Humberto Sato: “Pero chef, qué chef, nada, yo soy cocinero. Y antes fui mecánico”

Hace seis meses, la editora Jenny Varillas me pidió que entrevistara al cocinero Humberto Sato, dueño del restaurante Costanera 700, para la revista SE+, que publica Semana Económica.

Antes de esa entrevista yo había hablado muy pocas veces con Sato. Conozco sobre todo a Yaquir, uno de sus tres hijos, cocinero como él, a quien he entrevistado en varias ocasiones y con quien tengo una buena relación. Casi no conocía personalmente a Sato pero, por supuesto, conozco bien su leyenda.

Humberto Sato es uno de los nombres más importantes de la historia de la gastronomía peruana. Uno de los pioneros de la cocina nikkei. Término que él aborrecía pese a haber sido protagonista de la confusión que le dio origen.

La historia del nacimiento del término me la contó el otro protagonista, el poeta Rodolfo Hinostroza, durante una entrevista que formó parte de la investigación para un artículo sobre cocina nikkei que escribí en 2013. El propio Sato me confirmó los detalles en una breve conversación poco después.

En 1983, cuando Hinostroza escribía de forma regular sobre cocina en el diario La República, entrevistó un día a Sato. Durante la conversación, Sato e Hinostroza hablaban sobre la cocina hecha por migrantes e hijos de japoneses en el Perú. Se detuvieron un momento en la diferencia entre nisei y nikkei. Nisei es la palabra japonesa que describe a los hijos de japonés nacidos fuera de Japón. La taxonomía nipón es exhaustiva. Existen cinco términos distintos para diferenciar el grado de lejanía de un descendiente japonés con la madre patria. Nikkei es el término que los engloba a todos. Hinostroza entendió que la palabra no aplicaba solo a personas sino también a lo que le importaba en ese momento, la cocina. Y así lo publicó. El término hizo fortuna y es por ello que hoy, más de treinta años después, cuando hablamos de cocina japonesa-peruana hablamos de cocina nikkei.

Sato renegó del término buena parte de su vida. Le gustaba decir que él hacía cocina peruana. Aunque durante esa última conversación en marzo me dijo que en realidad el término ya daba igual. El mundo gastronómico, en Perú y fuera del país, lo había adoptado y a él había dejado de importarle.

Humberto Sato murió el jueves 11 de octubre de 2018 a los 78 años.

Aquí pueden leer esa última entrevista, como se publicó en el número 11 de la revista SE+, aparecido en abril de este año. Con un pequeño añadido. La publico con autorización de la editora. La fotografía de la cabecera la tomó Romina Vera, también para SE+, durante nuestra conversación.

Humberto Sato: “Pero chef, qué chef, nada, yo soy cocinero. Y antes fui mecánico”.

Son las tres de la tarde en Miraflores y Humberto Sato está sentado a la barra de Costanera 700. Hace ya un tiempo que Sato dejó la cocina y el restaurante en manos de sus hijos. Así que cuando viene se sienta a la barra y come tranquilo, por lo general, sashimi, mientras algunos comensales se acercan a saludarlo.

Cuando nos sentamos a conversar en el salón privado unos minutos después, empiezo preguntándole qué tal estaba el sashimi. “Estaba bien. Nada más que como ahora se ha puesto de moda el estilo japonés, el grosor de las piezas, yo le dije al cocinero que por favor lo haga a la mitad del estándar japonés. Pero los muchachos ya se acostumbraron al corte japonés, y se le olvidó. Los jóvenes se fueron a trabajar a Japón y volvieron con la moda de ese grosor. Yo les digo: es cuestión de gustos. A cada cual le gusta distinto. En Japón si pides te lo dan más delgado”, me dice.

¿Cómo llegaron sus padres al Perú?

Mi mamá nació a cinco cuadras de donde vivía mi papá. Había un cerro pero la distancia era cinco cuadras. En Fukushima, donde fue el desastre nuclear. Pienso que no queda ningún familiar allá, pienso. Los Tomita, la familia de mi madre, son los que hicieron parte del Shinkanse, el tren bala que une Tokio con la isla de Sapporo. Tuve la suerte de ir al inicio de la perforación del túnel submarino. Creo que en esa época era el más largo del mundo. Mi padre vino primero. Luego, cuando mi madre sale de Japón y viene a casarse con mi padre le preguntan ¿con quién va a casarse? Con Sato. Y ahí desaparece el apellido Tomita. Pero después mi viejo no sé cómo hizo, cuánto pagó, temas notariales, lo hizo como debe ser, y yo soy Sato Tomita, el apellido de papá y el apellido de mamá. Pero los de mi época, la mayoría, tienen el doble apellido paterno.

¿Qué vino a hacer su padre?

Mi papá salió de Japón para dedicarse a la cocina. Yo recién me he enterado. Ya falleció hace quince años pero recién me he enterado. En el trayecto, que se demoraba cuarenta y cinco días, la persona que lo iba a recibir acá se casó. Y su esposa tenía un tallercito de camisas. Así que cuando mi papá llegó con las ganas de ser cocinero, descubre que en vez de dedicarse a la cocina va a dedicarse a la costura, en el taller de la esposa de este hombre. Como era un hombre muy trabajador, ni se quejó. Para qué me voy a quejar, me dijo una vez, mejor aprendo.

¿Ambos trabajaban en el taller de camisas?

Sí, en un momento empezaron a trabajar con los señores Mandujano de la fábrica Campeón, en la quinta Carbone, en Barrios Altos. Me contaba mi viejo que Mandujano vivía en el segundo piso, él y mi mamá vivían abajo. Cuando lo escuchaba a Mandujano prender su maquinita, el viejo decía ya ya ya, le pasaba la voz a mi mamá y a comenzar a trabajar. Una vez que terminaban de coser había un lapso de tiempo que descansaban. El viejo me contaba que él pensaba que no podía perder una hora, así que mientras mi mamá cocinaba, él salía con una caja de zapatos a vender. Compraba jabones Pepita o Bolivar, los cortaba y salía a venderlos por pastillas a todos los vecinos. Aprovechaba esa hora para vender jabones. El viejo no descansaba.

¿Qué cocinaba su madre en casa?

Japonés. Inventaba en realidad. Porque no había los productos. Cuando vino la Segunda Guerra Mundial ya no se podía importar producto japonés, así que usaban productos chinos, que eran parecidos pero no iguales. La fábrica Avión, también de camisas, que quedaba cerca, era de chinos. Y eran amigos de mi padre, así que intercambiaban productos. Y mi mamá cocinaba en casa comida japonesa pero con productos peruanos y chinos. Por eso será que yo soy muy apegado a las costumbres chinas.

¿Recuerda algún plato que le gustara particularmente?

Había uno que me gustaba mucho pero era difícil que lo hiciera, era costoso. El famoso sukiyaki. Eso me encantaba, pero era casi imposible de comer en esa época, los productos japoneses o eran muy caros o directamente no había. Ahora hay hasta supermercado Nikkei pero entonces no se conseguía. Es increíble cómo ha cambiado la disponibilidad de productos.

¿Cómo empezó usted a cocinar?

De casualidad y por necesidad. Me fui al diablo yo en el bazar que tenía mi padre. Era un bazar bastante conocido en Lima, se llamaba N. Sato, estaba en Jirón Huallaga 554, entre avenida Abancay y Paz Soldán, que viene a ser ahora Jirón Ayacucho. Era bastante conocido, hubo una época en que nos iba muy bien, pero se acabó, vinieron malos tiempos y me fui al diablo. Pero me quedó un local, alquilado, pero lo teníamos. Así que me dije: ahí voy a hacer un restaurante. Lo armé yo mismo. Me fui a Tacora y compré clavos y demás. Me ayudó que yo había estudiado mecánica así que me hice hasta mi soplete. Armé la cocina, el comedor, todo. Yo estudié en el Claretiano y ahí había taller de carpintería, yo miraba, estudiaba mecánica pero mirando también aprendí algo a trabajar con madera. Quedó bien el local, no parecía hecho por mí.

¿Dónde estaba el local?

28 de julio 2660-2666, entre Jirón Antonio Bazo y Gamarra. Más abajito estaba este hotel 28 de julio, donde vivía [el pintor Víctor] Humareda. Entonces, Humareda siempre venía a comer en la noche a mi local, hasta que un día me dice: “Oye, Sato, hacemos un canje. Yo te doy un cuadro, tú me das comida”. Ya pues, le digo, pero déjame verlo. Así que me enseña una de sus obras maestras. Qué piña que no lo compré. Le dije, pero tú estás loco, claro que es un Apocalipsis, pero dónde has visto tú caballos rojos, caballos verdes. Pero bueno, ya, ¿cuánto quieres por ese cuadro? 3500 soles, me dice. Oye, pero si yo te cobro por una sopa a la minuta 2,80 soles, tú quieres comer toda tu vida gratis por ese cuadro. ¿Sabes a cuánto lo vendió después? 3500 dólares.

¿Qué servía en ese primer restaurante?

Primero había una carta internacional, muy europea. También tenía un nombre así como mediterráneo: El Coral.

¿En serio?

Sí, sí. Hacía cosas como callos a la madrileña.

¿Y cómo había aprendido esas recetas?

