Posverdad

Posverdad -pésimo branding, si me preguntan- no es que hoy haya más mentiras que ayer, ni que las mentiras sean más grandes o más ruidosas. Ni siquiera que las mentiras apelen únicamente a nuestras emociones intentando esquivar a nuestro yo racional, que Daniel Kahneman mediante, sabemos ya que es bastante menos racional de lo que nos gustaba pensar.

Posverdad es que hoy, sepultados por la avalancha de información sin contexto que corre en redes sociales (y que los medios idiotas buscan imitar o encauzar sin entender que su trabajo es ser dique y no desagüe), a casi nadie parece interesarle la verdad si esta no encaja con sus prejuicios y/o cuesta más de un par de tweets o un titular leído al vuelo en Facebook.

Lo más triste, para mí al menos, es que ese NADIE incluye a muchos de los que vivimos de ella. O sea, incluye a los periodistas.

Posverdad significa que vivimos en el mundo que han soñado siempre los conspiranoicos, un mundo donde todos somos inmunes a la evidencia que nos pone delante la realidad si esta contradice nuestros prejuicios, ideología, visión del mundo o, incluso, apetencias u odios momentáneos.

Esto es posible porque, contrariamente a lo que pensábamos y esperábamos, Internet y, sobre todo, las redes sociales, no han ensanchado los muros de la arena que como sociedad habíamos construido para albergar la discusión pública. En lugar de ampliarla, la han roto en mil pedazos.

En principio, esto no tiene que ser negativo per se. Un montón de arenas pequeñas conectadas entre sí podrían ser mejores que una gran arena única de muros relativamente estrechos donde unos cuantos deciden qué temas se tocan y cuáles no. Ya saben, la famosa teoría de la prensa y el poder como gatekeepers.

Lo que ocurre es que esa arenitas atomizadas en realidad no están interconectadas, más bien al contrario, los algoritmos de Facebook y Google, que saben perfectamente qué nos gusta y qué no, trabajan a marchas forzadas para ofrecernos solo aquello que ya saben que nos interesa, dejando fuera de los muros de nuestra arenita todo aquello que no queremos ver o que desafía o contradice nuestros gustos y visión del mundo. Y, como lo que Facebook quiere es “conectar al mundo”, nos pone delante a personas que piensan, opinan o tienen gustos similares a nosotros, sabiendo que, como seres humanos, nuestra tendencia natural es a agruparnos con nuestros semejantes y temer al diferente.

Las redes sociales han parado el sueño wiki del «wisdom of crowds». La horizontalidad colaborativa puede haber servido para darnos la mejor enciclopedia que hayamos conocido, pero eso es posible porque incluso en la horizontalidad wiki existen unas reglas, límites y jerarquía que garantizan, o al menos hacen posible, el éxito del emprendimiento.

Si el objetivo es juntar ladrillos (artículos o contenido) para armar una casa (enciclopedia), la sabiduría de la masa puede bastar para moderar y sacar adelante los cimientos, las paredes y el techo. El problema es que en redes sociales no hay objetivo común alguno y que, si de lo único que se trata es capturar y mantener cautiva nuestra atención con la excusa de conectarnos, la calidad del ladrillo (contenido) da igual.

La jerarquía, esa cosa tan denostada, no ha desaparecido, ahora la dicta el misterioso algoritmo, únicamente interesado en que los usuarios no abandonen nunca sus pequeñas arenas atomizadas. No vaya a ser que debamos enfrentarnos a algo o alguien que nos produzca rechazo, abandonemos la plataforma y no puedan ponernos un aviso pagado más enfrente («las mejores mentes de mi generación están pensando cómo hacer que la gente de click a anuncios»).

Por eso puede existir la posverdad. Porque cuando una mentira, por ridícula o compleja que sea, se suelta en una de estas arenitas, la arena del costado, que tiene las armas o el interés en desmontarla, no se entera. O si se entera, le parece que ocurre en un país extraño, lejos de la comfortable arenita que hemos levantado con nuestros prejuicios constantemente confirmados, un país lejano donde todos son idiotas porque no piensan como yo y para qué tomarse la molestia siquiera.

La mentira se encuentra así casi siempre solo con suelo fértil, con personas predispuestas de antemano a creerla y que están cada vez más acostumbradas a toparse con contenido amable con sus prejuicios y, por ende, han perdido el dificil y trabajoso hábito de mirar con suspicacia.

El problema principal y lo que define, a mi modo de ver, la posverdad, no es que haya más mentiras, estas se distribuyan más rápido o que con los medios en crisis y desnortados nos hayamos privado de las herramientas para desarticular las mentiras habituales del poder político, el poder económico o de cualquiera que, lejos de la ignorancia, miente interesadamente. Las herramientas existen y, por suerte todavía, hay quien las utiliza.

La cuestión es que hemos desmantelado la arena donde podemos darles uso, donde podemos enfrentarnos a las verdades incómodas que nos vacunen, al menos un poco, contra la mentira interesada.

ACTUALIZACIÓN

El analista de medios y profesor de de periodismo en NYU, Jay Rosen llamaba la atención en Twitter sobre un tuit de la reportera Monica Hesse de The Washington Post:

Hesse decía en su tuit:

Acabo de colgar el teléfono con la tercera lectora del día (todas han sido mujeres) que me dice que nunca escuchó el «agarrarlas del pussy« u otras acusaciones contra Trump. «Estás inventándote eso», me dijo la última y me explicó que escucha Fox todos los días, así que está al día con las noticias».

Por si no lo recuerdan, el episodio «agarrarlas del pussy« fue uno de los momentos más escandalosos de la última campaña presidencial norteamericana. En una grabación se escuchaba al ahora presidente Trump decir:

Sabes, me siento atraído automáticamente a mujeres hermosas. Las empiezo a besar. Es como un imán. Directo a besarlas. No puedo esperar.

(…)

Cuando eres una estrella te dejan hacer. Puedes hacer cualquier cosa…agarrarlas del pussy. Lo que sea.

