noticias» con las que llamar la atención –y mendigar un click– de los usuarios de redes sociales.

¿Qué decía el Daily Mail? Esto:

Screen Shot 2018-11-06 at 12.00.53 PM

Sirven CARNE HUMANA a comensales horrorizados luego de que el dueño del restaurante «matara a un cliente y encontrara una forma repugnante de deshacerse del cadaver»

  • Clientes de un restaurante vegetariano horrorizados al descubrir que les sirvieron carne humana
  • La policía investigaba un restaurante tailandés cuando encontró un cadaver en descomposición en la cocina
  • El cuerpo identificado era de un cliente habitual que se peleó con el dueño
  • La víctima, de 61 años, estuvo desaparecida por más de una semana

El cuerpo de la nota no aportaba mucho. Un par de detalles extra, varias fotos y poco más:

  • Un estudio de la carne encontrada en el local determinó que no era de res ni de cerdo sino humana.
  • La víctima, un visitante habitual del local, se llamaba Prasit Inpathom y había sido visto por última vez en el restaurante tomando copas con su hermano el 21 de octubre.
  • Había sido golpeado con un objeto contundente en la cabeza y apuñalada seis veces en el estómago y la pierna.

Había sí una respuesta a la pregunta que venía haciéndome desde que empecé a leer la nota. ¿Cómo sabía todo esto quien firma el artículo, Alex Chapman, periodista de la edición australiana del Daily Mail?

Si uno revisa los artículos firmados por Chapman para el Daily Mail, se dará cuenta de que el grueso de su producción está centrada en historias ocurridas en Sidney, Melbourne, Adelaide, Perth y otras localidades australianas.

Este es el último de sus grandes éxitos, publicado el día 6 de noviembre: «Un doctor de Melbourne, de 33 años, muere al ser atacado por un tiburón en la localidad de Whitsundays luego de saltar de una tabla de paddle mientras sus colegas trataban desesperadamente de salvarlo (IMÁGENES)».

El 31 de octubre, el día en que publicó la terrorífica historia del restaurante vegetariano de Bangkok que servía carne humana, Chapman escribió otras cinco historias en el site del Daily Mail. Las cinco narraban hechos ocurridos en distintas ciudades de Australia. ¿Cómo hizo el reportero para, además, despachar una jugosa historia policial desde Bangkok?

La respuesta que buscaba se encuentra en una línea de su artículo. Esta:

According to local publications, Prasit was involved in a verbal altercation with the boss of the restaurant.

Traduzco: «Según medios locales, Prasit [Inpathom, el asesinado] se vio envuelto en un altercado verbal con el jefe del restaurante».

¿A qué medios locales se refiere Chapman? Su link redirecciona a uno solo: Asia One.

El problema es que, pese a lo que señala el periodista Alex Chapman, Asia One no es un medio tailandés. Asia One es un agregador de noticias con sede en Singapur, propiedad del conglomerado de medios Singapore Press Holdings.

Un segundo problema es que, pocos días después de publicado, el 2 de noviembre, el artículo de Lam Min Lee era corregido –y desmentido– en la misma página de Asia One.

Si uno hace click hoy sobre el link que redirige a Asia One verá una nota distinta a la que vio –y copió– Chapman. El artículo original, escrito por la periodista Lam Min Lee y publicado el 29 de octubre, tiene ya todos y cada uno de los elementos informativos que posteriormente reproducirá en su artículo el reportero del Daily Mail y que, a continuación, replicarán un buen número de medios en español y en inglés –VICE, Newsweek, Toronto Sun, Daily Mirror, The Sun– durante los días siguientes.