Esa es otra historia. Cuando yo era chico, venían a la casa dos cocineros, de presidentes, ah, trabajaban en Palacio de Gobierno, que eran japoneses. Amigos de mis padres. Uno era el señor Sakuma y el otro Sudo. Entonces, cada vez que venían a la casa cocinaban y yo miraba. Imagínate, vivíamos en Barrios Altos y estos cocineros hacían esos banquetes.

¿Cómo fue su educación en la Lima de esos años?

Bueno, yo primero iba al colegio Zamudio, que estaba a tres cuadras de mi casa en la cuadra 8 de Miró Quesada. Pero en ese trayecto siempre algo pasaba. Yo volvía con el ojo morado, el pantalón roto, algo pasaba casi todos los días. Así que aburrido mi viejo me cambió y me matriculó en el colegio La Rectora, que estaba a una cuadra, en la 7 de Miró Quesada. Más fácil. El director miraba por la ventana, mi viejo le pasaba la voz y ya llegaba yo. En ese colegio también estudió Alberto Fujimori. Entonces era conocido porque nunca lo castigaban, iba siempre con su cuadernito, apuntando, era el número uno del colegio. A mí en cambio casi me dan diploma y medalla por ser el más jodido.

¿Cómo era la relación de los japoneses y los hijos de japoneses con la sociedad peruana de esa época?

Bueno, era tranquilo, tranquilo. Aunque una vez sí hubo un saqueo feo. Pero en general era tranquilo, nos ayudábamos con los vecinos. Te conocías con todos, así que te echabas una mano. Nosotros como teníamos fábrica de camisas, bueno, siempre te sobra algo, así que se le regalaba a los vecinos.

¿En su casa hablaban japonés?

Neto. Puro japonés. No se hablaba castellano. Estaba prohibido hablar castellano en la casa.

¿Por qué?

Porque mis papás decían que ahorita nos iban a deportar. Más que seguro que nos deportan, decían. Y, efectivamente, en esa época, por la Segunda Guerra Mundial, hubo deportaciones. Perú era aliado de Estados Unidos, mientras que Japón era aliado de los nazis. Así que fue una época jodida. Yo no me daba cuenta, era chico, pero mi viejo sí se preocupaba, pensaba que en cualquier momento nos deportaban a todos. Pero la verdad que es sobre todo lo que me han contado después, yo no lo sufrí, mi niñez fue muy feliz, aunque la verdad que fue una niñez para no olvidar nunca. Todavía me acuerdo, por ejemplo, cuando soltaron la bomba en Hiroshima.

¿Recuerda dónde estaba, cómo se enteró?

Claro. Estábamos en la casa en Barrios Altos, teníamos una radio chiquita de onda corta y onda larga. Más era la bulla que lo que sonaba, la verdad, pero aún así nos enteramos. Además, como te decía, en esa época yo hablaba más japonés que castellano, así que entendía todo cuando saltaron las noticias en la radio japonesa y lo que hablaban los mayores. Ahora ya me queda poco, puedo hablar japonés todavía, pero poco.

¿A sus hijos les enseñó a hablar japonés?

No. Cuando eran chicos yo pensé que era mejor que aprendieran inglés o francés, que eran idiomas más útiles, que iban a necesitar y utilizar más.

¿Cuánto tiempo tuvo el restaurante en el centro?

Poco tiempo, unos tres años nada más. Cuando ya lo iba a traspasar un amigo vino un día y me dijo: “Oye, Sato, prepárame el banquete para mi matrimonio. Quiero casarme, pero no tengo plata”. Yo le dije, bueno, ese no es problema, porque es el problema de todo el mundo, todos andamos sin plata. Problema es ahora el mío, ¿cómo te voy a hacer un banquete si yo nunca he hecho? No, me dice, pero si tú sabes cocinar.

¿Y aceptó?

Sí, pues, era un amigo. Así que le dije, bueno, vamos a hacer una cosa, tú pones el material, yo pongo la mano de obra. Lo que salga nomás.

¿Y cómo salió?

Salió de la patada. No había mantel, usamos papel periódico blanco, con chinches y con grapas pegado a las mesas, que eran prestadas de la iglesia o del Cultural Japonés. Los platos y las fuentes eran de plástico. Pero salió estupendo. Fue como piedra a ojo tuerto, le dimos en el clavo. Empecé a hacer más banquetes y cada vez era mejor. Y crecíamos tanto que tuve que comprar congeladoras para poder guardar el producto. Yo no quería horizontales, quería verticales, porque en las horizontales se pega abajo la comida, y anda sácala. Al comienzo usaba la cocina del local del centro, pero ya después alquilé el local original de Costanera, en San Miguel. Y seguimos creciendo. Hacíamos matrimonios casi todos los días. Y en la colonia japonesa me hice archiconocido, todos los eventos los hacía yo.

¿Qué cree usted que es lo más importante para trabajar en cocina?

Suena fácil, pero lo más importante es que te guste. Que te guste comer y que te guste cocinar. Comer le gusta a todo el mundo, pero cocinar para otros, ah, esa es otra vaina. Para que salga bien y rico, te tiene que gustar cocinar, porque este trabajo es sacrificado, estar en la cocina no es fácil. Hay muchos que se ponen el gorro y la chaqueta, la filipina, y ya se creen chef. Parece que hay chefs como cancha. Pero el trabajo en la cocina es jodido, te tiene que gustar y tienes que aprender mucho.

¿Cómo le enseñó a su hijo Yaquir, que lo sucedió en la cocina de Costanera 700?

¿La verdad? Primero tuvo que aprender a limpiar el baño. Tiene que ser así. Hay que empezar por lo más sencillo, hay que empezar de abajo, nada de creerse chef. Yo soy mecánico y me hice cocinero. He viajado por medio mundo para cocinar, para hablar de la cocina peruana. Pero chef, qué chef, nada, yo soy cocinero. Y antes fui mecánico.

¿En qué se parecen y en qué se diferencian Perú y Japón?

Sabes, lo que tenemos en común es que todo lo que ellos tienen allá, nosotros no tenemos acá. Y viceversa. A mí me gusta más Perú. Me gusta más también que Estados Unidos y Europa. ¿Sabes por qué? Porque acá está todo por hacer. Hay gente que dice no sé qué hacer. Por dios, acá hay para hacer todo, todo.

Dos libros para entender un país Rexona

A principios de los años 90 se emitió en Perú un anuncio televisivo de desodorante protagonizado por una estrella de la época. El personaje interpretado por Franco Scavia –entonces un famoso conductor de un programa de concursos– era un tipo joven que se lamentaba de su suerte en el amor.

Conseguía que le prestaran un automóvil y, pese a ello, “no pasó nada”. Se compró ropa nueva y, nuevamente, “no pasó nada”. Se metió al gimnasio y hacía pesas tres veces por semana y, ya saben, “no pasó nada.

Su suerte recién cambia cuando prueba un nuevo desodorante. Rexona hombre con sex appeal. El propio Scavia, que aparece en la escena final bailando con una señorita que lo mira arrobada, nos lo confirma con un “y pasó”.

Aquí pueden ver el anuncio completo:

No recuerdo si el anuncio fue particularmente popular en esos años. Imagino que sí y –dejando de lado lo ridículo de la conexión desodorante-éxito sexual, que tan bien explotaría años después Axe– por eso es que esa frase “y no pasó nada” se me quedó clavada en la cabeza, aunque no podría asegurarlo. Desde entonces, ese “y no pasó nada” es una suerte de broma privada a la que recurro de tanto en tanto, la mayoría de las veces sin que nadie me entienda.

Como he escrito alguna vez en el pasado, las mesas de novedades de las librerías peruanas suelen encontrarse vacías de libros de no ficción orientados a reflexionar con inteligencia y rigor sobre nuestro país, a contar y examinar aquello que el historiador y periodista británico Timothy Garton Ash llamó hace ya unos años la “Historia del presente”.

Así que cuando en la última Feria Internacional del Libro de Lima me topé con un puñado de libros recién publicados que, a priori, prometían abordar desde un punto de vista periodístico distintos episodios del pasado reciente de nuestro país, me propuse leerlos y escribir acerca de ellos.

Los dos de que voy a hablar no han sido los únicos, hay alguno más –El informe Chinochet de Carlos MeléndezLa biblioteca fantasma de David Hidalgo y la reedición aumentada de Ciudadanos sin república de Alberto Vergara– y espero escribir de ellos en el futuro, pero sí son los dos que se adentran en fenómenos con ecos más inmediatos y de alcance mayor.

Son, además, dos libros que, una vez leídos, me trajeron de vuelta a la cabeza la frasesita Rexona: Y no pasó nada. Porque, ya se sabe, en el Perú, ante el crimen, ante la corrupción, ante el abuso, aunque a veces pudiera parecer lo contrario, casi nunca pasa nada.

 

no te mato porque te quieroEmpiezo con No te mato porque te quiero (Planeta, 2018), el libro en el que la periodista Lorena Álvarez relata con mano firme el calvario que debe pasar una mujer en el Perú para denunciar a su agresor. Álvarez fue víctima de un espantoso episodio de violencia a manos de su entonces pareja, el economista y comentarista en prensa Juan Mendoza. El caso, dada la celebridad televisiva de la periodista, fue objeto de decenas de artículos y análisis en prensa, así como de reportajes televisivos y hasta comunicaciones oficiales del gobierno.

