Algunas cosas que se han dicho sobre No hemos entendido nada

«Diego Salazar sube al ring conceptos tan escurridizos como posverdad, fake news y revolución digital, y analiza las herramientas –generalmente desastrosas– con que los medios de comunicación les han hecho frente. Luego, en un knockout demoledor, demuestra que el único camino posible para el futuro del periodismo es la utilización de las mejores armas de toda la vida: investigación minuciosa, chequeo de datos y prosa sublime. Este libro reúne las tres».
Leila Guerriero, autora de Plano americano y Los suicidas del fin del mundo.

«Amigos periodistas: si quieren una buena novela de terror, el libro de Diego Salazar les va a estremecer. Escalofríos y sustos garantizados. No hemos entendido nada disecciona la razón de ser del periodismo en un mundo donde parece haber perdido su sentido, y lo hace desde la incomodidad y la autocrítica, sin complacencia, para recordar que sigue habiendo una verdad y que es posible entreverla si se corta bien la maleza».
Sergio del Molino, autor de La hora violeta y La España vacía.

«Me he reído a gritos leyendo No hemos entendido nada. Un libro divertido e incisivo acerca del periodismo y su caída libre escrito por una de las mentes más iluminadas de Latinoamérica».
Alberto Fuguet, autor de Sudor, Missing: una investigación y VHS (Unas memorias).

«No hemos entendido nada [es] uno de los libros más importantes sobre la crisis actual del periodismo, conectada, por supuesto, al desafío de internet».
Edmundo Paz Soldán, autor de Río fugitivo, Los vivos y los muertos y Norte.

«Si realmente te interesa el periodismo y entender un poco lo que estamos afrontando debes leer el libro de Diego Salazar».
Esther Vargas, directora de Clases de Periodismo.

«¿Qué tiene que ocurrir para que un periodista ponga de lado una de las partes esenciales del oficio? Diego Salazar ha hecho de esta pregunta un caso de estudio sobre un mal creciente y contemporáneo: los periodistas no verifican, los editores no editan, y los medios de información caen, uno tras otro, víctimas de sí mismos. ¿Qué esperanza de vida tiene un medio periodístico que no hace periodismo? No hemos entendido nada es el libro donde Diego Salazar desmenuza el presente sin demasiado futuro del periodismo».
Marco Avilés, autor de De dónde venimos los cholos y No soy tu cholo.

«Una de las mejores cosas que le podía pasar al periodismo peruano de estos tiempos ha sido el nacimiento de No hemos entendido nada, el espacio que Diego Salazar ha convertido en referente de análisis sobre lo bueno, lo malo y lo complejo de este oficio y la industria que muchas veces lo afea y lo arruina. Este es el libro que da sentido a esta iniciativa».
David Hidalgo, autor de La biblioteca fantasma y Sombras de un rescate.

Trailer:

La edición peruana de No hemos entendido nada se encuentra disponible en librerías desde julio de 2018.

La edición chilena apareció en enero de 2019.

La edición española salió a la venta el 21 de febrero de 2019.

La edición mexicana aparecerá en julio de 2019.

Mientras tanto, quien desee leer el libro antes de que aparezca la edición impresa de su país puede hacerlo en ebook, tanto en Amazon Kindle como en Apple iBooks:

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ABC, la Luna, los rusos y los diarios teóricos de la conspiración

Me encantan las teorías de la conspiración. Creo haberlo contado ya varias veces. Encuentro algo irresistible en esa pulsión que lleva a tanta gente a creer en elaborados complots, en ejércitos de seres humanos ejecutando al unísono un complejísimo plan sin desviarse un milímetro, sin equivocaciones ni accidentes y, sobre todo, sin filtraciones indiscretas que echen por la borda el diseño elaborado por un oscuro genio del mal.

En el fondo, más allá del delirio y la paranoia, hay en las teorías de la conspiración una fe humanista, una confianza en el carácter perfectible y la diligencia humana, que me gustaría compartir.

Por eso, cuando vi pasar esta «noticia»  del diario español ABC, no pude evitar el click:

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Díganme si no es una maravilla. No sé ustedes, pero a mí me encanta particularmente que la nota se encuentre en el apartado CIENCIA del site.

El corazón del cuerpo de la nota, que va sin firma, dice así:

Desde entonces, y pese a la insistencia de Estados Unidos y la NASA en la veracidad de aquel primer alunizaje, han sido muchos los que han dudado de que fuese real. Las dudas acerca de si el Apolo 11 y Armstrong llegaron a la Luna han estado siempre presentes, e incluso las teorías más conspiranoicas aseguran que este nunca fue real.

El próximo año se cumplirán cincuenta años de aquel histórico instante [la llegada del Apolo 11 la Luna], que desde Rusia tampoco terminan de creer como veraz. En ese sentido, Roscosmos, la agencia espacial rusa, ha anunciado ahora la propuesta de una misión a la Luna que se encargue de verificar si aquel alunizaje del Apolo 11 fue o no real.

Así lo ha confirmado este sábado el director general de Roscosmos, Dmitry Rogozin. «Hemos establecido este objetivo: de volar y verificar si los estadounidenses estuvieron allí o no», señaló Rogozin, en respuesta acerca de una pregunta sobre si la NASA llegó a la Luna o no. Una afirmación que hizo en tono distendido, aunque los antecedentes dotan de mucha realidad.

Pese a la insistencia de Estados Unidos y la NASA en la veracidad de aquel primer alunizaje.

En tono distendido.

Nada de eso, por supuesto, fue óbice para titular «Rusia organizará una misión para «confirmar» si Neil Armstrong llegó a la Luna» y darle una palmadita de reconocimiento a una de las más extendidas teorías de la conspiración.

Que Neil Armstrong y Buzz Aldrin nunca pusieron pie en la Luna no solo es una de las teorías de la conspiración más populares del mundo, sino que existen decenas de versiones. La más delirante de todas señala que el alunizaje y la caminata lunar fueron filmadas por Stanley Kubrick, con guión de Arthur C. Clarke, en un estudio de Hollywood.

No son pocas las personas que defienden esta hipótesis o alguna parecida. Hace unos meses, el ex capitán de la selección española de fútbol y del Real Madrid, campeón del mundo en 2010, Iker Casillas, quien cuenta con más de ocho millones de seguidores en Twitter, se apuntaba al club de la conspiración:

Por supuesto, que la NASA puso a dos hombres en la Luna es un hecho probado y las teorías de la conspiración que señalan lo contrario no son sino delirios paranoicos o mentiras interesadas. Aquí pueden leer una nota de National Geographic en español donde desmontan una a una varias de las supuestas pruebas que esgrimen los conspiranoicos.

También pueden ver este programa de la televisión española de 2014, escrito y dirigido por Luis Alfonso Gámez y José A. Pérez, que hace lo mismo en un entretenido y didáctico formato audiovisual:

Existen múltiples razones por las que los seres humanos somos propensos a creer en teorías de la conspiración por muy absurdas que estas sean. En este artículo, la periodista Elizabeth Svoboda hace un estupendo trabajo explicando y resumiendo algunas. Escribe Svoboda (la traducción es mía):

Si bien la debilidad de la gente por teorías de la conspiración puede parecer irracional, nace de un lógico deseo por dotar al mundo de sentido. Atribuir significado a lo que nos ocurre ha ayudado a los seres humanos a prosperar como especie, y las teorías de la conspiración son historias con cohesión interna que «nos ayudan a entender lo desconocido cuando tienen lugar hechos inesperados o que nos producen temor», dice Jan-Willem van Prooijen, un psicólogo social de la Universidad Vrije en Amsterdam. Para algunos creyentes, la sensación de claridad  y confort ofrecida por esas historias se anteponen a su veracidad.

Pero, ¿es Dmitry Rogozin, el director de Roscosmos, la agencia espacial rusa, uno de esos creyentes como el artículo del ABC invita a pensar? ¿Cuáles son esos «antecedentes [que] dotan de mucha realidad» a la supuesta afirmación de Rogozin?

Los supuestos antecedentes, según la misma nota, en realidad son solo un antecedente. Este:

El pasado año 2015, el Comité de Investigación de Rusia pidió la apertura de una investigación acerca de los alunizajes estadounidense, dudando así de su veracidad.

¿A qué investigación se refiere el redactor anónimo del ABC?

A una que nunca ocurrió.

¿Saben por qué?

Porque, en realidad, el Comité de Investigación de la Federación Rusa, un organismo equivalente al FBI norteamericano, no solicitó ninguna investigación. Lo cuenta en este artículo para de The Washington Post publicado en junio de 2015 el periodista Rick Noack .

En ese entonces, un portavoz del Comité de Investigación de la Federación Rusa llamado Vladimir Markin escribió una columna donde se quejaba de una investigación del FBI que terminaría destapando el gigantesco escándalo de corrupción de la FIFA que acabó con la carrera de Joseph Blatter y otros dirigentes del fútbol mundial.

Markin renegaba del intervencionismo americano. Las autoridades de ese país, escribía el portavoz del Comité de Investigación, se han «autoproclamado árbitros supremos de los asuntos relacionados con el fútbol internacional». Estados Unidos, decía Markin, debía atenerse al mismo rigor investigador que imponía al resto. Ya que Washington «ha encubierto, respaldado y luego usado a sus propios aliados como víctimas y arietes para apuntalar su dominio en el mundo».

De ser así, continuaba Markin:

Podemos también ayudar a realizar una investigación internacional acerca de dónde se filmó el video, si fue grabado por astronautas en la Luna, o dónde están escondidos esos 400 kilos de suelo lunar que nadie ha visto. No, no estamos diciendo que no volaron [a la Luna] y simplemente hicieron una película. Pero todos esos artefactos científicos, o quizá culturales, son parte de la herencia de la Humanidad y su desaparición sin rastro es una pérdida compartida por todos. Y la investigación dirá.

Por supuesto, la supuesta investigación nunca ocurrió. La bravata de Markin nunca abandonó los confines de las páginas del diario Izvestia, donde fue originalmente publicada. Porque nunca fue nada más que eso. Un «y tú más» de casi 3000 caracteres dirigido a «los americanos», ese enemigo mortal del estado ruso y sus distintas encarnaciones.

Pero, volviendo al presente y a la nueva investigación que supuestamente lanzará Roscosmos, ¿qué dijo, en realidad, hace unos pocos días Dmitry Rogozin, director de Roscosmos? ¿Estaba poniendo en duda el máximo responsable de la agencia espacial rusa que Neil Armstrong y Buzz Aldrin pusieron pie en la Luna en julio de 1969, como el diario ABC afirma?

Si alguno de ustedes entiende ruso puede escucharlo aquí:

El video fue compartido por el propio Rogozin en su cuenta oficial de Twitter:

Según la traducción ofrecida por Microsoft para Twitter en inglés, Rogozin presenta el video así:

I answer questions of the President of Moldova: whether there were Americans on the moon, why do you have @ fighters and trams and how Russian astronautics will help Moldovan grapes?

Traduzco:

Respondo a las preguntas del presidente de Moldavia: ¿Hubo americanos en la Luna? ¿Por qué tienen aviones de combate y tranvías en @roscosmos? ¿Y cómo la astronáutica rusa ayudará a las uvas moldavas?

Como no sé ruso, no puedo saber el momento exacto en que Rogozin habla en el video acerca de la investigación que supuestamente organizará para comprobar si el Apolo XI llegó a la Luna entre sonrisas. Pero sí puedo ver qué dijeron otros medios al respecto.

Si uno realiza un google search utilizando las palabras «Dmitry Rogozin» y «Roscosmos», encontrará que decenas de medios en español y en inglés compartieron la «noticia», todos con distintas variaciones de «Rusia propone verificar si Estados Unidos llegó a la Luna» en el titular.

Encontrará también, que algunos medios en inglés señalaron que Rogozin hizo la propuesta «with a smirk». Es decir, con una sonrisa. Fue así, gracias a esa expresión, que descubrí que todos los medios en español y en inglés que se han hecho eco de la inminente investigación rusa, se basan, a sabiendas o no, en este cable de la agencia Associated Press (AP) del día 24 de noviembre:

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¿Qué es lo que dice la nota de AP? Esto (la traducción es mía):

MOSCÚ (AP) — El director de la agencia espacial rusa Roscosmos dijo que ha propuesto una misión rusa a la Luna para verificar si los alunizajes realizados por Estados Unidos fueron reales, aunque aparentemente estaba bromeando.

«Hemos establecido el objetivo de volar y verificar si estuvieron ahí o no, dijo Dmitry Rogozin en un video publicado el sábado en Twitter.

Rogozin estaba respondiendo a una pregunta acerca de si la NASA alunizó en realidad hace casi 50 años. Parecía estar bromeando, dado que sonrió y se encogió de hombros mientras respondía. Sin embargo, las conspiraciones alrededor de las misiones a la Luna de la NASA son comunes en Rusia.

La Unión Soviética abandonó su programa lunar a mediados de los años 70, luego de que cuatro cohetes experimentales explotaran.

Aparentemente estaba bromeando.

Parecía estar bromeando, dado que que sonreía y se encogió de hombros cuando respondió.

La agencia estatal noticiosa rusa RIA Novosti publicó un artículo similar el mismo día, aunque se ahorraba la referencia a la sonrisa de Rogozin. Sin embargo, al día siguiente, en un nuevo artículo, la misma agencia aclaraba que todo era una broma del director de Roscosmos:

«Es un chiste, por supuesto», dijo un representante oficial de Roscosmos a RIA Novostia en respuesta a la solicitud de un comentario acerca de las palabras del director de la empresa estatal.

No sé ustedes, pero para mí el verdadero chiste es que páginas informativas conviertan un cable de una agencia en el que se indica que un oficial ruso realiza un comentario en broma en una noticia que apalanca una de las más absurdas y extendidas teorías de la conspiración.

El chiste es que en las redacciones parece que todo vale con tal de publicar un titular atractivo que «garantice» un buen puñado de clicks.

El problema es que el chiste es tan habitual ya que hace tiempo que dejó de tener gracia. El chiste es tan malo que la broma, en realidad, hace rato que pasamos a ser nosotros, los periodistas. Lo más triste, al menos para mí, es que a nadie parece importarle.

ACTUALIZACIÓN

En ABC han cambiado, en algún momento y sin aclaración alguna en la nota, la bajada y un fragmento del artículo titulado «Rusia organizará una misión para «confirmar» si Neil Armstrong llegó a la Luna» para incluir que la afirmación del director de Roscosmos parece una broma.

