No, Barack y Michelle Obama no se han divorciado

Hace unos días, un contacto de Facebook me hizo llegar un link a una «noticia» del diario peruano La República acerca del supuesto divorcio del expresidente norteamericano Barack Obama. Por supuesto, picado por la curiosidad, di click y me topé con esto:

Me bastó echar un vistazo al cuerpo de la nota para descubrir que la información de La República acerca del divorcio de Barack y Michelle Obama era tan fiable como las historias de reptilianos y ovnis a las que son tan aficionados sus editores.

Me bastó leer esto para, una vez más, descartar una nota publicada por el site del diario peruano:

De acuerdo con la nota de GLOBE, el medio más vendido en Estados Unidos

Esta es la portada de GLOBE, el supuesto medio más vendido de Estados Unidos según el redactor o redactora de La República:

Por supuesto, GLOBE no es el medio más vendido de Estados Unidos. Ni lo ha sido nunca. Según el más reciente dato de circulación que he podido encontrar, en 2018 su tiraje alcanzaba los 117 mil ejemplares semanales. Según los datos de Alliance for the Audit Media, el organismo que en Estados Unidos verifica los números de circulación de medios, existen más de 60 medios que superan el millón de ejemplares. Y más de un centenar que superan los 120 mil ejemplares sin llegar al millón. GLOBE, como indican los datos de Alliance for the Audit Media, no es uno de ellos. Ni por asomo.

Tan acostumbrado estoy a las mentiras que publica La República en su página web que, en ese momento, no le presté mayor atención. Sin embargo, en los días siguientes vi cómo distintos medios en español repetían en coro la supuesta exclusiva del GLOBE acerca del divorcio –consumado o por llegar– de los Obama:

Por cierto, mientras veía cómo la «noticia» se propagaba, descubrí que en La República habían cambiado su titular. La nota es la misma pero ahora, según el titular, los Obama ya no «se divorcian», sino que Michelle Obama «se divorciaría» de su esposo. De un hecho consumado a uno expresado como posibilidad. Una pequeñez.

Todos estos medios hacían alusión a la supuesta exclusiva de GLOBE, según la cual «Michelle y Barack Obama están peleando de forma feroz mientras llevan vidas separadas, ¡y sus amigos temen que la mala sangre entre ambos hierva hasta el punto de convertirse en un divorcio horrible plagado de escándalos!».

La página de GLOBE es bastante precaria y no ofrece más que pequeños fragmentos de algunas piezas publicadas en su edición impresa, pero ayudándome con la aplicación Pressreader pude encontrar el texto original de la supuesta exclusiva de la revista.

¿Cómo es que saben los periodistas de GLOBE (la nota, por supuesto, no lleva firma) que los Obama se encuentran separados y en medio de una pelea «feroz»? Así (las negritas son mías):

En el corazón de las disputas se encuentra la adicción al trabajo del expresidente –y su evasión de los asuntos familiares– que ha asolado la relación por años y que finalmente ha destrozado su matrimonio, dicen fuentes.

Sus carreras por separado y los problemas de sus desenfrenadas hijas, Malia, de 21, y Sasha, de 18, han hecho trizas la vida familiar, chismean personas con conocimiento (en inglés: «insiders dish»).

«Es un secreto a voces que Michelle quiere más de Barack desde un punto de vista familiar y está increíblemente decepcionada de que él pase tanto tiempo lejos», cotillea una persona con conocimiento (en inglés: «an insider blabs»).

Y así por poco más de 600 palabras: «señala una persona con conocimiento», «delata la fuente», «dice la fuente».

¿Quiénes son esas fuentes o personas con conocimiento de lo que ocurre dentro del hogar de los Obama? Ni idea. En ningún momento la publicación explica cuál es la relación que esas supuestas fuentes tienen con la familia Obama ni por qué los lectores debemos creer lo que señalan. Ya alguna vez he escrito sobre lo delicado que es utilizar fuentes anónimas y la responsabilidad que conlleva de cara a la audiencia. Pero sigamos.

GLOBE es un tabloide norteamericano propiedad hasta hace poco de American Media, Inc, empresa que también editaba otros dos tabloides famosos por sus mentiras, portadas sensacionalistas y escasos escrúpulos periodísticos: el National Enquirer y el National Examiner. En abril, American Media, Inc anunció que vendía los tres semanarios a Hudson News.

La primera de esas publicaciones hermanas de GLOBE quizá les suene de un escándalo reciente. En febrero de 2019, el multimillonario CEO de Amazon, Jeff Bezos, acusó al CEO de American Media, Inc y entonces responsable del Enquirer, David Pecker, de intentar extorsionarlo utilizando unas fotografías en las que aparecía desnudo.

No es el único escándalo en que se han visto envueltos Pecker y American Media, Inc recientemente. En diciembre de 2018, el responsable de American Media, Inc admitió haber pagado a al menos una mujer que aseguraba haber tenido un affaire con Donald Trump para comprar su silencio. Según el texto de cooperación de la compañía con la fiscalía federal:

«Pecker ofreció su ayuda para lidiar con historias negativas acerca del [entonces] candidato presidencial y sus relaciones con mujeres. Entre otras cosas, ayudando a la campaña a identificar ese tipo de historias para que puedan pagar por ellas y así evitar su publicación…Pecker accedió a mantener informado de ese tipo de historias negativas a [Michael] Cohen (el abogado de Donald Trump condenado por mentir ante el Congreso y el Senado de Estados Unidos)».