Cuando se hizo público el audio, a un mes de las elecciones, muchos analistas, periodistas y adversarios políticos pensaron que Trump estaba acabado. Era imposible que el partido republicano, cuya base está conformada en parte por la derecha religiosa conservadora del país, mantuviera el apoyo a un candidato que admitía acosar sexualmente a mujeres. Por supuesto, todos sabemos ya qué ocurrió.

Un año después, la periodista Monica Hesse descubre hablando con lectoras que hay quien no ha escuchado jamás acerca de ese u otros episodios que implican al presidente Trump en agresiones sexuales contra mujeres.

Ante el testimonio de Hesse, el analista Jay Rosen señalaba en su tuit:

Vamos a ser claros sobre esto. La idea misma de «información de dominio público» se encuentra amenazada.

Eso es la posverdad. Encerrados en nuestras arenitas virtuales, nos encontramos muchas veces aislados de la información que puede poner en riesgo o incomodar nuestra visión del mundo.

Como decía líneas arriba:

El problema principal y lo que define, a mi modo de ver, la posverdad, no es que haya más mentiras, estas se distribuyan más rápido o que con los medios en crisis y desnortados nos hayamos privado de las herramientas para desarticular las mentiras habituales del poder político, el poder económico o de cualquiera que, lejos de la ignorancia, miente interesadamente. Las herramientas existen y, por suerte todavía, hay quien las utiliza.

La cuestión es que hemos desmantelado la arena donde podemos darles uso, donde podemos enfrentarnos a las verdades incómodas que nos vacunen, al menos un poco, contra la mentira interesada.

Manuel Bartual se está viralizando o ¿para qué sirve -y a quién le importa- el periodismo cultural?

Hay dos formas de contemplar la vida (…) La primera dicta que todo cambia, nada está inherentemente conectado, y la única fuerza motor en la existencia de cualquier persona es la entropía. La segunda manda que todo más o menos se mantiene igual y que todo se encuentra completamente conectado, incluso si no nos damos cuenta de ello.
(…)
Nada puede apreciarse en el vacío. De eso se trata la «cultura acelerada». No es tanto que «acelere» las cosas sino que fuerza todo para que encaje en el mismo muro de sonido. Lo que no es necesariamente trágico. El objetivo de estar vivo es descubrir qué significa estar vivo, y hay innumerables formas de deducir la respuesta. Yo simplemente prefiero examinar la pregunta a través del contexto de Pamela Anderson y The Real World y las Zucaritas. Desde luego, no es menos plausible que intentar entender a Kant o Wittgenstein.
(…)
Por sí solo nada es realmente importante. Lo que importa es que nada es nunca «por sí solo».

El autor de las líneas de arriba es Chuck Klosterman, un ensayista norteamericano al que tengo por uno de mis periodistas culturales favoritos. La cita proviene de la introducción de Sex, Drugs, and Cocoa Puffs: A Low Culture Manifestouna recopilación de ensayos donde Klosterman, un obseso de la cultura pop, analiza fenómenos como los alcances socioculturales de la archiconocida rivalidad entre los Lakers y los Celtics en la NBA; las similitudes y diferencias entre Marilyn Monroe y Pamela Anderson como mitos eróticos americanos; o las razones por las que la música country es superior al pop y el rock a la hora de «expresar la condición humana» (nota al margen: sobre este último tema ha insistido hace poco Malcolm Gladwell en el que quizá es el mejor episodio de la segunda temporada de su podcast Revisionist History).

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Portada de la primera edición del libro de Klosterman

Esas líneas en negrita allá arriba -«todo se encuentra completamente conectado, incluso si no nos damos cuenta de ello» y «Nada puede apreciarse en el vacío (…) Por sí solo nada es realmente importante. Lo que importa es que nada es nunca ‘por sí solo'»- me retumban en la cabeza cada vez que pienso en el periodismo cultural.

Cuando empecé como periodista, a principios de los años 2000, todo lo que hacía era periodismo cultural. Entrevistas a artistas, escritores, músicos o cineastas. Reseñas de exposiciones, libros, discos, conciertos y películas. En el año 2003, luego de haber publicado esporádicamente en diarios peruanos desde España, me contrataron para formar parte de una nueva revista que iba a empezar a publicarse en Madrid.

Una de las primeras notas que hice fue una entrevista a un músico sueco del que no sabía absolutamente nada. Por entonces yo era un mocoso pedante que no estaba dispuesto a admitir en público que ignoraba algo que los mayores a su alrededor comentaban con soltura. Si ellos lo conocían, lo habían escuchado, visto o leído, entonces yo también debía haberlo hecho. Aunque en ese momento fuera mentira y tuviera que correr luego a ponerme al día.

Así que cuando mi jefe me dijo que Eagle-Eye Cherry estaba sacando un nuevo disco y yo debía entrevistarlo al día siguiente, asentí y me puse manos a la obra. Sin más. Dándole a entender que sabía perfectamente de quién estábamos hablando. Por supuesto, no tenía ni la más remota idea.

En 2003, Youtube todavía no existía; Wikipedia, que había nacido dos años antes, aún no albergaba todo el conocimiento inútil que uno pudiera necesitar; y googlear era un verbo nuevo, utilizado como tal por primera vez solo unos meses antes en un episodio de Buffy, cazavampiros. No recuerdo cómo, pero me las ingenié para aprender a la carrera todo lo que pude sobre el señor Cherry y no sentirme un ignorante cuando lo tuve enfrente.

Mi nota se publicó unas semanas después en el primer número de la revista. Un colega de la redacción la leyó y me hizo el mejor cumplido de mi corta carrera periodística: «No tenía idea de que eras fanático de Eagle-Eye y sabías tanto de la familia Cherry».

El padre de Eagle-Eye, Don Cherry, había sido un conocido trompetista de la época del free jazz; varios de sus hermanos eran también músicos de jazz y su hermana Neneh había tenido un par de éxitos como rapper en Inglaterra a finales de los 80. El primer disco de Eagle-Eye vendió cuatro millones de copias y se convirtió en platino en 1998. Es probable que, incluso sin saberlo, todos ustedes hayan escuchado alguna vez el single más famoso de ese álbum:

Esos detalles, que saqué de distintas fuentes, salpicaban la nota que escribí con la entrevista de 20 minutos que le hice al músico.