Titular y bajada aparecen ahora así:

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El fragmento en cuestión del cuerpo del texto aparece ahora así:

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Así fueron publicados originalmente, sin bromitas de por medio:

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No hemos entendido nada en Kindle e iBooks

Como saben quienes siguen este blog, mi libro No hemos entendido nada: Qué ocurre cuando dejamos el futuro de la prensa a merced de un algoritmo (Debate, 2018) ha aparecido primero en Perú, con motivo de la Feria Internacional del Libro de Lima. En los próximos meses se irá publicando en otros países hispanoparlantes donde tiene presencia el grupo editorial Penguin Random House. Prometo avisar de esas fechas de publicación según se vayan confirmando.Mientras tanto, quienes no vivan en el Perú y deseen leerlo antes de que aparezcan las ediciones de otros países, pueden hacerlo en ebook, tanto en Amazon Kindle como en Apple iBooks.

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Gracias por leer.

 

 

Gwyneth Paltrow, periodista

La portada de la edición del 29 de julio de The New York Times Magazine, la revista dominical del diario neoyorquino, venía dedicada a la actriz Gwyneth Paltrow y su emporio del wellness, Goop:

La periodista Taffy Brodesser-Akner, que hace un mes había escrito un brillante perfil sobre el escritor Jonathan Franzen para la misma revista, se encarga ahora de desmenuzar con la misma inteligencia, sentido del humor, atención al detalle y un endiablado ritmo narrativo el emporio de estilo de vida y wellness que la famosa actriz californiana ha construido en los últimos diez años.

El perfil se titula «How Goop’s Haters Made Gwyneth Paltrow’s Company Worth $250 Million: Inside the growth of the most controversial brand in the wellness industry». Traduzco: «Cómo los haters de Goop hicieron que la compañía de Gwyneth Paltrow valiera 250 millones: Dentro del crecimiento de la marca más controversial de la industria del wellness«.

La prosa de Taffy Brodesser-Akner es tan afilada y el retrato que pinta –no de Gwyneth Paltrow sino de su empresa (como bien explica la periodista Anne Helen Petersen en la pieza de su newsletter que le dedica al perfil)– tan poliédrico y exhaustivo que podría dedicar varios centenares de palabras a abordar y desmenuzar el texto. Pero no quiero aburrirlos con una extensa y complicada exégesis más propia de un taller de narrativa de no ficción que de un post de este blog.

En lugar de eso, les recomiendo que lo lean. De momento solo está disponible en inglés, pero imagino que The New York Times en Español no tardará mucho en ofrecer una versión traducida.

Quiero sí detenerme en un único detalle de los muchos que me llamaron la atención. En uno de los muchos aspectos fascinantes que uno descubre y comprende al leer las casi ocho mil palabras escritas por Brodesser-Akner, y que está íntimamente relacionado con el objeto de este blog: el periodismo, como oficio e industria, en tiempos de Internet y redes sociales.

Superada la mitad del relato, Brodesser-Akner nos introduce en la breve colaboración que entablaron Goop y Condé Nast. Para quienes no lo sepan, Condé Nast es la casa editorial de revistas como Vanity Fair, The New Yorker, Wired y muchas otras publicaciones que se cuentan entre lo mejor de la prensa norteamericana.

La revista trimestral goop debutó en kioskos en septiembre de 2017. El joint venture entre la compañía de Gwyneth Paltrow y el gigante norteamericano de las revistas solo duró un número más, que apareció en enero de 2018. Después de eso, goop magazine desapareció.

Brodesser-Akner se adentra en el divorcio entre Goop y Condé Nast:

En un principio, parecía [la unión entre Goop y Condé Nast] un encaje perfecto. «Goop y Condé Nast son socios naturales, y me entusiasma mucho que ella [Gwyneth Paltrow] esté trayendo su visión a la compañía», dijo Anna Wintour, directora artística de Condé Nast y directora de Vogue, cuando se anunció el acuerdo en abril de 2017. La publicación sería una colaboración entre ambas empresas: contenido de Goop supervisado por un editor de Vogue.

Pese al entusiasmo de Wintour, las diferencias entre lo que la empresa que ella representa y lo que la compañía de Gwyneth Paltrow –que nació como un newsletter de recomendaciones en 2008 y se convirtió de forma progresiva en un site de lifestyle, una empresa de productos brandeados y una tienda virtual– entendían por «contenido» eran mucho más profundas de lo que, parece, Condé Nast y sus responsables habían anticipado.

Cuando Brodesser-Akner pregunta a Paltrow por la ruptura, esta responde:

«Fue increíble trabajar con Anna. La adoro. Es una ídola total para mí. Nos dimos cuenta de que cada quien podía hacer un mucho mejor trabajo en su propia casa. Creo que, en nuestro caso, tiene que ver con que a nosotros realmente nos gusta trabajar donde sentimos que nos encontramos en un espacio expansivo. En un lugar como Condé [Nast], de forma comprensible, hay muchas reglas.»

Y aquí empezamos a acercarnos a la parte que me interesa:

Las reglas a las que se refiere son las reglas tradicionales en el negocio de las revistas. Todas ellas estrictamente respetadas en una institución como Condé Nast. Una de esas reglas indica que no podían utilizar la revista como parte de su estrategia de «comercio contextual». Querían [los responsables de Goop] vender productos de Goop (junto a otros productos, como hacen en su site). Pero Condé Nast insistió en que debían conservar un enfoque editorial más «agnóstico». La compañía publica revistas, no catálogos. Pero, ¿por qué?, G.P. [Gwyneth Paltrow] quería saber. Paltrow quería que la revista fuera una extensión natural del site de Goop. Quería que los lectores pudieran hacer cosas como enviar un código por mensaje de texto para comprar un producto sin siquiera tener que abandonar su inerte posición de lectura para ponerse delante de la computadora. El cliente de una revista es también un cliente normal.

Las diferencias entre Goop y Condé Nast no se limitaban a dónde debían ubicar esa porosa frontera entre lo editorial y lo comercial.

…otra regla era, bueno, que la revista no podía ser sometida a fact-checking. Goop quería que goop magazine fuera distinta: que permitiera que las recomendaciones de la familia de doctores y sanadores de Goop se publicaran a través de entrevistas pregunta-respuesta sin ser disputadas ni discutidas. Esto no cumplía con los estándares de Condé Nast. Esos estándares requieren que las afirmaciones de la publicación sean respaldadas de manera tradicional por evidencia científica, como exámenes de doble ciego y estudios peer-reviewed. Las historias que Loehnen, ahora jefa de contenido de Goop, quería publicar tuvieron que ser reemplazadas a último minuto.

Al conversar con Paltrow, Brodesser-Akner descubre que la actriz y empresaria no entendía dónde residía el problema:

«Nunca realizamos afirmaciones», dijo [Paltrow]. Lo que quería decir es que nunca afirman que lo que estén diciendo sea un hecho [«fact» en el original]. Lo único que hacen es preguntar a fuentes no convencionales algunas preguntas interesantes. («Solo estamos haciendo preguntas», me dijo Loehnen). Pero, ¿qué significa «realizar afirmaciones»? Hay quien diría –entre ellos, sin duda, sus antiguos socios de Condé Nast– que significa otorgar una plataforma sin filtro a la superchería y charlatanería. Ok, ok, ¿pero qué es charlatanería? ¿Qué es superchería? ¿Se trata de afirmaciones que no han sido objeto de análisis de doble ciego o estudios peer-reviewed? ¿Cierto? Claro. Ok. G.P. [Gwyneth Paltrow] diría, entonces, ¿qué es la ciencia? ¿es esta completamente abarcadora y altruista e infalible y actúa siempre en el interés de la humanidad?

Voy a detenerme ahora en esas palabras de Gwyneth Paltrow, fundadora de Goop, y de Elise Loehnen, la ahora jefa de contenido de la empresa:

«Nunca realizamos afirmaciones», dijo [Paltrow]. Lo que quería decir es que nunca afirman que lo que estén diciendo sea un hecho [«fact» en el original]. Lo único que hacen es preguntar a fuentes no convencionales algunas preguntas interesantes. («Solo estamos haciendo preguntas», me dijo Loehnen).

¿A qué les recuerdan esas palabras?

«Nunca realizamos afirmaciones».

«Solo estamos haciendo preguntas».

¿Qué otros productores de contenido hablan así? ¿Qué otros productores de contenido demuestran un desprecio similar por los procedimientos editoriales de verificación que siempre ha respetado y respeta el mejor periodismo?

Pueden encontrar aquí unas cuantas pistas.

Lo divertido es que seguramente todos esos periodistas y editores que tan alegremente se escudan y excusan cuando son pillados in fraganti incumpliendo los requisitos mínimos para que el trabajo que realizan sea considerado periodismo –sin importar si lo hacen en un pequeño medio local, un site nativo digital o una legendaria cabecera–, se escandalizarían si se les compara con esa magnate de las pseudociencias y la charlatanería que es Gwyneth Paltrow.

Pero no, gracias a ellos y su irresponsabilidad, y al extraordinario trabajo de una periodista como Taffy Brodesser-Akner, podemos finalmente decirlo con todas sus letras:

Gwyneth Paltrow, periodista.

Bienvenida al gremio.

Pd: Si quieren entender un poco más acerca de lo que es el proceso de fact-checking o verificación de datos habitual en las grandes revistas norteamericanas, los invito a leer este estupendo reportaje escrito por Bárbara Ayuso y Borja Bauzá para la revista española Jot Down.

Al menos nos quedará una taza

Como imaginarán los que han leído algo del trabajo que vengo haciendo y que se ha convertido en este libro, esta va a ser una velada crítica y un tanto dura con mi oficio, habrá quien piense que hasta pesimista. Yo prefiero pensar que, más que de pesimismo, se trata de un optimismo interrogador.

Así que antes de empezar con los palos, me gustaría celebrar el trabajo periodístico que merece la pena celebrarse y pedir un aplauso para mis dos presentadoras, Nelly Luna de Ojo Público y Romina Mella de IDL Reporteros, dos de las mejores periodistas que conozco, dos periodistas gracias a cuyo trabajo este país es mejor, o menos peor, vamos a ser sinceros. Trabajo que hemos podido ver, en todo su esplendor, estas últimas semanas y que ha remecido hasta el tuétano nuestra delicada y maloliente institucionalidad.

No pensaba escribir nada para hoy, pero esta mañana me acerqué a una librería porque estaba buscando un libro que no encontré ayer en la feria. En esa librería tienen junto a la caja mi libro y esta taza. El dueño es amigo mío, no se vayan a creer que soy tan importante. Mientras pagaba el librito que compré y bromeaba con el dependiente acerca de cuántas tazas se habían vendido, un señor a mi lado, que había pagado ya su compra, me miraba intrigado. «Es mi libro», le dije. «Y mi taza». El tipo leyó el título y el subtítulo.

«¿Hablas solo de los medios digitales, por lo del algoritmo, digo, o también de los medios impresos?», me preguntó.

«En realidad hoy todos los medios son ya digitales, aun cuando tengan un pie a cada lado. Ocurre que el negocio impreso ha volado por los aires, y el negocio digital es todavía un misterio para todos. Un misterio que, ahora mismo, nadie parece que vaya a resolver».

«Bueno, me dijo, el negocio ha sido vivir del Estado, cobraban millones en publicidad de los gobiernos, sobre todo los miembros del cartel mediático, que actúan como sicarios mediáticos a sueldo».

«Cartel o sicariato mediático son términos un tanto exagerados», le dije. «Y, además, eso no es así. La publicidad estatal es –o era– una parte de los ingresos de los medios. No toda, ni mucho menos. Y pese a que en ocasiones se utilizaba con una discrecionalidad sospechosa, los medios brindaban un servicio a cambio: informar a los ciudadanos de políticas y programas de estado, así como publicitar iniciativas que era importante dar a conocer. El problema, en realidad, es que el modelo de negocio entero está en crisis».

«¿No serás caviar tú, no?, me soltó con una media sonrisa. «Yo he trabajado en prensa, he trabajado en un medio del cártel mediático, conozco el monstruo por dentro. A mí no me van a contar cuentos».

«Yo sé que la tentación conspiranoica es muy poderosa, pero créame que en la gran mayoría de casos, la gran mayoría de veces, no se trata de una conspiración guiada por intereses empresariales o ideológicos, si no de mera incapacidad para comprender los profundos cambios de la industria y la repercusión que esos cambios han traído, en poquísimo tiempo, a la forma de producir, distribuir y consumir información. Ya conoce el dicho: no atribuya a la malicia lo que es perfectamente explicable por la estupidez».

Seguimos conversando durante unos 20 minutos. Nunca en mi vida había visto a este hombre, probablemente nunca lo vuelva a ver, y casi seguro estaremos en desacuerdo en infinidad de temas. Pero, pese a sus prejuicios, la rabia y sarcasmo mal disimulado con que esgrimía su teoría de la conspiración, su preocupación por la prensa era sincera.

El tipo, en efecto, había trabajado en una empresa de medios, estaba informado acerca de la actualidad política, estaba pasando su domingo por la mañana comprando libros en una librería (en uno de los países con menor índice de lectura de libros del continente), le preocupaba la polarización de la discusión pública y el Perú que estábamos construyendo entre todos, clase política, medios y ciudadanos. «Es así como empiezan las guerras civiles», me dijo en un momento.

Y, pese a todo esto, estaba más dispuesto a creer que existe una elaboradísima conspiración urdida por medios de comunicación, ONGs, periodistas a sueldo, políticos y hasta organismos internacionales para imponer una ideología «caviar» y desestabilizar el país, antes que aceptar que sí, en efecto, existen distintos actores en la discusión pública que defienden sus propios intereses, que algunas veces esos intereses coinciden, pero no siempre ni mucho menos, y que los medios, en realidad, la mayoría de las veces ven pasar la pelota de ping pong de un lado a otro de la mesa incapaces de entender o influir o explicar nada porque donde antes éramos árbitro, red y hasta la misma mesa, hoy somos a duras penas recogepelotas.

Como ese hombre hay miles sino millones de personas, en este país y en todas partes, a uno y otro lado del espectro ideológico, dueños de sus prejuicios, filias y fobias, como todos, que ven con preocupación que es cada vez más difícil discutir, que se ven ellos mismos incapacitados para mantener una discusión con alguien con quien discrepan acerca de lo que sea, y que ven, además, que muchísimos medios de comunicación, esos que antes albergaban y encauzaban esa discusión, han abdicado por completo de su trabajo. Y les asusta.

