Dos libros para entender un país Rexona

A principios de los años 90 se emitió en Perú un anuncio televisivo de desodorante protagonizado por una estrella de la época. El personaje interpretado por Franco Scavia –entonces un famoso conductor de un programa de concursos– era un tipo joven que se lamentaba de su suerte en el amor.

Conseguía que le prestaran un automóvil y, pese a ello, “no pasó nada”. Se compró ropa nueva y, nuevamente, “no pasó nada”. Se metió al gimnasio y hacía pesas tres veces por semana y, ya saben, “no pasó nada.

Su suerte recién cambia cuando prueba un nuevo desodorante. Rexona hombre con sex appeal. El propio Scavia, que aparece en la escena final bailando con una señorita que lo mira arrobada, nos lo confirma con un “y pasó”.

Aquí pueden ver el anuncio completo:

No recuerdo si el anuncio fue particularmente popular en esos años. Imagino que sí y –dejando de lado lo ridículo de la conexión desodorante-éxito sexual, que tan bien explotaría años después Axe– por eso es que esa frase “y no pasó nada” se me quedó clavada en la cabeza, aunque no podría asegurarlo. Desde entonces, ese “y no pasó nada” es una suerte de broma privada a la que recurro de tanto en tanto, la mayoría de las veces sin que nadie me entienda.

Como he escrito alguna vez en el pasado, las mesas de novedades de las librerías peruanas suelen encontrarse vacías de libros de no ficción orientados a reflexionar con inteligencia y rigor sobre nuestro país, a contar y examinar aquello que el historiador y periodista británico Timothy Garton Ash llamó hace ya unos años la “Historia del presente”.

Así que cuando en la última Feria Internacional del Libro de Lima me topé con un puñado de libros recién publicados que, a priori, prometían abordar desde un punto de vista periodístico distintos episodios del pasado reciente de nuestro país, me propuse leerlos y escribir acerca de ellos.

Los dos de que voy a hablar no han sido los únicos, hay alguno más –El informe Chinochet de Carlos MeléndezLa biblioteca fantasma de David Hidalgo y la reedición aumentada de Ciudadanos sin república de Alberto Vergara– y espero escribir de ellos en el futuro, pero sí son los dos que se adentran en fenómenos con ecos más inmediatos y de alcance mayor.

Son, además, dos libros que, una vez leídos, me trajeron de vuelta a la cabeza la frasesita Rexona: Y no pasó nada. Porque, ya se sabe, en el Perú, ante el crimen, ante la corrupción, ante el abuso, aunque a veces pudiera parecer lo contrario, casi nunca pasa nada.

 

no te mato porque te quieroEmpiezo con No te mato porque te quiero (Planeta, 2018), el libro en el que la periodista Lorena Álvarez relata con mano firme el calvario que debe pasar una mujer en el Perú para denunciar a su agresor. Álvarez fue víctima de un espantoso episodio de violencia a manos de su entonces pareja, el economista y comentarista en prensa Juan Mendoza. El caso, dada la celebridad televisiva de la periodista, fue objeto de decenas de artículos y análisis en prensa, así como de reportajes televisivos y hasta comunicaciones oficiales del gobierno.

Álvarez relata todo lo que ocurrió alrededor de su denuncia sin concesiones al sentimentalismo ni a los detalles escabrosos que seguro más de un lector esperaba encontrar. Por el contrario, con ojo de reportera y una prosa acelerada pero contenida, Álvarez pone el énfasis en el laberíntico y muchas veces delirante proceso que debe seguir una mujer víctima de violencia de género en busca de justicia en el Perú. A la periodista no le basta con su propio caso sino que va también en busca de las historias de otras mujeres que han debido pasar por situaciones similares, mujeres menos afortunadas que ella, que o no contaban con el privilegio de la notoriedad pública o que, sencillamente, no sobrevivieron a los ataques de sus victimarios.

Hay un caso paradigmático de los varios que relata Álvarez y que demuestra la manera sistemática y alevosa con que la justicia peruana les ha dado y sigue dando la espalda a las mujeres que son víctimas de violencia por parte de hombres, muchas veces sus propias parejas.

El 15 de setiembre de 2016, Rosa Álvarez Rivera (sin relación con la autora), una mujer residente en Zarumilla, Tumbes, debió ser socorrida por sus vecinos porque estaba ardiendo en llamas en el patio de su casa:

Los vecinos le tiraron al cuerpo incandescente agua en baldes y barro acumulado en el piso y así lograron apagar las llamas, luego la cubrieron con una sábana y la cargaron entre tres para llevarla hasta la posta médica más cercana en un mototaxi. Rosa Álvarez tenía el 85% del cuerpo con quemaduras de segundo y tercer grado. El caso era tan terrible que una doctora y las enfermeras del Centro de Salud de Zarumilla solo la doparon para calmar sus dolores, e inmediatamente la transfirieron al Hospirtal Regional de Tumbes. Rosa no resistiría. Moriría en el pabellón de quemados del hospital Arzobispo Loayza de Lima, ocho días después.

Según cuenta la periodista, el principal sospechoso era la pareja de Rosa, Carlos Bruno Paiva, con quien tenía una hija:

Varios vecinos, especialmente María Teresa Ramírez, declararon ante las autoridades que la pareja había estado discutiendo desde temprano porque Rosa había encontrado, unos días antes, mensajes de otra mujer en el teléfono de su conviviente y que ese día, jueves 15 de setiembre, él le reclamaba un dinero que ella guardaba y se negaba a darle por sus sospechas de infidelidad. Ante esa negativa, cuenta la vecina, Carlos Bruno salió de la casa, tomó su motocicleta y partió. Regresó al poco tiempo y en unos minutos escucharon los fuertes gritos de Rosa. El conviviente también colaboró con auxiliar a la mujer quemada y hasta dio dinero para que la lleven al Centro de Salid, pero no quiso ser él quien la llevara.

En diciembre de 2017, Bruno Paiva fue condenado a veinticinco años de prisión por el Juzgado Penal Colegiado de la Corte Superior de Justicia de Tumbes. Medio año después, “el 5 de junio de 2018 la Sala Penal de Apelaciones de Tumbes lo absolvió de todo cargo y ordenó su libertad inmediata”. Según explica Álvarez, en la resolución que absuelve a Bruno Paiva los tres jueces de esta sala concluyen que “Rosa Álvarez se prendió fuego sola quemando basura. No le dieron importancia a los testimonios concurrentes de enfermeras, médicos y vecinos porque, según dicen estos jueces, ninguno vio el instante en que Rosa se prendió”.

A continuación, luego de analizar la improbabilidad de lo que determinó la Sala Penal de Apelaciones de Tumbes, Lorena Álvarez escribe:

¿Quién hace justicia por Rosa Álvarez? Si el fiscal no fue lo suficientemente diligente o argumentó mal, si los jueces tienen poco criterio, ¿qué importan a quien le echemos la culpa? Rosa está muerta, agonizó calcinada durante ocho días. ¿Se quemó sola? El sistema de justicia siempre encuentra la forma de acabar enviando el mensaje más poderoso de todos: Perú, el país de la impunidad.