Muchos años después, le leí a uno de los mejores periodistas culturales que conozco, el peruano Enrique Planas, un resumen perfecto de todo esto:

El periodista escribe sobre lo que sabe y el escritor sobre lo que no sabe que sabe (…) El periodista está lleno de fórmulas, sabe detectar inmediatamente los conflictos cuando está contando algo, sabe qué preguntarle a un personaje y la velocidad es su virtud.

El trabajo principal del periodismo cultural es llamar la atención sobre la forma en que «todo se encuentra completamente conectado» y cómo «nada es nunca por sí solo». Es decir, la función básica del periodismo cultural es buscar esas conexiones, aportar el contexto necesario -o al menos suficiente- para que el lector sea capaz de apreciar el artefacto cultural -el todo y nada de las frases de Klosterman- del que se está hablando. Esto, por supuesto, no excluye la valoración que pueda hacer el periodista. Pero esa, la función crítica, es una segunda función, a la que solo se puede aspirar si se satisface la primera.

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El 28 de agosto de este año, el columnista Victor Lenore escribía en su espacio habitual del site El Confidencial un artículo en el que criticaba con dureza el, por entonces, último fenómeno de Internet en lengua española.

Una semana antes, el autor de cómics y editor Manual Bartual había publicado este tuit:

Con él, Bartual dio inicio a una historia de suspenso que duró seis días y mantuvo en vilo a un elevado número de usuarios de Twitter. Si no lo han leído, en esta página de Storify el propio Bartual han compilado su relato al completo.

El éxito de la historia en Twitter fue tremendo. Según el análisis realizado por Francesc Pujol, director del Centro Media, Reputation and Intangibles de la Universidad de Navarra y de quien he hablado ya antes en este blog, hasta el 28 de agosto los «373 tuits -que constituyen el relato- han generado un total de 445 000 retuits y 3 514 000 me gusta«. Según un artículo publicado por el site Verne de El País, Bartual ganó «más de 300 000 seguidores en una semana».

Si esos números no bastan para entender el éxito que supuso el relato de Bartual, estos dos cuadros, confeccionados por Francesc Pujol, ayudan a ponerlo en contexto. El primero compara la cantidad de retuits conseguidos por el relato con los obtenidos por los últimos 373 tuits de algunos de los principales medios de España:

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El segundo cuadro hace lo mismo, pero en lugar de fijarse en los retuits, pone la atención en el número de likes:

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La diferencia entre el alcance y engagement del relato de Bartual con la producción tuitera de los medios estudiados por Pujol es apabullante. Ese éxito hizo que muchos sites noticiosos en castellano, tanto en España como Latinoamérica, se lanzaran a escribir notas sobre el autor de cómics y su relato en Twitter.

«La inquietante historia de Manuel Bartual que está arrasando en Twitter», titulaba La Vanguardia. «Manuel Bartual, el Stephen King de Twitter», decía El Mundo (que un par de días después no perdía ocasión de juntar a Bartual con uno de los personajes más populares del internet español en otro titular: «Cristina Pedroche quiere dar las Campanadas… con Manuel Bartual»). «Manuel Bartual, autor del best seller del verano… ¡en Twitter!», gritaba ABC. «Manuel Bartual pone fin al fenómeno que ha ‘roto’ Twitter este verano», señalaba, recurriendo a un cliché clásico cuando de la Red se trata, 20 Minutos. «El misterio de Manuel Bartual y la tuitnovela que cambió la historia de Twitter», exageraba el popular site mexicano Sopitas. «La terrorífica historia de un tuitero en vacaciones que tiene a toda la red enganchada», seguía exagerando un poco La Tercera de Chile. «La aterradora historia que tuvo en vilo a Twitter», insistía El Tiempo de Colombia. «Manuel Bartual da por finalizada su popular historia en Twitter», apuntaba con sobriedad el site de la radio más escuchada de España, Cadena Ser.

Esa es solo una pequeña muestra de las decenas de artículos que las webs de noticias en español redactaron a toda prisa para intentar aprovechar la ola Manuel Bartual, una vez cayeron en cuenta del éxito que estaba cosechando en redes sociales.

¿Qué caracterizaba a todas esas notas que he citado y a casi todas las demás que se publicaron durante la semana que duró el fenómeno?

-La celebración acrítica.
-El ditirambo.
-La mención a usuarios famosos -futbolistas, actores y otras celebrities– que tuitearon acerca del relato.

Algunos periodistas, no muchos, levantaron el teléfono o escribieron un mensaje al autor para hacerle algunas preguntas. De esas notas, de aquellas en las que un periodista se tomó el trabajo de conversar con Bartual mientras el fenómeno ocurría, la mejor es la escrita por Pablo Cantó para Verne. Cantó no solo habló con el autor y le hizo alguna pregunta inteligente, sino que su artículo aporta contexto y antecedentes tanto de Twitter, los viejos tiempos del Internet pre-redes sociales y la literatura.

Mientras, el resto de artículos -casi todos intercambiables entre sí-, en el mejor de los casos se contentaban con mencionar a Orson Wells (cada vez que alguien monta un hoax o parecido, los periodistas corremos a buscar la entrada de Wikipedia sobre La guerra de los mundos y hacemos copy/paste) o traer a cuento a Stephen King (cada vez que un periodista está escribiendo y teclea las palabras «terror» o «suspense», la función autocomplete de su CMS añade el nombre del escritor de Maine).

Ese era el ánimo general en la prensa ante el éxito del relato de Bartual: un río de leche y miel desbordándose sobre campos de maná y fresas. Hasta que llegó Víctor Lenore y su columna de El Confidencial.

Lenore es un periodista y crítico cultural español, autor de un interesante libro acerca de cómo y por qué ser hoy moderno o hipster «alude básicamente a la capacidad de comprar ciertos productos que prescribe la industria cultural, tecnológica, publicitaria, de los medios y de la moda».