No entienden bien por qué, pero no saben que nosotros mismos, los periodistas o responsables de medios, tampoco lo entendemos, también estamos asustados y que, en la mayoría de los casos, estamos tan ocupados en sobrevivir que ni siquiera podemos concedernos el lujo de detenernos un momento para reflexionar al respecto e intentar salvar algo de la casa que vemos derrumbarse a nuestro alrededor.

Por eso escribí este libro. Para intentar entender. Porque no conozco otra manera mejor de pensar que leyendo y escribiendo, aunque sufra de forma absurda delante del teclado y mis editores me odien debido a ello. Porque adoro este oficio como adoro pocas cosas, porque creo que el mundo sería un lugar peor sin esto que hacemos. Y porque creo, sinceramente, que así como ese hombre con que me topé esta mañana en esa librería, y así como todos ustedes, que me han hecho el favor de venir hoy a acompañarme, allá afuera hay mucha gente con ganas de hacerse preguntas, con ganas de entender.

Espero que este libro a todos nos sirva un poco en ese empeño. Y, si no, bueno, al menos tendremos la taza para el café.

Gracias.

*Este fue el texto de presentación del libro No hemos entendido nada, el día 22 de julio de 2018, en la Feria Internacional del Libro de Lima.

El «consumo» de Paolo Guerrero: un titular no es solo un titular

La mañana del miércoles 27 de junio, el periodista Beto Ortiz me taggeó en un mensaje público de Twitter:

Dado que conozco a Beto desde hace tiempo, le escribí un mensaje por whatsapp preguntando a qué nota se refería. Como buen periodista, no me creyó que no sabía de qué estaba hablando.

Ya he escrito en más de una ocasión que, como periodistas, una de nuestras obligaciones principales es dudar. Pero, la verdad era esa, no había visto la nota de Sergio Galarza y no tenía idea de a qué se refería Beto. Tras insistir en mi propia ignorancia, se apiadó de mí y me facilitó el link de la nota de El País a la que aludía en su tuit. La nota es esta:

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El titular, evidentemente, me llamó la atención.

A continuación, antes incluso de leer el artículo, me fijé también, guiado por uno de los mensajes de whatsapp que intercambié con Beto, en el tuit con que El País lo había compartido:

Yo no lo había visto, pero desde su publicación la tarde del martes 26, la nota, el titular, el tuit e incluso la foto que la ilustraba habían generado varias respuestas airadas de usuarios peruanos en Twitter:

Como dije antes, el titular me llamó la atención. Por erróneo. Pero además me llamó la atención que Sergio Galarza, quien firmaba la nota, pudiera haber cometido un error así.

Para quienes no lo sepan todavía, Sergio Galarza es un escritor peruano residente en Madrid. Conozco a Sergio desde hace años, he leído casi todos su libros, he jugado fútbol con él y hemos visto innumerables partidos juntos cuando yo también vivía en la capital española. Por ello, porque conozco su trabajo y sé de su devoción futbolera, me costaba creer que hubiera metido la pata de forma tan burda.

Así que leí la nota. La releí. Y la volví a leer. Y regresé al titular y la bajada, donde aparece la palabra «consumo» dos veces:

El jugador estrella de Perú, suspendido por consumo y rehabilitado para el Mundial

Paolo Guerrero, estrella de la selección, fue suspendido por consumo de droga y luego rehabilitado para jugar el Mundial.

Volví a leer el artículo una vez más. Es una viñeta corta, una columna de 485 palabras, en donde el autor pinta de forma general el ambiente que se ha vivido en Perú a propósito de la clasificación de la selección de fútbol al mundial de Rusia 2018 y se centra brevemente en «la novela» alrededor de la participación de Paolo Guerrero. Había aparecido originalmente el domingo 24 de junio en la edición impresa de El País Semanal, y recién el miércoles 27, tres días después, como es habitual con muchos contenidos de ese suplemento, fue publicado en la página web del diario.

Más allá del titular y la bajada, la única mención que la nota hace al resultado analítico adverso que estuvo a punto de dejar al capitán de la selección peruana fuera del Mundial es esta:

Una prueba antidopaje había detectado en su cuerpo la presencia de benzoilecgonina, principal metabolito de la cocaína. Su suspensión se convertiría en la principal novela nacional.

La precisión de esas 26 palabras, creo, es incontestable. Cosa que no ocurre con el titular. Para cerciorarme, volví a leer la nota. Y, luego, como me llamaba tanto la atención la disonancia entre ambos, hice esto:

Screen Shot 2018-06-27 at 11.42.35 AM

Busqué cuántas veces aparecía la palabra «consumo» en el texto. Únicamente dos. Una en el titular, otra en la bajada.

Así que escribí a Sergio por whatsapp. Me respondió de inmediato. Mi pregunta, tras leer el texto varias veces, era sencilla: ¿ese titular lo pusiste tú?

La respuesta de Sergio fue rápida: «No. Lo pusieron en la redacción. Lo he dicho en Facebook y me han citado luego en El Comercio. Mi titular era ‘Todos de acuerdo con la pelota'».

Esto es lo que Sergio había dicho en su muro de Facebook:

Ante esa respuesta, le pedí el contacto del editor o editora responsable en El País. «Es Amelia Castilla», me dijo. Y me dio su teléfono.

Acto seguido, le escribí a través de whatsapp. Amelia Castilla es redactora jefe de El País Semanal, la revista que publica el diario los domingos. En mi mensaje le decía que quería hacerle un par de preguntas sobre la nota escrita por Sergio Galarza.

Castilla tardó poco en responder. «Lo que necesites», me dijo en su mensaje. Minutos después hablamos por teléfono. En un primer momento, la editora no parecía entender las reacciones que el artículo había producido en las redes sociales peruanas.

«¿Has leído la nota?», me preguntó amablemente.

Le dije que sí. Y que el problema no era la nota sino el titular. Que, de hecho, el problema era que el titular y la bajada no trataban el delicado asunto del resultado analítico adverso de Paolo Guerrero con la precisión que el cuerpo del artículo sí hacía.

Recuerden:

Una prueba antidopaje había detectado en su cuerpo la presencia de benzoilecgonina, principal metabolito de la cocaína. Su suspensión se convertiría en la principal novela nacional.

De ahí a «El jugador estrella de Perú, suspendido por consumo y rehabilitado para el Mundial» hay un salto mortal grande que, sobre todo, exhibe una certeza que, en realidad, nadie tiene. Volveré a esto último más adelante.

«Pero es solo el titular», replicó Castilla. «El titular intenta interpretar y resumir la nota».

Le pregunté a Castilla si, como me había dicho Sergio Galarza, el titular y la bajada publicadas en el diario no eran suyos.

«Sí, claro, ese titular lo pusimos aquí en la redacción. Como sabes, el derecho de titulación es del medio. No recuerdo ahora mismo el titular de Sergio, pero era distinto».

¿Consultaron con él ese titular final?

«No solemos consultar los titulares con los autores. No sabría decirte con seguridad si se lo consultamos esta vez, pero diría que no».

¿Eres consciente de que el titular con que apareció la nota es, cuando menos, impreciso?

«Como te decía, el titular intenta resumir la nota. La nota es sobre la pasión futbolera que hay actualmente en Perú. Si han leído la nota, lo entenderán. Está claro que muchos de los que la critican no la han leído y se quedan solo en el titular».

Por supuesto, le dije. Pero a la vez, los periodistas somos o debemos ser conscientes de que es así cómo leen muchos usuarios de redes sociales. El titular es también información, no un adorno, ni mucho menos un cuerpo extraño ajeno al artículo.

«De acuerdo. Pero, si la sustancia fue encontrada en su organismo, la tiene que haber consumido de algún modo, ¿no?»

En efecto, en sentido estricto, si la prueba antidopaje arroja que existía en el cuerpo de Paolo Guerrero un metabolito derivado de la cocaína, el futbolista tendría que haber «consumido» la sustancia de algún modo.

Consumido en el sentido de ingerido.

Pero ese no es el sentido con que utilizamos «consumo» cuando hablamos de drogas. Consumo es una palabra que levanta y señala con el dedo. Una palabra acusatoria. Consumo es un juicio moral camuflado de sustantivo. Y más, por supuesto, si la imagen que acompaña el titular y la bajada es esta:

foto nota Paolo Guerrero EPS
Dos policías delante de un grafiti con el rostro del futbolista Paolo Guerrero, una de las estrellas de la selección de Perú / Cris Bouroncle. Fuente: El País

Pero, además, como sabe cualquiera que haya seguido con un poco de atención la «novela» de Paolo Guerrero y esa prueba antidopaje, el futbolista y sus abogados defienden que no hubo consumo de ningún tipo. De cocaína, quiero decir.

El capitán de la selección peruana, según ha explicado en varias ocasiones, habría bebido, por error o por contaminación, una infusión de mate o té de coca. Y es por ello que la prueba realizada el día 6 de octubre de 2017, luego del partido en que la selección peruana empató 0-0 con la selección argentina, habría arrojado un resultado analítico adverso por benzoilecgonina, un metabolito de la cocaína.

¿Es esto posible? Sí, lo es. Yo he encontrado por lo menos dos estudios que señalan que es posible que aparezca en el cuerpo humano benzoilecgonina luego de haber ingerido mate de coca.

¿Sabemos, a ciencia cierta, que eso es lo que ocurrió? No, no lo sabemos. Pero tampoco sabemos lo contrario, como afirma el titular del diario El País.

¿Qué es lo que sí sabemos? Sabemos, como decía Sergio Galarza en su nota y explicaba yo unas líneas arriba, que tras ese partido con Argentina en octubre de 2017, «una prueba antidopaje había detectado en su cuerpo la presencia de benzoilecgonina, principal metabolito de la cocaína».

Sabemos que a raíz de eso, en diciembre de 2017, la FIFA le impuso una primera sanción de un año a Guerrero. Y que, tras un recurso interpuesto por el propio jugador, la Comisión Disciplinaria de la FIFA redujo el periodo de suspensión a seis meses*.

Sabemos que cinco meses después, el día 14 de mayo de 2018, ante las apelaciones que realizaron tanto el propio jugador como la Agencia Mundial Antidopaje (WADA, por sus siglas en inglés), el Tribunal Arbitral Deportivo (TAS, por sus singlas en francés) elevó la sanción a 14 meses. Lo que, de cumplirse, hubiera impedido a Guerrero disputar el mundial de Rusia 2018.

Sabemos, por último, que el 31 de mayo, el Tribunal Federal suizo, instancia ante la que Guerrero había presentado una nueva apelación, concedió al jugador peruano una medida cautelar que suspendía de forma «súper provisional» los efectos de la sanción impuesta por el TAS. Gracias a ello, Guerrero pudo jugar el mundial, donde anotó un gol en los tres partidos que la selección peruana disputó en primera ronda.

No sabemos qué ocurrirá después.

De todo ello, por cierto, ha escrito en su momento y con precisión la corresponsal stringer de El País en Lima, Jacqueline Fowks.

Para terminar mi amable conversación con Amelia Castilla, le pregunté si era consciente del error cometido con el titular y si el diario pensaba rectificar.

Me respondió: «Vamos a estudiarlo, estamos viéndolo. Si nos hemos extralimitado y hay gente que se ha sentido mal, lo siento mucho, de verdad. En ningún caso pensamos que podía ocasionar este estado de malestar».

Ojalá lo hagan.

ACTUALIZACIÓN

Luego de publicado este post, gracias al aviso de un amigo vía whatsapp, comprobé que El País había cambiado el titular y la bajada del artículo firmado por Sergio Galarza, eliminando las referencias al «consumo» que hacía en la versión anterior. Hasta donde he podido ver, el diario no ha realizado ninguna otra comunicación al respecto.

Este es el nuevo titular:

El jugador estrella de Perú, suspendido y rehabilitado para el Mundial

Una prueba antidopaje detectó en su cuerpo el principal metabolito de la cocaína. Su suspensión se convirtió en la principal novela nacional. Guerrero marcó el segundo de los goles de Perú en el último partido de su selección en Rusia. El país llevaba 36 años sin marcar en un Mundial

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ACTUALIZACIÓN

El domingo 1 de julio, la Defensora del Lector de El País, Lola Galán, publicó un artículo a propósito de lo ocurrido con la nota de Sergio Galarza en el suplemento El País Semanal.

Screen Shot 2018-06-30 at 7.28.30 PMEn la columna, que se puede leer íntegra en la edición web del diario, Galán señala el origen del error cometido por los responsables del suplemento y ofrece sugerencias para evitar errores similares en el futuro:

El artículo de Galarza es un texto literario en el que la peripecia de Guerrero permite al escritor abordar la personalidad del futbolista y la intensidad de la pasión mundialista que ha vivido Perú. Cambiar el titular en el sentido que se hizo sin conocer a fondo el tema ha sido una imprudencia.

El País Semanal ha corregido el error, (El jugador estrella de Perú, suspendido y rehabilitado para el Mundial, se lee ahora en el titular). Error que no se habría producido si el equipo del EPS hubiera consultado el cambio de título con el autor del texto. Entiendo que no siempre es posible, pero hay que procurar hacerlo siempre.

 

*Una versión anterior de este texto omitía, por error, que la primera sanción impuesta por la FIFA a Paolo Guerrero fue de un año. Sanción que, dos semanas después, fue reducida a seis meses por la Comisión Disciplinaria de la FIFA.

Netflix, los abrazos, las miradas, #MeToo, el amarillismo y las fake news

La mañana del viernes 15 de junio apareció en mi newsfeed de Facebook –un espacio cada vez menos hospitalario para el contenido noticioso gracias a los cambios de algoritmo de la red social– un titular que me distrajo por un momento de la fiebre mundialista.

El titular pertenecía al diario español/catalán La Vanguardia y decía así:

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Lo llamativo del titular, sumado a la penetrante –cof cof– mirada de Kevin Spacey, me obligaron a dar click en la «noticia».

Esto decía el primer párrafo del artículo de La Vanguardia que iba firmado con un «Redacción Barcelona»(las negritas son mías):

En Netflix se toman muy en serio el acoso y los abusos de índole sexual en los rodajes de sus producciones después de la controversia de House of cards por culpa del comportamiento de Kevin Spacey. Tanto es así que incluso está prohibido mirar otra persona durante más de cinco segundos, según informa The Independent.

Prohibido.

según informa The Independent.

El segundo párrafo continuaba (las negritas son mías):

Parece ser que los principales responsables de los sets de rodaje han tenido que asistir a cursos para combatir y detectar el acoso en el trabajo y que se han establecido nuevas normas de conducta para mejorar la convivencia en el rodaje.

