Ningún restaurante vegetariano tailandés fue clausurado por servir carne humana

El día lunes 5 de noviembre, mi feed de Twitter empezó a llenarse de tuits de distintos medios, todos con variaciones de un mismo titular: “Cierran un restaurante vegetariano que servía carne humana”.

No tardé mucho en dar click. ¿Quién puede resistirse a esa triada “restaurante vegetariano + asesinato + carne humana”? Luego de leer las notas de La Vanguardia y El Comercio, fui a buscar la “noticia” a Google News.

El “macabro hecho”, como describían varios medios lo ocurrido, ya había sido objeto de artículos publicados por otras páginas en español una semana antes:

Estos cinco medios no fueron los únicos en nuestro idioma. También se hicieron eco de lo ocurrido en ese restaurante de Bangkok medios como El Español, 20 Minutos, el Heraldo de Aragón, El Plural, La Voz de Galicia y La Sexta en España; Excelsior de México; ATV, Correo y El Popular en Perú; así como El Comercio de Ecuador, entre muchas otras páginas desperdigadas por Hispanoamérica que relataron la “espeluznante noticia” de Prasit Inpathom, cuyos restos habían sido supuestamente servidos en un plato de fideos “vegetarianos”.

De uno a otro medio se repetían los siguientes detalles:

  • Algunos clientes se habían quejado porque encontraron en sus fideos vegetarianos trozos de carne.
  • Al inspeccionar el local la policía encontró sangre en el suelo y paredes.
  • La policía de Tailandia localizó el cadáver de un hombre de 61 años en un tanque séptico del restaurante.
  • Autoridades señalaron que la intención del propietario era deshacerse del cuerpo moliéndolo y sirviéndolo por partes a los clientes.
  • El dueño se había dado a la fuga.

¿De dónde provenía toda esa información?

La fuente, como es costumbre cuando se trata de historias estrambóticas, era la página web del Daily Mail. Ya he escrito alguna vez que el diario británico es uno de los medios que más noticias basura publica. Pese a ello, legiones de periodistas en redacciones de todo el mundo siguen acudiendo al site inglés en busca de “noticias” con las que llamar la atención –y mendigar un click– de los usuarios de redes sociales.

¿Qué decía el Daily Mail? Esto:

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Sirven CARNE HUMANA a comensales horrorizados luego de que el dueño del restaurante “matara a un cliente y encontrara una forma repugnante de deshacerse del cadaver”

  • Clientes de un restaurante vegetariano horrorizados al descubrir que les sirvieron carne humana
  • La policía investigaba un restaurante tailandés cuando encontró un cadaver en descomposición en la cocina
  • El cuerpo identificado era de un cliente habitual que se peleó con el dueño
  • La víctima, de 61 años, estuvo desaparecida por más de una semana

El cuerpo de la nota no aportaba mucho. Un par de detalles extra, varias fotos y poco más:

  • Un estudio de la carne encontrada en el local determinó que no era de res ni de cerdo sino humana.
  • La víctima, un visitante habitual del local, se llamaba Prasit Inpathom y había sido visto por última vez en el restaurante tomando copas con su hermano el 21 de octubre.
  • Había sido golpeado con un objeto contundente en la cabeza y apuñalada seis veces en el estómago y la pierna.

Había sí una respuesta a la pregunta que venía haciéndome desde que empecé a leer la nota. ¿Cómo sabía todo esto quien firma el artículo, Alex Chapman, periodista de la edición australiana del Daily Mail?

Si uno revisa los artículos firmados por Chapman para el Daily Mail, se dará cuenta de que el grueso de su producción está centrada en historias ocurridas en Sidney, Melbourne, Adelaide, Perth y otras localidades australianas.

Este es el último de sus grandes éxitos, publicado el día 6 de noviembre: “Un doctor de Melbourne, de 33 años, muere al ser atacado por un tiburón en la localidad de Whitsundays luego de saltar de una tabla de paddle mientras sus colegas trataban desesperadamente de salvarlo (IMÁGENES)”.

El 31 de octubre, el día en que publicó la terrorífica historia del restaurante vegetariano de Bangkok que servía carne humana, Chapman escribió otras cinco historias en el site del Daily Mail. Las cinco narraban hechos ocurridos en distintas ciudades de Australia. ¿Cómo hizo el reportero para, además, despachar una jugosa historia policial desde Bangkok?

La respuesta que buscaba se encuentra en una línea de su artículo. Esta:

According to local publications, Prasit was involved in a verbal altercation with the boss of the restaurant.

Traduzco: “Según medios locales, Prasit [Inpathom, el asesinado] se vio envuelto en un altercado verbal con el jefe del restaurante”.

¿A qué medios locales se refiere Chapman? Su link redirecciona a uno solo: Asia One.

El problema es que, pese a lo que señala el periodista Alex Chapman, Asia One no es un medio tailandés. Asia One es un agregador de noticias con sede en Singapur, propiedad del conglomerado de medios Singapore Press Holdings.

Un segundo problema es que, pocos días después de publicado, el 2 de noviembre, el artículo de Lam Min Lee era corregido –y desmentido– en la misma página de Asia One.

Si uno hace click hoy sobre el link que redirige a Asia One verá una nota distinta a la que vio –y copió– Chapman. El artículo original, escrito por la periodista Lam Min Lee y publicado el 29 de octubre, tiene ya todos y cada uno de los elementos informativos que posteriormente reproducirá en su artículo el reportero del Daily Mail y que, a continuación, replicarán un buen número de medios en español y en inglés –VICE, Newsweek, Toronto Sun, Daily Mirror, The Sun– durante los días siguientes.

Así abría el artículo cuando fue publicado (esta versión aún puede consultarse en la caché de Google) por primera vez en Asia One el 29 de octubre:

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Esta es la apertura del artículo ahora, luego de que fuera actualizado el día 2 de noviembre:

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En la actualización, la periodista de Asia Online indica:

La policía tailandesa ha aclarado en un comunicado que la carne de un hombre asesinado no fue servida en platos de comida de una restaurante vegetariano de Bangkok, información que había circulado en reportes de la prensa extranjera.

De acuerdo al sitio de noticias en tailandés Khaosod, el restaurante no se encontraba abierto al público en el momento del incidente ya que se encontraba en construcción.

Parece que la modestia de Lam Min Lee le impide señalar que esos “reportes de la prensa extranjera” que informaron sobre el famoso restaurante vegetariano que sirve carne humana lo hicieron todos basándose en el artículo que ella misma escribió para Asia One.

Pero, ¿de dónde sacó la información Lam Min Le?

En su nota la periodista remitía, a través de un link en el primer párrafo, a la página web del Lianhe Zaobao, el principal diario en chino de Singapur. Esa nota del Lianhe Zaobao, publicada el 28 de octubre (desde entonces el artículo ha sido actualizado para incluir una corrección que señala que nunca se sirvió carne humana en el restaurante), remitía a su vez a otro medio: el Oriental Daily News, un periódico en chino publicado en Malasia.

Repasemos: un site en inglés de Singapur (Asia One) publica un artículo sobre un restaurante vegetariano ubicado en Bangkok, Tailandia, que supuestamente sirve carne humana. El site en inglés con sede en Singapur hace esto basándose en la información proveniente de un diario que publica en chino desde Singapur (Lianhe Zaobao) y de otro diario en chino con sede en Malasia (Oriental Daily News).

Acto seguido, un periodista ubicado en Melbourne (Alex Chapman), que trabaja para un diario británico (Daily Mail), copia toda la información de esa nota publicada por el agregador de noticias de Singapur (Asia One) y consigue con su artículo que medios de todo el mundo, de Estados Unidos a España, pasando por Ecuador y Perú, se hagan eco de la fantástica y falsa historia de un restaurante vegetariano que supuestamente sirvió carne humana a sus clientes luego de que el dueño supuestamente asesinara a uno de sus clientes. Todo esto, por cierto, cuando el restaurante ni siquiera estaba abierto.

Hubo, sin embargo, un medio tailandés que sí hizo su trabajo. El site Coconuts, que cubre en inglés varias ciudades del sudeste asiático –Bangkok. Manila, Hong Kong, Singapur, Kuala Lumpur, Jakarta, Bali y Yangon–, publicó un artículo en el que desmontaba esta “macabra” y “espeluznante” historia.

¿Cómo lo hizo? De la forma más sencilla que un periodista puede imaginar: preguntando a los policías responsables de la investigación.

Los periodistas de Coconuts entrevistaron a Adul Thongpetch, policía del distrito de Lat Krabang a cargo del caso, quien indicó lo siguiente:

dado que el restaurante no estaba abierto durante o incluso después de la fecha en que la víctima Prasit Inpathom, de 61 años, fue supuestamente asesinada.

El presunto asesinato, siempre según el oficial Adul Thongpetch, habría ocurrido el 21 de octubre. Durante su entrevista con Coconuts, el policía señaló:

el restaurante no había terminado las obras. Abrieron por tres días de cara al festival vegetariano (que terminó el día 17 de octubre). Esto significa que el local estuvo cerrado desde varios días antes de que el sujeto muriera.

Cuando se le preguntó si faltaba algún trozo de carne de la víctima, el oficial Adul Thongpetch dijo que no. Otro oficial de la policía de Lat Krabang confirmó todos esos datos a los periodistas de Coconuts:

“Esta es una simple investigación de asesinato”, dijo el subteniente Sawang Wongbut, riendo ante la forma en que distintos medios habían reportado lo ocurrido.

Pero no solo eso. Según el reporte de Coconuts, el principal sospechoso del crimen no es el dueño del restaurante, sino su hermano:

Boonyuen Kamtawee es el hermano del dueño del local y este le pagaba por trabajar en la construcción. La víctima, por su parte, también recibía dinero por ayudar a Boonyuen. Ambos eran vistos con frecuencia bebiendo juntos hasta altas horas de la noche.

“El sospechoso de asesinato estaba asistiendo regularmente a la obra del restaurante. Cuando ocurrió el asesinato, desapareció. Dos días después (el 23 de octubre), el dueño fue al local y al no encontrar a nadie alertó a la policía”.

(…)

Boonyuen, quien “había viajado a su ciudad natal” en la provincia de Prachuap Khiri Khan, se entregó a las autoridades el día 27 de octubre, luego de que se expidiera una orden de arresto. Se ha negado a colaborar con la policía y está preparándose junto a un abogado para defenderse en la corte.

Es decir, según la policía del distrito de Lat Krabang en Bangkok la gran mayoría de datos repetidos por casi todos los medios son falsos. Recordemos:

  • Algunos clientes se habían quejado porque encontraron en sus fideos vegetarianos trozos de carne. FALSO (Nunca hubo fideos con trozos de carne de ningún tipo)
  • La víctima, un visitante habitual del local, se llamaba Prasit Inpathom y había sido visto por última vez en el restaurante tomando copas con su hermano el 21 de octubre. FALSO (Prasit Inpathom había sido visto bebiendo con el hermano del propietario, no con el suyo)
  • Autoridades señalaron que la intención del propietario era deshacerse del cuerpo moliéndolo y sirviéndolo por partes a los clientes. FALSO (Ninguna autoridad declaró esto)
  • El dueño se había dado a la fuga. FALSO (Quien se dio a la fuga fue el hermano del dueño)
  • Un estudio de la carne encontrada en el local determinó que no era de res ni de cerdo sino humana. FALSO (No se encontró carne de ningún tipo)

Hubo también un medio en español que intentó hacer, a su modo, una parte del trabajo. El diario peruano La República, que como ya he señalado alguna vez tiene una extraña afición por historias de “reptilianos” y otras “noticias” que denominan “tendencias”.

El día 5 de noviembre, mientras varios medios en nuestro idioma seguían produciendo notas sobre el restaurante vegetariano que sirvió carne humana a sus clientes, La República publicó un artículo titulado “La historia real detrás del ‘restaurante vegetariano que sirvió carne humana’”.

En el artículo, sin citar ninguna fuente, La República concluye:

Sin embargo, la policía de Tailandia emitió un comunicado desmintiendo dicha información. Aseguraron que el asesino no ideó tal plan macabro para deshacerse del cuerpo, ni los comensales probaron carne humana. Si bien se encontraron restos del cadáver en la cocina del restaurante vegetariano, no se utilizó el cuerpo de Prasit Inpathom para servirlo en el menú.

De hecho, nadie había llamado a las autoridades para quejarse por encontrar carne en su plato, porque el restaurante ya estaba cerrado por remodelaciones.

La policía de Tailandia, además de desmentir las especulaciones sobre el restaurante vegetariano en el que se encontró el cadáver, está en búsqueda del principal sospechoso. El jefe del local fue visto por última vez cuando bebía licor con la víctima, Prasit Inpathom.

Pese al esfuerzo, la nota de La República repite varias falsedades. Como ya señalé párrafos arriba, no se encontraron restos de carne del cadáver en la cocina del restaurante. Ni fue el jefe o dueño del local quien había sido visto bebiendo con la víctima. Ni la policía se encuentra en búsqueda del sospechoso, ya que este, el hermano del dueño del local, se entregó el día 27 de octubre.

Pero, bueno, algo es algo. Quizá la próxima.

 

 

Humberto Sato: “Pero chef, qué chef, nada, yo soy cocinero. Y antes fui mecánico”

Hace seis meses, la editora Jenny Varillas me pidió que entrevistara al cocinero Humberto Sato, dueño del restaurante Costanera 700, para la revista SE+, que publica Semana Económica.

Antes de esa entrevista yo había hablado muy pocas veces con Sato. Conozco sobre todo a Yaquir, uno de sus tres hijos, cocinero como él, a quien he entrevistado en varias ocasiones y con quien tengo una buena relación. Casi no conocía personalmente a Sato pero, por supuesto, conozco bien su leyenda.

Humberto Sato es uno de los nombres más importantes de la historia de la gastronomía peruana. Uno de los pioneros de la cocina nikkei. Término que él aborrecía pese a haber sido protagonista de la confusión que le dio origen.

La historia del nacimiento del término me la contó el otro protagonista, el poeta Rodolfo Hinostroza, durante una entrevista que formó parte de la investigación para un artículo sobre cocina nikkei que escribí en 2013. El propio Sato me confirmó los detalles en una breve conversación poco después.

En 1983, cuando Hinostroza escribía de forma regular sobre cocina en el diario La República, entrevistó un día a Sato. Durante la conversación, Sato e Hinostroza hablaban sobre la cocina hecha por migrantes e hijos de japoneses en el Perú. Se detuvieron un momento en la diferencia entre nisei y nikkei. Nisei es la palabra japonesa que describe a los hijos de japonés nacidos fuera de Japón. La taxonomía nipón es exhaustiva. Existen cinco términos distintos para diferenciar el grado de lejanía de un descendiente japonés con la madre patria. Nikkei es el término que los engloba a todos. Hinostroza entendió que la palabra no aplicaba solo a personas sino también a lo que le importaba en ese momento, la cocina. Y así lo publicó. El término hizo fortuna y es por ello que hoy, más de treinta años después, cuando hablamos de cocina japonesa-peruana hablamos de cocina nikkei.

Sato renegó del término buena parte de su vida. Le gustaba decir que él hacía cocina peruana. Aunque durante esa última conversación en marzo me dijo que en realidad el término ya daba igual. El mundo gastronómico, en Perú y fuera del país, lo había adoptado y a él había dejado de importarle.

Humberto Sato murió el jueves 11 de octubre de 2018 a los 78 años.

Aquí pueden leer esa última entrevista, como se publicó en el número 11 de la revista SE+, aparecido en abril de este año. Con un pequeño añadido. La publico con autorización de la editora. La fotografía de la cabecera la tomó Romina Vera, también para SE+, durante nuestra conversación.

Humberto Sato: “Pero chef, qué chef, nada, yo soy cocinero. Y antes fui mecánico”.

Son las tres de la tarde en Miraflores y Humberto Sato está sentado a la barra de Costanera 700. Hace ya un tiempo que Sato dejó la cocina y el restaurante en manos de sus hijos. Así que cuando viene se sienta a la barra y come tranquilo, por lo general, sashimi, mientras algunos comensales se acercan a saludarlo.

Cuando nos sentamos a conversar en el salón privado unos minutos después, empiezo preguntándole qué tal estaba el sashimi. “Estaba bien. Nada más que como ahora se ha puesto de moda el estilo japonés, el grosor de las piezas, yo le dije al cocinero que por favor lo haga a la mitad del estándar japonés. Pero los muchachos ya se acostumbraron al corte japonés, y se le olvidó. Los jóvenes se fueron a trabajar a Japón y volvieron con la moda de ese grosor. Yo les digo: es cuestión de gustos. A cada cual le gusta distinto. En Japón si pides te lo dan más delgado”, me dice.