Todo un modelo a seguir en cuanto a prácticas periodísticas se refiere.

Pero volvamos al GLOBE. El semanario, como explicaba párrafos arriba, no es ni el medio más vendido del Estados Unidos ni tampoco ninguna «prestigiosa revista». Es, como sus hermanos el National Enquirer y el National Examiner, un tabloide de más que dudosa reputación, famoso por portadas escandalosas e información nada fiable, que además tiene una poco sana obsesión con el expresidente Barack Obama.

Echen un vistazo a algunas de las portadas que le ha dedicado:

GLOBE no solo fue uno de los medios más activos a la hora de apuntalar el «birtherism», la famosa teoría de la conspiración según la cual Obama no había nacido en Estados Unidos y, por ende, su elección era ilegal (teoría que el ahora presidente Trump también promovió activamente durante años), sino que lleva un buen tiempo repitiendo que el expresidente es gay y que debido a ello Michelle Obama lo abandonará en cualquier momento. Entre muchas otras mentiras.

Pese a ello, los editores del diario La República, no contentos con difundir una vez la falsa exclusiva del GLOBE, le dedicaron una segunda nota. El día 13 de agosto publicaban este curioso titular:

Voy a repetirlo una vez: «El divorcio de Michelle Obama y Barack toma un nuevo rumbo».

Ya en el cuerpo de la nota podemos leer joyas como esta:

La noticia propalada por Globe fue reproducida en diversos medios y plataformas. No obstante, la pareja que ya lleva 27 años de casados no brindó declaraciones al respecto.

«Diversos medios y plataformas» como nosotros, olvidaron decir.

O esta otra:

La probable razón para Barack Obama y Michelle Obama no se pronuncien sobre lo publicado o le entablen una demanda de difamación, es precisamente, para evitar que lo dicho sobre ellos crezca aún más y alcancen nuevos vuelos. Mientras que Globe, sigue generando ganancias al ofertar su suscripción para poder leer la nota completa de las supuestas exclusivas que vende.

Una más:

No obstante, la reputación de Globe está en contradicho (sic), teniendo en cuenta sus anteriores “grandes exclusivas” como la muerte de la Princesa Diana de Gales, que según la revista habría sido ideada por su exesposo, el Príncipe Carlos, quien luego se lo habría confesado a su madre, la Reina Isabel II, en busca de ayuda para evitar el escándalo.

Ojalá fuera solo la reputación del GLOBE la que se encuentra en entredicho.

Por supuesto, todas esas «grandes exclusivas» –incluida la homosexualidad del expresidente Obama o su nacimiento en África– son falsas. Así como es falso que los Obama se hayan divorciado o estén a punto de hacerlo. No existe una sola información fiable al respecto. Y, debido a ello, ningún medio que se respete en Estados Unidos se ha hecho eco de la supuesta exclusiva del GLOBE.

Pese a ello, varios diarios en Perú, España, México, Chile y el resto del mundo hispanoamericano, optaron por poner la poca credibilidad que les queda en las manos de un semanario sensacionalista adicto a la desinformación. No es la primera vez. Y, conociéndolos, no será la última.

PPK, Alfredo Torres, el indulto y el conflicto de interés

Dos libros publicados en estos días vuelven a confirmar lo que lleva comentándose en el Perú desde diciembre de 2017: el presidente ejecutivo de la encuestadora Ipsos Perú y columnista del diario El Comercio, Alfredo Torres, se reunió el 23 de diciembre de 2017 con el entonces presidente de la República Pedro Pablo Kuczynski para discutir la posibilidad de indultar al expresidente Alberto Fujimori.

Al día siguiente, el 24 de diciembre, en víspera de Navidad, la secretaría de prensa de la Presidencia de la República del Perú anunciaba el indulto concedido por el presidente Kuczynski con este comunicado:

Según relata el periodista Marco Sifuentes en este adelanto de su libro PPK KO: Caída pública y vida secreta de Pedro Pablo Kuczynski (Planeta, 2019):

En la mañana del sábado 23, Alfredo Torres expuso ante PPK y sus ministros las razones por las que un indulto en navidad era buena idea.

Por su parte, la periodista Rafaella León, autora del libro Vizcarra: Retrato de un poder en construcción (Debate, 2019), confirma también la reunión, aunque la sitúa al mediodía, y brinda más detalles al respecto (las negritas son mías):

«Quiero saber qué dicen las encuestas», le dijo PPK a Alfredo Torres, analista de la consultora Ipsos Perú, a quien citó en su casa el sábado 23 de diciembre al mediodía. Los últimos meses de 2017, los sondeos de opinión habían incluido la pregunta que inclinó finalmente la balanza en la decisión que tomó PPK esa Navidad. Ante la consulta de si estaría o no de acuerdo con que el presidente Kuczynski indulte a Fujimori, en promedio, entre el 50% y el 60% de entrevistados respondía que sí. De ese porcentaje mayoritario, una porción consideraba que Fujimori era inocente y la otra, que ya había cumplido su pena una cantidad de años suficiente para la edad y las condiciones del preso. PPK estaba claramente dentro de este segundo grupo.