El libro de Lenore se titula Indies, hipters y gafapastas: Crónica de una dominación cultural. Consíganlo y léanlo, si pueden. Aunque centrado en el mundo cultural español y excesivamente influido por Zizek -con pinceladas de Thomas Frank, el periodista y crítico cultural americano que dedicó un libro fundamental a la estrecha relación entre consumismo y contracultura en 1997-, vale la pena incluso si uno no vive en España y, como yo, desconfía de los hijos intelectuales del filósofo pop por excelencia.

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Este es el libro de Víctor Lenore

Leo a Lenore desde hace un tiempo, sobre todo desde que publica con regularidad en El Confidencial, quizá el site español que mejor cobertura cultural realiza hoy. Pese a que disfruto su mirada desprejuiciada sobre la cultura popular no canonizada por la intelligentsia ibérica, me divierte aun más estar casi siempre en desacuerdo con él.

Lenore es quizá el émulo más directo e interesante de Zizek en la prensa generalista española. Y al igual que le ocurre al filósofo esloveno leninista favorito de la izquierda antiglobalización y alrededores, sus juicios están marcados casi siempre por una mirada conspiranoica y anticapitalista de la cultura, y en ellos puede atisbarse ese ansia revolucionaria de salón propia del marxismo pop que lo hace soltar boutades como esta (@ecosdelgueto es la cuenta de Twitter que Lenore comparte -o compartía- con el sociólogo Isidro López):

Así que cuando Lenore tuvo que entrar al trapo del éxito tuitero de Manuel Bartual, no se iba a andar con chiquitas. De arranque, Lenore tituló:

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«El bluf de Manuel Bartual».

Y de ahí la cosa solo fue in crescendo. Así como un relato construido con 373 tuits había convertido a Manuel Bartual en Stephen King a ojos de los periodistas que se rendían ante su éxito, el takedown del cáustico Lenore debía estar a la altura. Solo que en sentido inverso.

En su columna Lenore despachaba la historia de Bartual con frases del tipo: «siendo crueles, podemos describirlo como un Big Mac de la narrativa», o (las negritas son suyas):

Los únicos personajes relevantes son Bartual y el doble de Bartual. En tiempos de emergencia social, estos repliegues narcisistas hacia el ‘yo’ quitan mucho trabajo al autor (describir la interacción humana) y apuestan todo a las emociones desconectadas de las relaciones. En dos palabras: masturbación digital.

Un párrafo más adelante, vuelve a disparar:

Estamos ante una historia demasiado previsible, encerrada en la fugacidad del momento, el vacío cultural de finales de agosto; un limbo sin apenas competencia.

Para finalmente rematar:

Después de pensarlo unos días, me niego a celebrar esta trama, como rechazo celebrar el simple acto de leer. Lo que tiene valor es sumergirse en historias con un mínimo de profundidad.

Contra toda lógica, la mayoría de los periodistas culturales parecen encantados. Se trata de un contenido poco exigente, con gran eco de público, sobre el que se puede disertar sin apenas esfuerzo. ¿Estas son las ficciones que queremos prescribir, promocionar y legitimar? ¿Hola?

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El librito de Jay Rayner

Por supuesto, las tomas de posición extremas no son una novedad en el periodismo cultural, mucho menos las tomas de posición extremas negativas.

Todo el mundo sabe que es mucho más divertido escribir y leer reseñas negativas que positivas. Mientras más despiadadas, mejor. Lo explica el crítico de restaurantes Jay Rayner, uno de los más populares en el mundo anglosajón, en un librito en el que compiló veinte de las críticas más crueles que había escrito. En la introducción Rayner decía:

 

He sido crítico por más de una década (…) y si algo he aprendido es que a la gente le gustan las reseñas de restaurantes malos. No, tachen eso. Le encantan, se pegan banquetes con ellas como buitres hambrientos que han atisbado carroña putrefacta entre los arbustos por primera vez en semanas (…) Cuando comparo una cena con el sabor o el aspecto de fluidos corporales, el salón con una cámara de sadomasoquismo en Neasden (pero sin el glamour o la clase) y la cuenta con un robo, entonces, la multitud vociferante es verdaderamente feliz.

(…)

…la gente lee reseñas negativas por disgusto indirecto. Cada vez que destripo un local, sienten que me estoy tomando la revancha en ese restaurante en particular por todas las comidas de mierda que han sufrido en su vida en cualquier parte. En la era de la Web 2.0, cuando un artículo se ve completado con comentarios de lectores, uno puede sentir cómo la turba virtual se ha congregado alrededor de la víctima para gritar: «¡Mátalos! ¡Mátalos a todos!»

Lo que sí resulta algo más novedoso, propio de nuestros tiempos de ADSL de banda ancha, es que el extremismo con que expresamos nuestra adoración u odio en Twitter o Facebook (o en las secciones de comentarios) suele ser inversamente proporcional al tiempo que la atención general otorga a cada nuevo fenómeno de Internet. El caso de Manuel Bartual no fue la excepción.

Miren el gráfico de Google Trends aquí abajo. Como ya he explicado en alguna otra ocasión, lo que hace Google Trends es medir el interés que despierta un término según las búsquedas que los usuarios realizan en Google. Para ello asigna un valor entre 0 a 100 por día, donde “100 indica la popularidad máxima de un término, mientras que 50 y 0 indican una popularidad que es la mitad o inferior al 1%, respectivamente, en relación al mayor valor”.

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Ahí podemos ver que el cenit de popularidad de Manuel Bartual en Google tuvo lugar el día 26 de agosto, el día en que dio por finalizado su relato, un día antes de que contara en una entrevista que todo fue un invento perfectamente guionizado y no una historia autobiográfica narrada en tiempo real. Dos días después, el 28 de agosto, el interés ya había descendido a menos de la tercera parte. Solo seis días después, el día 1 de setiembre, el interés por Bartual volvía a ubicarse donde se encontraba antes de su éxito tuitero. Es decir, volvía a ser prácticamente inexistente.

Esa relación entre la brevedad del tiempo que le prestamos atención a aquello que despierta nuestro interés y la intensidad del abrazo o el rechazo que expresamos -periodistas incluidos- en redes sociales y artículos no es casual.