Por si uno no queda tristemente convencido de esa afirmación al acabar de leer No te mato porque te quiero, hace poco menos de un mes la periodista hacía uso de su cuenta de Twitter para añadirle una suerte de posfacio digital a su libro y recordarle al Ministerio Público que ha pasado un año de su denuncia y que, pese a los golpes de pecho de distintas instancias del gobierno, sigue sin haber acusación de parte de la Fiscalía:

 

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Habrá seguramente quien quiera quitar mérito a H&H: Escenas de la vida conyugal de Humala y Heredia, el libro del periodista Marco Sifuentes, señalando que no se trata de una investigación reveladora. He escuchado ya ese comentario en boca de algún crítico de salón, que justifica su reticencia señalando que el relato hilado por Sifuentes está apoyado sobre todo en reportajes y testimonios publicados anteriormente (algunos por el mismo autor en diversos medios).

Si bien H&H podría no resultar revelador para los pocos que hayan seguido con obsesiva atención la carrera política de Ollanta Humala y Nadine Heredia, el libro de Sifuentes es iluminador en el sentido que lo es siempre el buen periodismo de largo aliento, un bien escaso en la producción editorial local.

El trabajo de recopilación y montaje realizado por Sifuentes, con el apoyo del periodista Jonathan Castro, es admirable tanto en fondo como en forma. No conozco otro esfuerzo similar que, con tanto éxito, construya un retrato así de abarcador, y a la vez certero y entretenido, de dos personajes tan importantes en la historia reciente del país.

Harían bien en leerlo con atención –y, ojalá, horrorizados– muchos activistas de Twitter, los mismos que defendieron a capa y espada, y contra toda evidencia, la honorabilidad o rectitud del gobierno de Humala y Heredia (el relato de Sifuentes despeja dudas sobre esa bicefalia) hasta el final; que convirtieron en héroes de la patria por unos días a Kenji Fujimori, Pedro Cateriano, Rosa María Palacios o Alberto Borea en diciembre de 2017 por sus supuestos servicios en la defensa de la democracia; y que hasta hace poco seguían riéndole las gracias al ex general, ex ministro del Interior del gobierno Humala y fallido candidato presidencia y municipal, Daniel Urresti.

Los mismos que en su jolgorio tuitero olvidan que Keiko Fujimori es un peligro no porque nos caiga mal sino por lo que hace y lo que representa, que, bien mirado, si uno termina de leer el libro de Sifuentes y es honesto consigo mismo, terminará concluyendo que es, con matices, lo que representan Humala, Heredia y buena parte de sus secuaces. Muchos de los cuales siguen despachando habitualmente desde alguno de los varios cafés de la calle Dasso en San Isidro y, de nuevo, aquí no pasó nada. Ese pragmatismo que dicta que las leyes y las reglas son una inútil recomendación que solo atienden los idiotas, los pavos, los don nadie; que el fin, cualquier fin, por lo general uno alineado a mis intereses y los de mis amigos, justifica siempre los medios.

Un pragmatismo además torpón, poco inteligente, que deja regadas piezas de la falta o el delito por todas partes, como un niño que juega con sus Lego y se aburre y pasa a otra cosa de inmediato. Pero que además se tiene en muy alta estima a sí mismo, que se conduce y habla de sí como si el escenario de sus fechorías fuera una superproducción escrita por Aaron Sorkin y dirigida por David Fincher, cuando la realidad por lo general está más cerca de un guión de Al fondo hay sitio.

Un pragmatismo eso sí, en el caso de Humala y Heredia, y tantos otros paracaidistas, envuelto en la bandera del antifujimorismo, el progresismo de selfie, y edulcorado con chocolates Godiva.

Como este es un blog que habla sobre todo de periodismo, quiero detenerme un momento en un episodio para mí particularmente revelador sobre la relación entre poder y medios en nuestro país. Sobre cómo entienden la labor periodística muchos periodistas y dueños de medios peruanos (aunque no solo).

Hacia el final del libro, Sifuentes relata cómo la coalición antifujimorista hizo piña alrededor de la figura de Mario Vargas Llosa para abrazar la candidatura presidencial de Ollanta Humala. Escribe Sifuentes:

–Necesitamos una garantía de titanio –le insistió Gorriti–. Tiene que ser un compromiso de fondo. No basta una promesa: tiene que ser un juramento.

Ese fue el nacimiento del “Compromiso en Defensa de la Democracia”, un evento revestido de solemnidad, montado en lo que Gorriti llamó el sitio secular más sagrado, el foro laico del Perú: la Casona de San Marcos. Se pensaba que, para un militar, un juramento público tendría una gravitación mayor que cualquier otro tipo de compromiso. Ocurrió el 14 de mayo, solo tres semanas antes de las elecciones. La asistencia de “testigos” notables fue impresionante. Artistas de todas las ramas se mezclaron con políticos de todas las tendencias, pero, a pesar de los intentos de Vargas Llosa, hubo dos ausencias cruciales: Luis Bedoya Reyes y Fernando de Szyszlo. Pero esto no lo notó nadie en cuanto vieron aparecer, en un écran gigante, al Nobel.

–Los exhorto a votar por Ollanta Humala –dijo Vargas Llosa, cuidándose de mostrar algún atisbo de entusiasmo– para defender la democracia en el Perú y evitarnos el escarnio de una nueva dictadura.

El mensaje, de dos minutos y medio, había sido grabado, en privado, unos días antes por Rolando Toledo, dueño de La Mula, en el piso madrileño del escritor. No solo fue un golpe de efecto: era la bendición final. Zeus bajaba del cielo y, desde un proyector de video, decidía el destino de los congregados. Deus ex machina.

En ese momento, Canal N interrumpió la transmisión del evento para dar pase a “un informe especial sobre las divas del pop”, Lady Gaga y Rihanna.

Canal N, como sabrán muchos, es el canal de televisión por cable del grupo El Comercio, la empresa de medios más importante del país. Empresa a la que se acusó –con razón– de tomar partido, hasta el punto de quebrar normas básicas de ética periodística, por la candidata Keiko Fujimori en sus distintas cabeceras durante la campaña presidencial de 2011. Continúa Sifuentes:

El 22 de mayo, Gustavo Mohme, director de La República y miembro del Consejo Editorial de América Televisión [el canal en abierto del Grupo El Comercio, donde Mohme tiene una participación], presentó, por escrito, una insólita propuesta: para equilibrar el abiertamente sesgado programa de Jaime Bayly, él ya tenía listo uno con Mario Vargas Llosa. El escritor conduciría y de la producción se encargarían su sobrino, el cineasta Luis Llosa, y Gustavo Gorriti.