Durante la conversación, que duró aproximadamente una hora, y en la que estuvo también presente el ministro de Defensa Jorge Nieto, el presidente comentó en voz alta que ya había ido anunciando que debía indultarlo. Parecía convencido de que tenía dos razones para proceder con su decisión: corresponder a Kenji por su apoyo al momento de evitar que lo sacaran del Gobierno, y al mismo tiempo quebrar al propio fujimorismo enemistándolo con su hermana. Eso podía, eventualmente, darle oxígeno para gobernar. Pero quería saber qué opinaba Torres.

–Si ya has ofrecido indultarlo, vas a tener que hacerlo. Van a haber protestas hoy, mañana o cuando lo hagas. En todo caso, en Navidad es mejor que dentro de un mes– le contestó.

Nieto no estaba de acuerdo. Se opuso en todo momento a que Kuczynski concediera la gracia presidencial a Fujimori, siendo que una buena porción de apoyos ciudadanos provenía de un antifujimorismo muy fuerte. Le advirtió que ir en contra de eso –aunque el ambiente navideño históricamente se haya aprovechado para otorgar gracias presidenciales– significaría perder el mayor soporte con el que hasta ese momento contaba su Gobierno. PPK escuchó a ambos e hizo que entre ellos se oyeran. Buscaba en el fondo que Nieto sopesara argumentos científicos de Torres y variara su posición. No se logró. Torres suponía, más bien, que PPK terminaría haciéndole caso a su ministro y no a él. Se equivocó.

Al día siguiente de la reunión, es decir, el 24 de diciembre, el responsable de Ipsos publicaba una columna en el diario El Comercio titulada «La hora de la reconciliación». En ella, Alfredo Torres decía a propósito del indulto (las negritas son mías):

El indulto a Alberto Fujimori contaba hace un mes con 65% de aprobación. Hoy puede haberse consolidado este respaldo, ya que la actitud de Kenji y su grupo conmovió a muchos simpatizantes de PPK, que ahora se han vuelto más anti-Keiko que anti-Alberto. El principio de reciprocidad está en los fundamentos de la cosmovisión andina y la reconciliación y la compasión son la base de la cosmovisión cristiana, con especial sentido en Navidad. Pero desde el punto de vista político, la necesidad de forjar la gobernabilidad es una razón adicional para que PPK proceda con el indulto, ahora.

En la columna no hay mención alguna a la reunión que el responsable de Ipsos había mantenido con el presidente Kuczynski el día anterior. No aparece tampoco ningún disclosure ni nota editorial, aun cuando tanto la reunión como el texto de Opinión tocaban el mismo tema: el entonces posible indulto presidencial al exdictador Alberto Fujimori.

Aquí puede verse la columna como apareció en la versión impresa del diario:

Quise saber si Torres había informado a los responsables del diario de la reunión y del, para mí, evidente conflicto de interés que esta suponía, así que me comuniqué con Fernando Berckemeyer, entonces director de El Comercio, y con Daniela Meneses*, en esa época coordinadora del área de Opinión del diario. El exdirector dijo que no, que Torres no le informó al respecto. Por su parte, la ex coordinadora de Opinión indicó que no recordaba que lo hubiera hecho.

Los relatos de León y Sifuentes no son las primeras menciones públicas de la famosa reunión del día 23 en casa de PPK. De hecho, cinco días después de ocurrida la reunión, y cuatro días después de publicada la columna en El Comercio, ya con el indulto a Fujimori concedido, el presidente de Ipsos admitía en una serie de tuits que se había reunido con el todavía presidente Kuczynski para brindarle su «opinión sobre las consecuencias políticas de su decisión»:

Torres respondía así a lo señalado por la periodista Rosa María Palacios, que, en un post publicado en su blog el día 27 de diciembre, había revelado la participación del responsable de Ipsos en la decisión de PPK. Según Palacios, Torres se había reunido en dos ocasiones con el presidente Kuczynski. En la segunda reunión, siempre según el relato de Palacios, también habría estado presente la esposa de Alfredo Torres, la periodista Cecilia Valenzuela, y ambos habrían estado «insistiendo en el indulto».

23 de diciembre
Reuniones en la casa del Presidente en Choquehuanca para discutir el indulto prometido en secreto a Kenji Fujimori. Del avance del trámite ya se habían encargado los Ministros de Salud y Justicia, desaparecidos en la defensa contra la vacancia. Operativo resulta Carlos Becerra, Presidente de Editora Perú (El Peruano) y asesor del Ministro de Salud, en simultaneo. Ministros presentes fueron Luna, Giuffra, Nieto, Aljovín. Alfredo Torres hizo una exposición con sus cifras sobre las ventajas de indultar a Fujimori. Estuvieron presentes algunos amigos del Presidente. La decisión fue tomada esa tarde. Mercedes Araoz citó por Whatsapp a todos los Ministros y a la bancada a Palacio de Gobierno para el día siguiente, 24, a las 5 pm.

24 de diciembre
Reunión en Cieneguilla en casa del Presidente. Varias fuentes señalan que tanto el Ministro Nieto como el asesor de prensa Freddy Chirinos trataron de disuadir al Presidente de indultar a Fujimori. Le explicaron los riesgos. Un testigo sitúa a Cecilia Valenzuela y a su esposo, Alfredo Torres, en la escena, insistiendo en el indulto. Esa noche, víspera de Navidad, se anuncia el indulto ante los Ministros y la bancada en Palacio de Gobierno. Kenji es el primero en agradecer, después lo haría su hermana Keiko.