Parece ser.

Cursos para combatir y detectar el acoso.

Normas de conducta para mejorar la convivencia.

El tercer párrafo abunda en esas supuestas «normas de conducta» que, «parece ser», se han establecido en los rodajes de Netflix:

No solamente está prohibido quedarse mirando un compañero del equipo durante más de cinco segundos (lo que se percibe como “repugnante”) sino que tampoco se puede exceder en los abrazos, no se puede flirtear y no se puede ir pidiendo números de teléfono por razones que no sean estrictamente profesionales.

¿Cómo se pasa de «parece ser» y unos «cursos para combatir el acoso» a afirmar que «incluso está prohibido mirar otra persona durante más de cinco segundos»?

Dado que la nota de La Vanguardia no menciona ninguna fuente –léase un testimonio, comunicado o documento interno– me fui a buscarla a The Independent. De donde el redactor anónimo del diario catalán, según propia confesión, había levantado la noticia. Ahí, me dije a mí mismo, seguramente encontraré a ese valiente whistleblower que ha dado un paso al frente para terminar con la dictadura de lo políticamente correcto en una de las compañías de entretenimiento más grandes del mundo.

Este es el titular en el site del diario británico:

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«Miembros de los equipos de rodaje de Netflix ‘tienen prohibido mirarse unos a otros por más de cinco segundos’ debido a enérgicas medidas por el #metoo».

Digamos, para ser generosos, que el redactor anónimo de La Vanguardia no le dio muchas vueltas al asunto. Pero eso no era lo importante. Lo importante era descubrir cómo sabía Christopher Hooton, editor de Cultura de The Independent, que Netflix había implementado estas ridículas y abusivas normas.

Estos son los tres primeros párrafos de la nota de The Independent (la traducción y las negritas son mías):

Netflix ha inplementado un nuevo curso contra el acoso, como resultado del movimiento #MeToo que ha sacudido Hollywood y ha afectado la producción de su show House of Cards.

Se habrían impuesto nuevas normas que, supuestamente, incluirían no mirar a nadie más de cinco segundos, así como la prohibición de abrazos prolongados, coqueteo y pedir el número de teléfono a un colega de trabajo.

«A todos se nos ha hablado de #MeToo», dijo un asistente de producción que trabaja en la nueva temporada de Black Mirror a The Sun.

«El personal de alto rango asistió a una reunión sobre acoso para enterarse de qué es apropiado y qué no. Mirar a alguien por más de cinco segundos se considera creepy«.

«No debes preguntar por el teléfono de nadie a menos que esa persona haya dado permiso de que su número sea distribuido. Y si ves algún comportamiento inadecuado, debes reportarlo de inmediato»

«La situación ha generado bromas en las que personas se miran unos a otros contando hasta cinco y luego desvían la mirada»

Habrían.

Supuestamente.

¿Cómo se pasa de «habrían» y «supuestamente» a titular «Miembros de los equipos de rodaje de Netflix ‘tienen prohibido mirarse unos a otros por más de cinco segundos'», cita textual entrecomillada incluida?

The Independent, de forma similar a La Vanguardia, dirige al lector a otro medio cuando toca atribuir la fuente. Esta vez, el link nos conduce al site del tabloide británico The Sun.

Esta es la nota de The Sun a la que hace referencia Hooton:

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Convengamos en que, fiel al estilo de The Sun, el titular al menos tiene algo de gracia: un juego de palabras con una sílaba del nombre de la compañía, «flix», y la interjección inglesa «fuck» para empezar. Por lo demás, una cita textual (enmarcada en comillas simples) que indica que «se ha prohibido mirar fijamente, coquetear y dar abrazos». Normas que a juicio del redactor del titular son «delirantes» (barmy).

¿Qué más dice la nota de Stephen Moyes (quédense por un momento con ese nombre, ya volveré a él)? ¿Nos revela Moyes algo más de su fuente, algún detalle extra que nos invite a confiar en lo que afirma? ¿De dónde viene, en última instancia, la «información» difundida por varios sites noticiosos en inglés y medios en español como 20 Minutos, El Periódico, Clarín o el portal cinematográfico Sensacine, la «información» que hizo que incluso el influyente periodista mexicano Joaquín López Doriga mostrara su extrañeza por las «nuevas normas» de Netflix ante sus casi 8 millones de seguidores en Twitter?

Así comienza el artículo en The Sun (la traducción es mía):

Netflix ha prohibido a los miembros de sus equipos de rodaje mirar a alguien por más de cinco segundos con unas reglas delirantes.

Otras de estas normas incluyen no pedir los teléfonos de compañeros de trabajo y exhortar al personal que sienta que está siendo incordiado: ¡Detente! ¡No lo vuelvas a hacer!

El resto del artículo no dice nada que no se hayan encargado ya de repetir The Independent, La Vanguardia y demás. En resumen:

  • Prohibido mirar a la gente más de cinco segundos.
  • No dar abrazos prolongados.
  • Si te sientes acosado, debes gritar: ¡Detente! ¡No lo vuelvas a hacer!
  • No se debe pedir el teléfono de un compañero de trabajo a menos que esa persona haya autorizado que se haga público su número.
  • Reportar los comportamientos inadecuados o no consentidos.
  • El personal de alto nivel ha debido asistir a reuniones sobre acoso.

¿Explica el periodista Stephen Moyes de dónde procede la información? No. Moyes zanja la cuestión con un escueto «an on-set runner said». Léase, «dijo un asistente de producción». Y ya.

La nota va ilustrada con dos imágenes. La primera es una imagen de stock atribuida a la agencia Associated Press:

Screen Shot 2018-06-15 at 4.57.44 PM.png

Ojo a ese pie de foto: «Aparentemente a algunos trabajadores de Netflix se les ha pedido que asistan a reuniones sobre acoso».

Aparentemente.

La segunda imagen es esta, una especie de cartel o panfleto con las supuestas «nuevas normas»:

jh-composite-graphic-p11-netflix

¿Es ese supuesto cartel o panfleto un documento interno de Netflix? ¿Es esa la prueba de las «normas delirantes» impuestas por la compañía?

No. Es una imagen armada por un diseñador del diario en base a la información proveniente de ese supuesto «asistente de producción. ¿Cómo lo sé? Primero, porque Moyes no hace alusión alguna al cartel en su nota. Es más, a diferencia de la otra imagen, esta no lleva ni siquiera pie de foto. Pero, además, si uno descarga la imagen de la web de The Sun, podrá ver que el archivo lleva el siguiente nombre: jh-composite-graphic-p11-netflix.jpg. Composite. O sea, una imagen compuesta a partir de distintos materiales.

Lo que sí dice el artículo de Stephen Moyes es qué respondieron en Netflix cuando se les preguntó por las supuestas normas y talleres sobre acoso. En un comunicado oficial la compañía dijo:

Estamos orgullosos de los cursos contra el acoso que ofrecemos en nuestras producciones. Queremos que todos nuestros rodajes sean espacios de trabajo seguros y de respeto. Creemos que los recursos que ofrecemos empoderan a las personas en nuestros sets para que alcen la voz, y no deben ser trivializados.

El comunicado no dice nada específico sobre las supuestas normas que prohiben miradas o abrazos prolongados. Pero en otro artículo, este publicado por el site Quartz, la periodista Leah Fessler contacta a una representante de Netflix para preguntar si «en realidad habían instituido una regla de no mirar fijamente por más de cinco segundos». La representante, por supuesto, respondió que esa regla no existe, pero «la recomendación fue discutida en una de las sesiones de un taller contra el acoso».

Los invito a hacer un experimento. Levanten la vista de la pantalla donde están leyendo esto y miren fijamente, contando hasta cinco en la cabeza, a la primera persona que tengan delante. No sé si serán acusados de acoso, pero es probable que hagan pasar a esa persona un momento incómodo.

¿Es una locura que una empresa que ha debido lidiar hace poco con un serio escándalo de acoso protagonizado por uno de sus más conocidos colaboradores sugiera a sus trabajadores, en el marco de otras recomendaciones, evitar a otros colegas esa incomodidad?

A fin de cuentas, todo este artículo podría resumirse así:

–¿Tienen constancia Stephen Moyes, Christopher Hooton o el redactor anónimo de La Vanguardia de que Netflix haya prohibido mirarse por más de cinco segundos o abrazarse a su colaboradores? No.

–¿Afirma la única fuente anónima mencionada, «un asistente de producción», que Netflix haya impuesto esas supuestas normas? No.

En realidad, si uno lee con atención lo que Moyes dice que su fuente dijo, en citas textuales, es:

«Se nos habló a todos sobre #MeToo»

«El personal de alto rango asistió a una reunión sobre acoso para enterarse de qué es apropiado y qué no. Mirar a alguien por más de cinco segundos se considera creepy«.

–¿Significa eso que Netflix ha instaurado normas que prohiben a sus trabajadores mirarse los unos a los otros por más de cinco segundos? No

Entonces, ¿por qué The Sun, The Independent, La Vanguardía y cía escriben artículos donde afirman lo contrario?

Bueno, se llama clickbait, amarillismo, fake news, y lo he discutido in extenso en distintos artículos de este blog.

De hecho, el periodista de The Sun y artífice principal de este falso drama, Stephen Moyes, es todo un experto en la materia.

Aquí Moyes y su colega Alex Diaz aseguraban que había una campaña de activistas anti-armas de fuego para que el extremo del Manchester City Raheem Sterling fuera separado de la selección de fútbol inglesa debido a un tatuaje de un rifle M16 que el futbolista luce en la pierna derecha:

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El único testimonio contra el jugador, además de un par de tuits, era el de Lucy Cope, responsable de una pequeña organización (no cuenta ni siquiera con página web) llamada Mothers Against Guns (Madres Contras las Armas de Fuego), quien decía que «el tatuaje es repugnante» y que Sterling debía ser apartado de la Copa del Mundo a menos que se lo retirara.

¿Puede afirmarse a partir de ese único pedido que hay una campaña para que Sterling fuera apartado de la selección menos de un mes antes del Mundial de Rusia? No. Pero qué más da.

Aquí pueden disfrutar de otro de los grandes éxitos del periodista Stephen Moyes:

Screen Shot 2018-06-15 at 7.51.30 PM

«La mansión de Adele está ‘embrujada'». Imagino que no hace falta que prosiga.

Bueno, ese es el autor y ese es el medio que afirmaban hace un par de días que Netflix había prohibido los abrazos y las miradas prolongadas a sus trabajadores por culpa del #MeToo.

Sí, claro.

ACTUALIZACIÓN

Mientras escribía este artículo intenté contactar con los periodistas cuyas notas dieron origen a ese sinfín de artículos clonados que convencieron a parte de la audiencia de redes sociales de que Netflix estaba imponiendo unas ridículas normas de conducta en sus rodajes.

Por suerte, uno de ellos me respondió. Le escribí a Christopher Hooton, editor de Cultura de The Independent, el día 15 a través de un mensaje directo de Twitter, en el que le decía que tenía algunas dudas sobre su artículo y me gustaría hacerle algunas preguntas.

Hooton me contestó horas después, amablemente, pero diciéndome que el reporte original venía de The Sun, «así que no sé cuánto podré ayudarte».

Mis preguntas eran muy simples:

  • Entonces, ¿no chequeaste la información, tan solo te limitaste a citar el artículo de The Sun?
  • La nota de The Sun era bastante sospechosa, ¿no te parece? ¿Por qué reproducirla sin el procedimiento de verificación necesario?

Hooton, en un mensaje posterior, me dijo que pidió a Netflix que refutaran el reporte de The Sun, pero «se negaron a hacerlo, y en su lugar emitieron un comunicado donde defendían sus cursos contra el acoso».

A lo que yo repliqué:

Pero «cursos contra el acoso» no es lo mismo que «Miembros de los equipos de rodaje de Netflix ‘tienen prohibido mirarse unos a otros por más de cinco segundos’ debido a enérgicas medidas por el #metoo», que es como iba titulada tu nota. Aun así, ¿sigues respaldando lo que escribiste?

En su último mensaje, la mañana del lunes 18 de junio, Hooton respondió:

Sí. En la nota se enfatizaba que estaba basado en la información de otro artículo y se le dio a Netflix la oportunidad de responder, se les pidió que refutaran lo dicho sobre esas técnicas específicas y se negaron a hacerlo. Gracias.

La razón por la que insistí con Hooton es porque no se trata de un mero redactor atado a una silla, con la mirada clavada en su newsfeed o una pantalla de televisión, que poco puede hacer ante las exigencias de tráfico y artículos virales de sus superiores. No es que un redactor no tenga responsabilidad por aquello que escribe, pero sí es cierto, como saben quienes han trabajado en una redacción, que la responsabilidad exigible a un redactor –así como su poder de decisión– no es igual a la que pesa sobre los hombros de un editor.

Hooton, como señala la página web de The Independent, es editor de Cultura del diario.

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Pese a ello, opina que basta con una llamada a la parte afectada y una respuesta negativa ante la pregunta planteada, para publicar un artículo completamente basado en un único y confuso testimonio de una fuente que él mismo desconoce.

¿Tiene constancia Hooton de que Netflix ha impuesto las normas que señala en su artículo? No, ninguna. ¿Le consta que The Sun, el medio al que cita, haya verificado ese confuso testimonio que, como ya expliqué, en realidad no afirma lo que su titular grita con tono acusatorio? No, tampoco. ¿Es lo mismo realizar cursos contra el acoso en los que se discute sobre qué es apropiado y qué no en el ambiente laboral que imponer normas ridículas como «prohibir abrazos o miradas de más de cinco segundos»? Evidentemente no. ¿Basta que Netflix se niegue a responder sobre un detalle concreto de esa acusación para lanzarse a afirmar lo contrario en un artículo? No, por supuesto que no.

Entonces, ¿por qué si ni The Independent ni The Sun disponen de evidencia alguna para respaldar sus acusaciones, siguieron adelante con esos artículos aun cuando Netflix explicó en el comunicado que no estaban más que realizando talleres contra el acoso?

Porque para esos medios, al parecer, contar que una gigantesca compañía internacional que recientemente ha debido enfrentar un escándalo de acoso se toma en serio el asunto, busca prevenir futuros daños y mejorar la convivencia entre sus colaboradores no es noticia suficiente. Aunque sea verdad. Porque, ya conocen el dicho, que la realidad no te estropee un buen titular. Aunque sea mentira.