Así abría el artículo cuando fue publicado (esta versión aún puede consultarse en la caché de Google) por primera vez en Asia One el 29 de octubre:

Screen Shot 2018-11-06 at 5.52.52 PM

Esta es la apertura del artículo ahora, luego de que fuera actualizado el día 2 de noviembre:

Screen Shot 2018-11-06 at 5.53.21 PM

En la actualización, la periodista de Asia Online indica:

La policía tailandesa ha aclarado en un comunicado que la carne de un hombre asesinado no fue servida en platos de comida de una restaurante vegetariano de Bangkok, información que había circulado en reportes de la prensa extranjera.

De acuerdo al sitio de noticias en tailandés Khaosod, el restaurante no se encontraba abierto al público en el momento del incidente ya que se encontraba en construcción.

Parece que la modestia de Lam Min Lee le impide señalar que esos «reportes de la prensa extranjera» que informaron sobre el famoso restaurante vegetariano que sirve carne humana lo hicieron todos basándose en el artículo que ella misma escribió para Asia One.

Pero, ¿de dónde sacó la información Lam Min Le?

En su nota la periodista remitía, a través de un link en el primer párrafo, a la página web del Lianhe Zaobao, el principal diario en chino de Singapur. Esa nota del Lianhe Zaobao, publicada el 28 de octubre (desde entonces el artículo ha sido actualizado para incluir una corrección que señala que nunca se sirvió carne humana en el restaurante), remitía a su vez a otro medio: el Oriental Daily News, un periódico en chino publicado en Malasia.

Repasemos: un site en inglés de Singapur (Asia One) publica un artículo sobre un restaurante vegetariano ubicado en Bangkok, Tailandia, que supuestamente sirve carne humana. El site en inglés con sede en Singapur hace esto basándose en la información proveniente de un diario que publica en chino desde Singapur (Lianhe Zaobao) y de otro diario en chino con sede en Malasia (Oriental Daily News).

Acto seguido, un periodista ubicado en Melbourne (Alex Chapman), que trabaja para un diario británico (Daily Mail), copia toda la información de esa nota publicada por el agregador de noticias de Singapur (Asia One) y consigue con su artículo que medios de todo el mundo, de Estados Unidos a España, pasando por Ecuador y Perú, se hagan eco de la fantástica y falsa historia de un restaurante vegetariano que supuestamente sirvió carne humana a sus clientes luego de que el dueño supuestamente asesinara a uno de sus clientes. Todo esto, por cierto, cuando el restaurante ni siquiera estaba abierto.

Hubo, sin embargo, un medio tailandés que sí hizo su trabajo. El site Coconuts, que cubre en inglés varias ciudades del sudeste asiático –Bangkok. Manila, Hong Kong, Singapur, Kuala Lumpur, Jakarta, Bali y Yangon–, publicó un artículo en el que desmontaba esta «macabra» y «espeluznante» historia.

¿Cómo lo hizo? De la forma más sencilla que un periodista puede imaginar: preguntando a los policías responsables de la investigación.

Los periodistas de Coconuts entrevistaron a Adul Thongpetch, policía del distrito de Lat Krabang a cargo del caso, quien indicó lo siguiente:

dado que el restaurante no estaba abierto durante o incluso después de la fecha en que la víctima Prasit Inpathom, de 61 años, fue supuestamente asesinada.

El presunto asesinato, siempre según el oficial Adul Thongpetch, habría ocurrido el 21 de octubre. Durante su entrevista con Coconuts, el policía señaló:

el restaurante no había terminado las obras. Abrieron por tres días de cara al festival vegetariano (que terminó el día 17 de octubre). Esto significa que el local estuvo cerrado desde varios días antes de que el sujeto muriera.

Cuando se le preguntó si faltaba algún trozo de carne de la víctima, el oficial Adul Thongpetch dijo que no. Otro oficial de la policía de Lat Krabang confirmó todos esos datos a los periodistas de Coconuts:

«Esta es una simple investigación de asesinato», dijo el subteniente Sawang Wongbut, riendo ante la forma en que distintos medios habían reportado lo ocurrido.