Valenzuela, al igual que Torres, negó la segunda reunión. Primero en Twitter:

Y luego en un artículo publicado en el desaparecido site Altavoz (puede leerse fragmentos aquí):

La farsante dice que el 24 de diciembre “un testigo sitúa a Cecilia Valenzuela y a su esposo, Alfredo Torres, en la escena (la casa de Cieneguilla de PPK) insistiendo en el indulto».

Antes de hacer acusaciones de ese calibre, una periodista decente llama a la persona a la que piensa involucrar y confirma el dato que ha recibido. Si la persona a la que llama no le quiere contestar, registra en su crónica su negativa. Esa es la primera norma del periodismo.

Sin embargo, como indican estos dos tuits de Torres (citados también párrafos arriba), la reunión del 23 de diciembre sí tuvo lugar, y pese a ello el presidente de Ipsos no informó al respecto en la columna que sobre el mismo tema publicó el día 24 de diciembre en El Comercio:

La admisión de Torres al parecer pasó desapercibida. Pese a que el presidente de Ipsos Perú sigue manteniendo su columna semanal en el diario, El Comercio nunca ha explicado la participación de su columnista en la decisión que tomó el entonces presidente Kuczynski, ni ha incluido ningún tipo de disclosure a posteriori relacionado con el tema.

A propósito de posibles conflictos de interés, los Principios Rectores del diario El Comercio, en el apartado 13 dedicado a Las Restricciones: Interferencias, Afiliaciones e Incompatibilidades, señalan lo siguiente (las negritas son mías):

c) Las Incompatibilidades.- Son Restricciones al accionar del periodista. Pueden ser de orden personal (no cubrir informaciones sobre las que el redactor tiene un conflicto de intereses), políticas (no actuar en partidos políticos) y laborales (no realizar trabajos en otros medios).

(…)

viii.- LAS INCOMPATIBILIDADES. Se trata de Restricciones al accionar del periodista que puedan afectar su independencia. Pueden ser de orden personal (afiliaciones vinculantes con sectas u otras agrupaciones, que obligan al periodista a acatar órdenes de terceros; el periodista no deberá cubrir informaciones con las que tiene un conflicto de intereses), políticas (no actuar en partidos políticos) y laborales (no desempeñar trabajos periodísticos continuos no autorizados en otros medios, a excepción de docencia, ni asumir cargos públicos).

Lastimosamente, el texto de los Principios Rectores no aclara si estos son extensivos a los colaboradores de la sección Opinión.

Por su parte, la firma Ipsos cuenta con un código de conducta profesional, conocido como Ipsos Green Book, que puede ser consultado en la propia web de la compañía. En él puede leerse lo siguiente (la traducción y las negritas son mías):

Conflicto de interés
Los intereses personales y privados no deben interferir en las relaciones o decisiones de trabajo, estas deben basarse únicamente en consideraciones éticas y de negocios. Los contratos deben adjudicarse estrictamente en base a principios objetivos. Esto aplica también para la selección y evaluación de empleados.

La información obtenida por los empleados [de Ipsos] en el transcurso de sus deberes laborales no puede ser utilizada para su propio beneficio o en el interés de terceros.

(…)

Contribuciones políticas y relaciones gubernamentales
Dada la naturaleza del trabajo realizado por Ipsos (es decir, investigación de mercado y opinión), es importante que Ipsos mantenga siempre una posición neutral no partidaria. No se encuentran autorizadas contribuciones financieras a partidos políticos, políticos o instituciones relacionadas en el nombre de Ipsos sin la aprobación previa de la Junta de Directores.

Luego de hablar con los responsables de El Comercio, me comuniqué con Alfredo Torres para saber por qué no informó de la reunión a sus editores ni incluyó de motu proprio un disclosure que aclarara el, para mí, evidente conflicto de interés.

Torres atendió amablemente mi pedido por whatsapp y mantuvimos una cordial conversación telefónica de 10 minutos. Le pregunté, primero, si como señalaban los libros de León y Sifuentes, y como él mismo había admitido en un par de tuits, se había reunido el día 23 con el entonces presidente Kuczynski para hablar de la posibilidad del indulto. Su respuesta inmediata fue sí. Y prosiguió:

El día 23, aproximadamente al mediodía, me llaman de parte del presidente y me lo ponen al teléfono. Yo estaba manejando, me encontraba en San Isidro y le digo «no te escucho bien, si quieres paso por tu casa y me explicas de qué se trata».

En su casa había varios ministros y congresistas, estuve ahí alrededor de una hora y media, durante la cual las distintas personas presentes daban su opinión sobre el indulto. Yo sostenía, además de comentar los datos que habían aparecido en encuestas de Ipsos, que en términos relativos me parecía mejor hacerlo en Navidad que dejarlo para después, como proponían otros. Había quien hablaba de esperar a la llegada del Papa.

Yo creía que era mejor hacerlo de una vez, que Navidad era una buena fecha y que, por otro lado, la gente iba a entender que si Kenji y los suyos habían votado para salvarle la cabeza había un factor de reciprocidad en la decisión. Y, también pensaba y así lo dije, que de no hacerlo, Kenji y su grupo se iban a voltear, se iban a amistar con el resto del fujimorismo y ahí sí tenía la vacancia asegurada.

A continuación, le pregunté si él o Ipsos habían realizado algún tipo de estudio o encuesta para el presidente. «No», me respondió Torres. Las encuestas a las que hacía alusión en la reunión fueron las realizadas para El Comercio y que son de acceso público en la web del diario. «Mira, pensándolo ahora, yo creo que la razón por la que PPK me llamó fue que unos días antes, comentando el proceso de vacancia, yo dije con unos amigos que me parecía que ahora sí PPK iba a tener que indultar a Fujimori para pagar el favor de Kenji. Eso debió llegar a oídos del presidente», continuó.