La propuesta fue rechazada. Después, en una entrevista publicada en La República, Vargas Llosa diría que Bayly –cuya carrera de escritor había apadrinado en sus inicios – se había convertido en un bufón maligno al servicio del fujimontesinismo”. A los pocos días, el Nobel renunció a seguir publicando en El Comercio, alegando que el diario violaba “las más elementales nociones de objetividad y ética periodísticas” desde que el grupo había sido tomado por “un grupo de accionistas, encabezados por la señora Martha Meier Miró Quesada”.

Veamos. ¿Cómo reaccionan dos dueños de medios –Rolando Toledo y Gustavo Mohme– ante la abierta toma de posición de un grupo de medios rival a favor de una candidatura? Poniendo sus recursos al servicio del otro candidato. ¿Cómo quiere contrarrestar Gustavo Mohme el programa televisivo que Jaime Bayly –ese “bufón maligno al servicio del fujimontesinismo”– hace a favor de Keiko Fujimori y en contra de Ollanta Humala? Produciendo un programa con Mario Vargas Llosa y Gustavo Gorriti a favor de Ollanta Humala y en contra de Keiko Fujimori.

No sé yo, pero pareciera que, bajo la excusa de luchar ya sea contra el fantasma del chavismo (representado supuestamente por Humala) unos o para salvar la democracia otros, a nadie aquí le importaban en realidad las “más elementales nociones de objetividad y ética periodísticas”.

Si alguien no recuerda el abierto favoritismo que el diario La República –dirigido por Gustavo Mohme– mostró por la candidatura de Humala,  esta es la portada que publicó el lunes 6 de junio de 2011, al día siguiente de las elecciones:

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Acabo con las dos únicas cosas que creo pueden reprochársele al libro de Sifuentes. Por un lado, un reparo menor que tiene que ver con algunos arrebatos literarios innecesarios, como terminar con una alusión a la famosa frase de García Márquez “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”, remixeada para la ocasión.

Otro arrebato de estilo ocurre en el capítulo dedicado a ese personaje tan turbio como fascinante que es Óscar López Meneses, una especie de facilitador que ha servido a distintos intereses en la política peruana desde los años 90, cuando se convirtió en un alfil de Vladimiro Montesinos.

Sifuentes inicia el capítulo con un collage de las distintas teorías que corrían en la Lima de finales 2013 acerca de las razones detrás del extrañísimo resguardo policial que recibió la casa de López Meneses y que incluía “dos motocicletas y ocho automóviles de custodia, incluido un vehículo del SUAT, una camioneta de apariencia civil asignada a la seguridad presidencial, otra del Serenazgo de la Municipalidad de Surco y un par de patrulleros”. El collage de voces se extiende solo por una página pero es, en mi opinión, una distracción innecesaria que altera, como un bache en la carretera, el pulcro  recorrido del resto del texto.

La otra cuestión, algo más seria, tiene que ver con una mala costumbre de la prensa peruana: la manera en que (no) atribuye fuentes o las atribuye de manera errónea, sobre todo cuando se trata de reconocer el trabajo de otros periodistas.

En el capítulo que Sifuentes dedica a la revelación de las famosas agendas de Nadine Heredia, el periodista atribuye toda la investigación y trabajo sobre el material a los periodistas Marco Vásquez y Rosana Cueva, de Panorama. Omite que Panorama realizó ese trabajo en conjunto con el diario Perú21, que en ese entonces era dirigido por Juan José Garrido, hoy director de El Comercio, y del cual yo era editor multiplataforma.

Como dice Sifuentes en el libro, Panorama emite el reportaje televisivo sobre las agendas de Heredia el domingo 16 de agosto de 2015. Ese mismo día, Perú21 informa sobre los documentos en portada, y amplía la información acerca del contenido de estos al día siguiente, lunes 17, respetando el acuerdo de publicación al que se había llegado con Panorama. Aquí pueden ver a la periodista Rosana Cueva, directora de Panorama, comentando el reportaje original y señalando la colaboración entre su programa y Perú21.

Estas son las dos primeras portadas que el diario dedicó al tema:

Un día antes, el sábado 15, el diario ya había mencionado por primera vez en prensa la existencia de las agendas:

La ausencia de esta mención por parte de Sifuentes es particularmente llamativa en un libro donde cada capítulo se cierra con un espacio que el autor ha denominado “Apuntes documentales”. En esos apuntes Sifuentes señala con detalle de dónde procede buena parte de la información que ha servido para construir el relato periodístico.

En los apuntes documentales correspondientes al capítulo dedicado a las agendas de Heredia, Sifuentes indica:

El 4 de setiembre de 2015, Víctor Caballero publicó en Útero.pe “EXCLUSIVO: En una encomienda de choclos y quesos nos llegaron las agendas de Nadine”. Aún ahora, sigue siendo el único lugar donde cualquier persona puede acceder en su integridad a las agendas, salvo la Renzo Costa, que nunca nos fue entregada.

Sifuentes, no sé por qué, omite señalar que la razón por la que Útero.pe accedió a ese material fue porque nosotros, léase los responsables de Perú21 en ese momento, se lo entregamos. Lo sé porque yo mismo le di en la mano el USB con los archivos a Víctor Caballero.

No hemos entendido nada en Kindle e iBooks

Como saben quienes siguen este blog, mi libro No hemos entendido nada: Qué ocurre cuando dejamos el futuro de la prensa a merced de un algoritmo (Debate, 2018) ha aparecido primero en Perú, con motivo de la Feria Internacional del Libro de Lima. En los próximos meses se irá publicando en otros países hispanoparlantes donde tiene presencia el grupo editorial Penguin Random House. Prometo avisar de esas fechas de publicación según se vayan confirmando.Mientras tanto, quienes no vivan en el Perú y deseen leerlo antes de que aparezcan las ediciones de otros países, pueden hacerlo en ebook, tanto en Amazon Kindle como en Apple iBooks.

-Si utilizan una cuenta de Amazon domiciliada en Estados Unidos, pueden comprarlo aquí.

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Gracias por leer.

 

 

Christopher Hitchens: Formas de hacer lo correcto

En 2001, el periodista y ensayista británico Christopher Hitchens (fallecido en 2011) publicó un breve y poderoso ensayo titulado Letters to a Young Contrarian (Basic Books). Cinco años después, en 2006, la editorial española Anagrama publicó una versión en castellano titulada Cartas a un joven disidente.

El ensayo de Hitchens toma la forma de una serie de cartas dirigidas a un joven estudiante, inspirado en sus propios alumnos de la New School de Nueva York, al que el autor se refiere como My dear X. El libro fue parte de una serie publicada por la editorial neoyorquina Basic Books, The Art of Mentoring, que homenajeaba al famoso Cartas a un joven poeta de Rainer Maria Rilke.