Pero no solo eso. Según el reporte de Coconuts, el principal sospechoso del crimen no es el dueño del restaurante, sino su hermano:

Boonyuen Kamtawee es el hermano del dueño del local y este le pagaba por trabajar en la construcción. La víctima, por su parte, también recibía dinero por ayudar a Boonyuen. Ambos eran vistos con frecuencia bebiendo juntos hasta altas horas de la noche.

«El sospechoso de asesinato estaba asistiendo regularmente a la obra del restaurante. Cuando ocurrió el asesinato, desapareció. Dos días después (el 23 de octubre), el dueño fue al local y al no encontrar a nadie alertó a la policía».

(…)

Boonyuen, quien «había viajado a su ciudad natal» en la provincia de Prachuap Khiri Khan, se entregó a las autoridades el día 27 de octubre, luego de que se expidiera una orden de arresto. Se ha negado a colaborar con la policía y está preparándose junto a un abogado para defenderse en la corte.

Es decir, según la policía del distrito de Lat Krabang en Bangkok la gran mayoría de datos repetidos por casi todos los medios son falsos. Recordemos:

  • Algunos clientes se habían quejado porque encontraron en sus fideos vegetarianos trozos de carne. FALSO (Nunca hubo fideos con trozos de carne de ningún tipo)
  • La víctima, un visitante habitual del local, se llamaba Prasit Inpathom y había sido visto por última vez en el restaurante tomando copas con su hermano el 21 de octubre. FALSO (Prasit Inpathom había sido visto bebiendo con el hermano del propietario, no con el suyo)
  • Autoridades señalaron que la intención del propietario era deshacerse del cuerpo moliéndolo y sirviéndolo por partes a los clientes. FALSO (Ninguna autoridad declaró esto)
  • El dueño se había dado a la fuga. FALSO (Quien se dio a la fuga fue el hermano del dueño)
  • Un estudio de la carne encontrada en el local determinó que no era de res ni de cerdo sino humana. FALSO (No se encontró carne de ningún tipo)

Hubo también un medio en español que intentó hacer, a su modo, una parte del trabajo. El diario peruano La República, que como ya he señalado alguna vez tiene una extraña afición por historias de «reptilianos» y otras «noticias» que denominan «tendencias».

El día 5 de noviembre, mientras varios medios en nuestro idioma seguían produciendo notas sobre el restaurante vegetariano que sirvió carne humana a sus clientes, La República publicó un artículo titulado «La historia real detrás del ‘restaurante vegetariano que sirvió carne humana’».

En el artículo, sin citar ninguna fuente, La República concluye:

Sin embargo, la policía de Tailandia emitió un comunicado desmintiendo dicha información. Aseguraron que el asesino no ideó tal plan macabro para deshacerse del cuerpo, ni los comensales probaron carne humana. Si bien se encontraron restos del cadáver en la cocina del restaurante vegetariano, no se utilizó el cuerpo de Prasit Inpathom para servirlo en el menú.

De hecho, nadie había llamado a las autoridades para quejarse por encontrar carne en su plato, porque el restaurante ya estaba cerrado por remodelaciones.

La policía de Tailandia, además de desmentir las especulaciones sobre el restaurante vegetariano en el que se encontró el cadáver, está en búsqueda del principal sospechoso. El jefe del local fue visto por última vez cuando bebía licor con la víctima, Prasit Inpathom.

Pese al esfuerzo, la nota de La República repite varias falsedades. Como ya señalé párrafos arriba, no se encontraron restos de carne del cadáver en la cocina del restaurante. Ni fue el jefe o dueño del local quien había sido visto bebiendo con la víctima. Ni la policía se encuentra en búsqueda del sospechoso, ya que este, el hermano del dueño del local, se entregó el día 27 de octubre.

Pero, bueno, algo es algo. Quizá la próxima.

 

 

Humberto Sato: «Pero chef, qué chef, nada, yo soy cocinero. Y antes fui mecánico»

Hace seis meses, la editora Jenny Varillas me pidió que entrevistara al cocinero Humberto Sato, dueño del restaurante Costanera 700, para la revista SE+, que publica Semana Económica.