¿Cómo llegaron sus padres al Perú?

Mi mamá nació a cinco cuadras de donde vivía mi papá. Había un cerro pero la distancia era cinco cuadras. En Fukushima, donde fue el desastre nuclear. Pienso que no queda ningún familiar allá, pienso. Los Tomita, la familia de mi madre, son los que hicieron parte del Shinkanse, el tren bala que une Tokio con la isla de Sapporo. Tuve la suerte de ir al inicio de la perforación del túnel submarino. Creo que en esa época era el más largo del mundo. Mi padre vino primero. Luego, cuando mi madre sale de Japón y viene a casarse con mi padre le preguntan ¿con quién va a casarse? Con Sato. Y ahí desaparece el apellido Tomita. Pero después mi viejo no sé cómo hizo, cuánto pagó, temas notariales, lo hizo como debe ser, y yo soy Sato Tomita, el apellido de papá y el apellido de mamá. Pero los de mi época, la mayoría, tienen el doble apellido paterno.

¿Qué vino a hacer su padre?

Mi papá salió de Japón para dedicarse a la cocina. Yo recién me he enterado. Ya falleció hace quince años pero recién me he enterado. En el trayecto, que se demoraba cuarenta y cinco días, la persona que lo iba a recibir acá se casó. Y su esposa tenía un tallercito de camisas. Así que cuando mi papá llegó con las ganas de ser cocinero, descubre que en vez de dedicarse a la cocina va a dedicarse a la costura, en el taller de la esposa de este hombre. Como era un hombre muy trabajador, ni se quejó. Para qué me voy a quejar, me dijo una vez, mejor aprendo.

¿Ambos trabajaban en el taller de camisas?

Sí, en un momento empezaron a trabajar con los señores Mandujano de la fábrica Campeón, en la quinta Carbone, en Barrios Altos. Me contaba mi viejo que Mandujano vivía en el segundo piso, él y mi mamá vivían abajo. Cuando lo escuchaba a Mandujano prender su maquinita, el viejo decía ya ya ya, le pasaba la voz a mi mamá y a comenzar a trabajar. Una vez que terminaban de coser había un lapso de tiempo que descansaban. El viejo me contaba que él pensaba que no podía perder una hora, así que mientras mi mamá cocinaba, él salía con una caja de zapatos a vender. Compraba jabones Pepita o Bolivar, los cortaba y salía a venderlos por pastillas a todos los vecinos. Aprovechaba esa hora para vender jabones. El viejo no descansaba.

¿Qué cocinaba su madre en casa?

Japonés. Inventaba en realidad. Porque no había los productos. Cuando vino la Segunda Guerra Mundial ya no se podía importar producto japonés, así que usaban productos chinos, que eran parecidos pero no iguales. La fábrica Avión, también de camisas, que quedaba cerca, era de chinos. Y eran amigos de mi padre, así que intercambiaban productos. Y mi mamá cocinaba en casa comida japonesa pero con productos peruanos y chinos. Por eso será que yo soy muy apegado a las costumbres chinas.

¿Recuerda algún plato que le gustara particularmente?

Había uno que me gustaba mucho pero era difícil que lo hiciera, era costoso. El famoso sukiyaki. Eso me encantaba, pero era casi imposible de comer en esa época, los productos japoneses o eran muy caros o directamente no había. Ahora hay hasta supermercado Nikkei pero entonces no se conseguía. Es increíble cómo ha cambiado la disponibilidad de productos.

¿Cómo empezó usted a cocinar?

De casualidad y por necesidad. Me fui al diablo yo en el bazar que tenía mi padre. Era un bazar bastante conocido en Lima, se llamaba N. Sato, estaba en Jirón Huallaga 554, entre avenida Abancay y Paz Soldán, que viene a ser ahora Jirón Ayacucho. Era bastante conocido, hubo una época en que nos iba muy bien, pero se acabó, vinieron malos tiempos y me fui al diablo. Pero me quedó un local, alquilado, pero lo teníamos. Así que me dije: ahí voy a hacer un restaurante. Lo armé yo mismo. Me fui a Tacora y compré clavos y demás. Me ayudó que yo había estudiado mecánica así que me hice hasta mi soplete. Armé la cocina, el comedor, todo. Yo estudié en el Claretiano y ahí había taller de carpintería, yo miraba, estudiaba mecánica pero mirando también aprendí algo a trabajar con madera. Quedó bien el local, no parecía hecho por mí.

¿Dónde estaba el local?

28 de julio 2660-2666, entre Jirón Antonio Bazo y Gamarra. Más abajito estaba este hotel 28 de julio, donde vivía [el pintor Víctor] Humareda. Entonces, Humareda siempre venía a comer en la noche a mi local, hasta que un día me dice: “Oye, Sato, hacemos un canje. Yo te doy un cuadro, tú me das comida”. Ya pues, le digo, pero déjame verlo. Así que me enseña una de sus obras maestras. Qué piña que no lo compré. Le dije, pero tú estás loco, claro que es un Apocalipsis, pero dónde has visto tú caballos rojos, caballos verdes. Pero bueno, ya, ¿cuánto quieres por ese cuadro? 3500 soles, me dice. Oye, pero si yo te cobro por una sopa a la minuta 2,80 soles, tú quieres comer toda tu vida gratis por ese cuadro. ¿Sabes a cuánto lo vendió después? 3500 dólares.

¿Qué servía en ese primer restaurante?

Primero había una carta internacional, muy europea. También tenía un nombre así como mediterráneo: El Coral.

¿En serio?

Sí, sí. Hacía cosas como callos a la madrileña.

¿Y cómo había aprendido esas recetas?

Esa es otra historia. Cuando yo era chico, venían a la casa dos cocineros, de presidentes, ah, trabajaban en Palacio de Gobierno, que eran japoneses. Amigos de mis padres. Uno era el señor Sakuma y el otro Sudo. Entonces, cada vez que venían a la casa cocinaban y yo miraba. Imagínate, vivíamos en Barrios Altos y estos cocineros hacían esos banquetes.

¿Cómo fue su educación en la Lima de esos años?

Bueno, yo primero iba al colegio Zamudio, que estaba a tres cuadras de mi casa en la cuadra 8 de Miró Quesada. Pero en ese trayecto siempre algo pasaba. Yo volvía con el ojo morado, el pantalón roto, algo pasaba casi todos los días. Así que aburrido mi viejo me cambió y me matriculó en el colegio La Rectora, que estaba a una cuadra, en la 7 de Miró Quesada. Más fácil. El director miraba por la ventana, mi viejo le pasaba la voz y ya llegaba yo. En ese colegio también estudió Alberto Fujimori. Entonces era conocido porque nunca lo castigaban, iba siempre con su cuadernito, apuntando, era el número uno del colegio. A mí en cambio casi me dan diploma y medalla por ser el más jodido.

¿Cómo era la relación de los japoneses y los hijos de japoneses con la sociedad peruana de esa época?

Bueno, era tranquilo, tranquilo. Aunque una vez sí hubo un saqueo feo. Pero en general era tranquilo, nos ayudábamos con los vecinos. Te conocías con todos, así que te echabas una mano. Nosotros como teníamos fábrica de camisas, bueno, siempre te sobra algo, así que se le regalaba a los vecinos.

¿En su casa hablaban japonés?

Neto. Puro japonés. No se hablaba castellano. Estaba prohibido hablar castellano en la casa.

¿Por qué?

Porque mis papás decían que ahorita nos iban a deportar. Más que seguro que nos deportan, decían. Y, efectivamente, en esa época, por la Segunda Guerra Mundial, hubo deportaciones. Perú era aliado de Estados Unidos, mientras que Japón era aliado de los nazis. Así que fue una época jodida. Yo no me daba cuenta, era chico, pero mi viejo sí se preocupaba, pensaba que en cualquier momento nos deportaban a todos. Pero la verdad que es sobre todo lo que me han contado después, yo no lo sufrí, mi niñez fue muy feliz, aunque la verdad que fue una niñez para no olvidar nunca. Todavía me acuerdo, por ejemplo, cuando soltaron la bomba en Hiroshima.

¿Recuerda dónde estaba, cómo se enteró?

Claro. Estábamos en la casa en Barrios Altos, teníamos una radio chiquita de onda corta y onda larga. Más era la bulla que lo que sonaba, la verdad, pero aún así nos enteramos. Además, como te decía, en esa época yo hablaba más japonés que castellano, así que entendía todo cuando saltaron las noticias en la radio japonesa y lo que hablaban los mayores. Ahora ya me queda poco, puedo hablar japonés todavía, pero poco.

¿A sus hijos les enseñó a hablar japonés?

No. Cuando eran chicos yo pensé que era mejor que aprendieran inglés o francés, que eran idiomas más útiles, que iban a necesitar y utilizar más.

¿Cuánto tiempo tuvo el restaurante en el centro?

Poco tiempo, unos tres años nada más. Cuando ya lo iba a traspasar un amigo vino un día y me dijo: “Oye, Sato, prepárame el banquete para mi matrimonio. Quiero casarme, pero no tengo plata”. Yo le dije, bueno, ese no es problema, porque es el problema de todo el mundo, todos andamos sin plata. Problema es ahora el mío, ¿cómo te voy a hacer un banquete si yo nunca he hecho? No, me dice, pero si tú sabes cocinar.

¿Y aceptó?

Sí, pues, era un amigo. Así que le dije, bueno, vamos a hacer una cosa, tú pones el material, yo pongo la mano de obra. Lo que salga nomás.

¿Y cómo salió?

Salió de la patada. No había mantel, usamos papel periódico blanco, con chinches y con grapas pegado a las mesas, que eran prestadas de la iglesia o del Cultural Japonés. Los platos y las fuentes eran de plástico. Pero salió estupendo. Fue como piedra a ojo tuerto, le dimos en el clavo. Empecé a hacer más banquetes y cada vez era mejor. Y crecíamos tanto que tuve que comprar congeladoras para poder guardar el producto. Yo no quería horizontales, quería verticales, porque en las horizontales se pega abajo la comida, y anda sácala. Al comienzo usaba la cocina del local del centro, pero ya después alquilé el local original de Costanera, en San Miguel. Y seguimos creciendo. Hacíamos matrimonios casi todos los días. Y en la colonia japonesa me hice archiconocido, todos los eventos los hacía yo.

¿Qué cree usted que es lo más importante para trabajar en cocina?

Suena fácil, pero lo más importante es que te guste. Que te guste comer y que te guste cocinar. Comer le gusta a todo el mundo, pero cocinar para otros, ah, esa es otra vaina. Para que salga bien y rico, te tiene que gustar cocinar, porque este trabajo es sacrificado, estar en la cocina no es fácil. Hay muchos que se ponen el gorro y la chaqueta, la filipina, y ya se creen chef. Parece que hay chefs como cancha. Pero el trabajo en la cocina es jodido, te tiene que gustar y tienes que aprender mucho.

¿Cómo le enseñó a su hijo Yaquir, que lo sucedió en la cocina de Costanera 700?

¿La verdad? Primero tuvo que aprender a limpiar el baño. Tiene que ser así. Hay que empezar por lo más sencillo, hay que empezar de abajo, nada de creerse chef. Yo soy mecánico y me hice cocinero. He viajado por medio mundo para cocinar, para hablar de la cocina peruana. Pero chef, qué chef, nada, yo soy cocinero. Y antes fui mecánico.

¿En qué se parecen y en qué se diferencian Perú y Japón?

Sabes, lo que tenemos en común es que todo lo que ellos tienen allá, nosotros no tenemos acá. Y viceversa. A mí me gusta más Perú. Me gusta más también que Estados Unidos y Europa. ¿Sabes por qué? Porque acá está todo por hacer. Hay gente que dice no sé qué hacer. Por dios, acá hay para hacer todo, todo.

Dos libros para entender un país Rexona

A principios de los años 90 se emitió en Perú un anuncio televisivo de desodorante protagonizado por una estrella de la época. El personaje interpretado por Franco Scavia –entonces un famoso conductor de un programa de concursos– era un tipo joven que se lamentaba de su suerte en el amor.

Conseguía que le prestaran un automóvil y, pese a ello, “no pasó nada”. Se compró ropa nueva y, nuevamente, “no pasó nada”. Se metió al gimnasio y hacía pesas tres veces por semana y, ya saben, “no pasó nada.

Su suerte recién cambia cuando prueba un nuevo desodorante. Rexona hombre con sex appeal. El propio Scavia, que aparece en la escena final bailando con una señorita que lo mira arrobada, nos lo confirma con un “y pasó”.

Aquí pueden ver el anuncio completo:

No recuerdo si el anuncio fue particularmente popular en esos años. Imagino que sí y –dejando de lado lo ridículo de la conexión desodorante-éxito sexual, que tan bien explotaría años después Axe– por eso es que esa frase “y no pasó nada” se me quedó clavada en la cabeza, aunque no podría asegurarlo. Desde entonces, ese “y no pasó nada” es una suerte de broma privada a la que recurro de tanto en tanto, la mayoría de las veces sin que nadie me entienda.

Como he escrito alguna vez en el pasado, las mesas de novedades de las librerías peruanas suelen encontrarse vacías de libros de no ficción orientados a reflexionar con inteligencia y rigor sobre nuestro país, a contar y examinar aquello que el historiador y periodista británico Timothy Garton Ash llamó hace ya unos años la “Historia del presente”.

Así que cuando en la última Feria Internacional del Libro de Lima me topé con un puñado de libros recién publicados que, a priori, prometían abordar desde un punto de vista periodístico distintos episodios del pasado reciente de nuestro país, me propuse leerlos y escribir acerca de ellos.

Los dos de que voy a hablar no han sido los únicos, hay alguno más –El informe Chinochet de Carlos MeléndezLa biblioteca fantasma de David Hidalgo y la reedición aumentada de Ciudadanos sin república de Alberto Vergara– y espero escribir de ellos en el futuro, pero sí son los dos que se adentran en fenómenos con ecos más inmediatos y de alcance mayor.

Son, además, dos libros que, una vez leídos, me trajeron de vuelta a la cabeza la frasesita Rexona: Y no pasó nada. Porque, ya se sabe, en el Perú, ante el crimen, ante la corrupción, ante el abuso, aunque a veces pudiera parecer lo contrario, casi nunca pasa nada.

 

no te mato porque te quieroEmpiezo con No te mato porque te quiero (Planeta, 2018), el libro en el que la periodista Lorena Álvarez relata con mano firme el calvario que debe pasar una mujer en el Perú para denunciar a su agresor. Álvarez fue víctima de un espantoso episodio de violencia a manos de su entonces pareja, el economista y comentarista en prensa Juan Mendoza. El caso, dada la celebridad televisiva de la periodista, fue objeto de decenas de artículos y análisis en prensa, así como de reportajes televisivos y hasta comunicaciones oficiales del gobierno.

Álvarez relata todo lo que ocurrió alrededor de su denuncia sin concesiones al sentimentalismo ni a los detalles escabrosos que seguro más de un lector esperaba encontrar. Por el contrario, con ojo de reportera y una prosa acelerada pero contenida, Álvarez pone el énfasis en el laberíntico y muchas veces delirante proceso que debe seguir una mujer víctima de violencia de género en busca de justicia en el Perú. A la periodista no le basta con su propio caso sino que va también en busca de las historias de otras mujeres que han debido pasar por situaciones similares, mujeres menos afortunadas que ella, que o no contaban con el privilegio de la notoriedad pública o que, sencillamente, no sobrevivieron a los ataques de sus victimarios.

Hay un caso paradigmático de los varios que relata Álvarez y que demuestra la manera sistemática y alevosa con que la justicia peruana les ha dado y sigue dando la espalda a las mujeres que son víctimas de violencia por parte de hombres, muchas veces sus propias parejas.