No es el libro más conocido, ni el mejor, de Hitchens, pero sí quizá uno de los más representativos. Digo uno de porque Hitchens fue un autor tremendamente prolífico, famoso por su memoria prodigiosa; su afición por el vino y los cócteles; las cenas y fiestas que él y su mujer, la periodista y guionista Carol Blue, ofrecían en su casa; y la facilidad y rapidez con que despachaba ensayos y columnas de varios miles de palabras. A veces todo esto a la vez.

Esta es una escena del perfil que le dedicó The New Yorker en 2006, en la prosa de Ian Parker:

En Washington, por lo general, su actividad social tiene lugar en su casa (…) Entre los invitados al salón de la casa de Hitchens se encuentran amigos que conoce desde Londres, quienes lo llaman “Hitch”, como Salman Rushdie, Ian McEwan o su gran amigo Martin Amis (“El único rubio al que he amado de verdad”, dijo Hitchens una vez); viejos amigos norteamericanos como Christopher Buckley y Graydon Carter; una red internacional de disidentes e intelectuales; y, en estos días, figuras como David Frum, antiguo escritor de discursos para el gobierno de Bush, y el activista conservador Grover Norquist. En setiembre, recibió a Barham Salih, el vice primer ministro kurdo del nuevo gobierno iraquí. Varios invitados pueden dar fe de haber visto a Hitchens retirarse de la sala tras la cena, escribir una columna, y volver a incorporarse al grupo justo antes de que el tema de conversación cambiara.

El mismo año que se publicó Letters to a Young Contrarian, Hitchens también puso en librerías su The Trial of Henry Kissinger (Verso, 2001), que luego se convirtió en un documental de –casi– el mismo nombre (The Trials of Henry Kissinger) estrenado en 2002. Ese año Hitchens publicó además un ensayo sobre George Orwell, Why Orwell Matters u Orwell’s Victory, al que he hecho alusión ya alguna vez en el blog. En los dos años siguientes, 2003 y 2004, Hitchens publicaría dos colecciones de artículos: A Long Short War: The Postponed Liberation of Iraq y Love, Poverty, and War: Journeys and Essays.

Letters to a Young Contrarian es un libro al que vuelvo de tanto en tanto. Especialmente cuando me encuentro atascado con un texto o busco entre los estantes de mi casa excusas para no escribir, cosas que me ocurren con muchísima más frecuencia de la que me gustaría.

Decía antes que se trata de un libro particularmente representativo del trabajo del ensayista británico, y esto se debe a que en él, gracias a su brevedad y ese carácter entre confesional y didáctico, la prosa incisiva y el espíritu contestatario de Hitchens se encuentran destilados al máximo. Aquí hay un buen ejemplo (la traducción es mía):

Ten cuidado con lo irracional, por muy seductor que sea. Evita lo “trascendente” y a todos aquellos que te invitan a subordinarte o a anularte a ti mismo. Desconfía de la compasión, prefiere la dignidad, para ti mismo y para otros. No tengas miedo de que te crean arrogante o egoísta. Piensa en todos los expertos como lo que son: mamíferos. No seas nunca un espectador pasivo de la injusticia y la estupidez. Busca el debate y la discusión porque sí; la tumba te ofrecerá tiempo más que suficiente para callar. Sospecha siempre de tus propios motivos, y de todas las excusas. No vivas para otros más de lo que esperas que otros vivan para ti.

Y aquí otro:

El término “intelectual” fue acuñado en Francia por aquellos que creían en la culpabilidad del capitán Alfred Dreyfus. Pensaban que estaban defendiendo una sociedad orgánica, armoniosa y ordenada frente al ataque del nihilismo, y utilizaron esta palabra contra aquellos que consideraban enfermos, contemplativos, desleales y depravados. La palabra, incluso hoy, no ha perdido por completo estas asociaciones, si bien se usa con mucho menos frecuencia como insulto. (Uno siente, al llamarse a sí mismo intelectual, una sensación similar de bochorno a la que siente cuando se describe como un disidente, pero la figura de Emile Zola otorga ánimo, y su campaña personal en pro de justicia para Dreyfus es uno de los imperecederos ejemplos de lo que un individuo puede lograr).

Pese a su potencia y concisión, no son esos los fragmentos de Letters to a Young Contrarian en que pienso con mayor frecuencia. El pasaje que más me viene a la cabeza es uno en el que Hitchens explica que incluso en condiciones adversas puede uno optar por hacer lo correcto.

En palabras de Hitchens:

…para sobrevivir durante esos años de realpolitik y punto muerto [el ensayista habla del periodo entre 1968 y 1989], un número importante de disidentes desarrolló una estrategia de supervivencia. En una frase, decidieron vivir “como si”.

A continuación, Hitchens pone el ejemplo del escritor y político checo Václav Havel, quien:

…trabajando como dramaturgo y poeta marginal en una sociedad y bajo un estado que, de verdad, merecía el título de Absurdo, [Havel] se dio cuenta de que la “resistance” en el sentido original de insurgencia y militancia era imposible en la Europa central de esos días. Así que, en consecuencia, se propuso vivir “como si” fuera un ciudadano de una sociedad libre, “como si” la mentira y la cobardía no fueran deberes patrióticos obligatorios, “como si” el gobierno hubiera firmado (y, de hecho, así había sido) los varios acuerdos y tratados internacionales que consagraban los derechos humanos universales.

Líneas más adelante, Hitchens acumula más ejemplos:

La revolución del Poder del Pueblo de 1989, cuando poblaciones enteras derrocaron a los absurdos tiranos que las gobernaban realizando un ejercicio de brazos cruzados y sarcasmo, tuvo en parte su origen en Filipinas durante el año 1985, cuando el dictador Marcos convocó a elecciones adelantadas y los votantes decidieron tomárselo en serio. Actuaron “como si” el voto fuera libre y justo, y lograron que así fuera. En la época victoriana, Oscar Wilde –maestro de la pose pero no un simple posero– decidió vivir y actuar “como si” la hipocresía moral no reinara. En el Sur profundo americano de principios de los años 60, Rosa Parks decidió actuar “como si” una mujer negra y trabajadora pudiera tomar asiento en un autobús al término de su jornada laboral. En el Moscú de los años 70 Aleksandr Solzhenitsyn decidió escribir “como si” un académico pudiera investigar la historia de su propio país y publicar sus hallazgos.

Un par de párrafos después, interpelando directamente a My dear X, dice:

Todo lo que te puedo recomendar, en consecuencia (además del estudio de estos y otros buenos ejemplos), es que intentes cultivar un poco de esa actitud. Puede que te las tengas que ver contra distintas formas de bullying e intolerancia, o alguna deficiente apelación a la voluntad general, o algún mezquino abuso de autoridad. Si cuentas con alguna lealtad política, quizá te ofrezcan alguna razón turbia para que aceptes una mentira o media verdad que sirve a algún objetivo de corto plazo. Todo el mundo desarrolla tácticas para lidiar con estos episodios. Intenta comportarte “como si” no hiciera falta tolerarlos y no fueran inevitables.