Álvarez relata todo lo que ocurrió alrededor de su denuncia sin concesiones al sentimentalismo ni a los detalles escabrosos que seguro más de un lector esperaba encontrar. Por el contrario, con ojo de reportera y una prosa acelerada pero contenida, Álvarez pone el énfasis en el laberíntico y muchas veces delirante proceso que debe seguir una mujer víctima de violencia de género en busca de justicia en el Perú. A la periodista no le basta con su propio caso sino que va también en busca de las historias de otras mujeres que han debido pasar por situaciones similares, mujeres menos afortunadas que ella, que o no contaban con el privilegio de la notoriedad pública o que, sencillamente, no sobrevivieron a los ataques de sus victimarios.

Hay un caso paradigmático de los varios que relata Álvarez y que demuestra la manera sistemática y alevosa con que la justicia peruana les ha dado y sigue dando la espalda a las mujeres que son víctimas de violencia por parte de hombres, muchas veces sus propias parejas.

El 15 de setiembre de 2016, Rosa Álvarez Rivera (sin relación con la autora), una mujer residente en Zarumilla, Tumbes, debió ser socorrida por sus vecinos porque estaba ardiendo en llamas en el patio de su casa:

Los vecinos le tiraron al cuerpo incandescente agua en baldes y barro acumulado en el piso y así lograron apagar las llamas, luego la cubrieron con una sábana y la cargaron entre tres para llevarla hasta la posta médica más cercana en un mototaxi. Rosa Álvarez tenía el 85% del cuerpo con quemaduras de segundo y tercer grado. El caso era tan terrible que una doctora y las enfermeras del Centro de Salud de Zarumilla solo la doparon para calmar sus dolores, e inmediatamente la transfirieron al Hospirtal Regional de Tumbes. Rosa no resistiría. Moriría en el pabellón de quemados del hospital Arzobispo Loayza de Lima, ocho días después.

Según cuenta la periodista, el principal sospechoso era la pareja de Rosa, Carlos Bruno Paiva, con quien tenía una hija:

Varios vecinos, especialmente María Teresa Ramírez, declararon ante las autoridades que la pareja había estado discutiendo desde temprano porque Rosa había encontrado, unos días antes, mensajes de otra mujer en el teléfono de su conviviente y que ese día, jueves 15 de setiembre, él le reclamaba un dinero que ella guardaba y se negaba a darle por sus sospechas de infidelidad. Ante esa negativa, cuenta la vecina, Carlos Bruno salió de la casa, tomó su motocicleta y partió. Regresó al poco tiempo y en unos minutos escucharon los fuertes gritos de Rosa. El conviviente también colaboró con auxiliar a la mujer quemada y hasta dio dinero para que la lleven al Centro de Salid, pero no quiso ser él quien la llevara.

En diciembre de 2017, Bruno Paiva fue condenado a veinticinco años de prisión por el Juzgado Penal Colegiado de la Corte Superior de Justicia de Tumbes. Medio año después, “el 5 de junio de 2018 la Sala Penal de Apelaciones de Tumbes lo absolvió de todo cargo y ordenó su libertad inmediata”. Según explica Álvarez, en la resolución que absuelve a Bruno Paiva los tres jueces de esta sala concluyen que “Rosa Álvarez se prendió fuego sola quemando basura. No le dieron importancia a los testimonios concurrentes de enfermeras, médicos y vecinos porque, según dicen estos jueces, ninguno vio el instante en que Rosa se prendió”.

A continuación, luego de analizar la improbabilidad de lo que determinó la Sala Penal de Apelaciones de Tumbes, Lorena Álvarez escribe:

¿Quién hace justicia por Rosa Álvarez? Si el fiscal no fue lo suficientemente diligente o argumentó mal, si los jueces tienen poco criterio, ¿qué importan a quien le echemos la culpa? Rosa está muerta, agonizó calcinada durante ocho días. ¿Se quemó sola? El sistema de justicia siempre encuentra la forma de acabar enviando el mensaje más poderoso de todos: Perú, el país de la impunidad.

Por si uno no queda tristemente convencido de esa afirmación al acabar de leer No te mato porque te quiero, hace poco menos de un mes la periodista hacía uso de su cuenta de Twitter para añadirle una suerte de posfacio digital a su libro y recordarle al Ministerio Público que ha pasado un año de su denuncia y que, pese a los golpes de pecho de distintas instancias del gobierno, sigue sin haber acusación de parte de la Fiscalía:

 

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Habrá seguramente quien quiera quitar mérito a H&H: Escenas de la vida conyugal de Humala y Heredia, el libro del periodista Marco Sifuentes, señalando que no se trata de una investigación reveladora. He escuchado ya ese comentario en boca de algún crítico de salón, que justifica su reticencia señalando que el relato hilado por Sifuentes está apoyado sobre todo en reportajes y testimonios publicados anteriormente (algunos por el mismo autor en diversos medios).

Si bien H&H podría no resultar revelador para los pocos que hayan seguido con obsesiva atención la carrera política de Ollanta Humala y Nadine Heredia, el libro de Sifuentes es iluminador en el sentido que lo es siempre el buen periodismo de largo aliento, un bien escaso en la producción editorial local.

El trabajo de recopilación y montaje realizado por Sifuentes, con el apoyo del periodista Jonathan Castro, es admirable tanto en fondo como en forma. No conozco otro esfuerzo similar que, con tanto éxito, construya un retrato así de abarcador, y a la vez certero y entretenido, de dos personajes tan importantes en la historia reciente del país.

Harían bien en leerlo con atención –y, ojalá, horrorizados– muchos activistas de Twitter, los mismos que defendieron a capa y espada, y contra toda evidencia, la honorabilidad o rectitud del gobierno de Humala y Heredia (el relato de Sifuentes despeja dudas sobre esa bicefalia) hasta el final; que convirtieron en héroes de la patria por unos días a Kenji Fujimori, Pedro Cateriano, Rosa María Palacios o Alberto Borea en diciembre de 2017 por sus supuestos servicios en la defensa de la democracia; y que hasta hace poco seguían riéndole las gracias al ex general, ex ministro del Interior del gobierno Humala y fallido candidato presidencia y municipal, Daniel Urresti.

Los mismos que en su jolgorio tuitero olvidan que Keiko Fujimori es un peligro no porque nos caiga mal sino por lo que hace y lo que representa, que, bien mirado, si uno termina de leer el libro de Sifuentes y es honesto consigo mismo, terminará concluyendo que es, con matices, lo que representan Humala, Heredia y buena parte de sus secuaces. Muchos de los cuales siguen despachando habitualmente desde alguno de los varios cafés de la calle Dasso en San Isidro y, de nuevo, aquí no pasó nada. Ese pragmatismo que dicta que las leyes y las reglas son una inútil recomendación que solo atienden los idiotas, los pavos, los don nadie; que el fin, cualquier fin, por lo general uno alineado a mis intereses y los de mis amigos, justifica siempre los medios.

Un pragmatismo además torpón, poco inteligente, que deja regadas piezas de la falta o el delito por todas partes, como un niño que juega con sus Lego y se aburre y pasa a otra cosa de inmediato. Pero que además se tiene en muy alta estima a sí mismo, que se conduce y habla de sí como si el escenario de sus fechorías fuera una superproducción escrita por Aaron Sorkin y dirigida por David Fincher, cuando la realidad por lo general está más cerca de un guión de Al fondo hay sitio.

Un pragmatismo eso sí, en el caso de Humala y Heredia, y tantos otros paracaidistas, envuelto en la bandera del antifujimorismo, el progresismo de selfie, y edulcorado con chocolates Godiva.

Como este es un blog que habla sobre todo de periodismo, quiero detenerme un momento en un episodio para mí particularmente revelador sobre la relación entre poder y medios en nuestro país. Sobre cómo entienden la labor periodística muchos periodistas y dueños de medios peruanos (aunque no solo).

Hacia el final del libro, Sifuentes relata cómo la coalición antifujimorista hizo piña alrededor de la figura de Mario Vargas Llosa para abrazar la candidatura presidencial de Ollanta Humala. Escribe Sifuentes:

–Necesitamos una garantía de titanio –le insistió Gorriti–. Tiene que ser un compromiso de fondo. No basta una promesa: tiene que ser un juramento.

Ese fue el nacimiento del “Compromiso en Defensa de la Democracia”, un evento revestido de solemnidad, montado en lo que Gorriti llamó el sitio secular más sagrado, el foro laico del Perú: la Casona de San Marcos. Se pensaba que, para un militar, un juramento público tendría una gravitación mayor que cualquier otro tipo de compromiso. Ocurrió el 14 de mayo, solo tres semanas antes de las elecciones. La asistencia de “testigos” notables fue impresionante. Artistas de todas las ramas se mezclaron con políticos de todas las tendencias, pero, a pesar de los intentos de Vargas Llosa, hubo dos ausencias cruciales: Luis Bedoya Reyes y Fernando de Szyszlo. Pero esto no lo notó nadie en cuanto vieron aparecer, en un écran gigante, al Nobel.