Aquí pasé a preguntarle por la columna publicada el día 24 –«La hora de la reconciliación»–, en la que afirmaba: «desde el punto de vista político, la necesidad de forjar la gobernabilidad es una razón adicional para que PPK proceda con el indulto, ahora». ¿Había informado a los editores o responsables de El Comercio de la reunión antes o después de enviar el texto? La respuesta de Torres fue no. «No tenía por qué hacerlo», me dijo. Según recordaba, escribió la columna por la mañana en su oficina y la revisó y envió por la tarde, luego de la reunión en casa del entonces presidente.

Insistí un poco, ¿no pensó en ningún momento que debía hacer algún tipo de disclosure? De nuevo, la respuesta fue no. Ni él ni Ipsos habían asesorado ni trabajado para Kuczynski y esa reunión había sido a título personal y de manera informal. De hecho, me dijo, «lo que puse en la columna es casi exactamente lo que le dije a él». E insistió: «Mi interpretación fue esa, que no ameritaba un disclosure«.

Por último, le pregunté si alguien en Ipsos supo de la reunión con el presidente. «No, no creo, todo esto ocurrió el fin de semana. La reunión fue el sábado, mi columna apareció el domingo, imagino que el lunes lo comenté en la oficina pero no, nadie en la empresa supo de ella durante el fin de semana», me dijo. E insistió:

Mi conversación con el presidente fue a título personal, y así como conversé con él y respondí a sus preguntas, converso con mucha gente a diario, y no veo por qué debería informar de ello ni a El Comercio, mi compromiso con ellos es enviar una columna semanal, ni en Ipsos. A menos, claro, que hubiera un claro conflicto de interés. No podría escribir, por ejemplo, acerca de una empresa para la que estemos haciendo un estudio. Pero este no era el caso.

En el Perú, lastimosamente, esta falta de transparencia es una práctica común entre periodistas y analistas que publican o aparecen regularmente en medios. Tras mi conversación con él, estoy convencido de que Alfredo Torres piensa que no existe ningún conflicto de interés, que no pasa nada por atender el llamado de Kuczynski al mediodía y por la tarde despachar una columna sobre el mismo tema sin informar a sus lectores de que ha podido influir de manera directa en la decisión del presidente.

De hecho, tan habitual es esta práctica que la abogada y periodista Rosa María Palacios –quien, como citaba párrafos arriba, criticó a Torres por haber asesorado al entonces presidente Kuczynski– había hecho exactamente lo mismo un año antes, cuando este era todavía candidato. El 29 de mayo de 2016, Palacios aparecía como comentarista del segundo debate entre PPK y Keiko Fujimori (también lo había hecho en el primero, una semana antes) en el canal estatal TV Perú junto a otros tres periodistas.

En ningún momento durante la emisión ese 29 de mayo, Palacios indicó que había asesorado al candidato Kuczynski durante la preparación para el debate que ahora ella analizaba. Lo hizo recién al día siguiente, el 30 de mayo de 2016, primero en el programa de radio «No hay Derecho» de Radio Santa Rosa y luego en un post de su blog:

Lo primero que cabe hacer es una declaración en pro de la transparencia. Yo participe en el entrenamiento de PPK para el segundo debate. Lo explique esta mañana con Gustavo Gorriti en el programa radial “No hay Derecho” de Ideeleradio que se trasmite en Radio San Borja. Cómo saben, durante la campaña, voy ahí los lunes de 8 am a 9 am. Pensaba hacerlo la próxima semana, después de las elecciones, pero Gustavo, quién también estuvo en este voluntariado conmigo, me convenció de hacerlo hoy.

La historia es breve y me ahorrare detalles para otra ocasión. Me llamó el martes pasado Glatzer Tuesta y me preguntó si me atrevería a decirle a la cara todo lo que le había dicho a PPK en el post debate de Piura, tanto en TV como en radio. Le dije que si.  No me gusta involucrarme directamente con políticos en campaña porque suele prestarse a todo tipo de  malentendidos, que te pasas años explicando. Pero le pregunte a un buen sacerdote amigo con el que me encontré el miércoles que debía hacer. ¿Debe un periodista cruzar la línea que la distancia ética impone respecto a un político? El sacerdote me dijo: “vaya, hágalo por la patria”. Y fui, en el convencimiento de que no estoy ayudando a PPK sino a una causa, que espero triunfe, porque la alternativa afectaría severamente los derechos y libertades de todos los peruanos (sic).

«¿Debe un periodista cruzar la línea que la distancia ética impone respecto a un político?», se pregunta Palacios. Uno pensaría que una periodista de la experiencia de Palacios conoce de sobra la respuesta a esa pregunta. Pensaría lo mismo de un hombre de la trayectoria de Torres, que lleva más de 20 años al frente de una consultora del prestigio de Ipsos y otros tantos años colaborando en medios como columnista.

Pero, como decía antes, lejos de ser la excepción este tipo de conflictos de interés son la norma en la prensa peruana. Quizá va siendo hora de que los periodistas y responsables de medios empiecen a obrar con –y exijan a sus colaboradores– la transparencia que la audiencia, cada vez menos crédula y cada vez más crítica, demanda. Nos jugamos buena parte del poco prestigio que nos queda en ello.