Pienso en estos fragmentos con frecuencia, cada vez que veo intelectuales acobardados –y ya sabemos que, pese al ejemplo de Zola o Hitchens, pocas cosas más cobardes hay en el mundo que un intelectual apoltronado–, presas de la hipocresía, el corporativismo o espíritu de cuerpo, que justifican decir una cosa en privado y defender la contraria en público. Sea esta una idea, una institución o un amigo, como si una pistola les apuntara a la sien para obligarlos a no hacer lo correcto.

Pero siempre se puede hacer lo correcto. Puede que cueste algo más de esfuerzo. Puede que sea incómodo y hasta solitario. Puede que perdamos amigos, dinero y hasta un empleo en el empeño. Pero se puede. Si pudieron Havel, Parks o Solzhenitsyn, que sí tuvieron una pistola o una jauría de perros rabiosos delante, ¿cómo podríamos no hacerlo nosotros, a quienes nadie ni nada nos exige ser héroes?

 

Al menos nos quedará una taza

Como imaginarán los que han leído algo del trabajo que vengo haciendo y que se ha convertido en este libro, esta va a ser una velada crítica y un tanto dura con mi oficio, habrá quien piense que hasta pesimista. Yo prefiero pensar que, más que de pesimismo, se trata de un optimismo interrogador.

Así que antes de empezar con los palos, me gustaría celebrar el trabajo periodístico que merece la pena celebrarse y pedir un aplauso para mis dos presentadoras, Nelly Luna de Ojo Público y Romina Mella de IDL Reporteros, dos de las mejores periodistas que conozco, dos periodistas gracias a cuyo trabajo este país es mejor, o menos peor, vamos a ser sinceros. Trabajo que hemos podido ver, en todo su esplendor, estas últimas semanas y que ha remecido hasta el tuétano nuestra delicada y maloliente institucionalidad.

No pensaba escribir nada para hoy, pero esta mañana me acerqué a una librería porque estaba buscando un libro que no encontré ayer en la feria. En esa librería tienen junto a la caja mi libro y esta taza. El dueño es amigo mío, no se vayan a creer que soy tan importante. Mientras pagaba el librito que compré y bromeaba con el dependiente acerca de cuántas tazas se habían vendido, un señor a mi lado, que había pagado ya su compra, me miraba intrigado. “Es mi libro”, le dije. “Y mi taza”. El tipo leyó el título y el subtítulo.

“¿Hablas solo de los medios digitales, por lo del algoritmo, digo, o también de los medios impresos?”, me preguntó.

“En realidad hoy todos los medios son ya digitales, aun cuando tengan un pie a cada lado. Ocurre que el negocio impreso ha volado por los aires, y el negocio digital es todavía un misterio para todos. Un misterio que, ahora mismo, nadie parece que vaya a resolver”.

“Bueno, me dijo, el negocio ha sido vivir del Estado, cobraban millones en publicidad de los gobiernos, sobre todo los miembros del cartel mediático, que actúan como sicarios mediáticos a sueldo”.

“Cartel o sicariato mediático son términos un tanto exagerados”, le dije. “Y, además, eso no es así. La publicidad estatal es –o era– una parte de los ingresos de los medios. No toda, ni mucho menos. Y pese a que en ocasiones se utilizaba con una discrecionalidad sospechosa, los medios brindaban un servicio a cambio: informar a los ciudadanos de políticas y programas de estado, así como publicitar iniciativas que era importante dar a conocer. El problema, en realidad, es que el modelo de negocio entero está en crisis”.

“¿No serás caviar tú, no?, me soltó con una media sonrisa. “Yo he trabajado en prensa, he trabajado en un medio del cártel mediático, conozco el monstruo por dentro. A mí no me van a contar cuentos”.

“Yo sé que la tentación conspiranoica es muy poderosa, pero créame que en la gran mayoría de casos, la gran mayoría de veces, no se trata de una conspiración guiada por intereses empresariales o ideológicos, si no de mera incapacidad para comprender los profundos cambios de la industria y la repercusión que esos cambios han traído, en poquísimo tiempo, a la forma de producir, distribuir y consumir información. Ya conoce el dicho: no atribuya a la malicia lo que es perfectamente explicable por la estupidez”.

Seguimos conversando durante unos 20 minutos. Nunca en mi vida había visto a este hombre, probablemente nunca lo vuelva a ver, y casi seguro estaremos en desacuerdo en infinidad de temas. Pero, pese a sus prejuicios, la rabia y sarcasmo mal disimulado con que esgrimía su teoría de la conspiración, su preocupación por la prensa era sincera.

El tipo, en efecto, había trabajado en una empresa de medios, estaba informado acerca de la actualidad política, estaba pasando su domingo por la mañana comprando libros en una librería (en uno de los países con menor índice de lectura de libros del continente), le preocupaba la polarización de la discusión pública y el Perú que estábamos construyendo entre todos, clase política, medios y ciudadanos. “Es así como empiezan las guerras civiles”, me dijo en un momento.

Y, pese a todo esto, estaba más dispuesto a creer que existe una elaboradísima conspiración urdida por medios de comunicación, ONGs, periodistas a sueldo, políticos y hasta organismos internacionales para imponer una ideología “caviar” y desestabilizar el país, antes que aceptar que sí, en efecto, existen distintos actores en la discusión pública que defienden sus propios intereses, que algunas veces esos intereses coinciden, pero no siempre ni mucho menos, y que los medios, en realidad, la mayoría de las veces ven pasar la pelota de ping pong de un lado a otro de la mesa incapaces de entender o influir o explicar nada porque donde antes éramos árbitro, red y hasta la misma mesa, hoy somos a duras penas recogepelotas.

Como ese hombre hay miles sino millones de personas, en este país y en todas partes, a uno y otro lado del espectro ideológico, dueños de sus prejuicios, filias y fobias, como todos, que ven con preocupación que es cada vez más difícil discutir, que se ven ellos mismos incapacitados para mantener una discusión con alguien con quien discrepan acerca de lo que sea, y que ven, además, que muchísimos medios de comunicación, esos que antes albergaban y encauzaban esa discusión, han abdicado por completo de su trabajo. Y les asusta.

No entienden bien por qué, pero no saben que nosotros mismos, los periodistas o responsables de medios, tampoco lo entendemos, también estamos asustados y que, en la mayoría de los casos, estamos tan ocupados en sobrevivir que ni siquiera podemos concedernos el lujo de detenernos un momento para reflexionar al respecto e intentar salvar algo de la casa que vemos derrumbarse a nuestro alrededor.

Por eso escribí este libro. Para intentar entender. Porque no conozco otra manera mejor de pensar que leyendo y escribiendo, aunque sufra de forma absurda delante del teclado y mis editores me odien debido a ello. Porque adoro este oficio como adoro pocas cosas, porque creo que el mundo sería un lugar peor sin esto que hacemos. Y porque creo, sinceramente, que así como ese hombre con que me topé esta mañana en esa librería, y así como todos ustedes, que me han hecho el favor de venir hoy a acompañarme, allá afuera hay mucha gente con ganas de hacerse preguntas, con ganas de entender.