Antes de esa entrevista yo había hablado muy pocas veces con Sato. Conozco sobre todo a Yaquir, uno de sus tres hijos, cocinero como él, a quien he entrevistado en varias ocasiones y con quien tengo una buena relación. Casi no conocía personalmente a Sato pero, por supuesto, conozco bien su leyenda.

Humberto Sato es uno de los nombres más importantes de la historia de la gastronomía peruana. Uno de los pioneros de la cocina nikkei. Término que él aborrecía pese a haber sido protagonista de la confusión que le dio origen.

La historia del nacimiento del término me la contó el otro protagonista, el poeta Rodolfo Hinostroza, durante una entrevista que formó parte de la investigación para un artículo sobre cocina nikkei que escribí en 2013. El propio Sato me confirmó los detalles en una breve conversación poco después.

En 1983, cuando Hinostroza escribía de forma regular sobre cocina en el diario La República, entrevistó un día a Sato. Durante la conversación, Sato e Hinostroza hablaban sobre la cocina hecha por migrantes e hijos de japoneses en el Perú. Se detuvieron un momento en la diferencia entre nisei y nikkei. Nisei es la palabra japonesa que describe a los hijos de japonés nacidos fuera de Japón. La taxonomía nipón es exhaustiva. Existen cinco términos distintos para diferenciar el grado de lejanía de un descendiente japonés con la madre patria. Nikkei es el término que los engloba a todos. Hinostroza entendió que la palabra no aplicaba solo a personas sino también a lo que le importaba en ese momento, la cocina. Y así lo publicó. El término hizo fortuna y es por ello que hoy, más de treinta años después, cuando hablamos de cocina japonesa-peruana hablamos de cocina nikkei.

Sato renegó del término buena parte de su vida. Le gustaba decir que él hacía cocina peruana. Aunque durante esa última conversación en marzo me dijo que en realidad el término ya daba igual. El mundo gastronómico, en Perú y fuera del país, lo había adoptado y a él había dejado de importarle.

Humberto Sato murió el jueves 11 de octubre de 2018 a los 78 años.

Aquí pueden leer esa última entrevista, como se publicó en el número 11 de la revista SE+, aparecido en abril de este año. Con un pequeño añadido. La publico con autorización de la editora. La fotografía de la cabecera la tomó Romina Vera, también para SE+, durante nuestra conversación.

Humberto Sato: «Pero chef, qué chef, nada, yo soy cocinero. Y antes fui mecánico».

Son las tres de la tarde en Miraflores y Humberto Sato está sentado a la barra de Costanera 700. Hace ya un tiempo que Sato dejó la cocina y el restaurante en manos de sus hijos. Así que cuando viene se sienta a la barra y come tranquilo, por lo general, sashimi, mientras algunos comensales se acercan a saludarlo.

Cuando nos sentamos a conversar en el salón privado unos minutos después, empiezo preguntándole qué tal estaba el sashimi. «Estaba bien. Nada más que como ahora se ha puesto de moda el estilo japonés, el grosor de las piezas, yo le dije al cocinero que por favor lo haga a la mitad del estándar japonés. Pero los muchachos ya se acostumbraron al corte japonés, y se le olvidó. Los jóvenes se fueron a trabajar a Japón y volvieron con la moda de ese grosor. Yo les digo: es cuestión de gustos. A cada cual le gusta distinto. En Japón si pides te lo dan más delgado», me dice.

¿Cómo llegaron sus padres al Perú?