El volumen de información al que un usuario promedio de redes sociales se haya expuesto hoy es tal que los productores de contenidos y hoy, gracias a Zuckerberg, todos somos productores de contenido, cobremos o no- han de llamar la atención de alguna manera para no quedar sepultados por la avalancha de imágenes, videos y comentarios que corre colina abajo en Twitter o Facebook.

Ante ello, muchos optan por la hipérbole. El periodismo en general, y el periodismo cultural -y el deportivo- en particular, en tiempos de la Web 2.0 han convertido la hipérbole en el recurso más socorrido para intentar generar engagement o interacción con los lectores.

Al respecto, Chuck Klosterman, el ensayista del que hablaba al principio de este artículo, comentaba lo siguiente en una conversación en el podcast de Peter Kafka:

Hay la necesidad de tomar una posición o tener una respuesta que, o bien contradiga lo que la mayoría de gente piensa, o bien sea de plano completamente inesperada. Porque hoy la gente no quiere consumir lo que podría entenderse como la idea obvia, el decir que esto es bueno o esto es malo. A menos que vayas a decir que algo es tan bueno o tan malo que es trascendental. Si te gusta algo no vas a reaccionar solo en plan «vi esta película, es una buena película». Sino más bien, «esta película está cambiando el cine». O «el hecho de haber pasado dos horas viendo esta película hace que quiera matarme, y si no puedo matarme, entonces voy a matar a todos los demás en esta sala».

Pero no se trata solo de llamar la atención. Se trata también de buscar la vía más sencilla y directa para mover emocionalmente a la audiencia. La producción periodística, en su transición hacia ese cajón de sastre que es el concepto de «contenido», ha ido abrazando las estrategias de manipulación emocional que Facebook ha perfeccionado. Intentando con ello replicar el alcance e impacto que obtienen los contenidos «virales» (este informe del Columbia Journalism Review acerca de los muchos cambios que Facebook ha impuesto al periodismo es particularmente interesante).

Una de las consecuencias de haber equiparado la producción noticiosa al resto del «contenido» que corre por Facebook y Twitter, imágenes de gatitos y videos de bebés incluidos, es que ha ocurrido un desplazamiento en la función y el valor de los artículos producidos por medios. Lo explica también Chuck Klosterman en el podcast que mencionaba antes:

Mucha gente siente que la razón por la que consume contenido en medios hoy es para poder reaccionar y responder a ese contenido. No es por el contenido en sí, sino para, de alguna manera, utilizar ese contenido y reaccionar ante él.

No es la primera vez que Klosterman desliza esa idea. En un prólogo que escribió en 2014 para una recopilación de Peanuts, la célebre tira cómica de Charles Shulz, y que reproduce en su última colección de ensayos (X: A Highly Specific, Defiantly Incomplete History of the Early 21st Century), Klosterman apuntaba que nos encontramos en un momento donde parece que…

…el propósito de cada artículo noticioso no es otro que proveer a cualquier persona de la oportunidad de comentar públicamente [o sea, en redes sociales] cómo se siente al respecto.

Si el objetivo de un artículo, columna o «contenido» es generar una reacción emocional que lleve al lector a comentarlo o compartirlo de inmediato -el factor tiempo es fundamental- en sus redes sociales, ¿qué cosa más sencilla y barata que aderezarlo con opiniones hiperbólicas, negativas o positivas, que prácticamente obligan al lector a posicionarse? Piensen en todos esos titulares que gritan «no te lo puedes perder», «no vas a creer lo que ocurrió», «arrasa en Internet», etc.

Como explicaba esta pieza del Harvard Review of Business ya en 2013, una de las claves para generar contenido viral es:

Utilizar motores emocionales potentes que afecten a la gente de forma suficiente para que compartan (…) es importante crear excitación emocional máxima lo antes posible. Golpéalos fuerte y rápido con emociones fuertes.

Si además, el próximo hype o escándalo online sepultará de forma rápida -al día siguiente o incluso el mismo día- aquello que hemos dicho, qué más da excederse un poco en nuestras valoraciones si mañana nadie las va a recordar. En este ecosistema de emotividad exacerbada, el costo reputacional de la hipérbole -positiva o negativa- para un periodista puede parecer alto en el corto -o cortísimo plazo-, pero resulta irrelevante o perfectamente asumible en el largo.

Como irrelevante es, la mayorías de las veces, el contenido que vierte ese periodista en el caudaloso río informativo de Facebook o Twitter. Frente a una u otra irrelevancia, y medidos -premiados o castigados- por la cantidad de clicks o el engagement que sus artículos generan antes que por su rigurosidad, la mayoría de periodistas ha decidido ya con qué irrelevancia quedarse.

Pero volvamos un momento al cierre del artículo de Lenore sobre el relato de Bartual: «la mayoría de los periodistas culturales parecen encantados. Se trata de un contenido poco exigente, con gran eco de público, sobre el que se puede disertar sin apenas esfuerzo».

Fueron esas líneas las que me llamaron la atención y me hicieron reflexionar sobre el momento actual del periodismo cultural. En un estado de Facebook escribí:

La prensa cultural (y no solo esta), ha pasado de prescriptora (podemos discutir en otro momento las bondades y/o perversiones de ese status) a correr tras la estampida de usuarios de redes sociales a ver si consigue ganarse alguito. Lo que me interesa es analizar cómo y por qué la prensa cultural persigue como pollo sin cabeza a la manada en Facebook y Twitter (sobre todo en Twitter) sin atisbo de crítica o reflexión.

Arrebatada la función prescriptora, el status de gatekeepers con que contaban los medios en tiempos pre-redes sociales, y con sus audiencias migradas a Facebook y Twitter, la prensa corre descabezada persiguiendo aquello que conmueve a los usuarios de estas redes. Con la esperanza de que así, complaciendo esos intereses momentáneos, conseguirá atraerlos de vuelta, aunque sea por un instante. El tiempo mínimo y suficiente para arrebatarles un click y, con suerte, algún share.