El 15 de setiembre de 2016, Rosa Álvarez Rivera (sin relación con la autora), una mujer residente en Zarumilla, Tumbes, debió ser socorrida por sus vecinos porque estaba ardiendo en llamas en el patio de su casa:

Los vecinos le tiraron al cuerpo incandescente agua en baldes y barro acumulado en el piso y así lograron apagar las llamas, luego la cubrieron con una sábana y la cargaron entre tres para llevarla hasta la posta médica más cercana en un mototaxi. Rosa Álvarez tenía el 85% del cuerpo con quemaduras de segundo y tercer grado. El caso era tan terrible que una doctora y las enfermeras del Centro de Salud de Zarumilla solo la doparon para calmar sus dolores, e inmediatamente la transfirieron al Hospirtal Regional de Tumbes. Rosa no resistiría. Moriría en el pabellón de quemados del hospital Arzobispo Loayza de Lima, ocho días después.

Según cuenta la periodista, el principal sospechoso era la pareja de Rosa, Carlos Bruno Paiva, con quien tenía una hija:

Varios vecinos, especialmente María Teresa Ramírez, declararon ante las autoridades que la pareja había estado discutiendo desde temprano porque Rosa había encontrado, unos días antes, mensajes de otra mujer en el teléfono de su conviviente y que ese día, jueves 15 de setiembre, él le reclamaba un dinero que ella guardaba y se negaba a darle por sus sospechas de infidelidad. Ante esa negativa, cuenta la vecina, Carlos Bruno salió de la casa, tomó su motocicleta y partió. Regresó al poco tiempo y en unos minutos escucharon los fuertes gritos de Rosa. El conviviente también colaboró con auxiliar a la mujer quemada y hasta dio dinero para que la lleven al Centro de Salid, pero no quiso ser él quien la llevara.

En diciembre de 2017, Bruno Paiva fue condenado a veinticinco años de prisión por el Juzgado Penal Colegiado de la Corte Superior de Justicia de Tumbes. Medio año después, “el 5 de junio de 2018 la Sala Penal de Apelaciones de Tumbes lo absolvió de todo cargo y ordenó su libertad inmediata”. Según explica Álvarez, en la resolución que absuelve a Bruno Paiva los tres jueces de esta sala concluyen que “Rosa Álvarez se prendió fuego sola quemando basura. No le dieron importancia a los testimonios concurrentes de enfermeras, médicos y vecinos porque, según dicen estos jueces, ninguno vio el instante en que Rosa se prendió”.

A continuación, luego de analizar la improbabilidad de lo que determinó la Sala Penal de Apelaciones de Tumbes, Lorena Álvarez escribe:

¿Quién hace justicia por Rosa Álvarez? Si el fiscal no fue lo suficientemente diligente o argumentó mal, si los jueces tienen poco criterio, ¿qué importan a quien le echemos la culpa? Rosa está muerta, agonizó calcinada durante ocho días. ¿Se quemó sola? El sistema de justicia siempre encuentra la forma de acabar enviando el mensaje más poderoso de todos: Perú, el país de la impunidad.

Por si uno no queda tristemente convencido de esa afirmación al acabar de leer No te mato porque te quiero, hace poco menos de un mes la periodista hacía uso de su cuenta de Twitter para añadirle una suerte de posfacio digital a su libro y recordarle al Ministerio Público que ha pasado un año de su denuncia y que, pese a los golpes de pecho de distintas instancias del gobierno, sigue sin haber acusación de parte de la Fiscalía:

 

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Habrá seguramente quien quiera quitar mérito a H&H: Escenas de la vida conyugal de Humala y Heredia, el libro del periodista Marco Sifuentes, señalando que no se trata de una investigación reveladora. He escuchado ya ese comentario en boca de algún crítico de salón, que justifica su reticencia señalando que el relato hilado por Sifuentes está apoyado sobre todo en reportajes y testimonios publicados anteriormente (algunos por el mismo autor en diversos medios).

Si bien H&H podría no resultar revelador para los pocos que hayan seguido con obsesiva atención la carrera política de Ollanta Humala y Nadine Heredia, el libro de Sifuentes es iluminador en el sentido que lo es siempre el buen periodismo de largo aliento, un bien escaso en la producción editorial local.

El trabajo de recopilación y montaje realizado por Sifuentes, con el apoyo del periodista Jonathan Castro, es admirable tanto en fondo como en forma. No conozco otro esfuerzo similar que, con tanto éxito, construya un retrato así de abarcador, y a la vez certero y entretenido, de dos personajes tan importantes en la historia reciente del país.

Harían bien en leerlo con atención –y, ojalá, horrorizados– muchos activistas de Twitter, los mismos que defendieron a capa y espada, y contra toda evidencia, la honorabilidad o rectitud del gobierno de Humala y Heredia (el relato de Sifuentes despeja dudas sobre esa bicefalia) hasta el final; que convirtieron en héroes de la patria por unos días a Kenji Fujimori, Pedro Cateriano, Rosa María Palacios o Alberto Borea en diciembre de 2017 por sus supuestos servicios en la defensa de la democracia; y que hasta hace poco seguían riéndole las gracias al ex general, ex ministro del Interior del gobierno Humala y fallido candidato presidencia y municipal, Daniel Urresti.

Los mismos que en su jolgorio tuitero olvidan que Keiko Fujimori es un peligro no porque nos caiga mal sino por lo que hace y lo que representa, que, bien mirado, si uno termina de leer el libro de Sifuentes y es honesto consigo mismo, terminará concluyendo que es, con matices, lo que representan Humala, Heredia y buena parte de sus secuaces. Muchos de los cuales siguen despachando habitualmente desde alguno de los varios cafés de la calle Dasso en San Isidro y, de nuevo, aquí no pasó nada. Ese pragmatismo que dicta que las leyes y las reglas son una inútil recomendación que solo atienden los idiotas, los pavos, los don nadie; que el fin, cualquier fin, por lo general uno alineado a mis intereses y los de mis amigos, justifica siempre los medios.

Un pragmatismo además torpón, poco inteligente, que deja regadas piezas de la falta o el delito por todas partes, como un niño que juega con sus Lego y se aburre y pasa a otra cosa de inmediato. Pero que además se tiene en muy alta estima a sí mismo, que se conduce y habla de sí como si el escenario de sus fechorías fuera una superproducción escrita por Aaron Sorkin y dirigida por David Fincher, cuando la realidad por lo general está más cerca de un guión de Al fondo hay sitio.

Un pragmatismo eso sí, en el caso de Humala y Heredia, y tantos otros paracaidistas, envuelto en la bandera del antifujimorismo, el progresismo de selfie, y edulcorado con chocolates Godiva.

Como este es un blog que habla sobre todo de periodismo, quiero detenerme un momento en un episodio para mí particularmente revelador sobre la relación entre poder y medios en nuestro país. Sobre cómo entienden la labor periodística muchos periodistas y dueños de medios peruanos (aunque no solo).

Hacia el final del libro, Sifuentes relata cómo la coalición antifujimorista hizo piña alrededor de la figura de Mario Vargas Llosa para abrazar la candidatura presidencial de Ollanta Humala. Escribe Sifuentes:

–Necesitamos una garantía de titanio –le insistió Gorriti–. Tiene que ser un compromiso de fondo. No basta una promesa: tiene que ser un juramento.

Ese fue el nacimiento del “Compromiso en Defensa de la Democracia”, un evento revestido de solemnidad, montado en lo que Gorriti llamó el sitio secular más sagrado, el foro laico del Perú: la Casona de San Marcos. Se pensaba que, para un militar, un juramento público tendría una gravitación mayor que cualquier otro tipo de compromiso. Ocurrió el 14 de mayo, solo tres semanas antes de las elecciones. La asistencia de “testigos” notables fue impresionante. Artistas de todas las ramas se mezclaron con políticos de todas las tendencias, pero, a pesar de los intentos de Vargas Llosa, hubo dos ausencias cruciales: Luis Bedoya Reyes y Fernando de Szyszlo. Pero esto no lo notó nadie en cuanto vieron aparecer, en un écran gigante, al Nobel.

–Los exhorto a votar por Ollanta Humala –dijo Vargas Llosa, cuidándose de mostrar algún atisbo de entusiasmo– para defender la democracia en el Perú y evitarnos el escarnio de una nueva dictadura.

El mensaje, de dos minutos y medio, había sido grabado, en privado, unos días antes por Rolando Toledo, dueño de La Mula, en el piso madrileño del escritor. No solo fue un golpe de efecto: era la bendición final. Zeus bajaba del cielo y, desde un proyector de video, decidía el destino de los congregados. Deus ex machina.

En ese momento, Canal N interrumpió la transmisión del evento para dar pase a “un informe especial sobre las divas del pop”, Lady Gaga y Rihanna.

Canal N, como sabrán muchos, es el canal de televisión por cable del grupo El Comercio, la empresa de medios más importante del país. Empresa a la que se acusó –con razón– de tomar partido, hasta el punto de quebrar normas básicas de ética periodística, por la candidata Keiko Fujimori en sus distintas cabeceras durante la campaña presidencial de 2011. Continúa Sifuentes:

El 22 de mayo, Gustavo Mohme, director de La República y miembro del Consejo Editorial de América Televisión [el canal en abierto del Grupo El Comercio, donde Mohme tiene una participación], presentó, por escrito, una insólita propuesta: para equilibrar el abiertamente sesgado programa de Jaime Bayly, él ya tenía listo uno con Mario Vargas Llosa. El escritor conduciría y de la producción se encargarían su sobrino, el cineasta Luis Llosa, y Gustavo Gorriti.

La propuesta fue rechazada. Después, en una entrevista publicada en La República, Vargas Llosa diría que Bayly –cuya carrera de escritor había apadrinado en sus inicios – se había convertido en un bufón maligno al servicio del fujimontesinismo”. A los pocos días, el Nobel renunció a seguir publicando en El Comercio, alegando que el diario violaba “las más elementales nociones de objetividad y ética periodísticas” desde que el grupo había sido tomado por “un grupo de accionistas, encabezados por la señora Martha Meier Miró Quesada”.

Veamos. ¿Cómo reaccionan dos dueños de medios –Rolando Toledo y Gustavo Mohme– ante la abierta toma de posición de un grupo de medios rival a favor de una candidatura? Poniendo sus recursos al servicio del otro candidato. ¿Cómo quiere contrarrestar Gustavo Mohme el programa televisivo que Jaime Bayly –ese “bufón maligno al servicio del fujimontesinismo”– hace a favor de Keiko Fujimori y en contra de Ollanta Humala? Produciendo un programa con Mario Vargas Llosa y Gustavo Gorriti a favor de Ollanta Humala y en contra de Keiko Fujimori.

No sé yo, pero pareciera que, bajo la excusa de luchar ya sea contra el fantasma del chavismo (representado supuestamente por Humala) unos o para salvar la democracia otros, a nadie aquí le importaban en realidad las “más elementales nociones de objetividad y ética periodísticas”.

Si alguien no recuerda el abierto favoritismo que el diario La República –dirigido por Gustavo Mohme– mostró por la candidatura de Humala,  esta es la portada que publicó el lunes 6 de junio de 2011, al día siguiente de las elecciones:

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Acabo con las dos únicas cosas que creo pueden reprochársele al libro de Sifuentes. Por un lado, un reparo menor que tiene que ver con algunos arrebatos literarios innecesarios, como terminar con una alusión a la famosa frase de García Márquez “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”, remixeada para la ocasión.

Otro arrebato de estilo ocurre en el capítulo dedicado a ese personaje tan turbio como fascinante que es Óscar López Meneses, una especie de facilitador que ha servido a distintos intereses en la política peruana desde los años 90, cuando se convirtió en un alfil de Vladimiro Montesinos.

Sifuentes inicia el capítulo con un collage de las distintas teorías que corrían en la Lima de finales 2013 acerca de las razones detrás del extrañísimo resguardo policial que recibió la casa de López Meneses y que incluía “dos motocicletas y ocho automóviles de custodia, incluido un vehículo del SUAT, una camioneta de apariencia civil asignada a la seguridad presidencial, otra del Serenazgo de la Municipalidad de Surco y un par de patrulleros”. El collage de voces se extiende solo por una página pero es, en mi opinión, una distracción innecesaria que altera, como un bache en la carretera, el pulcro  recorrido del resto del texto.

La otra cuestión, algo más seria, tiene que ver con una mala costumbre de la prensa peruana: la manera en que (no) atribuye fuentes o las atribuye de manera errónea, sobre todo cuando se trata de reconocer el trabajo de otros periodistas.

En el capítulo que Sifuentes dedica a la revelación de las famosas agendas de Nadine Heredia, el periodista atribuye toda la investigación y trabajo sobre el material a los periodistas Marco Vásquez y Rosana Cueva, de Panorama. Omite que Panorama realizó ese trabajo en conjunto con el diario Perú21, que en ese entonces era dirigido por Juan José Garrido, hoy director de El Comercio, y del cual yo era editor multiplataforma.

Como dice Sifuentes en el libro, Panorama emite el reportaje televisivo sobre las agendas de Heredia el domingo 16 de agosto de 2015. Ese mismo día, Perú21 informa sobre los documentos en portada, y amplía la información acerca del contenido de estos al día siguiente, lunes 17, respetando el acuerdo de publicación al que se había llegado con Panorama. Aquí pueden ver a la periodista Rosana Cueva, directora de Panorama, comentando el reportaje original y señalando la colaboración entre su programa y Perú21.

Estas son las dos primeras portadas que el diario dedicó al tema:

Un día antes, el sábado 15, el diario ya había mencionado por primera vez en prensa la existencia de las agendas:

La ausencia de esta mención por parte de Sifuentes es particularmente llamativa en un libro donde cada capítulo se cierra con un espacio que el autor ha denominado “Apuntes documentales”. En esos apuntes Sifuentes señala con detalle de dónde procede buena parte de la información que ha servido para construir el relato periodístico.

En los apuntes documentales correspondientes al capítulo dedicado a las agendas de Heredia, Sifuentes indica:

El 4 de setiembre de 2015, Víctor Caballero publicó en Útero.pe “EXCLUSIVO: En una encomienda de choclos y quesos nos llegaron las agendas de Nadine”. Aún ahora, sigue siendo el único lugar donde cualquier persona puede acceder en su integridad a las agendas, salvo la Renzo Costa, que nunca nos fue entregada.

Sifuentes, no sé por qué, omite señalar que la razón por la que Útero.pe accedió a ese material fue porque nosotros, léase los responsables de Perú21 en ese momento, se lo entregamos. Lo sé porque yo mismo le di en la mano el USB con los archivos a Víctor Caballero.

The New Yorker, David Remnick, Steve Bannon, el debate y la empatía

I want to understand. If others understand in the same way I’ve understood that gives me a sense of satisfaction, like being among equals.
Hannah Arendt

Si ustedes, como yo, siguen con cierta atención lo que ocurre en la política y la industria de medios norteamericana, sabrán ya que la semana anterior fue particularmente agitada. La cereza de la torta fue este Op-Ed (columna de opinión de una firma invitada) publicado el miércoles 5 de setiembre por The New York Times. La columna se titulaba, de forma grandilocuente, “Soy parte de la resistencia dentro del gobierno de Trump” (aquí pueden leerla en español), y no llevaba firma.

La sección de Opinión del diario, que en el caso del Times es independiente de la redacción y no entra dentro del mandato del director, justificaba de esta forma su decisión de publicar la columna respetando el anonimato del autor o autora:

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Según datos del propio Times, entre el miércoles –cuando apareció el Op-Ed– y el viernes, el diario recibió 23 mil mensajes de lectores preguntando por el proceso de verificación que había realizado. De nuevo, veintitrés mil mensajes de lectores sobre una sola columna. Veintitrés mil mensajes de lectores intentando entender por qué había hecho lo que había hecho el Times.

Quien quiera comprender un poco más sobre el Op-Ed anónimo y su relevancia puede leer este largo hilo de Twitter del periodista Eduardo Suárez, así como revisar esta versión anotada que el mismo Suárez hizo para Univisión. También puede interesarles el behind the scenes que relató aquí el corresponsal de medios de CNN, Brian Stelter.

Pero, como decía antes, esta fue solo la cereza de la torta en una semana especialmente agitada. Dos días antes, el lunes 3 de setiembre, otra venerada institución periodística neoyorquina vivió su propio momento convulso.

Ese día, a través de un artículo en The New York Times, los seguidores de la revista The New Yorker descubrieron que Steve Bannon, ex asesor y jefe de estrategia del presidente Donald Trump, además de una de las figuras más controvertidas de la política norteamericana, encabezaría la lista de invitados de The New Yorker Festival, el “festival de ideas” que la revista celebra todos los otoños en Nueva York:Screen Shot 2018-09-07 at 7.29.24 PM

Antes de dedicarse de lleno a la asesoría política, Bannon fue fundador y luego CEO de Breitbart News, un site noticioso conocido por haber sido el órgano de propaganda de Donald Trump durante la campaña electoral de 2016, difundir teorías de la conspiración sobre el ex presidente Barack Obama y la ex candidata Hillary Clinton, así como por su denodado esfuerzo por insertar ideas neonazis en el debate público norteamericano.