La muerte de Anthony Bourdain y la necesidad de la crítica cultural

Una de las cosas en que más pienso desde hace un buen tiempo, desde que empecé la escritura de No hemos entendido nada, es un tema que seguramente no le importa a nadie más, pero que a mí me supone un quebradero de cabeza.

Pienso, a veces, mientras leo y reflexiono sobre los enormes cambios en los hábitos de consumo de información, el sistema de producción de noticias y el ecosistema de medios, que una de las claves para comprender hacia dónde va el oficio periodístico y avanzar sin perder demasiado el norte se encuentra oculta en la respuesta a una pregunta que vengo haciéndome hace demasiados meses.

La pregunta es simple en su formulación. Pese a ello no he sido aún capaz de responderla de forma que me satisfaga. Llevo meses acumulando lecturas y aproximaciones al tema, recopilando notas, ejemplos y un sinfín de evidencia circunstancial. Acabo de comprobar que el borrador donde voy colocando links y ensayando ideas lleva abierto en el content manager de WordPress desde noviembre del año pasado. Y, en realidad, ese borrador inacabado es la segunda encarnación de un post que empecé a escribir meses antes y eliminé luego, cuando sentí por primera vez que no encontraba salida a la pregunta que planteaba.

La pregunta, como decía, es simple: ¿Para qué sirve un crítico cultural en tiempos de redes sociales?

Por supuesto, no soy, ni mucho menos, el único escritor intentando responderla.

Un autor que admiro profundamente, Alex Balk, editor y cofundador de ese oasis de inteligencia online que era The Awl (cerrado en enero de 2018), escribía en 2016 a propósito de Pete Wells, el crítico de restaurantes de The New York Times (lean, si pueden, a Wells, y lean también este perfil que le dedicó Ian Parker en The New Yorker), una pieza titulada El único crítico que importa. Balk hacía uso de su elocuencia y crudeza habitual para señalar aquello que muchos lectores piensan pero pocos nos atrevemos a decir en voz alta:

La crítica de libros es mala (lean tres reseñas del mismo libro y se darán cuenta de que todos los reseñistas usaron una cita idéntica del primer capítulo que de seguro se encontraba en algún lugar del dossier promocional adjunto a las galeradas, para luego esforzarse en demostrar que saben más del tema del libro que el propio autor, antes de emitir un veredicto habitualmente positivo); la crítica musical, en una época en la que todo el mundo puede escuchar cualquier cosa casi al mismo tiempo que el reseñista, es irrelevante; la crítica televisiva está llena de gente que siente que tiene que defenderse por pasar tanto tiempo viendo televisión e intenta de forma desesperada autoconvencerse de que la tv es la nueva literatura

Balk es excesivamente severo en su juicio adrede para reforzar su argumento, y de seguro más de un lector atento y curioso podría oponer ejemplos de críticos valiosos que escapan a esa cruel descripción. Pero ese no es el punto central de su artículo. El punto central es que, gracias a Internet y las redes sociales, la crítica profesional se ha vuelto irrelevante tanto para los lectores como para la industria que produce los artefactos culturales objeto de sus reseñas.

A propósito de eso mismo escribía hace casi un mes Rowland Manthorpe, editor de la edición británica de la revista Wired. En un ensayo titulado Childish Gambino and how the internet killed the cultural critic, Manthorpe explicaba que This Is America, el último video musical de Childish Gambino, alter ego del actor Donald Glover, lo había golpeado de tal forma que se puso a buscar inmediatamente artículos al respecto. Casi no encontró nada que estuviera a la altura de su curiosidad y apetito. «Quería profundidad. En su lugar, me topé con listicles«, escribe.

Párrafos después, Manthorpe resumía así la desconfianza y/o falta de interés con que el público (no) lee hoy reseñas o críticas hechas por un profesional:

En un mundo de opiniones candentes, la crítica es fría, lenta y distante. ¿Quién quiere oír acerca de una novela que nunca ha leído o una película que no va a ver o, en el caso del teatro, una obra a la que con casi toda certeza nunca asistirá? Quizá si tienes intenciones de comprar una entrada o una copia, pero en ese caso, ¿qué te garantiza que la reseña no vaya a arruinarte el final? La alergia a los spoilers en redes sociales es una sentencia de muerte para el trabajo crítico de cualquier tipo.

En el peor de los casos, una reseña es, a fin de cuentas, tan solo una opinión. Y cuando todo el mundo puede exponer su opinión el valor de esta se ve disminuido. Si uno quiere saber si vale la pena ver una película, tiene mucho más sentido ir a Rotten Tomatoes o dejar que Netflix le haga una recomendación. ¿Por qué depositar nuestra fe en una única voz cuando podemos confiar en los datos?

Líneas más adelante, Manthorpe explica el malentendido que reside en esa visión:

Es cierto, los críticos ponen calificaciones y recomiendan; pero, sobre todo, critican, y eso es algo muy diferente. Una buena reseña cata el aire cultural para descubrir el hedor de hipocresía, el aroma dulce de la verdad, la esencia de lo que está por venir. Una buena reseña es generosa, o cruel, pero nunca titubeante. Una buena reseña es, a su manera, tan valiosa artísticamente hablando como el objeto de la crítica.

Pensaba en todo eso la mañana del viernes 8 de junio, luego de que me despertara con la noticia de que Anthony Bourdain se había suicidado. Bourdain, como seguramente saben, es –me resisto a escribir era– un autor y presentador de televisión especializado en viajes y comida. El periodista gastronómico más importante e influyente del mundo en una época en que comer se ha convertido en el principal evento cultural de nuestras vidas.

Bourdain, saltó a la fama en el año 2000 con un libro de memorias sobre su trabajo como cocinero. Luego del éxito de Kitchen Confidential, se convirtió en una estrella televisiva, encadenando una serie de programas gastronómicos que lo llevaron a todos los rincones del planeta y le hicieron acumular seguidores en todos los idiomas.

El éxito de sus libros y shows televisivos convirtió a Bourdain no solo en una celebridad global sino en un hombre clave para entender la cultura popular de los últimos 20 años. Incluso si uno no ha leído jamás uno de sus libros o no ha visto un solo episodio de No Reservations (2005–2012) o Parts Unknown (en el aire desde 2013 hasta el día de hoy: la muerte de Bourdain ocurrió mientras grababa un episodio en Francia para la nueva temporada), difícilmente haya escapado a la influencia de este ex cocinero reconvertido en escritor que odiaba el brunch y popularizó el mantra según el cual no hay que pedir pescado los lunes en los restaurantes.

Bourdain es uno de los responsables de que hoy los chefs compitan en celebridad con deportistas y estrellas de cine, de que nuestro feed de Instagram esté repleto de imágenes de platos de comida y de que miles sino millones de personas alrededor del mundo planifiquen sus vacaciones pensando en los restaurantes donde van a comer. Pocos autores contemporáneos han moldeado de forma tan inmediata y palpable el mundo en que vivimos, incluso yendo más allá de las fronteras de su nacionalidad e idioma.

Así que luego de leer tres o cuatro notas rápidas buscando detalles sobre lo que había ocurrido, me fui a buscar textos antiguos sobre Bourdain, a la espera de que alguno de los muchos periodistas gastronómicos que sigo en Twitter y leo con frecuencia escribiera algo a la altura del personaje y su legado.

Primero recordé este perfil que le dedicó The New Yorker en febrero de 2017. En él Patrick Radden Keefe revela, entre otras cosas, la dedicación con que Bourdain persiguió una carrera literaria desde mucho antes de que The New Yorker le publicara, en 1999, el ensayo que terminaría convirtiéndose en Kitchen Confidential:

Cuando Bourdain cuenta su propia historia, con frecuencia hace que parezca que el éxito literario fue algo que le cayó del cielo; en realidad, pasó años intentando que la escritura fuera su pasaje de ida fuera de la cocina. En 1985 empezó a enviar manuscritos no solicitados a Joel Rose, quien por entonces editaba una revista literaria de Nueva York, Between C & D. «Para decirlo de forma sencilla, mi deseo por la letra impresa no conoce límites», escribió Bourdain en una carta de presentación que envió junto a una serie de dibujos y relatos.

Ese mismo año, según cuenta Keefe, Bourdain se matriculó en el taller de escritura de Gordon Lish, el legendario editor de Raymond Carver. Pasarían otros diez años hasta que Bourdain publicara una novela, Bone in the Throat (1995), que no leyó nadie en su momento, y cuatro más para que David Remnick, editor de The New Yorker, recibiera y aceptara el manuscrito que le daría la vuelta a la carrera del cocinero.

Luego recordé una entrevista reciente, realizada por Isaac Chotiner para Slate, en la que, a la luz del movimiento #MeToo y las denuncias de acoso sexual de Harvey Weinstein y otros hombres poderosos, Bourdain discute hasta qué punto su libro y él mismo han sido responsables de romantizar la cultura machista que sobrevive en muchas cocinas profesionales:

Y he estado pensando mucho acerca de Kitchen Confidential. En cuando iba a firmas de libros algunos años después de que se publicara Kitchen Confidential y alguna gente, sobre todo tipos, me hacía high-five con una mano y me deslizaba un paquetito de cocaína con la otra. Y yo pensaba, compadre, ¿acaso no has leído el libro? ¿qué carajo te pasa?

(…)

He tenido que preguntarme, y lo he hecho durante un buen tiempo, ¿hasta qué punto en ese libro ofrecí validación a estos cabezas de chorlito?

Si lees el libro, ahí hay muchas palabrotas. Mucha sexualización de la comida. No recuerdo nada particularmente lascivo o lúbrico en el libro más allá de esa primera escena en la que siendo un muchacho joven veo al chef teniendo relaciones sexuales consentidas con una cliente. Pero aún así, eso también pertenece a esa cultura de machos idiotas.

Leí también los varios tuits que le dedicaron algunos de sus amigos del mundo gastronómico.

Pero fue recién cuando me topé con esta pieza escrita a las pocas horas de la muerte de Bourdain por Helen Rosner, la corresponsal gastronómica de The New Yorker, que caí en cuenta de que no me bastaba con volver a revisar notas antiguas sobre Bourdain o escritas por él. Fue cuando leí lo siguiente que empecé a caer en cuenta de que, si bien aún no encuentro la forma de explicar para qué sirve un crítico cultural en nuestros días, quizá sí puedo mostrarlo con algunos ejemplos:

La atracción por los secretos detrás de la fachada -por el frenético e insinuado manejo de escena tras bambalinas– es quizá el tema principal que recorre toda la obra de Bourdain. Era un lector inagotable, en busca no solo de conocimiento y diversión sino de herramientas para el oficio. Fue más un creador que una estrella televisiva: un obsesivo aficionado del cine que confeccionaba cada episodio de Parts Unknown como si se tratara de una película, guionizando cada toma, cada cortinilla musical, cada arreglo visual. Cuando lo entrevisté para un podcast en 2016, hablamos de cómo utilizaba esas herramientas narrativas como una manera de acercarse a su público, de atraerlos a un territorio en el que pudieran de verdad entender aquello que él les estaba mostrando. «Uno quiere que sientan lo que sintió uno mismo en ese momento, si está narrando algo que ha experimentado», dijo. «O quiere acercarlos a cierta opinión o forma de ver las cosas».

(…)

Bourdain, en efecto, creó el personaje de «chef chico malo», pero con el paso del tiempo empezó a ver sus efectos perniciosos en la industria de restaurantes. Con Medium Raw, la secuela de Kitchen Confidential publicada en 2010, intentó volver a narrar su historia desde un lugar mucho más sensato: las drogas, el sexo, los ademanes de hijo de puta arrogante, ya no como manual de instrucciones sino como advertencia.

Lo mismo pensé cuando leí poco después este artículo escrito por Jeff Gordinier, editor gastronómico de Esquire:

La gente insiste en clasificar a Bourdain como chef, pero esto siempre me ha parecido raro. Él mismo ha admitido que fue un chef mediocre. Lo que hacía brillar a Bourdain era la escritura. Gracias a su talento y fuerza de voluntad y carisma y sudor y hambre, Bourdain se convirtió en el más destacado escritor gastronómico y de viajes de su tiempo. Su ascenso coincidió con un momento en la cultura americana en el que, de pronto, los chefs se convirtieron en personajes más interesantes (más auténticos, menos maquillados, más volubles, menos manipuladores, o al menos eso pensábamos) que las estrellas de cine o los músicos. Bourdain se convirtió en el bardo oficial de esta era, como Hunter S. Thompson en la campaña electoral de 1972 o Pauline Kael cubriendo la revolución cinematográfica de los años 60 y 70.

Y, por supuesto, no podía faltar este otro artículo escrito por Pete «el único crítico que importa» Wells:

Si bien no era inmune a la hipérbole, tenía un odio de editor de periódico amarrado a un cigarrillo por la hipocresía autoindulgente, particularmente cuando se trataba de otros presentadores de televisión. Disfrutaba de burlarse de chefs famosos como Guy Fieri (a cuyo restaurante de de Times Square bautizó «the Terrordome») y Paula Deen («La peor y más peligrosa persona de América»).

A ratos, las dotes de Bourdain para cantar verdades podían desteñirse para dar paso a otros aspectos menos agradables de su personalidad: el matón que busca llamar la atención, el proveedor de numeritos bien ensayados, el conferenciante que, a la orden, suelta palabrotas como un cocinero que se acaba de de volar la tapa del dedo con el cuchillo.

«Hago muchos bolos como orador y a veces siento que me pagan para soltar palabrotas delante de gente que no ha escuchado ninguna en un buen tiempo», dijo en una entrevista de 2008.

Yo preferiría, la verdad, que quienes lean este post se asomaran al trabajo de Helen Rosner, Jeff Gordinier o Pete Wells en otras circunstancias. Pero quizá hace falta que ocurra algo tan tremendo, espantoso e incomprensible como el suicidio de una figura cultural de la talla de Anthony Bourdain para explicar, mostrando y no diciendo, para qué sirve un crítico cultural en tiempos de redes sociales.

Yo seguiré, pasado el duelo, intentando encontrar una respuesta. Confío en poder decirla por aquí pronto.

Postdata: Mientras escribía este post me sorprendió caer en cuenta de que, pese a los varios años que llevo escribiendo sobre gastronomía y libros, y a que he leído casi todo lo que Bourdain publicó en las últimas dos décadas, nunca he escrito sobre él más que muy de pasada aquí y aquí.

 

Frida Sofía no estaba ahí o los peligros del periodismo en directo

El 20 de setiembre a las 9.18 de la mañana, veinte horas después de que un terremoto de 7.1 grados remeciera la Ciudad de México, la periodista Danielle Dithurbide conectaba en directo con el set de Televisa Noticias, donde se encontraba el presentador Carlos Loret de Mola.