*Disclosure: La periodista Daniela Meneses forma parte del equipo de Comité de Lectura, iniciativa periodística en la que yo también trabajo.

Mis problemas con Kapuscinski

En una entrevista reciente a propósito de la publicación de No hemos entendido nada en España, el periodista Matías de Diego me preguntaba lo siguiente:

¿Crees que la falta de verificación y de contexto en los medios tiene algo que ver con que hayamos convertido en un icono de la profesión a Ryszard Kapuscinski, que no siempre se ajustó a los hechos?

Matías traía a cuento a Kapuscinski a propósito de la mención que sobre el famoso periodista polaco hago en un post de este blog y que terminó convirtiéndose en un capítulo del libro. Ahí decía yo, disculpen la autocita:

Voy a repetir esa última parte: «lo que es verdad es que gente de todo el mundo se vio afectada por el caso». La respuesta de Rosenthal me recuerda a una famosa frase de Ryszard Kapuscinski, el reportero polaco que fue elevado a los cielos por lectores y colegas como el mejor periodista del mundo incluso antes de su muerte en 2007, tras la cual se convirtió en algo así como el santo patrono de los periodistas con aspiraciones literarias. Kapuscinski tituló uno de sus libros ‘Los cínicos no sirven para este oficio’, y la frasecita ha sido convertida en mantra por sus acólitos.

Como sabemos por el libro Kapuscinski Non-Fiction, de Artur Domoslawski, periodista, amigo y antiguo discípulo de K, el autor de Ébano y El Shah fue además de un estupendo narrador de historias, un poco escrupuloso reportero que no tenía empacho alguno en tergiversar hechos para adornar sus relatos.

El antiguo editor de The New York Times A.M. Rosenthal y Kapuscinski son ejemplares perfectos de aquellos que entienden el periodismo como una suerte de misión de ayuda humanitaria, convencidos por su superioridad moral de que el trabajo del periodismo es cambiar –o, peor aun, salvar– el mundo.

Tan convencidos –y ensimismados– llegan a estar en su misión que, incluso siendo periodistas brillantes y reporteros experimentados, dejan de lado sin asomo de vergüenza o contrición el principal compromiso de un periodista: relatar hechos ciertos.

Si se piensa bien, en realidad los que no sirven para este oficio no son los cínicos sino los que mienten a sabiendas y se justifican a sí mismos con frasecitas de autoayuda.

Ante la pregunta de Matías, mi respuesta fue:

Sí… Si lees lo que he escrito sobre él, queda claro que soy bastante crítico con esto, lo que me ha generado muchas discrepancias enconadas con gente que sigue pensando que Kapuscinski es un modelo a seguir. Me hace mucha gracia esto porque era evidente, tras leer la biografía de Artur Domoslawski [Kapuscinski non fiction] y seguir la pista de varias cosas que publicó, que su periodismo dejaba bastante que desear.

He visto que algunos usuarios de redes sociales se han mostrado sorprendidos por lo que señalo tanto en la entrevista como en el libro y ha habido incluso quien me ha escrito preguntándome a qué problemas con la obra de Kapuscinski me refiero.

Por supuesto, lo primero aquí es recomendar, una vez más, la lectura de Kapuscinski Non-Fiction, la estupenda biografía de Artur Domoslawski. El libro, además de en su idioma polaco original, se encuentra disponible en español, inglés (que le valió al autor y su traductora un premio English Pen 2012), italiano y portugués.

Cuando se publicó el libro en español en 2010, la editorial Galaxia Gutenberg me invitó a presentarlo en Madrid junto a Artur ante un grupo de periodistas españoles. Gracias a esa invitación, pasé algunos días conversando con él. Fruto de esas charlas y de la lectura del libro surgió un ensayo escrito a solicitud de Alfonso Armada y publicado en el site FronteraD.

Ese es el texto que reproduzco a continuación, con algunas pequeñas correcciones. Espero que les interese y les sirva de puerta de entrada al libro de Artur Domoslawski.

Kapuscinski según Domoslawski. El debate debe continuar

A mediados de noviembre del 2010 pasé varios días junto a Artur Domoslawski, autor de Kapuscinski non-fiction, la biografía sobre el famoso reportero polaco que tanta polémica causó tras su publicación en Polonia. Le hice una extensa entrevista para la revista Letras Libres, lo acompañé a conversar con mis alumnos del Master de Periodismo ABC-Complutense y, por último, la editorial Galaxia Gutenberg me invitó a presentarlo en un coloquio con varios periodistas españoles.

A lo largo de esos tres días, Domoslawski repitió innumerables veces que su libro era una biografía, no una lección de periodismo. Me lo dijo a mí en más de una ocasión, se lo dijo a mis alumnos y se lo dijo a nuestros colegas en esa charla y en las varias entrevistas que mantuvo con distintos medios. Y yo, una y otra vez, le dije que no se preocupara, que la lección de periodismo no tenía ni siquiera que darla él, que estaban dándola, en sentido inverso, muchos de los medios y periodistas que se habían hecho eco del escándalo sin haber leído antes el libro. Yo incluido, con mi participación en un dossier preparado por Alfonso Armada y publicado en FronteraD, Sombras sobre Kapusckinski.