Espero que este libro a todos nos sirva un poco en ese empeño. Y, si no, bueno, al menos tendremos la taza para el café.

Gracias.

*Este fue el texto de presentación del libro No hemos entendido nada, el día 22 de julio de 2018, en la Feria Internacional del Libro de Lima.

Libros redondos: lecturas para preparar el Mundial

A diferencia de lo que ocurre en países vecinos como Argentina o Brasil  –e incluso Chile, donde desde 2017 existe una Feria Nacional del Libro de Fútbol Chileno–, en el Perú la pasión futbolera no ha sido trasladada con demasiada frecuencia ni éxito a la página en blanco.

Ya he escrito alguna vez que el Perú es un país poco dado a pensarse, casi alérgico a la reflexión y el análisis. Y el fútbol, nuestro fútbol, no ha sido la excepción.

Por suerte, la vuelta de la selección peruana al Mundial tras una ausencia de 36 años ha servido para espolear a un puñado de autores a saldar cuentas con la historia, pasada y reciente, de nuestro fútbol.

En la revista peruana H me pidieron que, además de comentar algunas de esas novedades, eligiera mis libros futboleros favoritos. Como H solo se publica en papel y en Perú, le pedí permiso a los responsables para publicar una versión algo distinta de ese listado en No hemos entendido nada.

1.-Con todo, contra todos. José Carlos Yrigoyen. 2018. Debate.

con_todo_contra_todosPoeta, novelista, temido crítico literario, José Carlos Yrigoyen es, según sus propias palabras, un “obsesivo seguidor de la selección peruana”. Esa obsesión se ha transformado en un libro imprescindible para quienes, por cuestiones generacionales, no hemos conocido otra cosa que sufrimiento y decepción a manos –o patadas– de la blanquirroja. Y que, ahora, gracias a San Ricardo Gareca, Patrono de la Resurrección del Fútbol Peruano y Otros Imposibles, hemos recobrado la fe. Cincuenta años de historia que abarcan la época de gloria (1968-1982), o lo que puede entender por gloria un fútbol carente de títulos internacionales; así como lo que Yrigoyen ha llamado El hundimiento (1983-1986) y La época oscura (1987-2015). El libro concluye con los prolegómenos de la ya exitosa Era Gareca (2015-¿?).

Aquí Yrigoyen lee un fragmento de su libro:

2.-¡Hola Rusia! Joanna Boloña. 2018 Grijalbo.

holarusiaLa periodista Joanna Boloña, hoy en la pantalla de ESPN Perú, ha confeccionado una amena y exhaustiva guía de Rusia 2018 para no iniciados. La clasificación de la selección peruana a su primer mundial en 36 años ha generado una ola de entusiasmo en el país que ha excedido, por mucho, a los hinchas acérrimos. ¿Nunca le has prestado demasiada atención a la selección pero quieres sumarte al fervor popular? ¿No te interesa mucho el fútbol pero tienes curiosidad por saber cómo es vivir un Mundial en primera persona (o sea, clasificados) por primera vez? Boloña ha hecho bien su tarea, ha recopilado los datos, ha aterrizado esa información y se ha dado el trabajo de escribir este manual para ti.

3.-La fórmula del gol. Hugo Ñopo y Jaime Cordero. 2018. Aguilar.

9786124247408Si ya son raros en el Perú los buenos libros sobre fútbol, la aparición del libro escrito por Hugo Ñopo y Jaime Cordero es comparable al aterrizaje de un Delorean llegado del futuro en plena Javier Prado. En el Perú, históricamente, el conocimiento futbolístico ha sido siempre un asunto limitado a la sabiduría popular, la pasión desaforada y el folklore de la superstición. Donde entrenadores y periodistas han hecho carrera a punta de “vamos chicos, jueguen como ustedes saben” y otras perlas del lugar común. La fórmula del gol, al igual que el comando técnico liderado por Ricardo Gareca, ha querido dotar a nuestro fútbol de todo eso que nunca ha tenido: rigor, sistema y conocimiento estructurado. En ese esfuerzo, Ñopo y Cordero han hecho uso de bases de datos, propias y ajenas, para ordenar la información disponible en estos tiempos de big data y otorgarle un sentido que les permite responder preguntas eternas como ¿existe la ventaja del local? ¿sirven de algo las cábalas? ¿cuán indisciplinados son los futbolistas peruanos? y ¿a qué demonios juega Perú?

En esta entrevista se puede ver a los autores comentando su libro:

4.-The numbers game: Why Everything You Know About Football is WrongChris Anderson y David Sally. 2013  Penguin.

9780670922246Chris Anderson y David Sally no podían haber elegido una mejor cita para empezar este libro. Corresponde a Bill James, un estadístico americano que revolucionó el baseball entre los años 70 y 90. “En el deporte, lo que es verdad es más poderoso que aquello en lo que crees, porque lo que es verdad es lo que te otorgará la ventaja necesaria”. Fue el trabajo de James el que inspiró a Billy Beane, héroe del libro del periodista Michael Lewis Moneyball, interpretado por Brad Pitt en la adaptación cinematográfica. Anderson y Sally aplicaron el mismo espíritu estadístico a un deporte que, demasiadas veces, vemos reducido a un asunto de fe. De entre los muchos hallazgos del libro, quizá el más influyente ha sido el de la teoría del eslabón débil. La formulación es sencilla: a diferencia de otros deportes como el basket, el fútbol es un deporte de eslabón débil (weak link). Es decir, en el fútbol un equipo es tan bueno como su peor jugador. Está bien gastarse millonadas en Messi, Cristiano o Neymar, pero asegúrate de que tu equipo guarde algo para ese futbolista cuyo nombre la mayoría no recuerda, porque los títulos pueden depender de él. El libro está repleto de conceptos igual de reveladores y, en sus 400 páginas, acaba con infinidad de prejuicios y malentendidos que han pasado por verdades durante décadas y décadas de historia futbolística.

Aquí pueden ver un estupendo mini documental de FourFourTwo sobre cómo el uso de datos está cambiando la manera en que los equipos toman decisiones de management y sus sistemas de juego. Hablan, entre otros, Billy Beane, Chris Anderson y Natasha Patel, jefa de análisis de rendimiento del Southampton FC:

5.-Fútbol contra el enemigo. Simon Kuper. 1994. Orion/Contra

kuperSimon Kuper escribe, sobre todo pero no solo, de fútbol para el Financial Times. Esa columna semanal y este libro, publicado originalmente en 1994, lo han convertido en uno de los escritores de fútbol más interesantes y seguidos del mundo. Kuper recorre veintidós países para contar la historia del impacto de política, nacionalismo, religión, autoritarismo, pobreza y cultura popular en el deporte más popular del mundo. Ojo a las páginas que dedica al famoso 6-0 de Argentina a Perú en 1978. La edición en español fue publicada por la editorial Contra en 2012, con prólogo del periodista Santiago Segurola.