Mi mamá nació a cinco cuadras de donde vivía mi papá. Había un cerro pero la distancia era cinco cuadras. En Fukushima, donde fue el desastre nuclear. Pienso que no queda ningún familiar allá, pienso. Los Tomita, la familia de mi madre, son los que hicieron parte del Shinkanse, el tren bala que une Tokio con la isla de Sapporo. Tuve la suerte de ir al inicio de la perforación del túnel submarino. Creo que en esa época era el más largo del mundo. Mi padre vino primero. Luego, cuando mi madre sale de Japón y viene a casarse con mi padre le preguntan ¿con quién va a casarse? Con Sato. Y ahí desaparece el apellido Tomita. Pero después mi viejo no sé cómo hizo, cuánto pagó, temas notariales, lo hizo como debe ser, y yo soy Sato Tomita, el apellido de papá y el apellido de mamá. Pero los de mi época, la mayoría, tienen el doble apellido paterno.

¿Qué vino a hacer su padre?

Mi papá salió de Japón para dedicarse a la cocina. Yo recién me he enterado. Ya falleció hace quince años pero recién me he enterado. En el trayecto, que se demoraba cuarenta y cinco días, la persona que lo iba a recibir acá se casó. Y su esposa tenía un tallercito de camisas. Así que cuando mi papá llegó con las ganas de ser cocinero, descubre que en vez de dedicarse a la cocina va a dedicarse a la costura, en el taller de la esposa de este hombre. Como era un hombre muy trabajador, ni se quejó. Para qué me voy a quejar, me dijo una vez, mejor aprendo.

¿Ambos trabajaban en el taller de camisas?

Sí, en un momento empezaron a trabajar con los señores Mandujano de la fábrica Campeón, en la quinta Carbone, en Barrios Altos. Me contaba mi viejo que Mandujano vivía en el segundo piso, él y mi mamá vivían abajo. Cuando lo escuchaba a Mandujano prender su maquinita, el viejo decía ya ya ya, le pasaba la voz a mi mamá y a comenzar a trabajar. Una vez que terminaban de coser había un lapso de tiempo que descansaban. El viejo me contaba que él pensaba que no podía perder una hora, así que mientras mi mamá cocinaba, él salía con una caja de zapatos a vender. Compraba jabones Pepita o Bolivar, los cortaba y salía a venderlos por pastillas a todos los vecinos. Aprovechaba esa hora para vender jabones. El viejo no descansaba.

¿Qué cocinaba su madre en casa?

Japonés. Inventaba en realidad. Porque no había los productos. Cuando vino la Segunda Guerra Mundial ya no se podía importar producto japonés, así que usaban productos chinos, que eran parecidos pero no iguales. La fábrica Avión, también de camisas, que quedaba cerca, era de chinos. Y eran amigos de mi padre, así que intercambiaban productos. Y mi mamá cocinaba en casa comida japonesa pero con productos peruanos y chinos. Por eso será que yo soy muy apegado a las costumbres chinas.

¿Recuerda algún plato que le gustara particularmente?

Había uno que me gustaba mucho pero era difícil que lo hiciera, era costoso. El famoso sukiyaki. Eso me encantaba, pero era casi imposible de comer en esa época, los productos japoneses o eran muy caros o directamente no había. Ahora hay hasta supermercado Nikkei pero entonces no se conseguía. Es increíble cómo ha cambiado la disponibilidad de productos.

¿Cómo empezó usted a cocinar?

De casualidad y por necesidad. Me fui al diablo yo en el bazar que tenía mi padre. Era un bazar bastante conocido en Lima, se llamaba N. Sato, estaba en Jirón Huallaga 554, entre avenida Abancay y Paz Soldán, que viene a ser ahora Jirón Ayacucho. Era bastante conocido, hubo una época en que nos iba muy bien, pero se acabó, vinieron malos tiempos y me fui al diablo. Pero me quedó un local, alquilado, pero lo teníamos. Así que me dije: ahí voy a hacer un restaurante. Lo armé yo mismo. Me fui a Tacora y compré clavos y demás. Me ayudó que yo había estudiado mecánica así que me hice hasta mi soplete. Armé la cocina, el comedor, todo. Yo estudié en el Claretiano y ahí había taller de carpintería, yo miraba, estudiaba mecánica pero mirando también aprendí algo a trabajar con madera. Quedó bien el local, no parecía hecho por mí.