En paralelo a mi reflexión, el periodista y crítico literario Jorge Carrión –colaborador habitual de The New York Times en Español y autor de un conocido ensayo sobre librerías y su espacio en nuestra cultura- había escrito en su muro de Facebook sobre la pertinencia de algunas críticas que se habían empezado a hacer a Bartual:

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Lenore, sintiéndose aludido por el post de Carrión, respondió y dio pie a una áspera discusión en el muro de este. El autor de Indies, hipters & gafapastas: Crónica de una dominación cultural arrancaba con una ironía gruesa: «Toda la razón. Siempre he pensado que era inadmisible la mezquindad de la crítica ante los siete millones de discos vendidos por Camela», en alusión a un denostado conjunto de tecno-rumba con más de 20 años de carrera y que pese a sufrir el desprecio de la crítica musical cuenta con el favor de una parte del público español y ha vendido millones de discos.

Carrión respondía y le pedía a Lenore que, si quería discutir, evitara reducciones al absurdo. A lo que este replicaba:

Estoy de acuerdo en que criticar algo con éxito muchas veces es un atajo para obtener un prestigio facilón, pero esa regla debe tener excepciones. La crítica tiene cierta obligación de analizar con rigor fenómenos que tanto éxito como el de Bartual, que tienen a público, medios y celebridades de su parte. A mí me recuerda a la ficción despolitizada (que no apolítica) del tardofranquismo. Estamos en tiempos de Black Mirror, es aburdo este relato tan deliberadamente asocial.

Carrión, a su vez respondía:

La crítica siempre ha tenido esa función, justamente crítica, pero me pregunto si en esta época nuestra de microcríticos y redes sociales no ha cambiado la esencia de la crítica. Entre tanto pathos, más ethos. Respecto al contenido de la tuitficción, es muy similar a Los cronocrímenes [la primera película que el cineasta español Nacho Vigalondo dirigió luego de ganar el Óscar a Mejor Cortometraje de Ficción], que no es tardofranquismo, sino democracia del siglo XXI, con elementos como el turismo que son muy de nuestra época. Si algún día la releo ya veré si merece o no la pena el análisis narratológico, este fin de semana, en [mi] opinión, merecía tan solo la celebración. Lo que no quita que, por motivos que citas en tu post de ayer, enseguida decidí no escribir un artículo al respecto. Cada tema tiene su espacio y para mí ese debía yo comentarlo en redes.

A diferencia de lo que me ocurre con Lenore, conozco a Jorge Carrión hace muchos años. Como me ocurre con Lenore, creo no haber estado de acuerdo con sus juicios más que en alguna rara ocasión. Pero eso es irrelevante. La mirada de Carrión es la de un intelectual reflexivo y honesto que se toma el tiempo y el trabajo para contextualizar y argumentar sus juicios, por equivocados que a mí puedan parecerme. Lo mismo puede decirse del trabajo de Víctor Lenore.

Por eso me llamó la atención lo que decía Carrión. Esto en particular: «me pregunto si en esta época nuestra de microcríticos y redes sociales no ha cambiado la esencia de la crítica» y «este fin de semana, en [mi] opinión, merecía tan solo la celebración«. Sobre todo cuando él mismo había llevado a cabo en otro post un análisis que, si bien era entusiasta, iba bastante más allá de la mera celebración:

NOTAS SOBRE EL FENÓMENO MANUEL BARTUAL

1. Pasar en pocos días de 10000 a 400000 seguidores en Twitter es casi imposible: en términos de redes sociales, se trata de una gesta. Una gesta en solitario, como las de Kilian Jornet, porque no ha sido una operación con estrategia, socios, aliados con muchos seguidores, sino una aventura creativa y lúdica en soledad (de pronto multitudinaria: entre los diez trending topics globales).

2. Que esa gesta sea narrativa es alucinante. Se trata de un relato multimedia, autoficción fantástica, atmósfera de terror, digno heredero del «Proyecto de la Bruja de Blair». Se trata de una serie, que leída de un tirón tiene mucho menos interés que administrada como cápsulas narrativas que van llegando en el hilo, con sus giros, sus sorpresas, sus chistes, las reacciones de los demás. En ese sentido se parece a «Perdidos»: mucho mejor en directo que en DVD.

3. Como «Lost» ha despertado ese raro monstruo, la sincronía colectiva, la dimensión cultural de la viralidad. Algo que se puede intentar conseguir, pero que no tiene fórmula maestra (cómo diablos acceder a la inteligencia colectiva). Se ha convertido rápidamente en una obra con fan art y con fans famosos (como Vigalondo, Piqué o Casillas). Toda la teoría que recoge Carlos Alberto Scolari en su imprescindible manual «Narrativas transmedia» se puede aplicar de un modo u otro a esa historia de dobles en un hotel y en una casa, yo soy otro.

4. Que de pronto cientos de miles de personas estén leyendo la misma tuitnovela es español nos lleva a otros ámbitos de reflexión. Hay que reformular la idea de bestseller, porque el relato de Bartual no es un superventas sino un superleído. Gratis. Que yo sepa Twitter no paga, como sí hace YouTube, de modo que no hay posibilidad de monetización directa.

5. Hay que dejar de pensar que el centro de la cultura es el libro (aunque lo sea de mi mundo, del mundo de muchos de nosotros), porque leemos más que nunca y porque muchísimos de los lectores de ese relato son lectores constantes, aunque no lo sean de libros. Lo que importa es la acción, leer, y no el formato o el continente. Esa historia, por cierto, no funcionaría con la misma potencia en forma de libro.

6. Y hay que observar la muy probable mutación: se ha descubierto un camino, un lenguaje, un género, un mercado, como se le quiera llamar. A ver cómo evoluciona la criatura.

Tan acostumbrados parece que estamos a que las páginas culturales de los medios se hayan convertido en una suerte de extensión del departamento de marketing de la industria del entretenimiento y a que la prensa persiga como pollo sin cabeza a la manada en Facebook y Twitter sin atisbo de crítica o reflexión, que una intervención como la de Víctor Lenore -arrastrada a redes sociales, el único lugar donde cualquier contenido puede hoy encontrarse con una audiencia significativa- resulta polémica.