Dithurbide, conductora de un informativo matutino y directora de información internacional de noticieros Televisa, había llegado la tarde anterior al colegio Enrique Rébsamen, ubicado al sur de la ciudad.

En el momento del terremoto, el 19 de setiembre a las 13.14, Dithurbide se encontraba en las oficinas de Televisa Chapultepec en el corazón de la ciudad, según me dijo en una de nuestras conversaciones telefónicas. Siguiendo el protocolo del canal de noticias 24 horas de Televisa, Foro TV, Dithurbide empezó a transmitir en vivo los detalles de la emergencia junto a otros dos periodistas desde el set.

Sobre las 17.00 de la tarde, luego de casi cuatro horas frente a cámara y de que tomara el relevo la conductora principal de noticias de Televisa, Denise Maerker, Dithurbide subió a una moto que la llevó hasta el colegio Enrique Rébsamen. Uno de los edificios de la escuela había colapsado ante las cámaras horas antes y se creía que había niños y profesores por rescatar.

Dithurbide cuenta que mientras se encontraba al aire en el set, la redacción le iba pasando datos de los lugares donde se habían reportado daños y el nombre de la escuela Rébsamen se le quedó grabado porque las anotaciones indicaban «hay niños atrapados dentro».

Cuando su jefe le indicó que saliera a reportear desde el terreno, Dithurbide buscó el colegio en Google Maps e indicó al motorizado que la llevara para allá. Este es el trayecto entre los estudios de Televisa y la escuela Rébsamen:En condiciones normales, a bordo de una moto el camino debe tomar unos treinta minutos. Según cuenta la periodista, esa tarde tardaron alrededor de una hora porque «todas las calles, todas las avenidas estaban paradas, parecían un gran estacionamiento». Durante esa hora, desde detrás de la moto la periodista vio «casas derrumbadas, cadenas de remoción de escombros impresionantes, gente caminando como zombies entre los coches, gente con letreros, cartulinas que decían ‘hablo inglés, si necesitas ayuda acércate’, ‘dame ride, no me tengas miedo’, gente muy agresiva, gente muy nerviosa».

Una vez llegó a la escuela, la periodista empezó a enviar despachos telefónicos desde una tienda cercana porque al principio y debido al caos no consiguió encontrar al camarógrafo que se suponía estaba en la zona y, además, la señal celular era muy débil. Su primer reporte en vivo, en conversación con Maerker, tuvo lugar a las 18.16 de ese martes 19.

Pero no sería sino hasta la mañana siguiente, luego de haber enlazado en directo unas quince veces a lo largo de la noche, que su nombre empezaría a hacerse familiar para todos los mexicanos.

La mañana del jueves 20 a las 9.18, el relato de Dithurbide decía así:

Las imágenes que ustedes están viendo son desde el techo de una de las estructuras de la escuela que se mantiene en pie. Estamos literalmente en la zona cero de esta desgracia y estamos viviendo un momento muy emocionante, Carlos. Te puedo confirmar que están teniendo contacto con una niña con vida, le acaban de pasar una manguera para que pueda tomar agua (…) Está muy alejada de la zona a la que pueden tener acceso hasta el momento los rescatistas pero, bueno, te puedo confirmar que está con vida y que tan solo en unos minutos podremos estar al aire con el rescate de esta pequeñita.

El rescate, pudimos saber casi treinta horas después, no iba a ocurrir nunca. Es más, la pequeñita “no fue una realidad”, en palabras del subsecretario de Marina, el almirante Ángel Enrique Sarmiento.

El jueves 21 a las 14.05 de la tarde, Sarmiento leía ante las cámaras un comunicado que afirmaba que no quedaba ningún niño por rescatar y “que la versión que se sacó con el nombre de una niña, no tenemos conocimiento, nosotros nunca tuvimos conocimiento de esa versión” (sic).

Esto, pese a que tanto él como el almirante José Luis Vergara, Oficial Mayor de la Marina y responsable junto a Sarmiento de las labores de rescate en el colegio Rébsamen, habían repetido lo contrario a las cámaras de distintos medios el día anterior.

Pese a que entre las nueve de la mañana del 20 y las dos de la tarde del 21, la pequeñita había adquirido nombre, Frida Sofía; nombre que fue confirmado, en una entrevista en directo con Milenio TV, por el almirante Vergara a las once de la noche del 20; pese a que se le asignó una edad, entre 12 y 13 años; pese a que se dijo primero que sus padres estaban presentes en la escena, para que luego horas después el secretario de Educación Pública, Aurelio Nuño, dijera lo contrario en directo durante una comunicación telefónica con los periodistas Denise Maerker y Joaquín López Dóriga; pese a que se dijo, en distintas ocasiones, que había sido ubicada por perros de rescate, que un escáner térmicoen realidad dos– había registrado su temperatura corporal, que había respondido con golpecitos, que habían escuchado su voz, sus gemidos y llanto, que se habían comunicado con ella, que había dicho su nombre y que, incluso, había indicado que tenía dos, tres y hasta cinco cuerpos cercanos que ella creía estaban con vida; a que se dijo que ella y los otros niños -dos, tres, cinco- estaban a salvo debajo de una mesa de granito en la oficina de la profesora directora de la escuela; que se le había dado agua, que había hablado con uno o varios rescatistas y hasta con una maestra.

Toda esta información, nombre incluido, fue divulgada o validada, en distintos momentos durante los días 20 y 21, por el almirante José Luis Vergara o por el almirante Sarmiento, responsables del centro de mando, delante de una cámara de televisión o en conversación con periodistas.

Un detalle tangencial, que a muchos ha pasado desapercibido, es que Frida Sofía es también el nombre de la hija de una de las artistas más populares de México.

¿Se acuerdan de ese hit noventero de Alejandra Guzmán llamado Yo te esperaba?

A quien Alejandra Guzmán esperaba cuando compuso esa canción es a su hija Frida Sofía, quien hoy, a los 26 años, convertida en instructora de fitness y chica de portada Playboy, acumula medio millón de seguidores en su cuenta de Instagram y aparece con regularidad en las páginas sociales de los medios mexicanos.

Así que cuando el día 20, fuentes oficiales y periodistas ubicados en la escuela Rébsamen empezaron a repetir que la niña del rescate inminente se llamaba Frida Sofía, el nombre -sonoro de por sí- no tuvo que hacer mucho para clavarse en la memoria del público.

El nombre y todos los otros detalles que fueron surgiendo a lo largo de los dos días fueron además corroborados ante cámaras -y fuera de ellas- por distintos rescatistas, miembros de la Marina o el Ejército y civiles. Algunos de los cuales eran, de hecho, las fuentes originales de la información. Léase, aquellos que habían realizado algún descubrimiento y lo habían comunicado a Vergara y Sarmiento, y que luego declararon por su cuenta a los periodistas. Volveré sobre este punto, fundamental, más adelante.

Luego del desmentido de Sarmiento, y de las disculpas públicas que él y Vergara más tarde ofrecerían también ante cámaras, las redes sociales mexicanas estallaron.

En Twitter y Facebook todos tenemos siempre a mano una antorcha encendida y un trinche afilado para linchar a quien, creemos, ha cometido un error. Yo mismo, periodista y analista de medios, lancé una serie de tuits y estados de Facebook en los que reflexionaba sobre la importancia de dudar de las fuentes oficiales. Dirigiendo las críticas, como casi todos los periodistas cuyos comentarios leí, a los reporteros de Televisa que habían dado cuenta de la historia de Frida Sofía.

Digamos que la Marina y el gobierno mexicano tuvieron suerte de que fuera Televisa -y su querencia por las telenovelas- quien puso en pantalla durante dos días la historia de esa pequeñita inexistente bautizada con el nombre más mexicano que se nos pueda ocurrir.

Solo el odio que despierta Televisa y su siempre cuestionada relación con el gobierno de turno consiguió que pasemos por alto el desastre que fue la gestión de información de los responsables del rescate en el colegio Rébsamen.

Como muestra un botón.

El miércoles 20 a las 14.39, el subsecretario Sarmiento aparece en directo frente a una multitud de cámaras y micrófonos junto a tres rescatistas. Uno de ellos, llamado Juan Ramiro de la Fuente, le explica lo que ha hallado el escáner térmico que opera. “Tenemos dos temperaturas, este que vemos aquí puede ser tórax, o sea órganos vitales. Ahorita confirmados por la doctora de policía federal”, dice De la Fuente. En ese momento interrumpe otro rescatista, vestido de azul y casco amarillo: “Dice que puede ser un cuerpo. Y debe estar con vida, porque la temperatura de todo el entorno es fría y un cuerpo sin vida toma la temperatura del entorno”. Ahí retoma la explicación De la Fuente: “Mi recomendación sería tratar de ver un ángulo distinto, con una cámara, con la intención de asegurarlo al cien, para poder ahora sí utilizar todos los recursos. Tendríamos que volver a entrar al compañero –en este momento, un tercer rescatista a su derecha, con camiseta militar, dice ‘Yo soy’-, tendríamos que volver a entrar para tratar de girar un poco la cámara a ver si pudiéramos ver el tórax y más de la cabeza y de los brazos”. Aquí vuelve a intervenir el segundo rescatista, que dice: “Pero definitivamente es un cuerpo con vida”.

En ese momento, Sarmiento, a quien toda esta explicación iba dirigida (además de a las cámaras de televisión, claro), pregunta: “¿Y gritaron ‘mueve los dedos’?”. Los tres rescatistas asienten y dicen que sí. El tercero, el de la camiseta militar, dice: “Movió y con el escáner logramos detectar. Y después me pasaron la cámara técnica y ya con eso” (sic). Sarmiento aquí pregunta: “¿Físicamente, la ven?” Los rescatistas dicen que no. De la Fuente aclara: “En la parte de movimiento y en la parte térmica está confirmado. En la parte sonora no está confirmado, hay mucho ruido ambiental. Entonces tendríamos pues tratar de tomar una adicional” (sic). El rescatista de la camiseta militar interviene: “Yo creo que hay que girar”. Sarmiento, dirigiéndose a él dice: “¿Quién entraría otra vez? ¿Tú?” El rescatista asiente y un cuarto rescatista con casco blanco detrás de él dice: “Volvería a entrar él, mi almirante”. Sarmiento aquí se dirige a De la Fuente y le dice: “¿Tú también entrarías de nuevo?”. Este responde: “Sí, pero yo entro en la parte exterior. Yo llevo el apoyo técnico con él. Entraría la parte de la Secretaría de Marina, el grupo de rescate es el que entraría con él”. Sarmiento asiente y dice: “Ok, sale. Adelante”.

Aquí pueden ver la escena casi al completo. Ocurre entre el minuto 7:24 y el 8:45:

Un minuto después, Sarmiento declara de nuevo en directo, esta vez ante las cámaras de Milenio TV: “Responde a las señales, le indican que mueva las manos y al menos en el equipo térmico hay movimiento. Físicamente no la ven, pero con el equipo térmico está respondiendo, entonces ahorita lo que van a hacer es corroborar por otro medio que realmente esté la niña ahí y entonces ahora sí meter más equipos para poder sacarla”. Pueden verlo aquí:

Conversé por teléfono con Juan Ramiro de la Fuente, voluntario civil, miembro de Rotary International, unos días después, cuando se encontraba, según me dijo, ayudando en otras labores de rescate en Oaxaca.

De la Fuente tiene 20 años de experiencia en rescate en estructuras colapsadas y opera ese equipo térmico y de ultrasonido, propiedad del Rotary, desde hace unos dos años. Le pregunté si la explicación que vimos por televisión fue en realidad en directo. Es decir, si el subsecretario Sarmiento se enteró al mismo tiempo que todos los televidentes de los hallazgos del equipo que él manejaba. Me dijo que sí.

Es decir, el responsable del centro de mando de la Marina permitió que se le diera una información extremadamente sensible, la posible confirmación de la detección de un sobreviviente, ante las cámaras. Convirtiendo así uno de los momentos claves del supuesto rescate en un espectáculo televisivo.

Si uno ve las imágenes o relee la descripción, puede ver cómo lo que era en principio la detección de una variación de temperatura y cierta cautela de De la Fuente recomendando la confirmación de este hallazgo con un nuevo ingreso de un rescatista en el boquete donde se presume se encuentra la niña, se convierte ante cámaras, en cuestión de segundos, en “un cuerpo vivo” que “mueve los dedos”.

Quise conocer la versión de los dos oficiales de Marina al mando, entender por qué habían permitido que las cámaras presenciaran esta y otras escenas igual de delicadas, y preguntar acerca de la manera en que habían manejado la información que iban recibiendo durante el rescate. Solicité a la oficina de Atención a Medios de la Secretaría de Marina, tanto por teléfono como por email, conversar con el almirante Sarmiento y el almirante Vergara, pero nunca recibí respuesta.

En mi conversación con De la Fuente, le pregunté qué es lo que había podido detectar su equipo, ahora que sabíamos que no había ahí ningún cuerpo con vida en el lugar donde trabajó su escáner. Luego de una compleja explicación, en la que me dijo que “lo que hacen estos equipos son dar probabilidades, porcentajes de aproximación a una hipótesis”, De la Fuente recalcó que su equipo “detectó una temperatura” y “unos sonidos de movimiento”. A continuación, comentó que durante los trabajos tuvieron varios falsos positivos.

Cuando insistí en qué podían haber sido esas temperaturas y movimientos, me dijo: “Muchas cosas, por ejemplo, si tú tienes una entrada de luz a esa zona, por cualquier orificio, esa entrada de luz puede calentar una superficie y eso te lo puede marcar la cámara térmica, si tú tienes un tubo o una lámina o un cable y en la parte exterior está expuesto al sol, como es un conductor puede generar un aumento de temperatura. Esos son los falsos positivos normales en un rescate”.

Sin una multitud de cámaras delante, De la Fuente seguramente habría podido explicarle esto al almirante Sarmiento, quien, a su vez, podría haber tomado con pinzas la delicada información. En una transmisión en vivo y en directo, “unas temperaturas” se convirtieron en pocos segundos en “un cuerpo con vida”.

Tanto Danielle Dithurbide como otros periodistas –Televisa no fue el único medio que desplegó reporteros y cámaras en la escuela Rébsamen y fue dando detalles sobre la niña y su inminente rescate- tienen parte de responsabilidad al haber transformado esta historia en una telenovela en vivo. Pero casi toda esa responsabilidad recae en la espectacularización propia de la televisión en directo antes que en el trabajo individual de uno u otro reportero.