–Los exhorto a votar por Ollanta Humala –dijo Vargas Llosa, cuidándose de mostrar algún atisbo de entusiasmo– para defender la democracia en el Perú y evitarnos el escarnio de una nueva dictadura.

El mensaje, de dos minutos y medio, había sido grabado, en privado, unos días antes por Rolando Toledo, dueño de La Mula, en el piso madrileño del escritor. No solo fue un golpe de efecto: era la bendición final. Zeus bajaba del cielo y, desde un proyector de video, decidía el destino de los congregados. Deus ex machina.

En ese momento, Canal N interrumpió la transmisión del evento para dar pase a “un informe especial sobre las divas del pop”, Lady Gaga y Rihanna.

Canal N, como sabrán muchos, es el canal de televisión por cable del grupo El Comercio, la empresa de medios más importante del país. Empresa a la que se acusó –con razón– de tomar partido, hasta el punto de quebrar normas básicas de ética periodística, por la candidata Keiko Fujimori en sus distintas cabeceras durante la campaña presidencial de 2011. Continúa Sifuentes:

El 22 de mayo, Gustavo Mohme, director de La República y miembro del Consejo Editorial de América Televisión [el canal en abierto del Grupo El Comercio, donde Mohme tiene una participación], presentó, por escrito, una insólita propuesta: para equilibrar el abiertamente sesgado programa de Jaime Bayly, él ya tenía listo uno con Mario Vargas Llosa. El escritor conduciría y de la producción se encargarían su sobrino, el cineasta Luis Llosa, y Gustavo Gorriti.

La propuesta fue rechazada. Después, en una entrevista publicada en La República, Vargas Llosa diría que Bayly –cuya carrera de escritor había apadrinado en sus inicios – se había convertido en un bufón maligno al servicio del fujimontesinismo”. A los pocos días, el Nobel renunció a seguir publicando en El Comercio, alegando que el diario violaba “las más elementales nociones de objetividad y ética periodísticas” desde que el grupo había sido tomado por “un grupo de accionistas, encabezados por la señora Martha Meier Miró Quesada”.

Veamos. ¿Cómo reaccionan dos dueños de medios –Rolando Toledo y Gustavo Mohme– ante la abierta toma de posición de un grupo de medios rival a favor de una candidatura? Poniendo sus recursos al servicio del otro candidato. ¿Cómo quiere contrarrestar Gustavo Mohme el programa televisivo que Jaime Bayly –ese “bufón maligno al servicio del fujimontesinismo”– hace a favor de Keiko Fujimori y en contra de Ollanta Humala? Produciendo un programa con Mario Vargas Llosa y Gustavo Gorriti a favor de Ollanta Humala y en contra de Keiko Fujimori.

No sé yo, pero pareciera que, bajo la excusa de luchar ya sea contra el fantasma del chavismo (representado supuestamente por Humala) unos o para salvar la democracia otros, a nadie aquí le importaban en realidad las “más elementales nociones de objetividad y ética periodísticas”.

Si alguien no recuerda el abierto favoritismo que el diario La República –dirigido por Gustavo Mohme– mostró por la candidatura de Humala,  esta es la portada que publicó el lunes 6 de junio de 2011, al día siguiente de las elecciones:

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Acabo con las dos únicas cosas que creo pueden reprochársele al libro de Sifuentes. Por un lado, un reparo menor que tiene que ver con algunos arrebatos literarios innecesarios, como terminar con una alusión a la famosa frase de García Márquez “las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”, remixeada para la ocasión.

Otro arrebato de estilo ocurre en el capítulo dedicado a ese personaje tan turbio como fascinante que es Óscar López Meneses, una especie de facilitador que ha servido a distintos intereses en la política peruana desde los años 90, cuando se convirtió en un alfil de Vladimiro Montesinos.

Sifuentes inicia el capítulo con un collage de las distintas teorías que corrían en la Lima de finales 2013 acerca de las razones detrás del extrañísimo resguardo policial que recibió la casa de López Meneses y que incluía “dos motocicletas y ocho automóviles de custodia, incluido un vehículo del SUAT, una camioneta de apariencia civil asignada a la seguridad presidencial, otra del Serenazgo de la Municipalidad de Surco y un par de patrulleros”. El collage de voces se extiende solo por una página pero es, en mi opinión, una distracción innecesaria que altera, como un bache en la carretera, el pulcro  recorrido del resto del texto.

La otra cuestión, algo más seria, tiene que ver con una mala costumbre de la prensa peruana: la manera en que (no) atribuye fuentes o las atribuye de manera errónea, sobre todo cuando se trata de reconocer el trabajo de otros periodistas.

En el capítulo que Sifuentes dedica a la revelación de las famosas agendas de Nadine Heredia, el periodista atribuye toda la investigación y trabajo sobre el material a los periodistas Marco Vásquez y Rosana Cueva, de Panorama. Omite que Panorama realizó ese trabajo en conjunto con el diario Perú21, que en ese entonces era dirigido por Juan José Garrido, hoy director de El Comercio, y del cual yo era editor multiplataforma.

Como dice Sifuentes en el libro, Panorama emite el reportaje televisivo sobre las agendas de Heredia el domingo 16 de agosto de 2015. Ese mismo día, Perú21 informa sobre los documentos en portada, y amplía la información acerca del contenido de estos al día siguiente, lunes 17, respetando el acuerdo de publicación al que se había llegado con Panorama. Aquí pueden ver a la periodista Rosana Cueva, directora de Panorama, comentando el reportaje original y señalando la colaboración entre su programa y Perú21.

Estas son las dos primeras portadas que el diario dedicó al tema:

Un día antes, el sábado 15, el diario ya había mencionado por primera vez en prensa la existencia de las agendas:

La ausencia de esta mención por parte de Sifuentes es particularmente llamativa en un libro donde cada capítulo se cierra con un espacio que el autor ha denominado “Apuntes documentales”. En esos apuntes Sifuentes señala con detalle de dónde procede buena parte de la información que ha servido para construir el relato periodístico.

En los apuntes documentales correspondientes al capítulo dedicado a las agendas de Heredia, Sifuentes indica:

El 4 de setiembre de 2015, Víctor Caballero publicó en Útero.pe “EXCLUSIVO: En una encomienda de choclos y quesos nos llegaron las agendas de Nadine”. Aún ahora, sigue siendo el único lugar donde cualquier persona puede acceder en su integridad a las agendas, salvo la Renzo Costa, que nunca nos fue entregada.

Sifuentes, no sé por qué, omite señalar que la razón por la que Útero.pe accedió a ese material fue porque nosotros, léase los responsables de Perú21 en ese momento, se lo entregamos. Lo sé porque yo mismo le di en la mano el USB con los archivos a Víctor Caballero.

Alfonso Armada: Lidiar con la verdad

Cuando en 2012 me despedí del Máster de Periodismo ABC-Universidad Complutense de Madrid porque volvía a vivir a Lima, el entonces director de la escuela, Alfonso Armada, me preguntó: “Después de diez años aquí, ¿qué te sigue llamando la atención de España? ¿Cuáles crees que son los problemas más serios que tiene este país como sociedad?

Alfonso es un grandísimo reportero, corresponsal para diversos medios en Nueva York, varias ciudades de África y Sarajevo (en 2015 publicó un libro sobre su paso por esta última ciudad y su famoso conflicto, que lastimosamente aún no he podido leer); además de fundador de una revista digital en la que he colaborado en un par de ocasionesFronteraD. Durante su última etapa en el diario ABC, que acabó en marzo de 2017, dirigió el suplemento ABC Cultural.

Fue Alfonso quien me invitó a enseñar en el máster, donde dicté Crónica y reportaje durante tres años, y le estaré agradecido siempre por haberme brindado una de las experiencias más gratificantes y educativas de mi vida como periodista.

He mencionado esto varias veces en conversaciones con amigos y colegas, pero creo que nunca lo he dejado por escrito. Más allá del cliché de que el profesor aprende de sus alumnos tanto como ellos de él, lo que sí es cierto es que dictar un curso sobre aquello en lo que uno trabaja, sobre aquello a lo que dedica su día a día, es una escuela estupenda porque obliga a ver el propio trabajo con cierta perspectiva, a reflexionar sobre lo que hace en lugar de solo hacerlo, que es lo que ocurre casi siempre cuando uno se dedica a tiempo completo a un oficio tan demandante como este.

Durante esos tres años en el máster, hablamos bastante de esto último con Alfonso y otros profesores de la escuela, en particular con William Lyon, un periodista y editor norteamericano afincado en España desde hace décadas y autor de un pequeño e indispensable manual de escritura periodística.

Pero, además de todo eso que cuento párrafos arriba, Alfonso es un hombre tranquilo, al que muy pocas veces he visto u oído decir una frase más alta que otra, pese a que durante los tres años que enseñé en el máster nos veíamos por lo menos una o dos veces por semana y compartimos infinidad de charlas, discusiones y cañas. Esa calma para mí, preso de la vehemencia natural de mi carácter y el ímpetu de mis años 20, era una cualidad rara, que me despertaba a partes iguales admiración y extrañeza.