¿Dónde estaba el local?

28 de julio 2660-2666, entre Jirón Antonio Bazo y Gamarra. Más abajito estaba este hotel 28 de julio, donde vivía [el pintor Víctor] Humareda. Entonces, Humareda siempre venía a comer en la noche a mi local, hasta que un día me dice: “Oye, Sato, hacemos un canje. Yo te doy un cuadro, tú me das comida”. Ya pues, le digo, pero déjame verlo. Así que me enseña una de sus obras maestras. Qué piña que no lo compré. Le dije, pero tú estás loco, claro que es un Apocalipsis, pero dónde has visto tú caballos rojos, caballos verdes. Pero bueno, ya, ¿cuánto quieres por ese cuadro? 3500 soles, me dice. Oye, pero si yo te cobro por una sopa a la minuta 2,80 soles, tú quieres comer toda tu vida gratis por ese cuadro. ¿Sabes a cuánto lo vendió después? 3500 dólares.

¿Qué servía en ese primer restaurante?

Primero había una carta internacional, muy europea. También tenía un nombre así como mediterráneo: El Coral.

¿En serio?

Sí, sí. Hacía cosas como callos a la madrileña.

¿Y cómo había aprendido esas recetas?

Esa es otra historia. Cuando yo era chico, venían a la casa dos cocineros, de presidentes, ah, trabajaban en Palacio de Gobierno, que eran japoneses. Amigos de mis padres. Uno era el señor Sakuma y el otro Sudo. Entonces, cada vez que venían a la casa cocinaban y yo miraba. Imagínate, vivíamos en Barrios Altos y estos cocineros hacían esos banquetes.

¿Cómo fue su educación en la Lima de esos años?

Bueno, yo primero iba al colegio Zamudio, que estaba a tres cuadras de mi casa en la cuadra 8 de Miró Quesada. Pero en ese trayecto siempre algo pasaba. Yo volvía con el ojo morado, el pantalón roto, algo pasaba casi todos los días. Así que aburrido mi viejo me cambió y me matriculó en el colegio La Rectora, que estaba a una cuadra, en la 7 de Miró Quesada. Más fácil. El director miraba por la ventana, mi viejo le pasaba la voz y ya llegaba yo. En ese colegio también estudió Alberto Fujimori. Entonces era conocido porque nunca lo castigaban, iba siempre con su cuadernito, apuntando, era el número uno del colegio. A mí en cambio casi me dan diploma y medalla por ser el más jodido.

¿Cómo era la relación de los japoneses y los hijos de japoneses con la sociedad peruana de esa época?

Bueno, era tranquilo, tranquilo. Aunque una vez sí hubo un saqueo feo. Pero en general era tranquilo, nos ayudábamos con los vecinos. Te conocías con todos, así que te echabas una mano. Nosotros como teníamos fábrica de camisas, bueno, siempre te sobra algo, así que se le regalaba a los vecinos.

¿En su casa hablaban japonés?

Neto. Puro japonés. No se hablaba castellano. Estaba prohibido hablar castellano en la casa.

¿Por qué?

Porque mis papás decían que ahorita nos iban a deportar. Más que seguro que nos deportan, decían. Y, efectivamente, en esa época, por la Segunda Guerra Mundial, hubo deportaciones. Perú era aliado de Estados Unidos, mientras que Japón era aliado de los nazis. Así que fue una época jodida. Yo no me daba cuenta, era chico, pero mi viejo sí se preocupaba, pensaba que en cualquier momento nos deportaban a todos. Pero la verdad que es sobre todo lo que me han contado después, yo no lo sufrí, mi niñez fue muy feliz, aunque la verdad que fue una niñez para no olvidar nunca. Todavía me acuerdo, por ejemplo, cuando soltaron la bomba en Hiroshima.