Incluso con los excesos propios de su estilo y del esfuerzo por llamar la atención que hoy cualquier comentarista cultural se ve prácticamente obligado a realizar, lo que Lenore hacía en su nota no era sino periodismo cultural. Esté o no uno de acuerdo con su juicio. Pero, además, lo era también el comentario de Carrión que cito párrafos arriba. Pese a que había sido publicado en un post de su página de Facebook y a que la configuración de privacidad impedía que se leyera fuera de su círculo de amigos.

Ambos, Lenore y Carrión, cada uno a su modo, iban en sus intervenciones muchísimo más allá de todo lo que hasta ese momento se había escrito sobre Bartual y su relato. Ambos, Lenore y Carrión, lejos de comportarse como notarios de likes y shares, estaban llevando a cabo las funciones del periodismo cultural de las que hablaba al comienzo. Discúlpenme la auto cita:

La función básica del periodismo cultural es buscar esas conexiones, aportar el contexto necesario -o al menos suficiente- para que el lector sea capaz de apreciar el artefacto cultural -el todo y nada de las frases de Klosterman- del que se está hablando. Esto, por supuesto, no excluye la valoración que pueda hacer el periodista, pero esa, la función crítica, es una segunda función, a la que solo se puede aspirar si se satisface la primera.

En un momento donde la frase predilecta en las redacciones es «se está viralizando», pareciera que resulta difícil digerir lecturas menos entusiastas y más complejas. Tanto que incluso un periodista y crítico experimentado como Carrión, autor habitual él mismo de ese tipo de lecturas, tiene problemas para reconocerlas. Incluso cuando son de su propia autoría.

Esa frase, «se está viralizando», resume la claudicación de los medios ante las redes sociales. Algo es noticia porque «se está viralizando», porque está siendo compartido o mentado por un número elevado de usuarios. Da igual la contextualización y valoración que podamos hacer del artefacto cultural. Se está «viralizando» y eso es más que suficiente para que los medios le presten atención. Lo que importa es el marcador de likes y retuits.

Como explica el experto en marketing digital y viralización Jonah Berger en su libro Contagious: Why Things Catch On (2013):

…tendemos a sobredimensionar el impacto de lo que ocurre online porque es más fácil de ver. Las redes sociales proveen un registro accesible de los clips, comentarios y todo tipo de contenido que compartimos de forma online. Entonces, cuando echamos un vistazo, parece siempre que fuera muchísimo.

Tenemos, por un lado, que al perder el monopolio de la discusión pública frente a las redes sociales, los medios han dejado de marcar los temas a su audiencia. Y, por otro, como puede atestiguar cualquiera que pase algo de tiempo en una redacción, la mayoría de periodistas no despega la vista de su computadora ni pisa la calle durante toda su jornada laboral.

El único mundo que existe para buena parte de los redactores, la única actividad humana a la que prestan atención, es aquella que ocurre en Internet. Léase, en redes sociales.

Sumemos esos dos datos y nos encontramos con que algo es noticia, algo merece ser relatado o reseñado, si, y solo si, «se ha viralizado», «está arrasando en Twitter» o «ha roto Facebook». Y lo único que hace el periodismo es dar fe de ese número elevado de personas que han reaccionado ante el contenido en cuestión. No importa nada más. El periodista que corre a toda prisa para subirse a la ola en redes sociales no tiene nada más que decir. Y la mayoría ni siquiera hace ya el intento. Eso es lo grave.

Pero además, Internet y sus dinámicas extremistas y sentimentaloides -donde, como dice Chuck Klosterman, «no vas a reaccionar solo en plan ‘vi esta película, es una buena [o mala] película'», sino, más bien, esta película «hace que quiera matarme, y si no puedo matarme, entonces voy a matar a todos los demás en esta sala»- han acentuado la hipersensibilidad ante la crítica y han desvirtuado su lugar en el periodismo cultural.

Inés Sapochnik, una amiga experta en marketing digital para industrias culturales, respondía así a otro post en el que yo compartía la crítica de Lenore al relato de Manuel Bartual:

Yo me lo pasé genial [con el relato de Manuel Bartual] (…) Se vuelven cansinas todas las pegas. Ayer lo estaban crucificando [a Manuel Bartual] por sus comics «machistas». Vamos, que estamos en las que estamos, y el trabajo de censor/crítico cultural es ad honorem y abierto a todos. Yo me entretuve muchísimo, vería la peli, y ya está, volvería a mis libros y a mis cosas.

A lo que yo le respondía:

Así funciona ese bar de madrugada del tamaño del mundo que son las redes sociales. El problema, o más bien, lo que me interesa a mí es cómo y por qué la prensa entra al trapo de inmediato, se sube la corbata a la cabeza y se pone a invitar chupitos como el amigo borracho del novio que se casa el próximo finde.

Ocurre que cuando los medios intentan reproducir ese ambiente irreflexivo y bullanguero que caracteriza casi siempre a las redes sociales, se están metiendo en un callejón sin salida.

Porque, si en lugar de lecturas informadas y complejas como las de Carrión o Lenore, el periodismo cultural va a limitarse a dar el marcador de likes y shares y a informar con horas e incluso días de retraso de aquello que los usuarios de redes sociales ya saben que ha ocurrido, ¿para qué acudiría un lector a leerlos? ¿qué podría encontrar ahí que ya no tenga en su timeline o tweet feed?

Para aplaudir como focas sin contexto, reflexión ni esfuerzo crítico el enésimo fenómeno de redes sociales, no hace ninguna falta prensa cultural. Y la audiencia lo sabe. Lo peligroso es que no queda claro si lo saben también los periodistas.

 

Ninguna azafata fue despedida por tener sexo con pasajeros

Esta historia empieza el día 30 de setiembre de 2015 en la página web del Daily Mail (el diario en lengua inglesa con mayor número de usuarios únicos del mundo) y nace con un titular que combina sexo, dinero y una leyenda urbana hecha “realidad”: Azafata que fue sorprendida con un hombre en el baño de un avión ganó 650 mil libras esterlinas por tener sexo con pasajeros.