Ese día de abril de 2012, Alfonso me acompañaba de camino a la puerta, cuando con su sosiego habitual y esos ojos pequeños repletos de curiosidad que lo asemejan a Tintin, disparó la pregunta con que empecé: “Después de diez años aquí, ¿qué te sigue llamando la atención de España? ¿Cuáles crees que son los problemas más serios que tiene este país como sociedad?”

Me quedé pensando un rato, creo que mientras andábamos y dejábamos atrás el salón de clase, pegado a la redacción del diario, nos topamos con algún otro profesor y/o periodista, intercambiamos las cortesías habituales, y proseguimos el camino hacia la salida. Hasta que volteé y le dije, más o menos, lo siguiente: “La verdad. Lo que más me sorprende de España son los enormes problemas que su sociedad y sus intelectuales tienen para lidiar con la verdad. Es este un país que le rehuye de forma infantil a la verdad”. Un tema, por cierto, al que Ramón González Férriz, entonces editor de Letras Libres en Madrid, y yo dedicamos miles de horas de charla y gintonics.

Alfonso asintió e intercambiamos pareceres al respecto durante unos minutos más, para darnos después un abrazo de despedida.

Quién me iba a decir entonces, días antes de subirme a un avión para regresar al Perú, el país que había dejado con 20 años recién cumplidos una década antes, que esos problemas con la verdad serían la norma en todas partes pocos años después. Y serían la norma hasta en los casos más absurdos, inverosímiles e insignificantes también en mi país, donde casi nadie está dispuesto a honrar el compromiso más básico que tenemos los periodistas con nuestros lectores: relatar hechos ciertos.

Es decir, lidiar con la verdad.

 

Nota: La fotografía de cabecera fue tomada por Miguel Lucas Prieto y publicada en una entrevista en el site negratinta.

[ACTUALIZADO] Venezolanos en Perú: La xenofobia nuestra de cada día o cómo los medios han renunciado a sus responsabilidades editoriales

ACTUALIZACIÓN 8 DE AGOSTO DE 2018

Hay días que pienso que nunca terminaré de actualizar este post. Como conté en la pieza original, que publiqué aquí en febrero de 2018 y que también forma parte del libro No hemos entendido nada: Qué ocurre cuando dejamos el futuro de la prensa a merced de un algoritmo (Debate, 2018), a principios de este año programé una alerta de Google News con la palabra “venezolanos”. Esa alerta me sirvió para monitorear el tratamiento que la prensa peruana ha dado a la migración venezolana.

Aun con el post publicado (el quinto más leído de la corta historia de este blog) y con el libro ya en librerías, opté por no desactivar la alerta. Por dos razones, una personal y otra profesional. Ambas relacionadas.

Primero la personal:

Elda Cantú es mi esposa. Algunos de los lectores de este blog conocerán su trabajo como periodista, editora y profesora. Elda –o Lizzy, para los amigos– es mexicana y vive hace ocho años en Lima. De hecho, Elda vive en Lima hace más tiempo que yo.

Esto último, por supuesto, requiere una explicación. Si bien yo nací y crecí en Lima, en el año 2001 emigré a España. Partí como estudiante universitario, tuve mucha suerte y me fui quedando. Empecé a trabajar como periodista, abandoné la carrera, seguí trabajando como periodista y así pasaron casi 11 años. No regresé a vivir a Lima sino hasta abril de 2012, hace poco más de seis años. Fue aquí, de vuelta en mi ciudad natal, trabajando en la revista Etiqueta Negra, donde conocí a la que hoy es mi esposa y, primero, fue mi editora y cómplice.

Tanto Elda como yo sabemos, de maneras distintas, lo que es ser extranjero en un país de acogida. Y, si bien creo que ambos podemos decir que hemos tenido mucha suerte y podría considerársenos privilegiados, sabemos también lo que es estar solo en una ciudad que no es la tuya buscándote la vida.

Eso nos lleva a la razón profesional. Como ocurre con muchos otros escritores, a veces la experiencia personal suele configurar los temas que nos interesan u obsesionan. Desde el año pasado, Elda y yo estamos siguiendo de cerca lo que ocurre con la migración venezolana en el Perú.

Esta fue la primera pieza que ella escribió al respecto para The New York Times en Español a finales de marzo de 2017:

Hace poco, Elda y yo terminamos de grabar un reportaje sobre el tema del que no puedo decir más porque los editores no me han autorizado a ello, pero será publicado pronto y, si les interesa, podrán escucharlo.

Desde que escribí originalmente ese post del blog, día tras día, he seguido recibiendo en mi buzón de Gmail un email que me alerta sobre lo que los medios peruanos vienen haciendo cuando hablan de “venezolanos”. Durante un tiempo el interés en las noticias relacionadas con “venezolanos” disminuyó, así como el morbo o amarillismo con que estas se redactaban y titulaban. Lastimosamente, esa caída no duró mucho.

La curva en la producción de noticias y amarillismo de los medios peruanos a la hora de tocar la migración venezolana coincide, por lo que he ido viendo estos meses, con esta otra curva:

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Ese es un cuadro de Google Trends que mide el interés de los usuarios peruanos de Google a la hora de buscar el término “venezolanos”. A quien le interese la manera en que funciona Trends y la forma en que influye en la producción noticiosa de los medios, puede leer la pieza original, que se encuentra abajo de esta actualización.

Como ven en el cuadro de arriba, el interés de los internautas peruanos ha escalado de forma notable en las últimas semanas. Voy a ponerlo en perspectiva para que entiendan la magnitud de esa escalada.

Este otro cuadro de abajo se encontraba en la pieza original:

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¿Ven ese pico fechado entre el 21 de enero y el 27 de enero de 2018?

Bueno, ese pico, el valor máximo de interés en las búsquedas de Google peruanas de la palabra “venezolanos” a principios de este año, es casi imperceptible comparado con el nuevo pico hoy, ubicado al extremo derecho de este otro cuadro:

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Podemos decir, sin temor a equivocarnos, que el interés de los internautas peruanos por la palabra “venezolanos” a la hora de buscar en Google se ha duplicado.

¿Cómo ha ocurrido esto?

Como decía al inicio, hay días que siento nunca que dejaré de actualizar este post. De unas semanas a esta parte, no hay día en que no me tope con varias “noticias” que responden a las características que describí en el post original:

–La edición digital de uno de los principales diarios peruanos publica —al igual que varios otros medios pero en mayor cantidad— una serie de notas en las que el énfasis está puesto en la confrontación o conflicto entre inmigrantes venezolanos y ciudadanos peruanos.

–Casi todas esas notas están confeccionadas a partir de videos o audios o mensajes publicados en redes sociales por terceros. Los redactores que utilizan ese contenido reproducen en sus notas la mínima información que trae el video o post respectivo sin indagar nada más. Sin siquiera preocuparse por averiguar el nombre de los protagonistas de su “noticia”.

Noticias como esta:

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O, aun peor, como esta:

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Voy a detenerme un momento a analizar esta última. Pueden leerla en su habitat natural aquí (si es que no la borran antes).

Este es el cuerpo de la noticia:

Las cámaras de vigilancia de la Municipalidad Provincial de Tumbes grabaron a un grupo de ciudadanos venezolanos cuando posaban para una foto con un arma blanca en la mano, para luego intentar arrebatarle su celular a un transeúnte quien felizmente logró escapar.

El hecho se registró a la 1:00 de la mañana en las inmediaciones del paseo Triunfino, donde se encontraban dos venezolanos, uno de ellos le toma una foto a su compatriota, quien posa con una navaja en la mano derecha en media calle.

Sin embargo, minutos después utiliza el arma blanca para amenazar a un conductor de una mototaxi que transita por el lugar, a manera de juego se desafían pero luego se dan las manos de manera efusiva. No contentos con el hecho, se percatan de la presencia de un transeúnte, quien habla por celular, mientras uno sube al vehículo el otro se abalanza a su víctima, quien logra esquivar al delincuente después de haber guardado el celular en su bolsillo.

Alertados por la central de monitoreo un patrullero ya estaba en el lugar quien inicia una persecución del vehículo que fue registrado por las cámaras para identificarlos plenamente y advertir a la ciudadanía que tenga mucho cuidado.

La nota de La República va acompañada de un video. Pueden verlo en la nota original. O, si quieren seguir leyendo, pueden verlo aquí abajo:

Por suerte, La República no es el único medio que se hizo eco del asalto fallido de esa peligrosa banda de venezolanos en las calles de Tumbes. El video de arriba proviene de la edición de mediodía de 24 Horas, el noticiero televisivo de Panamericana Televisión. Es el mismo que publica La República en su página web. Con una diferencia.

Si uno lee la nota de La República y ve el video mudo –se trata de una cámara de seguridad que no registra audio– que la acompaña, y que también emitió 24 Horas, resulta casi inevitable hacerse la siguiente pregunta: ¿Cómo sabe el redactor de La República o el reportero de 24 Horas que los fallidos asaltantes son venezolanos?

Por suerte, el reportero de 24 Horas entrevista a un responsable de la Gerencia de Seguridad Ciudadana de la Municipalidad Provincial de Tumbes, quien, ojalá, consiga aclararnos este punto.

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¿Qué dice este responsable de la municipalidad? Dice, exactamente, lo siguiente: “Se encontraban tres ciudadanos. Al parecer venezolanos, ¿no?”