Desde marzo de 2010, distintos medios españoles publicaron varias notas acerca del libro de Domoslawski, o mejor, publicaron varias notas acerca del escándalo que el libro había generado en Polonia. A excepción del certero artículo de Timothy Garton Ash, publicado por The Guardian y El País (La polémica creatividad de Kapuscinski, 12 de marzo de 2010), el resto de notas fueron escritas por periodistas o comentaristas que no habían podido leer el libro en cuestión.

La traducción al castellano, que apareció en noviembre de 2010, fue la primera en cualquier lengua. Así que el resto, todos, con mayor o menor acierto, mayor o menor cautela, no pudimos sino hablar de oídas, haciéndonos eco de una polémica que no teníamos cómo aprehender. Como resultado, aquellos que finalmente pudimos, y decidimos, acercarnos al libro en noviembre nos llevamos una profunda sorpresa.

Yo, he de confesarlo, esperaba que el libro fuese poco menos que una carnicería. Como conté en la pequeña pieza que escribí para el dossier de FronteraD, hacía años ya que mi relación con la obra y la figura de Kapuscinski había entrado en un periodo de desconfianza. Me molestaba, y mucho, la posición de gurú que con tanto agrado había asumido Kapuscinski en sus últimos años, tenía serias dudas acerca de algunos procedimientos utilizados en sus libros, por lo que tenía muchísima curiosidad y esperaba con muchas ganas que ese libro tan polémico, en el que al parecer alguien, un cercano conocedor de su obra y figura, se había dado el trabajo de desmenuzar ambos, me diese argumentos para confirmar mis recelos.

Mis expectativas habían sido alimentadas por la cobertura que los distintos medios españoles realizaron de la publicación del libro en Polonia. Guiándome de esas notas y esas reproducciones de cables de agencia, yo –e imagino que muchos otros— me había hecho del libro una imagen distorsionada, había comprado esa narrativa según la cual el libro de Domoslawski estaba escrito con un espíritu demoledor, incluso vengativo y desleal, ya que el biógrafo decía haber sido amigo y discípulo de Kapuscinski. Lo cual, todo sea dicho, no hacía sino aumentar mi interés. Y era, como comprobará quien se interne en sus páginas, meridianamente falso.

En efecto, el libro demuestra en una serie de casos concretos que Kapuscinski mintió, inventó y adornó deliberadamente fragmentos de su obra y biografía (aunque estos últimos, la mayoría de la veces, están directamente relacionados con, o forman parte de, su obra), cosa que por supuesto, por deformación profesional, a mi me interesa muchísimo.

Domoslawski demuestra que Kapuscinski exageró la posibilidad de haber sido fusilado en Usumbura (Congo) en un fragmento de La guerra del fútbol; comprueba que pasó por hechos unos rumores acerca del revolucionario boliviano Rómulo Peredo sin especificarlo; que exageró y añadió una dosis importante de exotismo y folklore a sus descripciones del paisaje y costumbres de ciertos lugares de África; que exageró la condición de cuasi mártir de su padre, que según su relato en El Imperio se salvó de ser asesinado por las tropas soviéticas en la matanza de Katyn.

Pese a lo profunda y, a ratos, incontestable que resulta la investigación de Domoslawski, el libro presenta un par de problemas a este respecto. Uno es el doble intento de realizar una teoría psicoanalítica acerca de las invenciones de Kapuscinski sobre su padre y sus invenciones en general.

En el primero, una “intérprete del pensamiento de Lacan” llamada Renata Salecl explica al biógrafo que “es posible que al atribuirle al padre ese fuerte elemento de la historia heroica del martirologio polaco, en cierta forma Kapuscinski lo creara de nuevo, que construyera esa autoridad que no existía, pero que él tanto necesitaba”.

Es posible, sí. Y es posible, como ocurre tantas veces con el psicoanálisis, argumentar –con los pocos datos con que contamos Domoslawski, Salecl y nosotros— precisamente lo contrario.

Esto queda aún más claro en el segundo intento, realizado esta vez por Wyktor Osiatynski, prestigioso sociólogo y constitucionalista polaco amigo de Kapuscinski. “Las fabulaciones suelen aparecer cuando alguien no tiene seguridad en sí mismo y debe infundirse algún sentimiento o simular algo”, dice Osiatynski. Y a continuación pregunta si en algún momento de su vida desaparecieron las fabulaciones. A lo que Domoslawski responde que desaparecieron, pero algunas permanecieron. El diálogo sigue así:

–Eso confirmaría mis presentimientos. Cuando se hizo famoso y le llegó el reconocimiento, cuando se sintió más seguro y no tuvo que demostrarle nada a nadie ni a sí mismo, entonces dejó de inventarse cosas.

–Algunas fabulaciones las mantuvo, no las desmintió.

–Es comprensible. Resulta muy difícil retractarse de una fabulación, sobre todo para un reportero. Si hubiera reconocido que se había inventado cosas, alguien podría poner en tela de juicio todo lo que ha escrito. Además, cuando alguien se inventa cosas se pone en marcha un singular mecanismo psicológico: después de algún tiempo él mismo empieza a creerse lo que se ha inventado y llega a la convicción de que está diciendo la verdad. “Desmentir” exige un esfuerzo inmenso, ser valiente y conocerse muy bien a sí mismo.

Una vez más, puede ser.