Incluso algunos medios y periodistas que luego se han colgado medallas incurrieron en prácticas cuestionables, presas también ellos de la urgencia del directo. Por ejemplo, hay cierto consenso entre la prensa y el público mexicano en que quienes desbarataron la «farsa» de Frida Sofía fueron Carmen Aristegui y los reporteros de su canal online Aristegui Noticias. Lo cual, en realidad, no es cierto.

Aristegui y su equipo plantearon dudas sobre lo que ocurría en la escuela Rébsamen, alguna de ellas alarmada y alarmante, pero no lograron desbaratar nada porque no llegaron a verificar nada. De hecho, hicieron lo mismo que criticaron a sus colegas de Televisa y otras cadenas: repetir -o amplificar- testimonios ajenos sin hacer esfuerzo alguno para contrastarlos.

Dos ejemplos.

El día 20 las 12.12 del mediodía, Aristegui conectaba por teléfono con su reportera Laura Castellanos, quien desde el colegio Rébsamen le decía:

Es una buena noticia. La maestra Amalia Carrillo de sexto de primaria nos dice que desde hace 40 minutos ubicaron a una niña que movió la mano y la están hidratando, precisamente a través de una de estas camelback, le están dando agua, no saben quién es esta niña, simplemente la tienen ubicada y están en las labores de rescate.

A continuación, Castellanos empieza a dar el reporte de algunas personas que han sido encontradas en el área cuando alguien la interrumpe, a lo que Aristegui replica: “Laura, ¿qué sucedió?» Y Castellanos aclara:

Lo que pasa, me están pidiendo un momento, me acaban de proporcionar la información de la otra persona adulta, cuerpo femenino, me pasaron los datos pero ahorita se está acercando un funcionario de la oficina del Comisionado Nacional de Seguridad y me está…que todavía yo no mencione esta información que directamente me dio la agente del Ministerio Público. Esperamos un momento a que él me precise esta información, Carmen. Bueno, lamentablemente como estoy ahorita en una mesa cargando el celular en la mesa precisamente pensaron que yo era autoridad y ahorita me dieron esa información a mí.

Pueden ver la secuencia entera desde el minuto 4:13:00:

Pero el momento cumbre de la transmisión de Aristegui Noticias llegaría sobre las 13.00 de la tarde del viernes 21 de setiembre, cuando Carmen Aristegui pone en pantalla y conversa, en vivo, con un muchacho llamado Dorian Riva.

Según explica Aristegui, Riva es «un joven traductor alemán que esta mañana acompañó a los brigadistas alemanes y escuchó a un jefe policiaco mexicano que Frida Sofía no existe y que la esperanza de vida es nula, qué tremendo». Tras la introducción, Aristegui conecta con Riva para que de su testimonio en vivo:

Estaba yo afuera y comenzaron a preguntar por voluntarios que traducieran (sic) alemán para los brigadistas alemanes y entré. En lo que nos daban un casco y todo para, pues para ayudar, me puse a platicar con uno de los encargados de la policía federal, el cual me contó que todo eso de Frida Sofía y que están intentando rescatar gente pues que no es cierto, que solamente están intentando que el edificio no colapse. O sea que hay gente adentro pero que la esperanza de vida que tienen es nula, que ya no se les puede salvar, o sea que es muy difícil, pero pues me dijo que eso de que Frida Sofía está dentro, que ni siquiera existe una Frida Sofía, ni siquiera saben qué nombres hay, ni siquiera saben dónde están, o sea en sí no están intentando salvar gente. simplemente están rescatando el edificio. Y me enseñó una foto de una señora alemana que rescataron hace un rato. Él tiene la foto únicamente, dice que no quiere lucrar con la desgracia de los demás y por eso no va a mandar la foto, pero dijo que rescató una alemana y que ahorita ya no están rescatando gente, que solamente están pues, este, evitando que el edificio colapse.

La periodista, desde el set, replica:

Dorian, lo que nos cuentas es muy fuerte porque efectivamente se ha creado una expectativa nacional sobre esta niña, se han hecho crónicas, informaciones que hablan, y las hemos aquí comentado, citando a los medios que están compartiendo estas crónicas, una serie de informaciones en donde se dice que Frida Sofía, la presunta Frida Sofía, habría pedido ayuda, que la única palabra que había pronunciado era auxilio, que había movido la manita, que la habían hidratado, todo eso que se ha ido diciendo a lo largo de las horas, si no existe una niña Frida Sofía, bueno, pues, se pone en duda la historia misma.

El improvisado traductor insiste:

A mí me dijo que todo eso que se está comunicando desde adentro y que hay gente con ella y con eso, que es mentira. No hay ninguna comunicación desde adentro, y que pues no se sabe si hay gente acompañando a la tal Frida Sofía, no se sabe.

Aristegui comenta la ausencia de padres de Frida Sofía y Riva le dice:

El policía dijo también que no hay ningún papá aquí dentro reclamando niñas o niños, que no hay nadie esperando a sus hijos, y ahí me dijo «si tú fueras papá, a poco no estarías aquí esperando a tu hija, no te moverías de aquí». Dice que no hay ningún papá aquí y que la directora del colegio Rébsamen está yendo de casa en casa a preguntar si están los papás y los hijos, para saber en verdad quién falta. Porque no saben quién falta, no se sabe cuántas personas hay adentro y no se sabe quiénes son.

Luego de esto, finalmente, Aristegui parece recordar que el trabajo periodístico no se limita a ponerle un micrófono delante a una fuente para que declare sin filtro, por muy explosivo que sea su testimonio, y dice:

Déjame regresar al punto de tu fuente en este momento, Dorian. Volvemos a decir, tú eres un joven que está trabajando en este momento ayudando a los brigadistas alemanes, que han venido a México a ayudar en la tarea estructural y en este trabajo de traductor del alemán tuviste acceso a lo más cercano, precisamente del asunto, estás directamente trabajando con los alemanes en la traducción. Ahí es cuando este diálogo tuyo con un elemento policiaco o militar o… ¿puedes reconocer quién te dijo lo que nos estás diciendo ahora?

El muchacho responde:

No, no me sé su nombre, pero era un miembro de la policía federal, quien acompañaba al encargado de todo esto que está pasando aquí en el colegio Rébsamen. Era el encargado de todo, estaba organizando todo, estaba viendo quién debe entrar y quién no debe entrar, él decía qué se necesita y qué no se necesita, el que me dijo esto iba acompañando a esa persona.

Aristegui aquí -de nuevo, en vivo y en directo- hace las preguntas que algún periodista tendría que haber hecho antes de poner el testimonio en cámara:

Quieres decir que es alguien que lleva mando en la escena de rescate. Perdón que te lo vuelva a preguntar de esta manera, Dorian, ¿cómo es que fraseó las cosas? ¿recuerdas exactamente cómo te lo dijo? ¿por qué empezaron a hablar del tema? ¿cómo se dio la conversación entre tú y esa persona que ahora nos estás compartiendo?

Aquí pueden ver toda la entrevista:

Recapitulemos. Una de las periodistas más prestigiosas y respetadas de México, azote de los poderosos y crítica severa de sus colegas, pone en pantalla, en vivo y en directo, a un muchacho ubicado en una zona de desastre del que no sabe absolutamente nada, tan solo el nombre, para que su testimonio se tumbe la operación de rescate que realiza la Secretaría de Marina. Testimonio que, como el mismo muchacho admite, está basado en lo dicho por un tercero, cuya identidad desconocen tanto el entrevistado como la periodista.

¿Cuál es la diferencia, visto lo ocurrido en la cobertura del rescate en el colegio Enrique Rébsamen, entre el trabajo de Carmen Aristegui y su equipo y el de Danielle Dithurbide o Denise Maerker?  ¿Quién hizo más esfuerzos por verificar los testimonios que ponían en pantalla? ¿De quién podemos decir que intentó conducirse con el mínimo rigor periodístico exigible?

Que Dorian Riva estuviese parcialmente en lo cierto resulta irrelevante. Aristegui, cuando decidió ponerle una cámara y un micrófono delante, no tenía cómo saber que el muchacho no mentía o su relato era cierto.

El periodismo es, sobre todo, un método, un procedimiento. Y aquí el procedimiento, visto lo visto, tuvo el mismo rigor que una tirada de dados en una mesa de casino. Lo que, lastimosamente, es demasiado habitual en el periodismo televisivo que se hace en vivo.

Muchos periodistas y parte del público ven en la transmisión en directo una cima del periodismo. Un error que historias como esta desnudan. Se piensa que es así porque, posmodernos todos, creemos que la información trabajada por un periodista está mediatizada, y esa mediación supone un obstáculo para conocer la verdad. La cámara transmitiendo en directo y el periodista narrando al mismo tiempo lo que nuestros ojos ven serían así el ejemplo más puro de periodismo no contaminado por la subjetividad humana.

Pero, en realidad, es precisamente debido a la mediación, a que un periodista se da el trabajo y se toma el tiempo de verificar, contextualizar y narrar unos hechos que ha presenciado o reconstruido a partir de testimonios ajenos, que el periodismo puede acercarnos a la verdad.

El periodismo en directo es casi un oxímoron. En directo pueden presenciarse y hasta narrarse hechos, pero verificarlos y dotarlos de contexto se hace extremadamente difícil. El directo añade una barrera aun más alta, muchas veces infranqueable, a la de por sí complicada labor de hacer periodismo.

Pese a ello, algunos de los periodistas presentes en la escuela Enrique Rébsamen, entre ellos Dithurbide, lo intentaron. Luego de conversar con ella y contrastar su testimonio con decenas y decenas de horas de transmisión, los reportes de otros periodistas y las declaraciones de las distintas personas que hablaron para la televisión, mi conclusión es que su trabajo estaba condenado al fracaso. No porque confiara en una fuente oficial sin verificar, como muchos criticamos instantánea y alegremente en redes sociales. Sino porque esas fuentes oficiales se encontraban montadas junto con los rescatistas en una montaña rusa de entusiasmo de la que nadie, ni siquiera los periodistas, supo bajarse.

Ese es uno de los peligros del directo: sin tiempo para digerir la información resulta extremadamente difícil, si no imposible, que un periodista haga a un lado las emociones de un rescate que ofrece un envión de esperanza en medio de la tragedia.

En una zona de desastre quien controla todo, incluido el flujo de información, debe ser la autoridad al mando. Los periodistas debemos hacer nuestro trabajo intentando no poner en riesgo las labores de rescate, mucho más importantes que la labor informativa ya que de su éxito depende la vida de personas. Muchas veces, eso supone confiar en la información que nos brinda una fuente oficial. No es una confianza a ciegas, ni mucho menos. Hay formas de verificar de forma suficiente lo que se nos dice sin entorpecer los trabajos.

¿Qué podía hacer un periodista que retransmite en directo cuando alrededor reina el caos y el entusiasmo y la principal fuente de información es oficial? Podía haber buscado las listas de alumnos del colegio. Podía haber insistido en hablar con los supuestos padres que aguardaban el rescate de su hija. Dithurbide me dijo que lo hizo, pero cuando uno de los supuestos padres señalados por el almirante Vergara le pidió respeto, accedió a su pedido y se retiró sin más preguntas.

El problema mayor en el colegio Enrique Rébsamen fue que quien debía controlarlo todo no ejerció ningún tipo de control. Los oficiales al mando no solo no manejaban el flujo de información y recibían datos sensibles -que hubieran tenido que valorar y confirmar en privado- delante de las cámaras. Esa información no solo provenía muchas veces de fuentes civiles sobre las que no tenían ninguna autoridad ni control, sino que, como he explicado ya, la repetían casi de inmediato ellos mismos frente a las cámaras, convirtiéndola así en oficial.

Luego, los rescatistas que habían sido el origen de la información volvían a compartirla ante otras cámaras, sazonando su pequeña pieza con los detalles declarados por otra fuente, haciéndolos suyos sin filtro alguno y acrecentando la bola sin que nadie se percatara ni pisara el freno.

Aquí, por ejemplo, un rescatista que supuestamente ingresó al boquete por donde se buscaba rescatar a Frida Sofía cuenta que «la niña hablaba por teléfono y le mandaba whastapps a la directora»:

Aquí otro indica que escuchó «unas voces muy débiles de una niña, al parecer de nombre Sofía…se le preguntaba su nombre y decía ‘Sofi, Sofi'»:

Aquí un tercero dice que es posible que haya más de un niño «porque se confirmó con cámara termodinámica» (sic):

Y aquí un cuarto señala que «la niña lloraba, pero muy muy muy bajo, en un tono muy bajo. Se siente que está muy desgastada. Se escuchaban lloriqueos. Dos diferentes niños, niños más chicos, más pequeños que ella. Ella se escucha una niña ya…yo no soy experto, pero arriba de 10 años»:

Y aquí Juan Ramiro de la Fuente, el rescatista del Rotary que manejaba el escáner térmico, vuelve a declarar delante de cámaras sobre los «hallazgos» de su equipo. Entre otras cosas, dice que «al momento que generamos la pregunta [a la niña] inmediatamente nos contestó, se comunicó, se escuchaban quejidos en el ultrasonido»:

En esta otra entrevista un oficial del Ejército, que también maneja un escáner térmico, afirma que el aparato les «ha permitido identificar oportunamente» hasta «cinco cuerpos con vida», cuya «ubicación está perfectamente bien identificada». Pero además, dice el oficial, hicieron «contacto con una niña, de nombre Sofía, que lloró, y estaban algo desesperados»:

Los picos más altos de ese descontrol informativo ocurrieron la noche del día 20, cuando distintos rescatistas anunciaron a las cámaras que Frida Sofía había sido rescatada:

¿Podemos atribuir todos esos testimonios a la mala fe? ¿Podemos suponer que todas esas personas que dijeron haber detectado, sentido, oído, visto a una inexistente niña debajo de los escombros de un colegio tras un terremoto están mintiendo interesadamente? ¿Podemos argüir que existió un oscuro poder intentando manipular a una población en estado de shock en medio de un desastre nacional?

Sí, claro. De hecho, no son pocos los que lo han hecho. No voy a premiar a los conspiranoicos con links pero Google, Facebook y Youtube están repletos de artículos, columnas, declaraciones y videos en esa línea.  El binomio Gobierno de México y Televisa supone un sueño húmedo para los teóricos de la conspiración.