6.-El partido: Argentina-Inglaterra 1986. Andrés Burgo. 2016. Tusquets

portada_el-partido_andres-burgo_201603221919.jpgEs sencillo, como su título: esta es la mejor crónica futbolística escrita en español que he leído. Andrés Burgo consigue en El partido una proeza narrativa difícil de igualar: aportar luz y nuevas lecturas a uno de los partidos más comentados de la historia del fútbol mundial. Este libro, para el que Burgo se sumergió en la hemeroteca, habló con varios protagonistas y estrujó sus recuerdos de fanático de la albiceleste, es el relato íntimo, a la vez histórico y personal, del encuentro que selló la leyenda del, posiblemente, mejor futbolista de todos los tiempos.

Aquí Burgo habla en una entrevista sobre el libro:

7.-Historias del calcio. Enric González. 2007. RBA

81EbPtH5HMLDe 2003 a 2007, mientras fue corresponsal del diario El País en Roma, el periodista Enric González escribió una columna semanal llamada Historias del Calcio. Albert Camus escribió alguna vez que “después de muchos años en los que el mundo me ha permitido variadas experiencias, lo que más sé, a la larga, acerca de moral y de las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol”. El fútbol, más allá de un deporte, es una de las herramientas más útiles que tenemos para conocer a un país y sus habitantes. Pocos autores han aprendido la lección de Camus mejor que Enric González, para quien cualquier acontecimiento relacionado con el fútbol italiano era el gatillador perfecto para adentrarse en la psiquis e historia de un país apasionado por la pelota.

8.-Maldito United. David Peace. 2006. Faber and Faber/Contra

Maldito_United_websiteQuizá la mejor novela sobre fútbol que se ha escrito. El británico David Peace reconstruye los 44 fatídicos días que duró el legendario Brian Clough como entrenador del Leeds United en 1974. De Clough dijo Bill Shankly, otra leyenda del fútbol británico: “Este tipo es peor que la lluvia en Manchester, al menos Dios para de vez en cuando”. Peace narra la historia a través de la voz del propio Clough, que mientras fracasa al mando del Leeds recuerda sus días de gloria como entrenador del pequeño Derby County. Atención a la película de 2009 basada en el libro y dirigida por Tom Hooper, cineasta conocido por El discurso del rey y La chica danesa.

9.-Dios es redondo. Juan Villoro. 2006. Anagrama

9788433925763Ensayista y narrador, cuando el mexicano Juan Villoro escribe de fútbol aúna tres cualidades que rara vez encontramos juntas en un escritor: la erudición del académico obsesivo, la finura del analista con mil partidos en la retina y el sentido del humor del hincha que conoce de cerca la derrota. Villoro sabe, como decía Bill Shankly, que el fútbol no es una cuestión de vida, sino que es más importante que eso. Si bien sus textos futboleros son tantos que se encuentran regados en diarios, revistas y páginas webs de todo el mundo en habla hispana, esta colección publicada en 2006 reúne lo esencial de su producción.

Aquí Villoro habla sobre la pasión futbolera en el festival Viva América de 2011:

10.-La pelota no entra por azar. Ferran Soriano. 2013. Granica.

9789506417611Al día siguiente de que la lista que integraba Ferran Soriano junto a Joan Laporta ganara las elecciones de la junta directiva del F.C. Barcelona, un viejo directivo le dijo: “Chico, te daré un consejo: no vengáis aquí dispuestos a aplicar grandes técnicas de gestión, ni con voluntad de usar el sentido común, ni la lógica empresarial. Esto del fútbol es distinto, esto va de si la pelota entra o no entra. Si entra, todo va bien. Si va fuera, todo es un desastre. Es puro azar”. Soriano, que fue vicepresidente y director general del equipo catalán durante sus años más gloriosos y que ahora es director ejecutivo del Manchester City, escribió este libro para demostrar cuán equivocado estaba ese directivo. La pelota no entra por azar es un rara avis entre los miles de libros de management que se publican año a año, consigue escapar del mero anecdotario con finales felices y moraleja, así como de la autoayuda para ricos que dominan el género. Es un libro sobre fútbol, liderazgo y planificación que logra dotar a ese trinomio no solo de sentido sino que lo hace con inteligencia, de forma amena y asequible.

Aquí Soriano habla sobre el libro:

11.-Fiebre en las gradas. Nick Hornby. 1992. Gollancz/Penguin/Anagrama

220px-FevereyhNick Hornby, como sabe cualquiera que haya leído alguno de sus libros, es un hombre de dedicado en cuerpo y alma a sus aficiones. Y, de sus aficiones, ninguna más importante que el fútbol en genera y el Arsenal F.C en particular. La memoir de hincha sufrido con la que todos los fanáticos del fútbol, a menos que sea hincha del Real Madrid, podemos identificarnos. Nota para hinchas literarios: El periodista Juan Carlos Ortecho, una de las personas que más conoce de fútbol en Perú (y anglófilo como yo), reniega de la traducción al español. Hornby, como ocurre con todos los autores dueños de una prosa coloquial y apoyada en los modismos locales, es un escritor que pierde bastante en el viaje de su inglés natal a nuestro idioma. Pero aún con ese handicap este libro es una pequeña joya.

En el descuento: 

Peredo Total. Daniel Peredo. 2018. Debate.

PeredoLa voz de la selección peruana se apagó en febrero de este año, tres meses después de que gritara la clasificación peruana a Rusia 2018 y cuatro antes de que pudiera cumplir su sueño de narrar el regreso de la blanquirroja a la élite del fútbol mundial. Con buen tino, la editorial Debate publica una antología del periodismo escrito de Daniel Peredo, el que publicó en las páginas de El Bocón, la revista Once y El Comercio; una faceta mucho menos conocida que la de narrador televisivo. Yo mismo, que he leído el libro de un tirón, he caído en cuenta mientras pasaban las páginas que conocía varios de estos textos y que, sin embargo, no los asociaba con el autor de “si no sufrimos, no vale” y “un gol más va a haber”. Como narrador en la tele, la magia de Peredo residía en un raro talento para conjugar la lectura inteligente del juego con el apunte preciso (y a ratos erudito) y la emotividad del hincha que conoce bien la ilusión y el sufrimiento. En sus textos el hincha deja paso al obsesivo acumulador de anécdotas, alineaciones y detalles, pero la rapidez mental que lo hizo famoso no se mueve de su sitio. Un par de botones, extraídos de uno de sus textos más antiguos: “La paciencia de Charún fue desesperante. Solo le faltó una cámara fotográfica para llevarse un recuerdo del tanto” y “Muchotrigo seguía olvidado en la punta derecha. Se debe haber hecho amigo del juez de línea de ese sector”. Decía Timothy Garton Ash que el periodismo es la Historia del presente, y en este país tan poco amigo de la hemeroteca, donde las polillas se pegan festines con los archivos de los diarios, es un lujo contar con volúmenes como este, que nos pone delante de los ojos la memoria de nuestro pasado futbolero reciente.