Pueden, de hecho, ver el momento exacto aquí:

Voy a repetirlo: “Se encontraban tres ciudadanos. Al parecer venezolanos, ¿no?”

¿Cómo sabe el responsable de la municipalidad de Tumbes que los ciudadanos son “al parecer venezolanos”? Ni idea, no lo dice.

¿Se lo preguntó el redactor de 24 Horas? No lo sabemos. No lo muestran en el video.

¿Tiene el redactor de La República idea de cómo es que la Municipalidad Provincial de Tumbes, proveedora del video, sabe que los frustrados asaltantes son venezolanos? No. O, al menos, no lo cuenta en su nota. No es descabellado imaginar que si lo supiera, lo mencionaría. De hecho, en un momento de su nota dice que “un patrullero ya estaba en el lugar quien inicia una persecución del vehículo que fue registrado por las cámaras para identificarlos plenamente [a los asaltantes, se entiende]” (sic).

Pero, si los identificaron plenamente, ¿cómo es que no conocemos sus nombres? ¿cómo es que el responsable de Seguridad Ciudadana de la Municipalidad Provincial de Tumbes, a la mañana siguiente, sigue diciendo “al parecer venezolanos”? De nuevo, no lo sabemos.

Es así, con esa irresponsabilidad, con ese apetito por clicks rápidos y sin ningún rigor periodístico, que se consigue que los internautas peruanos dupliquen sus búsquedas en Google del término “venezolanos”. Así, sin verificación alguna y con titulares amarillistas, que se consigue atizar y encender el fuego de la xenofobia.

Espero que estén contentos.

POST ORIGINAL

A principios de enero de 2018 programé una alerta de Google News para la palabra “venezolanos”.

Días antes había notado que aumentaba el uso de ese término en los titulares de la prensa peruana. Así que quise comprobar si se trataba solo de una impresión guiada por mi propia filter bubble o si, en efecto, los medios peruanos estaban abusando de las notas negativas o “polémicas” protagonizadas por inmigrantes venezolanos.

Estos son algunos de los titulares que fueron apareciendo en mi bandeja de entrada:

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Además del uso del gentilicio en el titular, lo que todas esas notas tienen en común es que están hechas a partir de contenido publicado por usuarios de redes sociales: Facebook, WhatsApp o Youtube (además de un servicio de mensajería y un repositorio de videos, estos dos últimos también son redes sociales, si nos guiamos por la famosa definición de Kaplan y Haenlein).

Ese contenido, según nos cuentan los titulares y bajadas de las notas, se hizo “viral”, “conmocionó”, “enojó”, generó “polémica” o “debate” entre los usuarios de esas plataformas. Y es esa supuesta viralidad la que, parece, justifica su publicación.

Hay otro detalle que me llamó la atención. Detalle que pasa desapercibido si uno se queda solo en los titulares. Ninguno de los “venezolanos” protagonistas de la noticia tiene nombre. NI UNO. No sabemos, y no es arriesgado suponer que los redactores tampoco (de lo contrario lo habrían consignado en alguna parte de sus notas), cómo se llama uno solo de los venezolanos mencionados en esos titulares. Repito: NI UNO.

Esta de arriba es tan solo una pequeña selección de notas, pero basta para hacernos una idea de qué guía el interés de los editores y/o redactores de esas webs, al menos a la hora de seleccionar y publicar estas noticias: el conflicto entre venezolanos (ellos) y peruanos (nosotros).

Cualquier conflicto. Por trivial o ridículo que sea.

Incluso este:

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Este es el cuerpo de la nota del diario La República, hoy desaparecida de su página web (volveré sobre esto más adelante), y ya solo accesible en la copia almacenada en caché de Google. Las negritas son mías:

Llaman la atención. Miles de usuarios de en las redes sociales [sic], especialmente en YouTube, se han mostrado sumamente indignados luego de que se hiciera viral un video que muestra cómo una pareja de venezolanos queda asqueada tras probar una vaso [sic] de chicha morada. Sigue leyendo para más detalles.

Como se puede apreciar en el video, que tiene miles de reproducciones en YouTube, una pareja de venezolanos se encontraba comiendo hamburguesas y decidieron acompañarlas con un vaso de chicha morada.

“Vamos a comer unas hamburguesitas y tuvimos la ‘brillante idea’ de pedir chicha morada”, dice la muchacha enfocando a su amigo, quien hace un gesto como de disgusto, algo que ha disgustado a miles de peruanos en YouTube.

De acuerdo a la autora del video, que ha sido muy criticado en YouTube y otras redes sociales, la muchacha venezolana había probado anteriormente chicha morada; sin embargo, no le había gustado en absoluto.

Ella y su acompañante esperan que esta vez, la chica morada [sic] sepa mejor y comienzan a probar la bebida. “No tiene mayor ciencia”, se puede escuchar decir al joven venezolano.

Por su parte, la chica venezolano [sic] tras probar la chicha morada aseguró que “sabe horrible”.

Que uno, dos, tres y hasta cuatro medios establecidos decidan convertir en noticia el video de una pareja de jóvenes que se graban probando una bebida en un restaurante, me recordó una carta al director que publicó el diario El País en diciembre de 2016:

Un par de años antes, otro lector, este de la edición sevillana del diario ABC, había enviado y conseguido que le publicaran una carta similar:

colchon

La clave se encuentra en una frase casi idéntica que comparten ambas cartas: “Ya que la gente cuenta todo por redes sociales, he pensado que a lo mejor podría interesar a los lectores de este periódico”. El lector del ABC va un poco más lejos aún: “Ya que se comparte información sin interés alguno para la gran mayoría, hagamos que se entere más gente aún”.

La broma de ambas cartas reside en una pregunta para la que todos —si somos sinceros con nosotros mismos— tenemos la misma respuesta: ¿Por qué habrían de interesar esas nimiedades —que a alguien se le caiga un vaso de cristal, que a un segundo le cambien el colchón o que un tercero coma “una tapita de queso”— a los lectores de un diario?

Por ninguna razón.

En esa línea, ¿por qué habría de ser una información valiosa para los lectores de un medio noticioso que dos extranjeros —quienes, al igual que en los otros ejemplos consignados párrafos arriba, no tienen nombre— opinen que la chicha morada “sabe horrible”?

En principio, de nuevo, por ninguna razón. Pero, además, ¿cuál es la necesidad de incidir en una polémica tan ridícula en el contexto de otras tantas notas que hacen énfasis en ese “ellos” versus “nosotros”; que alientan, seguro sin querer, a la xenofobia?

Para saberlo, y dado que tanto La República como Correo han sido los dos medios más pródigos en este tipo de notas entre enero y febrero, me comuniqué con sus editores. Lastimosamente, el director digital de Correo, Antonio Manco, nunca respondió a los varios mensajes que le envié.

Por suerte, el editor general web de La República, Rider Bendezú, sí contestó al mensaje de Facebook del martes 12 de febrero en que le explicaba que quería hacerle algunas preguntas.

Sin embargo, mientras esperaba su respuesta, ocurrió algo que me llamó la atención. Algunas de las notas sobre las que quería conversar con Bendezú empezaron a desaparecer del site de La República. No todas, pero por lo menos cinco de ellas. Incluida la titulada: YouTube viral: Venezolanos prueban chicha morada y hacen polémico gesto [VIDEO].

Cuando unas horas después de mi primer mensaje pudimos hablar por teléfono, le pregunté a Bendezú cuál era el sistema o procedimiento para producir esas notas. ¿Eran iniciativa de un redactor o eran encargos de un editor? ¿Era él consciente de que notas de esas características alentaban a la xenofobia?

Y, también, ¿cuál creía él que era el interés periodístico de notas como “Polémica en Facebook: Graban a peruano y venezolano peleándose en bus”, “Facebook Viral: Polémica por venezolana que llama ‘feos’ y ‘mutantes’ a peruanos” o “Via WhatsApp: Venezolanos insultan a peruanas en audio filtrado”?

Antes de responder, Bendezú me dijo que había visto unos tuits que yo había publicado días antes y consideraba injusto que acusara a La República de alentar la xenofobia.

Estos son mis tuits:

Lo primero que le dije al editor web de La República fue que quizá me había expresado mal. Yo no creía que él, sus redactores o incluso el diario fueran xenófobos. Creía sí que, al intentar satisfacer un supuesto interés de sus lectores o al hacerse eco de manera irreflexiva de una parte de la conversación que ocurre en redes sociales, estaban alentando a la xenofobia. Creía que esa incitación a la xenofobia era un daño colateral producido por la ausencia de un adecuado proceso de selección de lo que es o no es noticia.

“Dices que las publicamos en busca de clicks, pero esas notas no son las más vistas”, me dijo Bendezú. Si ni siquiera es ese el motivo, repliqué, ¿por qué las publican? ¿cuál es el criterio detrás?

“El diario tiene una postura clara a favor de la migración venezolana”, me dijo. De hecho, “contamos con dos redactoras venezolanas en la redacción, que entraron por un proceso regular de selección y a las que pagamos igual que a sus compañeros”.