Pero, como he mostrado, Televisa no fue la única televisora que convirtió esta historia en una telenovela ni todos los rescatistas que salieron a declarar eran agentes de alguna entidad estatal o gubernamental. Por supuesto, cabe la posibilidad de que todos esos marinos, militares, civiles y periodistas estuvieran compinchados para engañar a un país entero pero, la verdad, visto el caos informativo y la cantidad de gente que había en el colegio Enrique Rébsamen, resulta bastante difícil de creer.

Como sabe cualquier aficionado a desmenuzar teorías de la conspiración -y yo me cuento entre ellos- la inmensa mayoría de las veces aquello que queremos atribuir a un cerebro maligno y un aceitado engranaje de manipulación es achacable, en realidad, a la inepcia o el azar. Y, también, a las diversas y complejas maneras que tiene de engañarnos nuestro propio cerebro.

Luego de que la Marina pidiera disculpas y se reafirmara en que Frida Sofía nunca existió, otro rescatista, este llamado Antonio Juárez Valladares, se convirtió en noticia gracias un video de Facebook Live que colgó en su cuenta personal. Júarez Valladares ha eliminado ya el video, pero hay varias copias que sobreviven en Youtube y en otros muros de Facebook:

Esta es la transcripción de su testimonio, que fue visto por cientos de miles de personas en Facebook, Twitter y Youtube:

Hola, tengo dos minutos para decirles. En verdad, estuve ahí. Cuando empezamos a rascar por la parte de arriba del colegio Rébsamen, encontramos una vocecita de una niña, le pedimos cómo se llamaba y la niña nos respondió ‘Sofía’. Es verdad, hay una niña ahí de nombre Sofía, yo y otros brigadistas estábamos ahí, alrededor de ocho, vino un marino que con su radio y un escáner detectó el calor y nos dijo ‘sí, aquí hay vida’. Empezamos a golpear, la niña nos respondió y le preguntamos ‘Si estás viva, golpea dos veces», golpeó las dos veces. Le preguntamos «Si estás con más personas, golpea por cada una de esas personas» y nos golpeó tres veces. Con un micrófono especial, un especialista, un topo, le preguntó si estaba con alguien más y se escuchó que estaba con tres personas y estaba debajo de una mesa. Hablé con la maestra, la dueña de esa casa, que es la maestra Mónica y nos dijo que sí, en efecto hay una mesa de granito con polines de metal, que era la mesa principal y que posiblemente los niños, o los adolescentes, habían corrido hacia su casa para salvarse o por algo llegaron ahí. El chiste es que no solamente hay esas cinco personas, no solamente está el nombre de Frida Sofía sino también hay otras personas, aparentemente cinco o cuatro por lo que escuchamos con el sonar, con el infrarrojo, que están en el primer piso. Hoy 21 de setiembre nos han sacado a las cinco de la tarde, la Marina nos retiró, tuvimos una entrevista con medios que no ha salido a televisión diciendo «sí existe una niña llamada Sofía», estábamos ahí ocho personas inclusive un capitán de la Marina que tuvo comunicación con el almirante y el almirante no se dejó llevar por dudas. Supo de su existencia, aparentemente hicieron una mala maniobra que colapsó la manera en cómo iban a rescatarla, pero al colapsarla se perdió la posibilidad de rescatarla, por eso la están desapareciendo. Muy trucha, que esto no vaya a pasar en otros lugares, que la Marina no vaya a desplazar a los topos y a los civiles, por favor difundan esta información.

En esta secuencia de imágenes, sacada de la transmisión de Televisa del día 19, puede verse a Juárez Valladares en el rescate del colegio Rébsamen. En esta escena, el rescatista, reconocible por el chaleco fucsia que lleva también en su video, ingresa al boquete donde se suponía que se encontraba Frida Sofía, luego sale y pide silencio:

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Al comienzo de mi investigación, tras ver el video de su testimonio y atisbarlo en varios momentos de la transmisión de Televisa y otros medios, intenté ubicar a Antonio Juárez Valladares. Dado que, según averigüé, es payaso y su nombre artístico –ToTo, el payaso loco– es bastante específico, pensé que no sería muy complicado comunicarme con él. Intenté por varios medios pero no obtuve respuesta. Sin mucha esperanza, dejé un mensaje directo a través de su cuenta personal de Facebook.

Durante semanas, Juárez Valladares ni siquiera vio mi mensaje. Hasta que, unos veinte días después, el viernes 13 de octubre por la noche una alerta de Facebook me indicó que el payaso había aceptado y visto mi mensaje. Tras unos minutos, a las 23.25, Juárez Valladares me envió un mensaje de voz. Intercambiamos unos cuantos mensajes de inmediato y acordamos una entrevista para la mañana siguiente.

Charlamos durante una hora y cuarto. Una de las primeras cosas que me dijo y que volvió a recalcar varias veces durante nuestra conversación es que él no es rescatista. El chaleco que llevaba durante las labores del colegio Rébsamen pertenece a Escápate Ecoturismo, una agencia de viajes que busca, según su propia página de Facebook, «fomentar experiencias de turismo que aperturen la visión de cada viajero y generen sensibilidad cultural, ecológica y social en nuestro país y otras latitudes». Juárez Valladares trabaja con la agencia y participa en sus viajes, donde realizan actividades como «rescatar huevos de tortuga de los desoves».

En esta imagen de la página de Escápate Ecoturismo se puede ver a Juárez Valladares llevando el chaleco que lo haría reconocible en la zona de desastre del colegio Rébsamen:

La razón por la que llevó el chaleco durante las labores de rescate, me dijo, fue que «era lo único fosforescente, visible» que tenía. Ocurre que, como el mismo Juárez Valladares me dijo, «en esa situación todas las personas que llevaban algún chaleco se convertían en rescatista. Así tuvieras el chaleco debajo de la almohada, lo sacabas y en la calle automáticamente ya eras un rescatista».

Luego del terremoto del 19, según su propio relato, Juárez Valladares se quedó en casa escuchando la radio porque «no había internet, no había celular». Luego de dos horas, un vecino le tocó la puerta, le mostró videos de edificios colapsados en otras zonas de la ciudad que había recorrido caminando de vuelta de la oficina y le dijo que debían ir a ayudar. Juárez Valladares le hizo caso y, según me contó, pasó la tarde colaborando en distintas labores, sacando escombros, alcanzando alimentos, cargando herramientas, hasta que, caída la noche regresó a su casa.

Pese al agotamiento, no consiguió dormir. «Mientras yo estoy durmiendo hay alguien que está ahí debajo de los escombros», me dijo que pensaba. Así que se levantó, se duchó, volvió a ponerse el chaleco y salió a buscar lugares para seguir ayudando. Pasó por varios pero todos se encontraban ya bien organizados y no necesitaban más manos.

Luego de caminar un rato, sobre las 4.00 de la madrugada, llegó al colegio Rébsamen. Ahí «no sé por qué estaba hecho eso un bunker para entrar, pero adentro era un desmadre, no estaba nada organizado». Que el acceso estuviera fuertemente resguardado podía deberse a que, horas antes, sobre las 22.00 de la noche, el presidente Enrique Peña Nieto había visitado la escuela:

Las razones de la desorganización dentro de la escuela, bueno, podemos achacarlas al descontrol de las autoridades al mando y el caos general que, como he relatado, dominó esa zona de desastre particular de inicio a fin.

Juárez Valladares, me dijo, logró ingresar ayudando a un voluntario que había traído una olla de tamales y unos recipientes con café. Una vez superados varios retenes, dejó el café y un rescatista le pidió que se quedara a cargo de picos, palas y otras herramientas. Según avanzaba la noche tuvo que aprender qué era un «disco de corte limado», y que una «maceta» en argot de construcción es una especie de martillo grande de doble cara.

Ya a la mañana, Juárez Valladares entra en contacto con otro rescatista que también ganó fama durante el rescate del colegio Rébsamen. Se le conoció por el apelativo Jorge ‘Houston’ debido al estampado de la sudadera que llevaba:

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En este Moments de Twitter pueden ver más sobre ‘Houston’

Según Juárez Valladares, «si Cantiflas fuera rescatista sería Jorge ‘Houston’, era la representación viva del pueblo mexicano». Pero los espectadores no pudimos ver ese despliegue de carácter costumbrista que hizo popular a ‘Houston’ entre quienes se encontraban en la zona de desastre. Lo que sí pudimos ver fue cuando el rescatista de la sudadera estampada, a quien los periodistas en la zona describían como «un hombre de complexión delgada, piel blanca y cabello negro», ingresaba o salía de alguno de los boquetes que se suponía conectaban con el lugar bajo los escombros donde se encontraba Frida Sofía.

De hecho, es a Jorge ‘Houston’ a quien Juárez Valladares está asistiendo cuando lo vemos entrar y salir de un boquete en la secuencia de imágenes varios párrafos arriba. Según me dijo Juárez Valladares, «Jorge era de esas personas que no creen en el gobierno y no quería que ningún marino lo tocara». Por eso le pidió a él que lo asistiera con la soga y las herramientas cuando entró a buscar a la supuesta sobreviviente que luego conoceríamos como Frida Sofía.

¿Por qué ingresó también Juárez Valladares al boquete? Según su relato:

No había cuerdas de vida profesionales, eran unas cuerdas que aquí les decimos mecates, amarillos, que consigues en cualquier ferretería. No había equipo. Entonces el marino me dice muy cortésmente ‘¿quieres entrar?’, el Jorge ‘Houston’ mientras me está diciendo ‘¡Pásame una cegueta, pásame un polín!’. Pero ya estaba muy adentro, muy adentro. Y cuando le digo sí, yo ya estaba dentro. Me habían empujado. Cuando dije sí, el marino y un topo, que se supone que son los que debían estar ahí, me meten.

No tengo cómo verificar esa parte del relato de Juárez Valladares, la Marina no respondió a mi solicitud y nadie ha sido capaz de ubicar a Jorge ‘Houston’, el «héroe anónimo» de la escuela Enrique Rébsamen. Pese a ello, el testimonio que da del desgobierno y desorganización que reinaban en el rescate del colegio Rébsamen coincide con lo que he podido ir reconstruyendo y que, de hecho, todos pudimos ver a través de la televisión. 

Lo que no coincide, al menos con el consenso general alcanzado tras las declaraciones y disculpas de los almirantes Vergara y Sarmiento, es su aseveración de que en las ruinas del colegio Rébsamen sí había personas vivas. Entre ellas una niña «llamada Frida, que no se llamó Frida, no sé ni por qué le pusieron Frida, se llamaba Sofía y estaba ahí». Ella y el resto, según Juárez Valladares, habrían sido abandonados a su suerte por la Marina y el gobierno.

Cada vez que le pregunté si seguía pensando lo mismo, si se reafirmaba en lo dicho en su famoso video de Facebook, la voz de Juárez Valladares se quebró, lloró y me dijo que sí. También me dijo que llevaba varios días sin dormir y sentía fiebres.

No soy experto en estrés postraumático ni pretendo diagnosticar a nadie. Solo un profesional en psiquiatría, luego de auscultar a los pacientes, podría afirmar si es el caso. Pero resulta útil ver los varios testimonios de los rescatistas -Juárez Valladares incluido-, que afirmaron durante dos días que habían visto, oído o percibido a una niña, a la luz de lo que sabemos ocurre con la memoria y el proceso de formación de recuerdos cuando nos enfrentamos a situaciones de estrés elevado.

Según explica el doctor Bessel van der Kolk en su libro The Body Keeps the Score: Brain, Mind, and Body in the Healing of Trauma, «enfrentados al horror, este sistema [de formación de memoria] se ve abrumado y se quiebra». En estudios donde han replicado en laboratorio las condiciones que producen experiencias traumáticas, se ha descubierto que…

…cuando se reactivan rastros de los sonidos, imágenes y sensaciones originales, el lóbulo frontal se apaga, incluyendo la región necesaria para poner nuestros sentimientos en palabras, la región que crea nuestra sensación de ubicación temporal, y el tálamo, que integra la data en bruto de nuestras emociones. En este punto, el cerebro emocional, que no se encuentra bajo nuestro control consciente y no se puede comunicar con palabras, se adueña de la situación. El cerebro emocional (el área límbica y el tallo cerebral) expresa su alteración a través de agitación emocional, fisiología corporal y acción muscular. En condiciones normales los dos sistemas de memoria -racional y emocional- colaboran para producir una respuesta integrada. Pero la agitación emocional no solo altera el balance entre ambos sino que también desconecta otras áreas del cerebro necesarias para el almacenamiento y procesado de información, como el hipocampo y el tálamo. Como resultado, las huellas de experiencias traumáticas no están organizadas en relatos con coherencia lógica sino en sensaciones fragmentadas y rastros emocionales.

A sabiendas de la manera en que se comporta nuestro cerebro ante situaciones traumática, no podemos pretender que rescatistas voluntarios, sin mayor experiencia en zona de desastres ni en manejo de situaciones de alto estrés, mantengan la calma, el orden y además se conviertan en voceros confiables cuando tienen una cámara o un micrófono delante.

No se puede decir lo mismo de profesionales entrenados y experimentados, como se supone que son dos altos oficiales de la Marina como los almirantes Vergara y Sarmiento, y el resto del personal militar que estuvo apostado en el colegio Rébsamen. Si bien estos también pueden ser presa del estrés postraumático, debido a su entrenamiento sí podría exigírseles cautela a la hora de manejar información delicada y que no contribuyan al caos informativo con declaraciones a cámara en vivo.

Fue así que una niña inexistente mantuvo en vilo a un país gracias a la cámara de eco que construyeron unas autoridades irresponsables -que además intentaron luego escurrir el bulto- y unos medios presos de la espectacularidad del directo, sobre las ruinas de un colegio en el que murieron 19 niños y siete adultos. Estos sí, todos de verdad. De ellos seguimos sin saber casi nada.

*Fe de erratas del día domingo 22 de octubre de 2017: En dos momentos distintos, el mapa de Google Maps incrustado ha mostrado una dirección incorrecta del colegio Enrique Rébsamen. Existen varios colegios con ese nombre en distintas ubicaciones, cosa que advertí mientras trabajaba en el artículo. Cuando se publicó el jueves, a los pocos minutos un lector me advirtió por primera vez de que el mapa mostraba otro colegio. Lo corregí y no le di más importancia, pensando que yo mismo me habría equivocado en alguna de las múltiples ediciones de la nota. El domingo 22 de octubre de 2017, otro lector, esta vez en los comentarios, ha vuelto a señalar un error en la ubicación. Así que he colocado una imagen fija en lugar del mapa incrustado.