Luego de la toma de posesión del presidente Trump, Bannon se convirtió en el segundo hombre más poderoso de la Casa Blanca y ha sido señalado como uno de los principales responsables de la agenda anti-inmigración, de nacionalismo duro, aislacionismo económico y coqueteos abiertos con la llamada alt-right (eufemismo para referirse a la extrema derecha neonazi norteamericana de camisa y corbata) del actual gobierno.

En agosto de 2017, un año después de haberse sumado a la campaña electoral de Trump y siete meses después de la toma de mando, fue despedido de la Casa Blanca. La caída de Bannon ocurrió pocos días después de que el presidente Trump apareciera ante cámaras luego de los incidentes de Charlottesville, donde una mujer fue asesinada durante las manifestaciones de supremacistas blancos/neonazis/alt-right, para decir:

“Condenamos en los más poderosos términos esta indignante demostración de odio, intolerancia y violencia proveniente de varios lados, varios lados

En una segunda declaración, días después, el presidente Trump insistió en repartir culpas entre supremacistas blancos y manifestantes antifascistas –entre los que se encontraba la mujer atropellada y asesinada– que protestaban por la exhibición de violencia de los primeros:

“Tenemos alguna gente muy mala en ese grupo, pero también tenemos algunas personas que son muy buenas personas, en ambos lados (…) ¿Y qué ocurre con la izquierda alternativa (alt-left) que vino a atacar a la alt-right? ¿Tienen ellos alguna pizca de culpa?”

Algunos analistas señalaron que la mano detrás de esas palabras de Trump no era otra que la de Steve Bannon. El asesor presidencial, según distintos reportes, se había mostrado “entusiasmado” y “orgulloso” luego de escuchar las declaraciones de su jefe.

Las críticas al discurso de Trump colocaron a Bannon, que no solo se mostró orgulloso sino que defendió extasiado las declaraciones ante los medios, en una posición incómoda de cara a otros miembros del gobierno. No eran pocos en la Casa Blanca los que estaban enfrentados con Bannon desde hacía meses. Incluso Jared Kushner, yerno y también asesor del presidente, habría pedido en su momento que el ex responsable de Breitbart fuera despedido.

La presión hizo que Trump terminara deshaciéndose de Bannon el 18 de agosto, seis días después de las primeras declaraciones del presidente sobre Charlottesville. Al día siguiente, Trump se despedía públicamente de su ex jefe de campaña y estratega de la Casa Blanca con este tuit:

Desde entonces, luego de haber susurrado al oído del hombre más poderoso del mundo, Bannon empezó a caer en la irrelevancia política y mediática. En especial después de que el libro del periodista Michael Wolff sobre la presidencia Trump, Fire and Fury, revelara el desprecio de Bannon hacia algunos personajes del entorno de Trump, incluido su hijo Donald Jr.

A partir de ahí, y gracias al revuelo causado por el libro de Wolff, el ex asesor perdió el favor no solo del presidente sino de varios de sus antiguos aliados. Después de esto, sus socios de Breitbart decidieron que era hora de deshacerse de él.

Desde enero de este año, lo único que se sabía de Bannon es que estaba uniendo fuerzas con nacionalistas de extrema derecha al otro lado del Atlántico como el primer ministro italiano Matteo Salvini, el primer ministro húngaro Viktor Orban o el líder del movimiento de apoyo al Brexit en Inglaterra, Nigel Farage, para formar una organización europea ultraconservadora llamada The Movement.

Y así llegamos al lunes 3 de setiembre y el artículo publicado en la web de The New York Times. Steve Bannon, decía el Times, iba a ser entrevistado en el escenario de The New Yorker Festival por el editor de la revista, el reconocido periodista David Remnick, autor, entre otros libros, de una extensa biografía del ex presidente Barack Obama.

En entrevista telefónica con el Times, Remnick decía:

“Tengo toda la intención de hacerle preguntas difíciles y entablar una conversación seria e incluso combativa (…) La misma audiencia, por el solo hecho de estar ahí presente, pone una cierta presión a la charla que una entrevista uno a uno no consigue. [Con una audiencia delante] No puedes saltar del on al off the record“.

Pero, ¿qué es exactamente The New Yorker Festival?

Como explica el periodista Zack Beauchamp en este artículo para Vox, es un evento organizado por la revista, básicamente, para ganar dinero:

La publicación invita personas famosas e interesantes, las coloca en paneles con escritores de la revista y cobra a lo lectores que tienen interés en asistir a esas charlas.

Este tipo de eventos son, por su propia naturaleza, difíciles de manejar. Necesitan ser atractivos para la audiencia, lo que se traduce en fichar oradores interesantes y/o controversiales. Para que el evento tenga lugar necesita que los oradores asistan, lo que muchas veces significa pagarles, y puede que estos no quieran meterse a la boca del lobo de una entrevista conflictiva en vivo delante de público.

Al mismo tiempo, las entrevistas no pueden traicionar la misión periodística que es el centro de la publicación. No pueden, de cierta forma, ser a la vez trabajo de reportería y promoción de marca. Lo que significa que los periodistas no pueden (en teoría) tan solo adular a los oradores y cantarles loas –aunque demasiadas veces eso es lo que ocurre– sino que deben cuestionar de forma respetuosa sus ideas y argumentos.

¿Qué otros invitados tenía The New Yorker para esta edición del festival?

Según el artículo de The New York Times con que iniciaba este post y otras fuentes, el listado de oradores lo completaban:

–Los actores Jim Carrey, Emily Blunt, Maggie Gyllenhaal, Patton Oswald, John Krasinski.

-El director y productor Judd Appatow.

–Los comediantes Jimmy Fallon, Hassan Minhaj y Bo Burnham.

–Los escritores Haruki Murakami, Zadie Smith y Janet Mock.

–La ex fiscal general adjunta de los Estados Unidos Sally Q. Yates,

–Los músicos Kelela, Miguel, Jack Antonoff y Kacey Musgraves.

Pero una vez se supo que Bannon sería parte del festival, una semana antes de que salieran a la venta las entradas, varios de los nombres confirmados anunciaron a través de Twitter que no asistirían:

A esto se sumaron centenares de voces indignadas en redes sociales, sobre todo en Twitter, que anunciaban la cancelación de su suscripción a la revista o amenazaban con hacerlo si Remnick no retrocedía en su decisión:

Esto podría parecer una tontería, la pataleta de unos cuantos tuiteros con la piel demasiado fina, pero en un mundo en el que los medios sufren para monetizar sus audiencias, The New Yorker es uno de los mayores –y contados– casos de éxito. Gracias, precisamente, a las suscripciones.

La revista es uno de los pocos medios del mundo cuyos ingresos provienen, principalmente de sus lectores. El 65% del dinero que ingresa proviene de alrededor de 1.2 millones de lectores de pago, que gastan en promedio 120 dólares al año por una suscripción print + digital. Si para cualquier medio hoy la relación con sus lectores es fundamental, para The New Yorker esa relación es todo.

Junto a los suscriptores y lectores indignados, unos cuantos escritores de la revista hicieron público su rechazo a la presencia de Bannon en el festival. Algunos como Kathryn Schulz incluso pedían a los lectores que escribieran a The New Yorker para dejar claro su descontento:

La presión para Remnick creció al punto que, como reveló en un tuit otro escritor de la revista, Adam Davidson, el editor pasó buena parte del día conversando con miembros de su staff, muchos de los cuales intentaban explicarle por qué la invitación a Bannon era un error:

En el tuit, parte de un largo hilo que hablaba de la estupenda cobertura que la revista venía realizando desde hace años sobre Trump y sus compinches, Davidson decía:

En resumen, David [Remnick] se ha más que ganado el derecho a cagarla de vez en cuando.

Además, nunca he tenido un jefe tan abierto a las críticas. Ha pasado todo el día al teléfono escuchando a escritores y miembros del staff diciéndole que está equivocado. Ha escuchado, ha oído.

Algunos de esos escritores eran pesos pesados de la revista, como el historiador y profesor de Columbia University Jelani Cobb, o la crítica de televisión Emily Nussbaum, ganadora del National Magazine Award como columnista en 2014 y premio Pulitzer de crítica cultural en 2016:

Poco después de esos tuits, que ya dejaban saber que pronto habría una comunicación de la revista sobre el tema, el anuncio final llegó.

El mismo lunes 3 de setiembre a las 17:43 hora de Nueva York, y luego de haber sido distribuido primero entre el staff de la propia revista, se hizo público un comunicado a través de la cuenta oficial de Twitter @NewYorker. El comunicado, firmado por David Remnick, señalaba que el editor daba marcha atrás y retiraba la invitación a Steve Bannon:

El texto de Remnick concluía así:

Lo he pensado bien, he hablado con mis colegas, y he reconsiderado mi decisión. He cambiado de parecer. Hay una manera mejor de hacer esto. Nuestros escritores han entrevistado a Steve Bannon para The New Yorker antes, y si la oportunidad se presenta, lo entrevistaré en un marco más tradicionalmente periodístico como fue mi primera intención, no en un escenario.

Luego del comunicado, algunos escritores de la revista mostraron su alivio. Otros expresaron su decepción ante lo que consideraba una capitulación intelectual.

Esta es, por ejemplo, Alexandra Schwartz, staff writer especializada en libros y una de las voces más brillantes de la nueva generación de escritores de la publicación:

Schwartz concluía su tuit con un “me siento tremendamente aliviada porque este evento no tendrá lugar”.

A Schwartz le respondió Malcolm Gladwell, uno de los escritores más célebres de la revista, con una ironía:

Llámenme anticuado, pero yo hubiera pensado que el punto de un festival de ideas era exponer ideas ante el público. Si solo invitas a tus amigos, se trata de una cena en casa.

Por supuesto, la decisión final de Remnick de desinvitar a Bannon no terminó, ni mucho menos, el debate. Ni dentro ni fuera de la revista. Varios periodistas, entre ellos algunas de las plumas más respetadas de la crítica o análisis de medios en Estados Unidos, saltaron a dar su opinión en medios y redes sociales.

Jack Shafer, columnista de medios de Politico, escribía con su mordacidad habitual:

Esa urgencia por colocar un cordón sanitario alrededor de Bannon viene del mismo impulso paternalista que lleva a censores a prohibir ideas políticas, libros, arte, obscenidades, música, religiones, bailes y expresiones eroticas que no les gustan. Interpretando el papel de guardianes los enemigos de Bannon piensan que están protegiendo a las masas. En realidad, le están permitiendo hacerse el mártir y, con eso, hacerse más fuerte.

En un tono aún más duro, Brett Stephens, columnista conservador de The New York Times, escribió una columna al respecto titulada “Ahora Twitter edita The New Yorker”:

[Este episodio] ha colocado el nombre de Bannon de forma prominente en las noticias, lo que sin duda ha sido motivo de considerable deleite para él. Ha convertido a un fanático nativista en una víctima de la censura progresista. Le ha otorgado credibilidad a la idea de que los periodistas son, como dijo Bannon de Remnick, unos cobardes. Ha corroborado la idea de que la prensa es una colección de pensadores de izquierda, que cuando no están promoviendo “fake news”, están interesados solo en sus propias verdades. Ha conseguido aislar a los lectores de The New Yorker en su cámara de eco habitual. Ha consolidado la idea de que las instituciones vulnerables pueden ser acosadas de manera que terminen sometiéndose a las irascibles (e insaciables) exigencias de las hordas de redes sociales. Y, sobre todo, ha liquidado una oportunidad de someter a Bannon al tipo de interrogatorio inquisitivo que Remnick había prometido en un inicio, y eso es periodismo en su mejor expresión.

Otro periodista, Erick Wemple, este de The Washingont Post, apuntaba de forma similar:

¿Por qué demonios darle a esta gente una plataforma?, reza la objeción.

(…)

La respuesta es que los periodistas entrevistan a personas que representan todos los ángulos de una historia, incluso a aquellos que resultan unos mentirosos o algo peor. Enfrentarlos –en lugar de ignorarlos– es lo que alguien como Remnick hace.

Su colega Margaret Sullivan, columnista de medios también en The Washington Post, no estaba de acuerdo. Sullivan, antigua defensora del lector en The New York Times y una de las periodistas más brillantes y respetadas de su generación, escribía que la decisión de ofrecer a Bannon un “escenario prestigioso” era “una idea terriblemente mala”. Y continuaba:

No hay nada más que aprender de Bannon acerca de su marca particular de populismo, con su insolente cubierta de supremacismo blanco (…) No hay nada más que aprender. Pero, al elevar esas ideas y sus ponente una y otra vez, hay muchísimo que sí podríamos perder.

Algo parecido decía Suzanne Nossel, directora ejecutiva de PEN America, una importante agrupación de escritores que vela por la libertad de expresión dentro y fuera de Estados Unidos. Nossel respondía a la columna de Wemple que cito un par de párrafos arriba con un tuit:

Parece que The New Yorker ha perdido de vista la distinción clave entre escuchar de forma cuidadosa y someter a escrutinio las ideas de Bannon, frente a festejarlo como cabeza de cartel de un festival. Al igual que un título honorario o una posición distinguida como conferenciante, esta implica una dosis de alabanzas.

En esa vía profundizaba la periodista Josephine Livingston, que en un artículo para The New Republic decía:

El encuentro propuesto entre Remnick y Bannon representaba mucho más que el dilema político sobre “ofrecer una plataforma” a gente odiosa. De ocurrir, se hubiera tratado de dos figuras públicas en el pináculo de sus respectivos clanes reuniéndose para crear un espectáculo que habría generado ingresos para la revista de Remnick y una mezcla de prestigio y notoriedad para Bannon. El mérito del contenido del evento (cualquiera que este hubiera sido, nunca lo sabremos) era en realidad casi irrelevante. La entrevista estaba viciada desde el saque.

La respuesta de Bannon a la desinvitación por parte de Remnick parecía confirmar lo que apuntaba Livingston:

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Luego de ser contactado hace varios meses y luego de siete semanas de insistencia, acepté la invitación de The New Yorker sin la expectativa de un honorario. La razón por la que acepté es simple: estaría enfrentándome a uno de los periodistas más valientes de su generación. En lo que yo llamaría un momento decisivo, David Remnick mostró, confrontado por una turba online que pega alaridos, que no tiene agallas.

Charlie Warzel, reportero especializado en tecnología de Buzzfeed y uno de los periodistas que mejor ha explorado el universo online de la extrema derecha en Estados Unidos, aportaba una visión distinta al debate:

Para mí, el asunto Bannon-New Yorker simplemente ilustra que la prensa sigue sin saber qué hacer realmente con los troles del universo “Make America Great Again”. Siguen peleando con la disyuntiva entre cobertura noticiosa y simplemente convertir a unos tíos en líderes de opinión.

En un tuit posterior, Warzel abundaba en su comentario:

Hay (¡obviamente!) valor periodístico en hablar con personas con las que estás en desacuerdo o que aborreces. ¡E incluso con los voceros del circo! Pero creo que la siguiente fiebre cultural nacida en Internet que inunde nuestra política exigirá a los medios una mayor imaginación a la hora de lidiar con las maneras en que están siendo utilizados.

No sé que piensan ustedes pero a mí me parece un debate fascinante.

¿Qué hacemos, desde un punto de vista intelectual, más allá del mero rechazo visceral, con los mensajes de odio, con las expresiones ideológicas que atacan aquello en lo que creemos quienes defendemos una democracia liberal?

¿Qué hacemos cuando, además, la forma en que esas ideas son diseminadas en Internet (y no solo en Internet) está diseñada para que medios y periodistas sean víctimas de su propaganda y la amplifiquen?

Pero –y no sé si les ocurre a ustedes también– hay algo de la forma en que está llevándose a cabo el debate que me chirría. Algo que, de hecho, lleva una semana retumbándome en el fondo del oído cada vez que leo un comentario como los muchos que he reseñado párrafos arriba.