¿Recuerda dónde estaba, cómo se enteró?

Claro. Estábamos en la casa en Barrios Altos, teníamos una radio chiquita de onda corta y onda larga. Más era la bulla que lo que sonaba, la verdad, pero aún así nos enteramos. Además, como te decía, en esa época yo hablaba más japonés que castellano, así que entendía todo cuando saltaron las noticias en la radio japonesa y lo que hablaban los mayores. Ahora ya me queda poco, puedo hablar japonés todavía, pero poco.

¿A sus hijos les enseñó a hablar japonés?

No. Cuando eran chicos yo pensé que era mejor que aprendieran inglés o francés, que eran idiomas más útiles, que iban a necesitar y utilizar más.

¿Cuánto tiempo tuvo el restaurante en el centro?

Poco tiempo, unos tres años nada más. Cuando ya lo iba a traspasar un amigo vino un día y me dijo: «Oye, Sato, prepárame el banquete para mi matrimonio. Quiero casarme, pero no tengo plata». Yo le dije, bueno, ese no es problema, porque es el problema de todo el mundo, todos andamos sin plata. Problema es ahora el mío, ¿cómo te voy a hacer un banquete si yo nunca he hecho? No, me dice, pero si tú sabes cocinar.

¿Y aceptó?

Sí, pues, era un amigo. Así que le dije, bueno, vamos a hacer una cosa, tú pones el material, yo pongo la mano de obra. Lo que salga nomás.

¿Y cómo salió?

Salió de la patada. No había mantel, usamos papel periódico blanco, con chinches y con grapas pegado a las mesas, que eran prestadas de la iglesia o del Cultural Japonés. Los platos y las fuentes eran de plástico. Pero salió estupendo. Fue como piedra a ojo tuerto, le dimos en el clavo. Empecé a hacer más banquetes y cada vez era mejor. Y crecíamos tanto que tuve que comprar congeladoras para poder guardar el producto. Yo no quería horizontales, quería verticales, porque en las horizontales se pega abajo la comida, y anda sácala. Al comienzo usaba la cocina del local del centro, pero ya después alquilé el local original de Costanera, en San Miguel. Y seguimos creciendo. Hacíamos matrimonios casi todos los días. Y en la colonia japonesa me hice archiconocido, todos los eventos los hacía yo.

¿Qué cree usted que es lo más importante para trabajar en cocina?

Suena fácil, pero lo más importante es que te guste. Que te guste comer y que te guste cocinar. Comer le gusta a todo el mundo, pero cocinar para otros, ah, esa es otra vaina. Para que salga bien y rico, te tiene que gustar cocinar, porque este trabajo es sacrificado, estar en la cocina no es fácil. Hay muchos que se ponen el gorro y la chaqueta, la filipina, y ya se creen chef. Parece que hay chefs como cancha. Pero el trabajo en la cocina es jodido, te tiene que gustar y tienes que aprender mucho.

¿Cómo le enseñó a su hijo Yaquir, que lo sucedió en la cocina de Costanera 700?

¿La verdad? Primero tuvo que aprender a limpiar el baño. Tiene que ser así. Hay que empezar por lo más sencillo, hay que empezar de abajo, nada de creerse chef. Yo soy mecánico y me hice cocinero. He viajado por medio mundo para cocinar, para hablar de la cocina peruana. Pero chef, qué chef, nada, yo soy cocinero. Y antes fui mecánico.

¿En qué se parecen y en qué se diferencian Perú y Japón?

Sabes, lo que tenemos en común es que todo lo que ellos tienen allá, nosotros no tenemos acá. Y viceversa. A mí me gusta más Perú. Me gusta más también que Estados Unidos y Europa. ¿Sabes por qué? Porque acá está todo por hacer. Hay gente que dice no sé qué hacer. Por dios, acá hay para hacer todo, todo.