La República, me dijo también el editor, ha publicado 142 notas sobre Venezuela o venezolanos de noviembre a esta parte. Y ha publicado varios editoriales —el “mejor lugar para expresar la posición de un medio comunicación”, a su entender— en contra del régimen de Maduro y de los, por ahora, pequeños brotes de xenofobia.

Eso es precisamente lo que me llama la atención, le dije. Si el diario tiene esa línea editorial, cómo es posible que no vean que con estas notas, que no son pocas, están atizando la xenofobia de una parte de sus lectores. ¿Cuál es la razón para publicarlas? ¿Cuál es el criterio periodístico?

Bendezú respondió que las notas sobre venezolanos se encontraban todas dentro de la sección que el site de La República denomina Tendencias. Es decir, según sus propias palabras, “contenido que se está haciendo viral en redes sociales, del que están hablando los usuarios de redes sociales”. Esas notas, me dijo el editor, “no tienen el ADN de La República, y por eso se agrupan en esa sección, se colocan en un lugar específico de la página web y se destacan incluso con un señalizador rojo que dice TENDENCIAS”. Son, continuó, “notas que los usuarios no deberían leer, pero lastimosamente leen, como las notas de espectáculos”.

A continuación, el editor mencionó un artículo escrito por él y publicado en la web del diario en febrero de 2017, donde ya apuntaba esa diferencia entre uno y otro tipo de notas. En su texto Bendezú decía:

En nuestra página de Facebook compartimos notas de todas las secciones de la web. Sin embargo, las publicaciones de entretenimiento son criticadas por no ajustarse a la línea editorial que acompañó a la marca La República por muchos años.

La redacción web no es ajena a estas críticas y es por ello que no descuidamos la publicación de #noticiasQueimportan. Lo que también tenemos claro es que en Internet el consumo de contenidos no solo es noticioso y por eso tenemos las secciones de Espectáculos y Ocio.

Contrario a lo que quisiéramos, las #noticiasQueimportan no son las más leídas, esa atención se la roban las publicaciones de entretenimiento, pese a ser las más vilipendiadas en redes sociales.

Luego de leer el texto, le pregunté: Entonces, en esa línea, ¿esas notas sobre venezolanos que hemos estado comentando, algunas que han retirado ya, serían #noticiasQueNoimportan?

La respuesta de Bendezú fue: “Por algo han estado en la sección Tendencias”.

¿Qué tipo de verificación habían realizado? ¿Habían intentado contactar a las personas que protagonizan las notas o que colgaron los videos en redes sociales? Bendezú me dijo que no. Que en estos casos comprobaban que los videos fueran recientes y no que se publicaran como nuevos cuando habían ocurrido hace ya tiempo, pero nada más.

¿Basta entonces con que el video sea publicado por un usuario de alguna red social? El editor digital de La República me dijo que no creía que hiciera falta más verificación, que el hecho había ocurrido y estaba registrado. No hacía falta tampoco conocer los nombres de las personas implicadas.

Por último, le pregunté por qué habían borrado algunas de las notas. “Por autorregulación”, me dijo. “Creo que algunas notas no debieron ser publicadas. No tenían mayor interés y ya han sido retiradas”.

¿Y no pensaba, como editor, que los lectores merecían algún tipo de explicación? ¿Iban a colocar alguna indicación sobre la desaparición de esos artículos? “No veo por qué, tiene que ver con nuestra autorregulación. Si te mostrara los mensajes que recibimos, los lectores no se han quejado por esas notas, nosotros hemos tomado la decisión de sacarlas, no veo por qué habría que explicarlo”, me dijo.

Recapitulemos.

1.-La edición digital de uno de los principales diarios peruanos publica —al igual que varios otros medios pero en mayor cantidad— una serie de notas en las que el énfasis está puesto en la confrontación o conflicto entre inmigrantes venezolanos y ciudadanos peruanos.

2.-Casi todas esas notas están confeccionadas a partir de videos o audios o mensajes publicados en redes sociales por terceros. Los redactores que utilizan ese contenido y colocan titulares como “YouTube viral: Venezolanos prueban chicha morada y hacen polémico gesto [VIDEO]” reproducen en sus notas la mínima información que trae el video o post respectivo sin indagar nada más. Sin siquiera preocuparse por averiguar el nombre de los protagonistas de su “noticia”.

3.-El editor del site considera —contraviniendo conocimientos básicos de cómo leen los usuarios en Internet, que indican que quienes acceden a noticias en páginas web no reconocen las secciones en que están publicadas, de hecho muchos de los que acceden a ellas a través de redes sociales ni siquiera reconocen o recuerdan las cabeceras que las amparan— que esas notas no representan la línea del diario, que de hecho son “notas que los usuarios no deberían leer” y que no hay problema porque se publican dentro de la sección Tendencias.

Pero, además, piensa que son un asunto menor ya que el site del diario “ha publicado 142 notas” sobre Venezuela o venezolanos y no todas son como las que he mostrado párrafos arriba.

Como si no estuvieran todas —las #noticiasQueimportan y las que supuestamente no— amparadas por la cabecera/marca del diario y no fueran distribuidas a través de sus redes sociales.

Como si los procedimientos periodísticos no fueran aplicables a unas y otras. Como si la publicación de artículos en un medio fuera un juego de suma cero, donde unas notas “positivas” o debidamente reporteadas anularan las “negativas” o confeccionadas sin respetar el más mínimo proceso de verificación.

Como si, en Internet y en redes sociales, el reino de la ausencia de contexto, cada nota no debiera justificarse y defenderse a sí misma.

4.-Días después de publicadas, algunas de esas notas son eliminadas de la página web del diario. El editor responsable considera que los lectores, aquellos que han leído e incluso compartido o comentado las notas en sus redes sociales, no merecen ninguna explicación. Basta con eliminarlas sin más.

Rider Bendezú es un periodista experimentado, según él mismo me dijo lleva más de seis años trabajando en periodismo digital. Es, desde hace un año, jefe de edición digital de La República, además de profesor universitario de periodismo y comunicación digital, como indica su propia página de LinkedIn.

Es por ello que me sorprenden sus respuestas.

Uno de los vicios habituales en la crítica a medios en redes sociales es culpar de los errores a los becarios o practicantes. Cada vez que un gran medio o una marca noticiosa conocida publica una tontería o incurre en un fallo relativamente grave, y es castigado o criticado por ello en redes sociales, no falta quien levante la voz y el dedo acusador para decir: “se nota que ya solo trabajan ahí practicantes” o “seguro dejaron solo al practicante”.

Cualquiera que haya trabajado en una redacción sabe que esto no es cierto. La mayoría de medios emplea becarios o practicantes pero estos son un porcentaje pequeño de la planilla. Además, al igual que cualquier otro redactor, un practicante se encuentra bajo la autoridad y supervisión de un editor, aun cuando a muchos editores esto parece olvidárseles en el día a día.

No son practicantes los que deciden convertir en noticia cualquier irrelevancia que haya conseguido capturar la atención de un puñado de usuarios de redes sociales. No son ellos los que deciden publicar ese video, esa polémica, ese audio de WhatsApp sin llevar a cabo ninguna verificación.

Son sus editores los que han tomado previamente la decisión de prescindir de los procedimientos básicos del periodismo y dejar el poder de selección de noticias al vaivén de la conversación en redes sociales.

¿Por qué? Podemos encontrar una pista en la última columna del periodista Fernando Vivas publicada este miércoles 14 en el diario El Comercio:

El periodismo tiene herramientas para saber que el público se interesa por sucesos protagonizados por venezolanos, aunque sean banales. Y la lógica del SEO (Search Engine Optimization) recomienda, a los medios, titular notas con palabras claves como ‘venezolano’. ‘Sismo’ es otra palabra clave; por eso, bromeando con un colega, le aposté que escribiría una columna con las dos. No me digan que el video de un venezolano asustado ante su primer temblor no sería un viral.

El mismo Vivas señala líneas después:

Ahora bien, no todo lo que le guste a la gente es pertinente. La ética no depende de razones comerciales.

A continuación, Vivas se extiende en una confusa explicación en la que intenta justificar (para luego rechazar él mismo esa justificación líneas más adelante) la publicación de notas donde se destaca de manera gratuita la nacionalidad venezolana de sus protagonistas porque “PPK y la oposición fujimorista coincidieron con satanizar a Maduro al punto de promover concesiones especiales para migrar”.

Pero voy a centrarme en “la lógica SEO” de la que habla el columnista. Como señala Vivas, existen diversas herramientas para detectar palabras claves que interesan a los usuarios de Internet.

Cuando se habla de SEO, estamos hablando de técnicas para aprovechar el interés de los usuarios de buscadores. Teniendo en cuenta que entre el 86.87% y el 91.74% de las búsquedas de Internet se hacen en Google, cuando hablamos de técnicas para SEO estamos hablando exclusivamente de Google.

Este es un cuadro de Google Trends que muestra el aumento de las búsquedas que incluyen la palabra “venezolanos” realizadas por usuarios peruanos o conectados desde el Perú:

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Como ven, la escalada de interés comienza a mediados de enero y alcanza sus picos —100 representa el valor máximo en la escala de interés de Trends— a finales de ese mes y principios de febrero. Es decir, en las fechas en que fueron publicadas todas las notas que he reseñado párrafos arriba.