Lo que me chirría es la seguridad con que los muchos participantes del debate exponen sus posiciones. La certeza casi absoluta con que, al dar su opinión, dan por sentado que se trata de la conclusión correcta. Sin ápice de duda. Incluso con desdén. Sin conceder que, quizá, quien expresa la opinión contraria podría estar en lo cierto o, al menos, ha reflexionado y debatido consigo mismo en un proceso similar al propio antes de llegar a esa conclusión.

Ya sea que piensen que no debe dársele nunca una plataforma a alguien como Bannon o que Bannon y sus ideas deben ser confrontados en público siempre, pareciera que casi todas estas personas inteligentes y cultas, la crema y nata del mundo intelectual / cultural / periodístico norteamericano, creen seriamente que tienen toda la razón. Que cualquier análisis honesto y acucioso de la cuestión llevará necesariamente al mismo lugar al que ellos o ellas han llegado antes. Sin desvío ni dilación que valga.

Por supuesto, esto no es así.

Hay asuntos que no son debatibles, existen verdades que se nos muestran irrevocables a todos por igual, pero este no es ni por asomo el caso. Yo mismo, no sé ustedes, luego de haber leído todo lo que he ido reseñando y linkando en este post, sigo sin estar seguro de qué es lo correcto en un caso como este.

Pero, más allá de este episodio puntual, me interesa lo que esconde esa negativa a concederle legitimidad a la opinión discrepante del otro. Y más aun cuando, como en este debate concreto, el otro ni siquiera es otro.

Hay un detalle que no sé si han notado. Con la sola excepción de Bret Stephens, todos los otros polemistas que he citado cabrían dentro de esa definición de carpa amplia que en Estados Unidos se denomina “liberal” y que en español podríamos traducir como “progresista”.

Pese a ello, un autor de la inteligencia de Malcolm Gladwell es incapaz de responder a una colega con otra cosa que no sea una ironía gruesa vía Twitter. Y una periodista tan brillante y experimentada como Margaret Sullivan opta por zanjar la discusión en una columna con un “no hay nada más que aprender [sobre Bannon y sus ideas]”.

Cuando, créanme, existe evidencia y argumentos suficientes para defender, con matices, una y otra postura.

¿Por qué somos incapaces de conceder al otro ese beneficio de la duda, esa cortesía de los matices, incluso cuando como en este caso se trata de un otro tan cercano, un otro que podríamos ser nosotros mismos, un otro con el que tenemos muchísimas más ideas en común que ideas que nos separan?

Aquí, a riesgo de sonar cursi o, peor, de que mi prosa caiga en el abismo amelcochado y fraudulento de un coach holístico, me gustaría introducir un concepto que viene obsesionándome de un tiempo a esta parte: la empatía como herramienta intelectual, la empatía como herramienta para el conocimiento.

Empatía, en este contexto, no significa justificar el comportamiento ajeno o, ni siquiera, ponerse de acuerdo con ese otro. Empatía significa aquí que nos tomamos el trabajo de mirar al otro y reconocerle la posibilidad de estar en lo correcto o de estar equivocado, sin que esto suponga que su proceso de pensamiento es un error en sí mismo o que es un proceso viciado ya sea por la ignorancia o la deshonestidad intelectual. Aceptar que, así como creemos y defendemos que nuestras opiniones y decisiones están basadas en una reflexión honesta, las de otros –incluso o, sobre todo, cuando discrepamos con ellas– son fruto de un proceso similar. Esa actitud, creo, es indispensable ya no para entender sino siquiera para intentarlo.

Voy a poner un ejemplo para que se entienda bien a qué me refiero.

Hace unos diez días, el escritor Sergio del Molino publicaba este raro artículo en la revista digital CTXT.  En él, Del Molino contaba que en mayo había aceptado una invitación a ver una corrida de toros en la plaza madrileña de Las Ventas. En un inicio, ante la invitación, Del Molino le había dicho a su anfitrión que “no había ido a los toros en mi vida y que me tengo por antitaurino”. Este, un periodista taurino y miembro de la Fundación Toro de Lidia, reaccionó de una forma que sorprendió al escritor:

Casi se relamió con la idea de enseñarle a un alma virgen los toros por primera vez. Lo comparó con llevar a alguien a ver el mar, estaba deseando ver mi reacción. Te invitamos para que luego cuentes lo que te dé la gana, me dijo, o no cuentes nada, pero creo que merece la pena que conozcas este mundo.

Acto seguido, Del Molino relataba la manera en que su curiosidad fue recibida por la gente de su entorno:

Con solo aceptar la invitación de Chapu ya tuve una discusión con mi madre, que se enfadó mucho conmigo. No sé qué se te ha perdido ahí, decía, ni qué curiosidad ni qué leches. Coincidía mi madre con algunos tuiteros y gente del Facebook, que me llamaron criminal y asesino cuando colgué una foto en la puerta de Las Ventas. Y aún no había ni entrado a la plaza.

Para seguir con la sorpresa, Del Molino cuenta que disfrutó mucho. Y se extiende en el debate interno que le suscitó ese disfrute:

Algunos de mis amigos más sensibles y cultos, cuya inteligencia y personalidad admiro, son aficionados taurinos y sienten de alguna forma y en algún grado esa visión [que los toros recuerdan que el ser humano es un depredador y que la única forma digna y valiente de afrontar su condición es mirar a los ojos a su presa antes de matarla]. Otros creen, como yo, que es un anacronismo que no tiene cabida en el mundo de hoy y que, inevitablemente, desaparecerá, pero asumen su contradicción: racionalmente les repugna; emocionalmente les fascina. Y lo entiendo: no hay ninguna otra expresión cultural en occidente que obligue a quien la presencia a hurgar en sus propios dilemas y a palparse las paradojas de una manera tan radical. Solo un fanático o un mentecato puede salir de una corrida igual que entró. Me resisto a creer que fue cosa mía. Chapu, como buen Mefistófeles, sabía dónde me metía y sabía qué estaba haciendo cuando me susurraba al oído su retransmisión personalísima del espectáculo. Sabía que me estaba llevando a un lugar incómodo. Sabía que me estaba inoculando un dilema que, aún hoy, meses después, no he resuelto.

En otro momento, Del Molino define, quizá sin querer, aquello que antes he llamado la necesidad de la empatía como herramienta intelectual:

Cuando doy una charla o tengo un acto literario y, en el turno de preguntas, alguien del público empieza disculpándose porque aún no ha leído mi libro, le suelo responder: mejor, así tendrá una opinión contundente de él, que la lectura no le ha estropeado. Es un chiste pero lo digo en serio: la forma más eficaz y definitiva de oponerse a algo es no conocerlo. Es muy difícil mantener una convicción firme sobre cualquier cosa una vez se ha visto la tal cosa de cerca. En lenguaje taurino –que ha aportado tantísimas expresiones coloquiales al castellano, la mayoría de las cuales ni siquiera suenan taurinas–, eso se llama ver los toros desde la barrera (es decir, lo que hice yo, literalmente).

Si Sergio del Molino puede acercarse a un mundo que le repugna visceralmente a él y los suyos y mostrar con esa transparencia los dilemas intelectuales y de sensibilidad que le ha planteando, si puede hacer uso de esa empatía en el esfuerzo por entender (y entenderse) mejor, ¿por qué nosotros no podemos extender esa empatía a discusiones muchísimo menos enconadas, a situaciones donde, de nuevo, las posturas en el fondo se encuentran mucho más cerca de lo que parece?

Con esto cierro.

No descubro nada si afirmo que The New Yorker ha sido una de las publicaciones que mejor y de forma más dura ha cubierto la presidencia Trump, y eso incluye la cobertura sobre Steve Bannon. Nadie en la industria duda de eso. Es un reconocimiento general entre periodistas. Aquí, por ejemplo, lo dice Isaac Chotiner, escritor de Slate y conductor del podcast I Have to Ask:

Me parece importante decir que la cobertura que The New Yorker ha hecho del gobierno Trump ha sido ejemplar, sobre todo debido a sus investigaciones, pero también por la ausencia de eufemismos en las páginas de Opinion. Resulta difícil pensar en una publicación que haya hecho un mejor trabajo, y eso incluye a The New York Times y The Washington Post.

Pero también lo reconocen –y premian– los lectores. La revista capitaneada por Remnick (que publicó el 9 de noviembre de 2016, al día siguiente de las elecciones, una columna excepcional sobre la victoria de Trump titulada “Una tragedia americana”) consiguió en enero de 2017 un record de nuevas suscripciones: 100 mil. Un incremento de 300% con respecto al mismo mes en 2016.

Entonces, si todos, periodistas y lectores sabemos esto, no solo lo sabemos sino que lo celebramos, ¿por qué nos cuesta tanto entender que la reflexión inicial de David Remnick, el proceso de pensamiento que le hizo creer que invitar a Steve Bannon, no solo fue realizado en buena fe sino que podía ser correcto?

De la misma forma, ¿por qué nos cuesta tanto entender que una vez Remnick escuchó a sus lectores y colegas, decidió que era mejor dar marcha atrás sin que lo empujara ningún ánimo censor? ¿Por qué nos cuesta tanto entender que en asuntos complejos como este la única decisión 100% correcta, la única decisión infalible, es la que no se toma? ¿Por qué despachamos la discrepancia con tanta facilidad y desdén?

Hay otro periodista que ha debido lidiar con Bannon recientemente: el cineasta Errol Morris, quien ha dirigido un documental centrado en el ex asesor de Trump. Morris debió enfrentar las críticas de quienes lo acusaban de estar ofreciendo un altavoz a Bannon. Ante eso, respondió:

Si me preguntan si he batallado con la cuestión [de realizar o no el documental], la respuesta es sí. Si la pregunta es si sigo debatiéndome al respecto, la respuesta sigue siendo sí. Mi respuesta [a los cuestionamientos propios y ajenos] ha sido hacer esta película.

(…)

Si he hecho algo para ayudarnos a entender quién es, no quiero exagerar aquí pero creo que es un aporte importante. Es parte de lo que el periodismo debe hacer.

¿Es esto un error de parte de Morris? Podría serlo. Y su honestidad intelectual es tal que está dispuesto a aceptarlo.

Como decía Malcolm Gladwell en el último episodio de la estupenda tercera temporada de su podcast Revisionist History (el mismo Gladwell que párrafos arriba no podía evitar zanjar este complejísimo debate con una ironía simplona en Twitter), “lo más fácil del mundo es mirar esos errores y condenarlos. Es mucho más difícil mirar esos errores y entenderlos”.

Ocurre, creo, que no terminamos de entender –incluso personas con la inteligencia y experiencia de Gladwell– que las redes sociales no son, hoy por hoy, el lugar apropiado para albergar este tipo de discusiones. Para apreciar la buena fe en la argumentación ajena y extender esa cortesía de los matices de la que hablaba antes. No están diseñadas para ello. De la misma forma que una mesa de ping pong no está diseñada para jugar al fútbol.

Si no entendemos eso y seguimos insistiendo en trasladar todas las discusiones ahí o, peor aún, insistimos en importar los códigos y reglas propios de las redes sociales a otras arenas, estamos condenándonos a discutir siempre con la raqueta en la mano, listos para lanzársela al otro a la cara a la primera discrepancia.

Estamos despojándonos del espacio y la calma necesarios para discrepar y llegar –o no– a algún tipo de acuerdo. Estamos permitiendo que el debate discurra siempre con los códigos propios de las redes sociales, que benefician la inmediatez y el efectismo, y penalizan la empatía y la reflexión.

Es absurdo, ¿no? Pero eso es lo que estamos haciendo. Y todos somos cómplices. Y, créanme, mientras más lo pienso, no veo por qué no somos capaces de dejar de hacerlo.

¿Qué es lo que ocurrirá con Pablo Casado y ese “viva el Rey”?

Este post iba a ser originalmente un hilo de tuits, siguiendo la máxima de Joe Wiesenthal, pero se me estaba haciendo demasiado largo, así que preferí montarlo aquí para hacerlo más manejable y comprensible.

El sábado 8 de setiembre de 2018, Pablo Casado, actual líder del Partido Popular, principal partido de la derecha española, presidía la Junta Nacional del partido y ofreció este discurso:

No voy, por supuesto, a detenerme en el fondo del mensaje. Eso no es lo que me interesa. Voy a detenerme en la forma y la estrategia de comunicación que revela.

Voy a ser muy breve, porque el mensaje no amerita más, pero creo sí que es importante que quienes nos dedicamos a la comunicación o el periodismo seamos conscientes de qué estamos haciendo y de la manera en que somos presas fáciles de manipulaciones tan burdas como esta.

Alguien, no sé quién, pero sería muy interesante saberlo, está pensando detrás de Casado y sabe perfectamente lo que hace. Sabe a quién va dirigido ese mensaje y qué espera conseguir con él.

Esto es lo que va a pasar –y de hecho ya está pasando desde anoche– con el discurso de Pablo Casado y ese “viva el rey” en España. El discurso está cuidadosamente diseñado para soliviantar a mucha gente. Mucha de esa gente saldrá a Twitter o su red social favorita a indignarse, a hacer bromas sobre Casado y su mensaje, a insultarlo y demás. Resultado: amplificarán el discurso.

Lo mismo harán los rivales políticos de Casado. Aquí pueden ver un ejemplo:

Resultado: amplificarán el discurso.

A continuación o en simultáneo, periodistas y medios llenarán páginas y páginas y horas de horas de transmisión con el mensaje. Lo “analizarán”, “discutirán”, etc. Habrá portadas, editoriales, columnas, tertulias y demás. Habrá, incluso, ese género ridículo de notas “Twitter/Internet/las redes se mofan/burlan/destruyen/ a X” o “X revoluciona las redes”. El resultado en este caso es algo distinto que con los usuarios de redes.

¿Qué conseguirán los medios y periodistas? Muy sencillo.

  1. Amplificarlo, al igual que los usuarios indignados.
  2. Legitimarlo: al discutirlo y dedicarle centenares de artículos y decenas de horas de radio y TV, estaremos diciendo que es un mensaje que merece ser parte de la conversación.
  3. Acercarlo y hacerlo digerible para su audiencia: hay mucha gente que nos odia y cuestiona todo lo que hacemos, a veces con razón. Cuando digamos que es un insensato y un facha o algo similar, habrá mucha gente que piense que esa vehemencia y énfasis en descalificar el discurso de Casado son sospechosos y mira, si estos se molestan tanto, algo de razón tendrá.

Quien escribió y escenificó la puesta de escena de ayer sábado sabía todo esto. Tanto lo sabía, que fue uno de los momentos, el tercero para ser exactos, que aisló y destacó la transmisión del evento realizada por la cuenta oficial del Partido Popular en Twitter.

Y es así que, gracias al trabajo en equipo del asesor o asesora de comunicación de Pablo Casado –cuyo nombre desconozco pero apostaría que ha trabajado o estudiado en Estados Unidos: se notan de lejos los hilos de la explotación de la guerra cultural– y los esforzados periodistas y medios de comunicación que caen redondos a cualquier tipo de provocación y/o manipulación, que el viejo consenso que señala que en España la extrema derecha es marginal y no tiene representación política dejará muy pronto de ser cierto.

Ese “viva el rey” jalado de los pelos y pegado con cinta adhesiva en medio del discurso de ayer es solo el comienzo. En serio. No tardaremos mucho en ver cómo este tipo de mensajes se repiten y van in crescendo. Ojalá periodistas y medios reaccionen a tiempo. Ojalá.

 

No hemos entendido nada en Kindle e iBooks

Como saben quienes siguen este blog, mi libro No hemos entendido nada: Qué ocurre cuando dejamos el futuro de la prensa a merced de un algoritmo (Debate, 2018) ha aparecido primero en Perú, con motivo de la Feria Internacional del Libro de Lima. En los próximos meses se irá publicando en otros países hispanoparlantes donde tiene presencia el grupo editorial Penguin Random House. Prometo avisar de esas fechas de publicación según se vayan confirmando.Mientras tanto, quienes no vivan en el Perú y deseen leerlo antes de que aparezcan las ediciones de otros países, pueden hacerlo en ebook, tanto en Amazon Kindle como en Apple iBooks.

-Si utilizan una cuenta de Amazon domiciliada en Estados Unidos, pueden comprarlo aquí.

-Si utilizan una cuenta de Amazon México, pueden hacerlo aquí.

-Si su cuenta es de Amazon España, lo encuentran aquí.

-Si en lugar de Kindle, utilizan iBooks de Apple, pueden conseguirlo aquí.

Gracias por leer.