Algunos libros que tengo pendientes:

–Todo Messi: Ejercicios de estilo. Jordi Puntí. 2018. Anagrama.

–Angels With Dirty Faces: The Footballing History of Argentina. Jonathan Wilson. 2016. Orion.

–Brilliant Orange: The Neurotic Genius of Dutch Soccer. David Winner. 2002. Overlook Books.

Soccernomics: Why England Loses; Why Germany, Spain, and France Win; and Why One Day Japan, Iraq, and the United States Will Become Kings of the World’s Most Popular Sport. Simon Kuper y Stefan Szymanski. Edición ampliada para Rusia 2018. Nation Books.

 

toñoEn The New York Times en Español, el escritor Jorge Carrión recomienda otros seis libros futboleros. Entre ellos, Treinta y seis años después, la crónica personal de un hincha sufrido escrita por el periodista peruano residente en Madrid, Toño Angulo Daneri. El libro ha sido publicado por la exquisita editorial española de no ficción Libros del K.O. Acaba de salir en España y estoy a la espera de conseguir uno.

Si me leen desde Lima, además de en las librerías clásicas como Sur, El Virrey, Ibero o Communitas, pueden encontrar varios de estos libros en una librería virtual especializada en títulos futboleros, DeContra.

*Una versión de este texto se publicó en el número 80, edición de junio de 2018, de Revista H en Perú.

Leer

Hoy, mientras esperaba en la consulta del médico, vi a un niño pequeño leyendo. Muy pequeño. Tanto que es difícil creer que entendiera las palabras que había en las hojas que iba pasando despacio. Era un libro grande, con muchas ilustraciones y pocas palabras, pero el niño se detenía en esos símbolos con curiosidad. Los leía, o lo intentaba, y había algo fascinante en observar su esfuerzo y su asombro.

Yo también llevaba un libro entre las manos, y no sé si el niño se dio cuenta, pero ese detalle construía un puente entre nosotros, creaba una complicidad que por alguna razón me reconfortó.

Aprendí a leer a los cuatro años viendo televisión e incentivado por mis padres, quienes no solo tenían una surtida biblioteca en casa sino que pasaban buena parte de su poco tiempo de ocio con un libro o una revista en las manos. Desde entonces creo que no he pasado un solo día de mi vida sin leer.

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Edición de Oveja Negra

Cuando tenía unos 10 años, un día entré a la habitación de mis padres y encontré a mi madre leyendo sobre su cama. ¿Qué libro es?, le pregunté, señalando uno de los clásicos volúmenes color vino de la editorial colombiana Oveja Negra que ella tenía entre las manos.

-El extranjero, de Albert Camus.

-¿Y es bueno?

-Sí, muy bueno. Puedes leerlo cuando lo termine.

Horas más tarde, cuando vi que mi madre había dejado el libro sobre su mesa de noche, me hice con él y empecé a leerlo en mi cuarto. No recuerdo bien si lo acabé ese mismo día o al siguiente. Lo que sí recuerdo es que el libro, o lo poco que pude entender de él a esa edad, me golpeó de forma similar al reflejo de la luz en el cuchillo del “árabe” en la frente de Meursault antes de que pegara cinco balazos de revólver.

Por esa misma época leí La isla del tesoro de Robert Louis Stevenson por primera vez. Como ha ocurrido por más de un siglo con miles de lectores jóvenes, la historia de Jim Hawkins y el pirata Long John Silver me sedujo de inmediato.

Recuerdo que acabé esa primera lectura una tarde tumbado en mi cama, mientras el sol del suburbio limeño donde aún viven mis padres se apagaba a través de la ventana. Una o dos horas después, luego de cenar, regresé corriendo a mi habitación y volví a leerlo. Terminé de nuevo esa misma noche. Y volvería a leerlo tres veces más durante esa semana, siempre de noche en mi habitación.

Mi compulsión lectora se ha visto beneficiada desde la niñez por las pocas horas de sueño que necesito. A estas alturas de mi vida no sé qué ha sido primero: esa ligera y prácticamente inocua forma de insomnio o los libros.

Desde entonces, todo, o casi todo, lo que he aprendido lo he aprendido en negro sobre blanco. Cuando me he sentido solo, asustado, confundido e incluso desesperado he buscado compañía, cobijo, consuelo y respuestas en un libro o en artículos de revistas. Leer es mi manera de acercarme al mundo.

Cuando he debido enfrentarme a la depresión, el primer y más desconcertante síntoma ha sido siempre la dificultad para leer. ¿Cómo he superado el pavor que me produce ser incapaz de internarme en novelas, relatos o ensayos debido al caos que se apodera de mi cabeza presa de la depresión? Leyendo historietas de Calvin and Hobbes.

 

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Imagen de portada de la compilación The Calvin and Hobbes Lazy Sunday Book

Una de las primeras veces que tuve que sentarme en un consultorio psiquiátrico, cuando el médico me pidió que le explicara cómo me sentía, qué ocurría dentro de mi cabeza usé el siguiente simil:

Me gusta pensar que, de cierta forma, mi cabeza es una pequeña biblioteca donde las ideas, las palabras, las frases, los recuerdos, están ordenados en estantes a los que acudo cada vez que lo necesito, ya sea durante una conversación o frente a la computadora. Cuando estoy deprimido es como si alguien hubiera roto el foco desnudo que colgaba del techo y alumbraba la biblioteca, como si ese alguien, además, hubiera tumbado los estantes y regado todos los libros por el suelo. Y me encuentro a gatas y a oscuras buscando a tientas las ideas, las palabras, las frases, los recuerdos, que necesito y no aparecen por ningún lado.

Cuando algo nuevo me interesa, busco un libro sobre el tema. Cuando algo me sorprende, voy al archivo del New Yorker a ver si se ha escrito algo al respecto. Cuando descubro una pasión nueva, intento agotar la bibliografía disponible. Cuanto tengo miedo, cuando no entiendo, cuando me siento superado por lo que tengo delante cojo el teléfono, googleo y busco respuestas en un artículo o en la tienda de ebooks de Amazon o, cuando vivía en España, en ese mundo infinito que son las librerías de viejo (físicas u online).

Cuando leo, cuando encuentro lo que estaba buscando o cuando encuentro respuestas a preguntas que todavía no sabía que iba a formularme, me llena una sensación mezcla de vértigo y confort que no soy capaz de describirles. Pero imagino que no hace falta, que muchos de ustedes la comparten y saben perfectamente de lo que hablo.

*Publiqué una versión anterior de este texto en mi muro de Facebook en abril de 2013.