¿Qué hecho particular generó ese aumento en el interés de los internautas peruanos por la palabra “venezolanos”?

El 24 de enero, los dos diarios principales del país, El Comercio y La República, daban cuenta de las declaraciones de Eduardo Sevilla, superintendente nacional de Migraciones, quien informaba que “actualmente hay más de 100 mil ciudadanos venezolanos en calidad de turistas, con Permiso Temporal de Permanencia (PTP) y residentes”.

Esa misma semana, unos días después, el congresista Justiniano Apaza declaraba a El Comercio:

Creo que el Ejecutivo debe tomar una decisión. El problema es el ingreso masivo que hay ahora [de ciudadanos de Venezuela]. Creo que hay que poner restricciones o, en todo caso, regular su ingreso.

A Apaza le respondieron varios de sus colegas, rechazando sus declaraciones. También algunas caras conocidas de la televisión peruana, que criticaron su postura. Así como un par de activistas venezolanos residentes en Lima entrevistados por los medios.

La cuestión venezolana, enfocada ahora en el adecuado o excesivo número de migrantes procedentes de ese país, se convirtió en pocos días en un tema popular en sites noticiosos y redes sociales, razón por la cual, como indicaba unos párrafos arriba, se dispararon las búsquedas del término “venezolanos” en Google.

En consecuencia, varios medios, sobre todo La República y Correo, empezaron a publicar cualquier nota que tuviera la palabra venezolanos en el titular.

El ciclo es más o menos así:

—Los medios hablan de un tema.

—El tema, por las razones que sea, llama la atención de los usuarios de Internet, elevando su presencia en Google y redes sociales.

—Como los usuarios de redes sociales están hablando de ese tema, los medios ahora buscan producir más notas al respecto, para lo que se sirven del contenido producido por los usuario de redes sociales.

—Las nuevas notas refrendan el interés de los usuarios y el posicionamiento del tema en cuestión en Google y redes sociales, así que los usuarios vuelven a responder produciendo nuevo contenido, que una vez más es levantado por los medios y convertido en notas.

—Y así hasta que los usuarios de redes sociales se aburren y pasan a otra cosa.

—Nuevo tema y vuelta a empezar.

Lo hemos visto una y otra vez. La última, gracias al famoso lomo saltado de 65 soles que inundó redes sociales y titulares hace un par de semanas. Lo vimos también a mediados de enero cuando un restaurante de comida china fue injustamente acusado de servir carne de perro. Y, antes, a finales de noviembre cuando se difundió un absurdo audio de WhatsApp que supuestamente explicaba las razones del resultado analítico adverso de Paolo Guerrero.

Y lo estamos viendo ahora con cualquier asunto protagonizado por “venezolanos”.

Ocurre que la mayoría de veces estas notas producidas a partir de contenido de usuarios de redes sociales (un video, una foto, un audio, un comentario airado) y que no se verifican de ninguna forma versan sobre temas menores, o que los editores consideran menores: escándalos de farándula, pequeños accidentes sin graves consecuencias, quejas de consumidores, charlas intrascendentes entre desconocidos de carácter supuestamente humorístico, y un largo y tedioso etcétera.

Como ya he explicado en otra ocasión, muchos periodistas, incluso los encargados de redactarlas, ven con desdén ese tipo de noticias y consideran que, dada su liviandad, los principios o procesos periodísticos no aplican para ellas. Si van a ir en la sección virales o tendencias, para qué cuestionar su pertinencia, relevancia o siquiera verificarlas.

Aquí, por ejemplo, los titulares de unas cuantas notas publicadas ayer 14 de febrero en la sección Tendencias del diario La República:

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¿Hay un OVNI en un Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA (¿?) como invita a pensar el artículo? Es improbable. Tanto que la nota ni siquiera señala el nombre o ubicación del supuesto laboratorio. Pero qué más da, la imagen de Google Maps es “impactante” y se ha hecho “viral.

¿Le importa a la audiencia de un medio de comunicación que una mujer desconocida descubra a través de unos mensajes de WhatsApp que su esposo le es infiel con una amiga? No. Tan irrelevante parece ser, que los redactores ni siquiera han hecho el esfuerzo por identificar a los involucrados ni averiguar dónde se encuentran. No tenemos idea de cómo se llaman, si se encuentran en Perú, México, Argentina o Suiza. Qué importan esos detalles, si se trata de un “WhatsApp viral”.

¿Existe algún interés periodístico en que un par de supuestos amigos no identificados discutan a través de WhatsApp sobre unas supuestas fotos pornográficas (“pack”)? No, pero como dice la nota, “la conversación es tendencia en las redes sociales” y eso basta para que un redactor utilice unas cuantas capturas de pantalla y redacte otro artículo más de Tendencias.

Pero qué ocurre cuando se aplica esa misma laxitud, esa misma inconsciencia e irresponsabilidad periodística, habitualmente empleadas en notas que los mismos editores consideran que “los usuarios no deberían leer”, a un asunto con tintes serios.

¿Qué ocurre cuando ya no se trata de un OVNI inexistente o una irrelevante conversación en WhatsApp, sino del bienestar de un amplio grupo de personas huyendo de una situación de emergencia y acomodándose en un país que no es el suyo?

Bueno, ocurre lo que hemos visto al comienzo de este artículo. Ocurre que, al abdicar de su responsabilidad como editores, es decir, al renunciar a aplicar criterios periodísticos y guiarse únicamente por aquello que “se está viralizando” en redes sociales, están alentando la xenofobia que sus propias páginas editoriales dicen combatir.

Lo más saltante, si se quiere, no es que estén incitando a la xenofobia, sino que lo estén haciendo de forma tan irresponsable, sin siquiera reparar en ello. Amparados en contenido producido por terceros que no someten a la más mínima verificación. Y excusándose en que son los temas de que estánhablando los usuarios de redes sociales”, son unas pocas notas y que las publican solo en la sección Tendencias.

Reduciendo sus medios, una vez más, a meros repetidores de aquello que se hizo “viral”, “conmocionó”, “enojó”, generó “polémica” o “debate” entre los usuarios de redes sociales. A los que han convertido, de facto y ad honorem, en editores jefe de esas páginas web.

ACTUALIZACIÓN

El 24 de abril de 2018, el diario La República, principal productor de noticias sobre “venezolanos” en la prensa peruana, fue un paso más allá en su no-intencionada campaña de incitación a la xenofobia contra migrantes venezolanos.

En esta ocasión el artículo no ponía el énfasis en los ridículos conflictos ocurridos entre venezolanos y peruanos, ni se apoyaba en contenido producido por usuarios de redes sociales, ni estaba publicado dentro de su famosa sección Tendencias. Esta vez, el redactor responsable de la nota (que va sin firma o, más bien, firmada con un “Redacción LR”), utilizaba la supuesta licencia que brinda un titular entre signos de interrogación para inventar un conflicto nuevo.

Esta era la “noticia”:

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La nota empezaba así:

El aumento de venezolanos en Perú ha llenado de incertumbre (sic) a la población, debido a que por primera vez, en el milenio, aumentó la tasa de pobreza en el país; noticia que es materia de análisis y encontrar si realmente el crecimiento de los criollos es la verdadera causa.

Dejemos de lado que el titular es un ejemplo de libro de la famosa Ley de Betteridge: “todo titular en forma de pregunta puede ser respondido con un NO”. Y que hace falta sortear el titular, la bajada, cinco párrafos y, en la versión móvil, dos quiebres publicitarios para llegar a la respuesta a ese titular tendencioso y amarillista.

En el penúltimo párrafo, Carlos Parodi, economista de la Universidad del Pacífico, señala: “No veo una causalidad con las cifras del estudio de pobreza. Eventualmente podría tener efectos, pero solo en la medida que tenga impactos significativos en los empleos. Por ahora no lo veo por ahí”.

Así que no, los venezolanos no son la causa del aumento de la pobreza. Por si hacía falta aclararlo.

Pero prestemos atención al arranque de la nota. Sobre todo a esa primera oración:

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Primero, imagino que donde dice “incertumbre” el redactor ha querido escribir “incertidumbre”. Entonces, según este artículo, la población peruana se encuentra “llena de incertidumbre” por “el aumento de venezolanos en Perú”.

¿Por qué? Ahí tenemos la respuesta: “debido a que por primera vez, en el milenio, aumentó la tasa de pobreza en el país”.

¿Existe alguna relación de causalidad entre el “aumento de venezolanos” y el aumento de “la tasa de pobreza en el país”? No, ninguna. El economista consultado lo dice en el penúltimo párrafo de la nota.

Entonces, ¿por qué la población peruana se ha llenado de incertidumbre? Ni idea.

¿Antes de colocar ese titular en interrogación –recuerden: “Venezolanos en Perú: ¿Son la causa del aumento de pobreza?”– conoce el redactor la respuesta a su pregunta? Sí, claro.

Entonces, ¿por qué colocar ese titular? ¿por qué redactar ese primer y confuso párrafo?

Por la misma razón que, solo en el último mes, se redactaron y publicaron estas otras notas:

Por amarillismo. Un amarillismo irresponsable e irreflexivo, guiado por la búsqueda de clicks. Y que, por muchos editoriales exculpatorios que se escriban, alienta día sí y día también la xenofobia.