 

 

Alfonso Armada: Lidiar con la verdad

Cuando en 2012 me despedí del Máster de Periodismo ABC-Universidad Complutense de Madrid porque volvía a vivir a Lima, el entonces director de la escuela, Alfonso Armada, me preguntó: “Después de diez años aquí, ¿qué te sigue llamando la atención de España? ¿Cuáles crees que son los problemas más serios que tiene este país como sociedad?

Alfonso es un grandísimo reportero, corresponsal para diversos medios en Nueva York, varias ciudades de África y Sarajevo (en 2015 publicó un libro sobre su paso por esta última ciudad y su famoso conflicto, que lastimosamente aún no he podido leer); además de fundador de una revista digital en la que he colaborado en un par de ocasionesFronteraD. Durante su última etapa en el diario ABC, que acabó en marzo de 2017, dirigió el suplemento ABC Cultural.

Fue Alfonso quien me invitó a enseñar en el máster, donde dicté Crónica y reportaje durante tres años, y le estaré agradecido siempre por haberme brindado una de las experiencias más gratificantes y educativas de mi vida como periodista.

He mencionado esto varias veces en conversaciones con amigos y colegas, pero creo que nunca lo he dejado por escrito. Más allá del cliché de que el profesor aprende de sus alumnos tanto como ellos de él, lo que sí es cierto es que dictar un curso sobre aquello en lo que uno trabaja, sobre aquello a lo que dedica su día a día, es una escuela estupenda porque obliga a ver el propio trabajo con cierta perspectiva, a reflexionar sobre lo que hace en lugar de solo hacerlo, que es lo que ocurre casi siempre cuando uno se dedica a tiempo completo a un oficio tan demandante como este.

Durante esos tres años en el máster, hablamos bastante de esto último con Alfonso y otros profesores de la escuela, en particular con William Lyon, un periodista y editor norteamericano afincado en España desde hace décadas y autor de un pequeño e indispensable manual de escritura periodística.

Pero, además de todo eso que cuento párrafos arriba, Alfonso es un hombre tranquilo, al que muy pocas veces he visto u oído decir una frase más alta que otra, pese a que durante los tres años que enseñé en el máster nos veíamos por lo menos una o dos veces por semana y compartimos infinidad de charlas, discusiones y cañas. Esa calma para mí, preso de la vehemencia natural de mi carácter y el ímpetu de mis años 20, era una cualidad rara, que me despertaba a partes iguales admiración y extrañeza.

Ese día de abril de 2012, Alfonso me acompañaba de camino a la puerta, cuando con su sosiego habitual y esos ojos pequeños repletos de curiosidad que lo asemejan a Tintin, disparó la pregunta con que empecé: “Después de diez años aquí, ¿qué te sigue llamando la atención de España? ¿Cuáles crees que son los problemas más serios que tiene este país como sociedad?”

Me quedé pensando un rato, creo que mientras andábamos y dejábamos atrás el salón de clase, pegado a la redacción del diario, nos topamos con algún otro profesor y/o periodista, intercambiamos las cortesías habituales, y proseguimos el camino hacia la salida. Hasta que volteé y le dije, más o menos, lo siguiente: “La verdad. Lo que más me sorprende de España son los enormes problemas que su sociedad y sus intelectuales tienen para lidiar con la verdad. Es este un país que le rehuye de forma infantil a la verdad”. Un tema, por cierto, al que Ramón González Férriz, entonces editor de Letras Libres en Madrid, y yo dedicamos miles de horas de charla y gintonics.

Alfonso asintió e intercambiamos pareceres al respecto durante unos minutos más, para darnos después un abrazo de despedida.

Quién me iba a decir entonces, días antes de subirme a un avión para regresar al Perú, el país que había dejado con 20 años recién cumplidos una década antes, que esos problemas con la verdad serían la norma en todas partes pocos años después. Y serían la norma hasta en los casos más absurdos, inverosímiles e insignificantes también en mi país, donde casi nadie está dispuesto a honrar el compromiso más básico que tenemos los periodistas con nuestros lectores: relatar hechos ciertos.

Es decir, lidiar con la verdad.

 

Nota: La fotografía de cabecera fue tomada por Miguel Lucas Prieto y publicada en una entrevista en el site negratinta.

La agencia EFE, Serguéi el Renacido y Dostoyevski

Por alguna razón que desconozco, los domingos el algoritmo de Facebook parece ser más amable con el contenido publicado por medios que comparten mis contactos.

Gracias a ello, hace unos días me topé con esto:

En efecto, como decía el crítico y escritor Jorge Carrión, se trata de una historia digna de Dostoyevski, o del Emmanuel Carrère de Una novela rusa (por cierto, vale la pena que lean esto que Carrión escribió hace unos meses sobre Carrère).

Este es el cuerpo de la nota como la publicó la página web del diario El País:

Un ciudadano ruso dado por muerto apareció inesperadamente en sus exequias más de una semana después de que la familia celebrara su supuesto entierro, informaron este viernes los medios rusos.

El insólito hecho tuvo lugar en la ciudad siberiana de Kémerovo, donde tras un incendio declarado en una vivienda particular, los lugareños dieron por muerto al dueño de la casa, llamado Serguéi.

Los supuestos restos de Serguéi fueron reconocidos por su hermana, tras lo cual la familia procedió al entierro del cadáver.

Nueve días después de los funerales, la familia volvió a reunirse para una comida en homenaje del difunto en la que por sorpresa irrumpió “el muerto”.

En declaraciones a la prensa, el hombre dijo que vive cerca del lugar donde se declaró el incendio, sin que él se viera afectado, y se enteró de su propia “muerte” a través de un amigo, quien vio su tumba en un cementerio.

A raíz del error, el ruso vio como todos sus documentos quedaron invalidados y ahora únicamente tiene en sus manos un certificado de defunción para confirmar su identidad.

Las autoridades han puesto en marcha las correspondientes diligencias para aclarar el suceso y ayudar al afectado a recuperar su documentación.

La nota viene firmada por la agencia EFE:

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Ya he escrito en alguna ocasión acerca de la manera en que los medios de todo el mundo procesan la información que reciben a través de agencias noticiosas.

Pero, ¿qué es una agencia noticiosa?

Voy a dejar que la propia agencia EFE lo explique. Este texto se encuentra en la página de presentación del site de la agencia:

[EFE es] La primera agencia de noticias en español y la cuarta del mundo, con más de setenta años de trayectoria que avalan su imparcialidad, su potencia, su credibilidad y su inmediatez.

Una empresa informativa multimedia con una red de periodistas mundial, donde más de tres mil profesionales de 60 nacionalidades trabajan 24 horas al día desde más de 180 ciudades de 120 países y con cuatro mesas de edición en Madrid, Bogotá, El Cairo (árabe) y Río de Janeiro (portugués), para ofrecer sus productos a clientes en los cinco continentes.

(…)

EFE distribuye casi 3 millones de noticias al año en los diferentes soportes informativos: texto, fotografía, audio, video y multimedia, que llegan diariamente a más de dos millares de medios de comunicación en el mundo.

Ofrece instantáneamente desde su red mundial de delegaciones y corresponsalías, la visión latina del mundo en español, portugués, inglés, árabe, catalán y gallego.

Cuenta en España con delegaciones en las capitales de las 17 comunidades autónomas, además de Ceuta y Melilla, y subdelegaciones en otras ciudades españolas.

Tiene mayor número de lectores que cualquier diario de tirada nacional [en España, se entiende].

Más del cuarenta por ciento de la información internacional de agencias publicada en América Latina es de EFE.

EFE cuenta en América con 884 clientes.

Esos clientes de los que habla la agencia son redacciones de medios repartidas por todo el mundo. Las agencias noticiosas producen información que venden, por lo general a través de distintos paquetes de suscripción, a esas otras redacciones que pagan por el derecho a reproducir esas noticias, artículos, fotografías, videos, etc.

Las agencias de noticias son una institución casi tan antigua como el periodismo moderno. La primera agencia noticiosa del mundo fue creada en 1835 por un escritor y traductor francés llamado Charles-Louis Havas. Esa agencia, que tomó su nombre del apellido de su fundador, Havas, se convertiría un siglo después, en 1940, en la Agence France-Presse (AFP), la más importante del mundo francófono.

Once años después de fundada Havas en Francia, en 1846, cinco periódicos neoyorquinos –The Sun, The New York Herald, The New York Courier and Enquirer, The Journal of Commerce y The New York Evening Express– unieron esfuerzos para cubrir entre todos los gastos de cobertura que generaba la guerra México-Americana. De esa alianza nació Associated Press (AP), aunque durante sus primeros años de existencia, hasta 1892, se le conoció como New York Associated Press (NYAP).

Un breve inciso aquí, porque me gustaría ilustrar cuán antigua y estrecha es la relación entre agencias y diarios (o medios). El principal impulsor de esa asociación entre diarios neoyorquinos, la NYAP, fue Moses Yale Beach, propietario de The Sun. En 1835, Beach se había hecho con el control del diario, que había sido fundado un par de años antes por el hermano de su esposa: Benjamin Day.

¿Por qué es esto importante? Porque como expliqué en otro artículo, fue Benjamin Day, en The Sun, quien inventó el modelo de negocio que se convertiría en el estándar de la industria durante casi 200 años (hasta nuestros días) y que daría luz al periodismo como lo conocemos: el modelo ad-driven o basado en avisos publicitarios.

Sigo. La contraparte británica de Havas/AFP y Associated Press, y la tercera agencia noticiosa más importante del mundo, Reuters, nace también en el siglo XIX, en 1851. Fue fundada por Paul Julius Freiherr von Reuter, un ex empleado bancario e impresor de origen alemán, que trabajó brevemente en la agencia Havas en París entre 1848 y 1849 antes de regresar a Berlín donde fundó su propia agencia en 1850. Un año después, Reuter se mudó a Londres y abrió ahí, junto a la Bolsa de Valores londinense, una oficina de su agencia noticiosa, la hoy conocidísima Reuters.

Es esa antigua relación, así como los elevados estándares que las agencias noticiosas fueron desarrollando y manteniendo en sus casi dos siglos de existencia, lo que explica la confianza que los periodistas en redacciones de todo el mundo depositan en la información que estas producen. Por supuesto, también influye que los servicios de una agencia noticiosa no sean baratos y que, si están pagando por ellos, es evidente que los responsables de medios optarán por utilizarlos lo más posible para justificar el gasto. Por todo ello, como escribí ya alguna vez:

la información proveniente de una agencia suele ser tratada por los periodistas como ya confirmada y lista para publicar sin necesidad de verificación alguna.

Pero, ¿qué ocurre cuando tenemos medios en situación de recorte de gastos, con plantillas menguantes y, a la vez, una demanda creciente de “contenido” con que llenar las páginas webs y los distintos canales de redes sociales donde distribuyen la información que “producen”?

Ocurre que la información producida por estos medios se apoya cada vez más en la que producen las agencias noticiosas. Información que, de nuevo, no necesita verificación alguna y viene ya empaquetada y lista para su inmediata redistribución.

En 2016, un equipo de profesores de la Universidad Vrije (UV) de Ámsterdam y la Universidad Erasmo de Róterdam realizó un estudio para conocer el impacto de la información producida por la Algemeen Nederlands Persbureau (ANP), la principal agencia noticiosa de Holanda, en la cobertura política de los medios de ese país. El estudio se llama A Gatekeeper Among Gatekeepers y puede consultarse de forma gratuita aquí.

Sus hallazgos son fascinantes. Échenle un vistazo a este cuadro:

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Fuente: A Gatekeeper among Gatekeepers. Journalism Studies. Kasper Welbers, Wouter van Atteveldt, Jan Kleinnijenhuis & Nel Ruigrok (2018)

Lo que los investigadores encontraron es que “en los cuatro diarios que contaban con una suscripción al servicio de ANP, entre el 50% y 75% de las noticias de índole política eran copias (parciales) de artículos de la ANP”. Encontraron también que “alrededor del 85% de esas copias (parciales) habían sido publicadas dentro de la hora siguiente de publicada la nota de ANP”. Lo dicho, contenido listo para ser redistribuido de inmediato.

Entre los medios analizados, los investigadores holandeses encontraron una sola excepción. El site de NRC Handlsblad, a diferencia de todos los demás, no publicaba “con frecuencia copias (casi) idénticas de los artículos de ANP”. ¿La razón? NRC Handlsblad “no estaba suscrito al servicio de ANP en 2013”.

Esto, claro, no ocurre únicamente en Holanda. En el libro Flat Earth News (que he citado ya en otra ocasión), publicado en 2009, el periodista británico Nick Davies trabajó con un equipo de investigadores del School of Journalism, Media and Cultural Studies de la Universidad de Cardiff para analizar unos 20 años de cobertura periodística en Inglaterra. Entre otras cosas, el equipo de la Universidad de Cardiff descubrió lo siguiente:

El 30% de las noticias de la sección País [o nacionales] publicadas por los cinco diarios más prestigiosos de Fleet Street [la histórica calle donde estaban antiguamente alojadas las redacciones de los diarios londinenses] eran reescrituras directas de notas provenientes de PA (Press Association, la otra gran agencia británica junto a Reuters) u otras agencias menores. Un 19% de las notas eran en buena medida reproducciones de lo publicado por esas mismas agencias. Y un 21% contenían elementos provenientes de ellas. Esto supone un total de 70% de artículos noticiosos que han sido escritos parcialmente o por completo utilizando notas de agencias, por lo general de PA.

Y es así en todas partes, como cualquier periodista que haya pasado por una redacción ha podido comprobar.

Lo que nos lleva de vuelta a Serguéi, el habitante ruso de la “siberiana ciudad de Kémerovo” que volvió de la muerte para sorprender a su familia y vecinos, según cuenta la agencia EFE y publicaron El País, ABC y el Heraldo en España, Televisa en México, RPP, El Comercio, América Noticias y Perú21 en Perú, así como Caracol Noticias en Colombia, entre otros.

Cada vez que me encuentro en la prensa con un hecho así de insólito, no puedo evitar preguntarme: ¿cómo sabe el redactor o redactora que eso ocurrió?

Así que volví a leer la nota de EFE. Les propongo que lo hagan ustedes mismos unos párrafos arriba. Tiene exactamente 200 palabras. Si se fijan con atención, verán que el primer párrafo indica que la noticia sobre Serguéi fue dada a conocer “este viernes [por] los medios rusos. Más adelante, el redactor o redactora vuelve a aludir de forma oblicua a esos medios rusos. La nota consta de siete párrafos. El cuarto de los cuales inicia así: “En declaraciones a la prensa, el hombre dijo que…”.

Ambas líneas nos invitan a pensar que el redactor o redactora de la agencia EFE no ha hecho sino reproducir lo que ha encontrado en medios locales rusos (¿Cuáles? ¿Cuántos?), pero a estas alturas opté por otorgarle a EFE, dado su prestigio, el beneficio de la duda.

Entonces, para intentar salir de dudas, decidí escribir a la delegación de EFE en Moscú. Según la propia página web de la agencia, la responsable de la delegación en Moscú es la periodista Céline Aemisegger*. Así que le envié un email a la dirección que aparece en esa misma página preguntando si ella había escrito ese artículo y si sería tan amable de compartir conmigo de dónde había sacado la información. Mientras esperaba su respuesta, empecé a indagar un poco más por mi cuenta.

Convendrán conmigo que la aparición de un hombre en sus exequias nueve días después de dado por muerto y enterrado, aun cuando su propia familia había reconocido el cadáver, es un hecho lo suficientemente curioso como para llamar la atención de la prensa de medio mundo. Por eso empecé a buscar si medios o agencias en idiomas distintos al castellano se habían hecho eco de lo ocurrido.

Primero busqué en francés. No encontré nada. Ni AFP ni ningún medio francófono había contado la increíble historia de Serguéi. Después lo intenté en inglés. Como expliqué antes, las principales agencias del mundo (AFP, Reuters y AP) utilizan esos dos idiomas.

Nuevamente, nada. Ni Reuters ni AP se habían interesado por el habitante ruso “vuelto” de la muerte. Ni ningún medio americano o británico (ni siquiera el Daily Mail o The Sun, tan aficionados a historias estrambóticas)

De hecho, encontré solo un medio en inglés que había reproducido la fantástica noticia del ciudadano de Kemerovo que había sorprendido a su familia al atender las exequias celebradas nueve días después de su muerte.

Esta es la nota, publicada por Meduza:

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Meduza es un agregador de noticias propiedad de la periodista rusa Galina Timoshenko, que publica tanto en inglés como en ruso desde su sede en Riga, Letonia.