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Daily Mail, 30 de setiembre de 2015

La nota original del británico Daily Mail ha sido compartida más de 3000 veces en distintas redes sociales, Facebook sobre todo, y ha sido clonada –citando siempre al Daily Mail como única fuente- por varios medios de habla inglesa como Maxim (que ha sido compartida casi 3500 veces) o Metro (1400 veces), entre muchos otros.

Un par de días de después, el sábado 2 de octubre, la “noticia” llamó la atención de algunos medios en español como La Vanguardia y El Periódico, en ambos diarios realizaron el cambio de moneda correspondiente y hablaban de 900 mil euros de ganancia para la azafata.

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La Vanguardia, 2 de octubre de 2015

Pero fue el domingo 3 de octubre que la historia recibió su último baño de legitimidad con un cable de la agencia EFE, que en su párrafo de apertura rezaba: “Una azafata de una aerolínea de Oriente Medio cuyo nombre no ha trascendido fue despedida por practicar sexo con pasajeros por un precio de 1.500 libras (2.000 euros), según publica el tabloide británico ‘Daily Mail’”. Y ya se sabe que de EFE a casi todos los medios en habla hispana, hay un paso.

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Si uno estaba conectado a Internet a principios de octubre de 2015, si tenía una cuenta de Twitter o Facebook, con casi toda seguridad vio pasar esta nota por su newsfeed o timeline. La repitieron El Comercio de Ecuador, El Nuevo Herald, Clarin, Terra, La República, RPP, Correo y un largo etcétera de medios en todo el mundo hispanoamericano; muy hábiles todos a la hora de encontrar una foto sugerente de recurso con la que aderezar la noticia.

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La República, 2 de octubre de 2015

Lo curioso es que los varios problemas de esta noticia saltan a la vista desde ese primer párrafo de EFE. La noticia tiene problemas tan obvios que sería casi insultante poner a trabajar a estudiantes de periodismo de primer ciclo en este caso. Pero allá voy.

La llamada de alerta número 1 es la primera línea: “Una azafata de una aerolínea de Oriente Medio cuyo nombre no ha trascendido”. Repito: una azafata X, de una aerolínea X, cuyo nombre “no ha trascendido”. Razones más que suficientes para ponerse en guardia, ¿cierto? Para buscar alguna otra fuente, ¿no?

Segunda llamada de alerta. La nota de EFE continúa –al igual que todos los otros medios que han rebotado la noticia con casi idéntico titular, ligeras variaciones de la combinación: azafata+sexo+dinero+despedida– citando al Daily Mail como fuente principal.

Aviso para periodistas: El Daily Mail no es solo la web noticiosa en inglés más leída del mundo, sino que es también una de las que más noticias basura publica. Lo cuenta bien este artículo de Buzzfeed sobre una oscura agencia de noticias basura de la que se alimentan medios de todo el mundo: The King of Bullsh*t News.

Tercera llamada de alerta. El Daily Mail (y con él todas las otras webs que han clonado la nota) se apoya en la autoridad de un “diario de lengua saudí árabe” (“Saudi Arabic language daily”), sea lo que eso sea, llamado Sada. Y ahí, como para aliviar su conciencia, casi todos imitan al diario inglés y linkean a la supuesta página web del supuesto periódico saudí árabe.

El problema aquí es que cuando uno hace click en lugar de aterrizar en el artículo que supuestamente publicó el periódico árabe Sada, aterriza en la página web de Al Sadda, una página de noticias deportivas, que, si nos guiamos por Wikipedia, se publica desde Sudán. Nada que ver con Arabia Saudí.

Echemos un vistazo a este mapa de Google Maps:

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La estrellita de la derecha marca donde se encuentra Riad, la capital de Arabia Saudita; la de la izquierda, Jartum, capital de Sudán. La distancia entre ambos puntos es de 1794.76 kilómetros, según la web distancefromto.net. Por si quedaba alguna duda de que Sudán y Arabia Saudí no son lo mismo.

Ninguna de las muchas webs noticiosas que rebotó la noticia reparó en ninguna de esas llamadas de alerta. Pudo más un titular atractivo aunque altamente improbable, que supuestamente garantiza clicks rápidos y fáciles.

¿Existen azafatas que venden favores sexuales en vuelos? Puede ser, quién sabe. Lo que sí sé con seguridad es que la azafata X, de la aerolínea de Medio Oriente X, no cobraba a sus pasajeros 1500 libras esterlinas ni amasó una fortuna de 650 mil libras en dos años. ¿Cómo lo sé? Porque tal y cómo ha sido publicada la noticia por el Daily Mail y sus múltiples émulos, no existe una sola razón para creerlo, un solo dato que me haga confiar en su veracidad. Solo existe el ruido de sonajero de las palabras sexo, azafata y dinero agitadas convenientemente para atraer a la manada. Sin ninguna verificación detrás. Sin ningún intento de periodismo de por medio.

ADENDA

El 27 de julio de 2017, una azafata de la aerolínea mexicana Interjet denunció en un video de Facebook Live publicado en su cuenta personal que un capitán de la misma aerolínea intentó violarla.

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Cuenta de Facebook de Karen Isabel Otero Rodríguez

El video tiene una hora, dos minutos y 45 segundos de duración. La azafata se llama Karen Isabel Rodríguez Otero, trabaja en la aerolínea Interjet, el capitán se llama Daniel Vásquez. La denuncia fue publicada por la propia azafata. Es decir, tenemos los nombres y empresa en la que trabajan tanto la agredida como el agresor. Bastante más información que la que tenían a su disposición el Daily Mail o la agencia EFE en el caso anterior.

¿Cuántas notas publicadas por medios fuera de México encontré? Dos. ¿En la agencia EFE? Cero. ¿Cuántas notas publicadas en un idioma que no sea el castellano? Cero. ¿En inglés? Cero. ¿En el Daily News? Cero.

Por supuesto, hasta hoy 31 de julio de 2017, ninguno de los medios en México o el extranjero contactó con Karen Isabel Rodríguez Otero para ahondar en su testimonio.

*Una versión anterior de este texto fue publicado el 5 de octubre de 2015 en Perú21.