Como la misma nota indica, la información sobre Serguéi o Sergey publicada por Meduza provenía de Interfax, la principal agencia independiente (no controlada o pagada por el gobierno) de noticias en Rusia. Así que me fui a buscar la nota original.

Es esta:

Screen Shot 2018-08-22 at 11.17.29 AM

Descuiden, imagino que su ruso es tan inexistente como el mío, por lo que me apoyé en Google Translate para saber qué es lo que Interfax tenía que contar de Serguéi el Renacido. La herramienta de traducción de Google suele funcionar mejor cuando trabaja desde otros idiomas al inglés, así que hice eso. Traduje al inglés, y de ahí me tomé la libertad de traducir yo mismo al español:

Un residente de Kuzbass, al que se creía muerto, asiste a “sus” exequias

Kemerovo. 17 de agosto. INTERFAX-SIBERIA – La investigación encontrará la identidad de un hombre que murió en un incendio y fue enterrado bajo el nombre de un residente de la ciudad de Kemerovo, informó a Interfax-Siberia este viernes el servicio de prensa de la oficina de investigaciones del Comité Investigador de la Federación Rusa en la región de Kemerovo.

“Se ha ordenado un examen genético para determinar la identidad del hombre que murió en el incendio”, dijo la fuente.

De acuerdo a los medios locales, a principio de agosto tuvo lugar un incendio en un domicilio privado donde vivía un tal Sergey. El difunto fue encontrado en la casa, fue identificado por sus parientes, su muerte confirmada y el cuerpo enterrado. Nueve días después del funeral, los parientes de Sergey se reunieron para conmemorarlo. De pronto, Sergey apareció en la reunión. El hombre explicó que vivía cerca del accidente y que no sabía quién era el hombre encontrado en la casa quemada. Un amigo que había visto la tumba en el cementerio le dijo que lo habían “enterrado”.

El servicio de prensa del Dirección General de la región del Ministerio del Interior explicó que el procedimiento para la identificación del cuerpo de una persona muerta en un incendio se realizó junto a un familiar del residente de Kemerovo de acuerdo a los requisitos establecidos por la ley.

“La información recibida de parte de los ciudadanos durante el procedimiento de identificación es la base legal para tomar decisiones sobre el entierro”, dijo el portavoz.

De acuerdo a la prensa, este hombre con problemas de alcohol durante mucho tiempo ahora tiene como único documento un certificado de defunción. En un futuro cercano se realizarán las correcciones a la base de datos de la morgue y el registro civil, luego de lo cual será restablecido.

La nota de Interfax está fechada el 17 de agosto y cita, a su vez, a “medios locales”. Así que me fui a buscar medios locales de la región de Kémerovo –también conocida como Kuzbass– que hubieran publicado la historia de Sergey en los días previos.

La nota más antigua, emitida el día 15 de agosto, y a la que hacían referencia todos los medios locales de Kémerovo es esta:

Corresponde al noticiero o telediario de la edición local de la Compañía Estatal de Televisión y Radioemisora de Rusia, conocido como Vesti-Kuzbass (Noticias Kuzbass). El titular de la nota televisiva es: Ciudadano de Kémerovo vino a visitar a sus familiares nueve días después del momento de su muerte. Aquí pueden verlo en su habitat natural, el site de Vesti-Kuzbass. El pie de la nota en el site dice:

Esta historia ocurrida en Kémerovo requirió la intervención de nuestros periodistas. Los parientes de Sergei Gapeev celebraban una ceremonia en su honor nueve días después de su muerte cuando este apareció este apareció sano y salvo. Resulta que la desconsolada familia había enterrado a una persona desconocida.

Gracias a ese pie y estas dos notas de medios locales (que pude leer también gracias a Google Translate), que utilizan el reportaje televisivo como insumo principal, podemos conocer algunos detalles más de lo ocurrido:

  • El apellido de Serguéi: Gapeev –nombre completo en ruso: Сергея Гапеева–, ausente en la nota de EFE que replicaron todos los medios en español, y también en la de Interfax.
  • Fueron los vecinos de la vivienda quemada los que dijeron a la Policía que el cuerpo encontrado en ella se parecía a Serguéi Gapeev.
  • La policía llamó a los parientes cuando encontraron el cuerpo para que lo identificaran. La hermana de Gapeev, Alla Palagina, notó que el cadaver no tenía dientes, mientras que su hermano sí contaba con ellos. “[La policía] insistió en que era mi hermano. Pero yo nunca les creí. Ni siquiera lloré en el funeral”, dijo la hermana a las cámaras de Vesti-Kuzbass. Pese a ello, la policía insistió y siguió adelante con los trámites para dar por muerto a Gapeev y enterrarlo.
  • Durante todo ese tiempo, Gapeev vivió en una casa muy cerca de sus parientes y recién se enteró de que “había sido enterrado” a través de un amigo que vio la tumba.
  • Fue ahí que decidió ir a buscar a su familia. “¿Cómo que me enterraron? ¡Estoy vivo, vivo muy cerca de aquí!”, dijo Gapeev a sus familiares. Según él mismo, cuando entró a la casa donde estaban conmemorando su muerte nueve días después, el esposo de su hermana gritó: “¡Oh! ¡El fallecido ha venido!”.
  • La policía sabía que Gapeev llevaba “un estilo de vida antisocial”, eso y los problemas con el alcohol por los que era conocido en la localidad probablemente llevaron a los oficiales responsables a cerrar el caso cuanto antes, total, ya había un cadáver, y evitarse mayores complicaciones.
  • Los parientes de Sergéi Gapeev afirman haber gastado 30 mil rublos (alrededor de US$ 440) en su entierro, quieren recuperar el dinero y exigen que el muerto desconocido sea desenterrado.

Comparemos toda esa información, tan rica en detalles, con la escueta nota distribuida por EFE, que, de hecho, ni siquiera menciona el nombre completo del renacido Serguéi.

Pero, sobre todo, más allá de los detalles y testimonios fascinantes que revela el reportaje televisivo de Vesti-Kuzbass y que reproducen los medios locales rusos, la nota publicada por la agencia EFE miente, ya sea de forma dolosa o por ignorancia (me inclino por esta última), en un aspecto fundamental.

Este: “Los supuestos restos de Serguéi fueron reconocidos por su hermana”.

¿Por qué miente? Porque ya el día 15 de agosto, la hermana de Gapeev, Alla Palagina, había dicho a la televisión que ella no reconoció el cadáver. Textualmente: “[La policía] insistió en que era mi hermano. Pero yo nunca les creí. Ni siquiera lloré en el funeral”.

¿De dónde saca entonces el redactor o la redactora de la agencia EFE –cuyo cable no se distribuye sino hasta el día 17– que el supuesto cadaver de Serguéi había sido reconocido por sus familiares cuando no solo el día 15 la propia hermana había declarado a la televisión lo contrario, sino que los medios locales de Kémerovo se habían hecho eco de este detalle el día 16?

A la espera de la respuesta de la responsable de la delegación de EFE en Moscú, parece sensato asumir que la información de la agencia española proviene de la agencia rusa que citan todos los otros medios rusos que no citan el reportaje televisivo de Vesti-Kuzbass. Es decir, Interfax.

Esto decía la agencia rusa al respecto en su cable del día 17: “El difunto fue encontrado en la casa, fue identificado por sus parientes, su muerte confirmada y el cuerpo enterrado”.

¿Qué otro dato tenemos para suponer que EFE basa su nota en el cable de Interfax? A diferencia de los medios locales rusos que citan a Vesti-Kuzbass como fuente, Interfax no menciona el apellido del reaparecido Serguéi. EFE tampoco lo hace.

Es decir, si mi deducción es correcta, nos encontraríamos ante una agencia noticiosa europea que utiliza información incorrecta e incompleta de otra agencia noticiosa europea y la distribuye a sus clientes en todo el mundo. Estos clientes, redacciones en Lima, Ciudad de México, Bogotá, Zaragoza o Madrid, confiando en los estándares de verificación de la agencia, publican la información sin más. Ya no solo sin verificarla, sino sin tocar una sola coma. Ninguno de esos medios ha pagado por esa sola nota, pero sí han pagado por un paquete o una suscripción que incluye, entre otras, esa nota incorrecta.

¿Cómo sabemos que, dentro de ese paquete, no hay más notas así? ¿Cuántas de esas, recuerden, “casi 3 millones de noticias al año” que distribuye EFE pasan por controles igual de laxos?

Puede parecer una trivialidad, un mero detalle. Pero las noticias, las historias, no están hechas solo de titulares llamativos. Las noticias, de hecho, se construyen sobre esos ladrillos que algunos descartan como simples detalles pero que yo prefiero llamar hechos.

Si miramos con un poco de atención, lo que Interfax y luego EFE han hecho, ajustando a su conveniencia narrativa uno de esos hechos, uno de esos detalles, es convertir en una nota curiosa, de color, en un –con perdón– cuento de Dostoyevski si se quiere, lo que en realidad es una historia sobre negligencia policial que afecta, de forma literal, la vida y la muerte de un puñado de personas.

¿Por qué lo hacen? Tengo una posible respuesta.

En un estudio de 2011, dos profesores de la Universidad de South California y la Harvard Business School analizaron la cobertura en medios recibida por las principales empresas norteamericanas que cotizan en bolsa. El estudio se refiere a la prensa y noticias económicas, pero hay un hallazgo que creo podemos extrapolar a la prensa en general –basta que echen un vistazo a su timeline de Twitter, su newsfeed de Facebook, abran el site de casi cualquier medio noticioso o busquen las llamadas secciones de “tendencias” de los diarios online– sin temor a caer en error. El hallazgo es este:

Encontramos que las noticias más sorprendentes recibían más atención de parte de las agencias noticiosas y, también, que eso aumentaba tanto la posibilidad de que esta noticia sea recogida por los diarios, así como influía en la cantidad de cobertura que estos le daban.

Esto, claro, no es una novedad. Uno de los adagios más viejos y repetidos del oficio periodístico reza que “perro muerde hombre no es noticia, pero hombre muerde perro sí”. Sin embargo, en el ecosistema digital, hemos llevado esa máxima a extremos tan ridículos como peligrosos.

Dado que el contenido producido (y/o distribuido) por los medios debe competir por la atención de usuarios en ese torrente inagotable de información que son las redes sociales, las “noticias” no deben ser solo cada vez más llamativas sino que deben producirse cada vez más rápido. ¿Recuerdan lo que encontraron a propósito de esto último los investigadores holandeses que citaba muchos párrafos arriba?

Les refresco la memoria: “alrededor del 85% de esas copias (parciales) habían sido publicadas [por los sites noticiosos] dentro de la hora siguiente de publicada la nota de ANP”. Es decir, casi de inmediato. En ese tránsito, por supuesto, la primera víctima son los procesos de verificación que aseguran que aquello de lo que se está informando sea cierto.

Dicho esto, ¿importa en realidad si los medios y agencias de noticias, instituciones hoy presas de la desconfianza de la ciudadanía, mienten ya sea en un asunto en apariencia tan baladí –pregúntenle a Serguéi Gapeev y su hermana si creen que este asunto carece de importancia– como este? ¿No es verdad que, a fin de cuentas, los medios han perdido ya una parte importante de su influencia y prestigio de cara a la ciudadanía?

Sí, es verdad. Pero lo que no han perdido aún es la capacidad para amplificar el alcance de un hecho convertido en “noticia” y, de esta forma, legitimarlo de cara a una buena parte de la audiencia. Puede que la audiencia dude de los medios, pero mientras se forma esa duda la información ya la alcanzó.

Pero, además, aunque los lectores duden, o incluso estén convencidos o sepan a ciencia cierta que la prensa miente o se equivoca respecto a un hecho que conocen, suelen extender el beneficio de la duda al resto de las noticias, aunque sea a regañadientes. Tras tantos años de relación medios-lectores, el beneficio de la duda siempre está ahí cuando pasamos la página o hacemos click en un nuevo link.

A esto último lo bautizó el escritor norteamericano Michael Crichton como “efecto amnesia de Gell-Mann” en honor a un amigo suyo:

En resumen, la amnesia de Gell-Mann ocurre así. Uno abre el periódico en un artículo sobre un tema que conoce bien. En el caso de Murray [Gell-Mann, el amigo de Crichton], la física. En el mío, la industria del espectáculo. Uno lee el artículo y ve que el periodista no entiende en absoluto de lo que está hablando, o no tiene la información correcta. Con frecuencia el artículo está tan errado que, de hecho, muestra la historia al revés, invirtiendo la causa y los efectos. Yo llamo a estas historias “las calles mojadas producen lluvia”. Los diarios están llenos de ellas.

En cualquier caso, uno lee los múltiples errores de la nota con exasperación o hasta divertido, luego pasa la página y va a la sección Nacional o Internacional, y continúa leyendo como si el resto del diario fuera de alguna manera más riguroso acerca de Palestina que la tontería que acaba de leer. Pasamos la página y olvidamos lo que sabemos.

En parte debido a esto, la capacidad de los medios para amplificar el alcance de una noticia, una historia o un personaje sigue siendo gigantesca. Pregúntenselo sino a Donald Trump, que se benefició como nadie de la enorme publicidad gratuita que supuso la cobertura 24/7 que la prensa norteamericana le otorgó en la campaña presidencial de 2016.

Es por eso, por esa capacidad que aún no perdemos, por el poder de amplificación que aún tenemos, que es importante respetar el proceso, respetar las garantías y estándares que han servido para construir la confianza con ese ente que llamábamos antes lectores y ahora llamamos audiencia.

La prensa, incluidas las agencias noticiosas, puede que sea parte de la industria del entretenimiento, como he defendido en más de una ocasión. Pero no puede ser solo eso. Como dice la investigadora danah boyd, “la industria de medios debe asumir su responsabilidad por el rol que ha jugado a la hora de producir espectáculo por razones egoístas”.

Léase, espectáculo por el mero espectáculo, por la dudosa promesa de una recompensa económica que supuestamente garantice su supervivencia, sin pensar en el valor informativo y, peor aun, sin cumplir, como ya he escrito alguna vez, con “los requisitos mínimos para que el trabajo que realizan sea considerado periodismo”.

De lo contrario, ya no solo se trata de una agencia noticiosa europea copiando a otra agencia europea para engañar a sus clientes con contenido de dudosa calidad y aun más dudosa confección.

Se trata de toda una industria engañando a su audiencia. Toda una industria quebrando la confianza que tanto tiempo y esfuerzo y cabezas y manos costó construir.

Y, créanme, si no tenemos esa confianza, no tenemos nada.

 

*Corrección del viernes 24 de agosto: Me escribe un amigo corresponsal de un medio español en el extranjero para informarme de que, pese a lo que señala la página web de EFE, la periodista Céline Aemisegger no es aún la responsable de la delegación en Moscú actualmente. Según la información de este periodista, Aemisegger ha sido ya nombrada delegada de EFE en Moscú pero todavía no asume el puesto. He intentado averiguar quién es el actual jefe o jefa de delegación en Rusia pero me ha sido imposible. En todo caso, el email al que escribí solicitando información era un email con la denominación “efemos” (o sea, EFE Moscú) y no un email personal, así que imagino que corresponde a él o la responsable de la delegación independientemente de su nombre. Sigo esperando una respuesta a mi pedido de información. Lamento el error. Gracias.

Poco después después de publicada esta corrección, Céline Aemissegger me escribió a través de Twitter confirmando que, en efecto, aún no ha asumido el puesto de jefa de delegación de EFE en Moscú. Este es su mensaje:

PD: Al momento de publicar este post y la posterior corrección, el o la responsable de la delegación de la agencia EFE en Moscú seguía sin responder a mi pedido de información.

 

Gwyneth Paltrow, periodista

La portada de la edición del 29 de julio de The New York Times Magazine, la revista dominical del diario neoyorquino, venía dedicada a la actriz Gwyneth Paltrow y su emporio del wellness, Goop:

La periodista Taffy Brodesser-Akner, que hace un mes había escrito un brillante perfil sobre el escritor Jonathan Franzen para la misma revista, se encarga ahora de desmenuzar con la misma inteligencia, sentido del humor, atención al detalle y un endiablado ritmo narrativo el emporio de estilo de vida y wellness que la famosa actriz californiana ha construido en los últimos diez años.

El perfil se titula “How Goop’s Haters Made Gwyneth Paltrow’s Company Worth $250 Million: Inside the growth of the most controversial brand in the wellness industry”. Traduzco: “Cómo los haters de Goop hicieron que la compañía de Gwyneth Paltrow valiera 250 millones: Dentro del crecimiento de la marca más controversial de la industria del wellness.

La prosa de Taffy Brodesser-Akner es tan afilada y el retrato que pinta –no de Gwyneth Paltrow sino de su empresa (como bien explica la periodista Anne Helen Petersen en la pieza de su newsletter que le dedica al perfil)– tan poliédrico y exhaustivo que podría dedicar varios centenares de palabras a abordar y desmenuzar el texto. Pero no quiero aburrirlos con una extensa y complicada exégesis más propia de un taller de narrativa de no ficción que de un post de este blog.

En lugar de eso, les recomiendo que lo lean. De momento solo está disponible en inglés, pero imagino que The New York Times en Español no tardará mucho en ofrecer una versión traducida.

Quiero sí detenerme en un único detalle de los muchos que me llamaron la atención. En uno de los muchos aspectos fascinantes que uno descubre y comprende al leer las casi ocho mil palabras escritas por Brodesser-Akner, y que está íntimamente relacionado con el objeto de este blog: el periodismo, como oficio e industria, en tiempos de Internet y redes sociales.

Superada la mitad del relato, Brodesser-Akner nos introduce en la breve colaboración que entablaron Goop y Condé Nast. Para quienes no lo sepan, Condé Nast es la casa editorial de revistas como Vanity Fair, The New Yorker, Wired y muchas otras publicaciones que se cuentan entre lo mejor de la prensa norteamericana.

La revista trimestral goop debutó en kioskos en septiembre de 2017. El joint venture entre la compañía de Gwyneth Paltrow y el gigante norteamericano de las revistas solo duró un número más, que apareció en enero de 2018. Después de eso, goop magazine desapareció.

Brodesser-Akner se adentra en el divorcio entre Goop y Condé Nast:

En un principio, parecía [la unión entre Goop y Condé Nast] un encaje perfecto. “Goop y Condé Nast son socios naturales, y me entusiasma mucho que ella [Gwyneth Paltrow] esté trayendo su visión a la compañía”, dijo Anna Wintour, directora artística de Condé Nast y directora de Vogue, cuando se anunció el acuerdo en abril de 2017. La publicación sería una colaboración entre ambas empresas: contenido de Goop supervisado por un editor de Vogue.

Pese al entusiasmo de Wintour, las diferencias entre lo que la empresa que ella representa y lo que la compañía de Gwyneth Paltrow –que nació como un newsletter de recomendaciones en 2008 y se convirtió de forma progresiva en un site de lifestyle, una empresa de productos brandeados y una tienda virtual– entendían por “contenido” eran mucho más profundas de lo que, parece, Condé Nast y sus responsables habían anticipado.

Cuando Brodesser-Akner pregunta a Paltrow por la ruptura, esta responde:

“Fue increíble trabajar con Anna. La adoro. Es una ídola total para mí. Nos dimos cuenta de que cada quien podía hacer un mucho mejor trabajo en su propia casa. Creo que, en nuestro caso, tiene que ver con que a nosotros realmente nos gusta trabajar donde sentimos que nos encontramos en un espacio expansivo. En un lugar como Condé [Nast], de forma comprensible, hay muchas reglas.”

Y aquí empezamos a acercarnos a la parte que me interesa:

Las reglas a las que se refiere son las reglas tradicionales en el negocio de las revistas. Todas ellas estrictamente respetadas en una institución como Condé Nast. Una de esas reglas indica que no podían utilizar la revista como parte de su estrategia de “comercio contextual”. Querían [los responsables de Goop] vender productos de Goop (junto a otros productos, como hacen en su site). Pero Condé Nast insistió en que debían conservar un enfoque editorial más “agnóstico”. La compañía publica revistas, no catálogos. Pero, ¿por qué?, G.P. [Gwyneth Paltrow] quería saber. Paltrow quería que la revista fuera una extensión natural del site de Goop. Quería que los lectores pudieran hacer cosas como enviar un código por mensaje de texto para comprar un producto sin siquiera tener que abandonar su inerte posición de lectura para ponerse delante de la computadora. El cliente de una revista es también un cliente normal.

Las diferencias entre Goop y Condé Nast no se limitaban a dónde debían ubicar esa porosa frontera entre lo editorial y lo comercial.

…otra regla era, bueno, que la revista no podía ser sometida a fact-checking. Goop quería que goop magazine fuera distinta: que permitiera que las recomendaciones de la familia de doctores y sanadores de Goop se publicaran a través de entrevistas pregunta-respuesta sin ser disputadas ni discutidas. Esto no cumplía con los estándares de Condé Nast. Esos estándares requieren que las afirmaciones de la publicación sean respaldadas de manera tradicional por evidencia científica, como exámenes de doble ciego y estudios peer-reviewed. Las historias que Loehnen, ahora jefa de contenido de Goop, quería publicar tuvieron que ser reemplazadas a último minuto.

Al conversar con Paltrow, Brodesser-Akner descubre que la actriz y empresaria no entendía dónde residía el problema:

“Nunca realizamos afirmaciones”, dijo [Paltrow]. Lo que quería decir es que nunca afirman que lo que estén diciendo sea un hecho [“fact” en el original]. Lo único que hacen es preguntar a fuentes no convencionales algunas preguntas interesantes. (“Solo estamos haciendo preguntas”, me dijo Loehnen). Pero, ¿qué significa “realizar afirmaciones”? Hay quien diría –entre ellos, sin duda, sus antiguos socios de Condé Nast– que significa otorgar una plataforma sin filtro a la superchería y charlatanería. Ok, ok, ¿pero qué es charlatanería? ¿Qué es superchería? ¿Se trata de afirmaciones que no han sido objeto de análisis de doble ciego o estudios peer-reviewed? ¿Cierto? Claro. Ok. G.P. [Gwyneth Paltrow] diría, entonces, ¿qué es la ciencia? ¿es esta completamente abarcadora y altruista e infalible y actúa siempre en el interés de la humanidad?

Voy a detenerme ahora en esas palabras de Gwyneth Paltrow, fundadora de Goop, y de Elise Loehnen, la ahora jefa de contenido de la empresa:

“Nunca realizamos afirmaciones”, dijo [Paltrow]. Lo que quería decir es que nunca afirman que lo que estén diciendo sea un hecho [“fact” en el original]. Lo único que hacen es preguntar a fuentes no convencionales algunas preguntas interesantes. (“Solo estamos haciendo preguntas”, me dijo Loehnen).

¿A qué les recuerdan esas palabras?

“Nunca realizamos afirmaciones”.

“Solo estamos haciendo preguntas”.

¿Qué otros productores de contenido hablan así? ¿Qué otros productores de contenido demuestran un desprecio similar por los procedimientos editoriales de verificación que siempre ha respetado y respeta el mejor periodismo?

Pueden encontrar aquí unas cuantas pistas.

Lo divertido es que seguramente todos esos periodistas y editores que tan alegremente se escudan y excusan cuando son pillados in fraganti incumpliendo los requisitos mínimos para que el trabajo que realizan sea considerado periodismo –sin importar si lo hacen en un pequeño medio local, un site nativo digital o una legendaria cabecera–, se escandalizarían si se les compara con esa magnate de las pseudociencias y la charlatanería que es Gwyneth Paltrow.

Pero no, gracias a ellos y su irresponsabilidad, y al extraordinario trabajo de una periodista como Taffy Brodesser-Akner, podemos finalmente decirlo con todas sus letras:

Gwyneth Paltrow, periodista.

Bienvenida al gremio.

Pd: Si quieren entender un poco más acerca de lo que es el proceso de fact-checking o verificación de datos habitual en las grandes revistas norteamericanas, los invito a leer este estupendo reportaje escrito por Bárbara Ayuso y Borja Bauzá para la revista española Jot Down.

Christopher Hitchens: Formas de hacer lo correcto

En 2001, el periodista y ensayista británico Christopher Hitchens (fallecido en 2011) publicó un breve y poderoso ensayo titulado Letters to a Young Contrarian (Basic Books). Cinco años después, en 2006, la editorial española Anagrama publicó una versión en castellano titulada Cartas a un joven disidente.

El ensayo de Hitchens toma la forma de una serie de cartas dirigidas a un joven estudiante, inspirado en sus propios alumnos de la New School de Nueva York, al que el autor se refiere como My dear X. El libro fue parte de una serie publicada por la editorial neoyorquina Basic Books, The Art of Mentoring, que homenajeaba al famoso Cartas a un joven poeta de Rainer Maria Rilke.

No es el libro más conocido, ni el mejor, de Hitchens, pero sí quizá uno de los más representativos. Digo uno de porque Hitchens fue un autor tremendamente prolífico, famoso por su memoria prodigiosa; su afición por el vino y los cócteles; las cenas y fiestas que él y su mujer, la periodista y guionista Carol Blue, ofrecían en su casa; y la facilidad y rapidez con que despachaba ensayos y columnas de varios miles de palabras. A veces todo esto a la vez.

Esta es una escena del perfil que le dedicó The New Yorker en 2006, en la prosa de Ian Parker:

En Washington, por lo general, su actividad social tiene lugar en su casa (…) Entre los invitados al salón de la casa de Hitchens se encuentran amigos que conoce desde Londres, quienes lo llaman “Hitch”, como Salman Rushdie, Ian McEwan o su gran amigo Martin Amis (“El único rubio al que he amado de verdad”, dijo Hitchens una vez); viejos amigos norteamericanos como Christopher Buckley y Graydon Carter; una red internacional de disidentes e intelectuales; y, en estos días, figuras como David Frum, antiguo escritor de discursos para el gobierno de Bush, y el activista conservador Grover Norquist. En setiembre, recibió a Barham Salih, el vice primer ministro kurdo del nuevo gobierno iraquí. Varios invitados pueden dar fe de haber visto a Hitchens retirarse de la sala tras la cena, escribir una columna, y volver a incorporarse al grupo justo antes de que el tema de conversación cambiara.

El mismo año que se publicó Letters to a Young Contrarian, Hitchens también puso en librerías su The Trial of Henry Kissinger (Verso, 2001), que luego se convirtió en un documental de –casi– el mismo nombre (The Trials of Henry Kissinger) estrenado en 2002. Ese año Hitchens publicó además un ensayo sobre George Orwell, Why Orwell Matters u Orwell’s Victory, al que he hecho alusión ya alguna vez en el blog. En los dos años siguientes, 2003 y 2004, Hitchens publicaría dos colecciones de artículos: A Long Short War: The Postponed Liberation of Iraq y Love, Poverty, and War: Journeys and Essays.

Letters to a Young Contrarian es un libro al que vuelvo de tanto en tanto. Especialmente cuando me encuentro atascado con un texto o busco entre los estantes de mi casa excusas para no escribir, cosas que me ocurren con muchísima más frecuencia de la que me gustaría.

Decía antes que se trata de un libro particularmente representativo del trabajo del ensayista británico, y esto se debe a que en él, gracias a su brevedad y ese carácter entre confesional y didáctico, la prosa incisiva y el espíritu contestatario de Hitchens se encuentran destilados al máximo. Aquí hay un buen ejemplo (la traducción es mía):

Ten cuidado con lo irracional, por muy seductor que sea. Evita lo “trascendente” y a todos aquellos que te invitan a subordinarte o a anularte a ti mismo. Desconfía de la compasión, prefiere la dignidad, para ti mismo y para otros. No tengas miedo de que te crean arrogante o egoísta. Piensa en todos los expertos como lo que son: mamíferos. No seas nunca un espectador pasivo de la injusticia y la estupidez. Busca el debate y la discusión porque sí; la tumba te ofrecerá tiempo más que suficiente para callar. Sospecha siempre de tus propios motivos, y de todas las excusas. No vivas para otros más de lo que esperas que otros vivan para ti.

Y aquí otro:

El término “intelectual” fue acuñado en Francia por aquellos que creían en la culpabilidad del capitán Alfred Dreyfus. Pensaban que estaban defendiendo una sociedad orgánica, armoniosa y ordenada frente al ataque del nihilismo, y utilizaron esta palabra contra aquellos que consideraban enfermos, contemplativos, desleales y depravados. La palabra, incluso hoy, no ha perdido por completo estas asociaciones, si bien se usa con mucho menos frecuencia como insulto. (Uno siente, al llamarse a sí mismo intelectual, una sensación similar de bochorno a la que siente cuando se describe como un disidente, pero la figura de Emile Zola otorga ánimo, y su campaña personal en pro de justicia para Dreyfus es uno de los imperecederos ejemplos de lo que un individuo puede lograr).

Pese a su potencia y concisión, no son esos los fragmentos de Letters to a Young Contrarian en que pienso con mayor frecuencia. El pasaje que más me viene a la cabeza es uno en el que Hitchens explica que incluso en condiciones adversas puede uno optar por hacer lo correcto.

En palabras de Hitchens:

…para sobrevivir durante esos años de realpolitik y punto muerto [el ensayista habla del periodo entre 1968 y 1989], un número importante de disidentes desarrolló una estrategia de supervivencia. En una frase, decidieron vivir “como si”.

A continuación, Hitchens pone el ejemplo del escritor y político checo Václav Havel, quien:

…trabajando como dramaturgo y poeta marginal en una sociedad y bajo un estado que, de verdad, merecía el título de Absurdo, [Havel] se dio cuenta de que la “resistance” en el sentido original de insurgencia y militancia era imposible en la Europa central de esos días. Así que, en consecuencia, se propuso vivir “como si” fuera un ciudadano de una sociedad libre, “como si” la mentira y la cobardía no fueran deberes patrióticos obligatorios, “como si” el gobierno hubiera firmado (y, de hecho, así había sido) los varios acuerdos y tratados internacionales que consagraban los derechos humanos universales.

Líneas más adelante, Hitchens acumula más ejemplos:

La revolución del Poder del Pueblo de 1989, cuando poblaciones enteras derrocaron a los absurdos tiranos que las gobernaban realizando un ejercicio de brazos cruzados y sarcasmo, tuvo en parte su origen en Filipinas durante el año 1985, cuando el dictador Marcos convocó a elecciones adelantadas y los votantes decidieron tomárselo en serio. Actuaron “como si” el voto fuera libre y justo, y lograron que así fuera. En la época victoriana, Oscar Wilde –maestro de la pose pero no un simple posero– decidió vivir y actuar “como si” la hipocresía moral no reinara. En el Sur profundo americano de principios de los años 60, Rosa Parks decidió actuar “como si” una mujer negra y trabajadora pudiera tomar asiento en un autobús al término de su jornada laboral. En el Moscú de los años 70 Aleksandr Solzhenitsyn decidió escribir “como si” un académico pudiera investigar la historia de su propio país y publicar sus hallazgos.

Un par de párrafos después, interpelando directamente a My dear X, dice:

Todo lo que te puedo recomendar, en consecuencia (además del estudio de estos y otros buenos ejemplos), es que intentes cultivar un poco de esa actitud. Puede que te las tengas que ver contra distintas formas de bullying e intolerancia, o alguna deficiente apelación a la voluntad general, o algún mezquino abuso de autoridad. Si cuentas con alguna lealtad política, quizá te ofrezcan alguna razón turbia para que aceptes una mentira o media verdad que sirve a algún objetivo de corto plazo. Todo el mundo desarrolla tácticas para lidiar con estos episodios. Intenta comportarte “como si” no hiciera falta tolerarlos y no fueran inevitables.

Pienso en estos fragmentos con frecuencia, cada vez que veo intelectuales acobardados –y ya sabemos que, pese al ejemplo de Zola o Hitchens, pocas cosas más cobardes hay en el mundo que un intelectual apoltronado–, presas de la hipocresía, el corporativismo o espíritu de cuerpo, que justifican decir una cosa en privado y defender la contraria en público. Sea esta una idea, una institución o un amigo, como si una pistola les apuntara a la sien para obligarlos a no hacer lo correcto.

Pero siempre se puede hacer lo correcto. Puede que cueste algo más de esfuerzo. Puede que sea incómodo y hasta solitario. Puede que perdamos amigos, dinero y hasta un empleo en el empeño. Pero se puede. Si pudieron Havel, Parks o Solzhenitsyn, que sí tuvieron una pistola o una jauría de perros rabiosos delante, ¿cómo podríamos no hacerlo nosotros, a quienes nadie ni nada nos exige ser héroes?