Pero, como demuestra Domoslawski al recoger el testimonio de Jon Lee Anderson, Kapuscinski era consciente de que el asunto del Che Guevara no era verdad. Lo que desactiva ese supuesto mecanismo psicológico del que habla Osiatynski. Y, además, la fabulación respecto a su padre aparece en El Imperio, libro publicado originalmente en Polonia en 1993, diez años después de que apareciera la traducción al inglés de El Emperador (Harcourt, 1983. La primera edición española, de Anagrama, es de 1989), publicación que le granjeó los elogios de John Updike y Salman Rushdie, además de que fuera elegido Libro del año por el Sunday Times inglés también en 1983. Al éxito de ese libro prosiguió el casi inmediato de El Sha. Y así sucesivamente.

Cuando escribió El Imperio, Kapuscinski rondaba los sesenta años y disfrutaba no solo del reconocimiento de sus compatriotas polacos, sino de buena parte del mundo ilustrado occidental. En este caso, Kapuscinski no tenía que retractarse de una mentira de sus años como escritor en busca de reconocimiento que inventaba intentando camuflar sus propias inseguridades. Lo que, una vez más, echa sombras sobre la explicación de Osiatynski.

Domoslawski, sin embargo, asiente y da por buenas ambas explicaciones. El segundo caso en el que la investigación de Domoslawski presenta un problema es el que atañe a la leyenda según la cual Kapuscinski había sido amigo del Che Guevara. El biógrafo demuestra que es imposible que se hubieran siquiera conocido, pero rehúsa buscar al editor inglés, probable autor del texto de contraportada de la edición inglesa de La guerra del fútbol, donde se afirmaba que Kapuscinski había sido amigo de Salvador Allende, El Che Guevara y Patrice Lumumba.

Domoslawski, gracias al calendario, la hemeroteca, los testimonios de un buen amigo de Kapuscinski que sí conoció al Che y el periodista Jon Lee Anderson (a quien Kapuscinski dijo que eso era una invención del editor), demuestra que no hubo forma en que el encuentro y la relación tuvieran lugar. Y demuestra también que Kapuscinski nunca se preocupó por desmentirlo en público.

Cuando pregunté a Domoslawski por qué no buscó al editor, me dijo que pensaba que ya había dejado claro que era imposible que Kapuscinski los hubiera conocido y que probablemente el esfuerzo necesario para localizar a ese editor no se hubiera visto recompensado. “Siempre hay cosas que no sigues porque tienes que calcular esfuerzo, tiempo y frutos”, me dijo. Puede ser, pero en este caso concreto el testimonio del editor podría haber aportado una luz distinta y quizá definitiva sobre el asunto.

Pero el libro es por suerte muchísimo más que eso. Kapuscinski non-fiction es sobre todo un notable esfuerzo por situar al periodista polaco en la época y lugar que le tocó vivir, es un esfuerzo por entender cómo ese niño polaco nacido en los años previos a la Segunda Guerra Mundial llegó a convertirse en el reportero más célebre del mundo.

Sus mejores páginas son las que Domoslawski dedica a explicar los complejos engranajes del poder comunista durante la Polonia Popular, por cuyos pasillos Kapuscinski se movía con bastante habilidad. Para el lector no polaco (imagino que también para el polaco, pero de manera distinta), esos capítulos resultan una fascinante lección de historia del siglo XX.

Pero Domoslawski va más allá y plantea una resolución al conflicto entre las dos narrativas existentes en Polonia a la hora de explicar la actuación de Kapuscinski durante los años del comunismo. Según explica el biógrafo, existen en Polonia dos corrientes, una que busca saldar cuentas con el pasado del país, siempre dispuesta a emprender una caza de brujas y para la cual Kapuscinski fue siempre un posible objetivo. Y otra, la más extendida, según la cual la connivencia y colaboración de Kapuscinski con el régimen comunista han de entenderse como el peaje que debió pagar para poder viajar al extranjero y hacer carrera como reportero. Un traidor o una víctima. Vendepatria o pactista con el diablo.

Domoslawski aporta una tercera explicación, bastante más sensata a la luz de la biografía y la bibliografía del autor de El Imperio. Leyendo Kapuscinski non-fiction uno comprende, con la claridad que se comprenden las ideas brillantes, preguntándose cómo es posible que nadie hubiera caído en cuenta antes, que Kapuscinski no podía ser un traidor ni un colaboracionista por la sencilla razón de que era un comunista convencido. Y lo fue durante buena parte de su vida.

Cuando Kapuscinski escribía, departía con sus camaradas o saltaba de un despacho a otro en el palacio de gobierno, no estaba traicionando a nadie, mucho menos a sí mismo, ya que la Polonia Popular era su Polonia, el partido comunista era su partido. Y los intereses de una y otro eran los suyos propios. Al menos durante buena parte de su existencia, ya que al final del régimen, Kapuscinski deviene en crítico del partido, se distancia y llega a devolver su carnet. Resulta interesante que, como explica Domoslawski en el capítulo titulado «Y después del socialismo, ¿adónde?», fuera el propio Kapuscinski quien se haya encargado de oscurecer y/o ignorar su pasado durante la Polonia comunista.

Como dice el biógrafo, en El Imperio “Kapuscinski perdió una ocasión irrepetible de hablar de su devoción por la ideas del comunismo”. Pese a que el libro no es ni mucho menos un frío volumen histórico acerca de la Unión Soviética sino más bien “la narración personal de un viaje” por el imperio soviético, Kapuscinski, en palabras de Domolawski, “no incluyó ni un solo comentario sobre su relación con la ideología comunista, sobre la cual se había cimentado la construcción de ese imperio”.

En opinión de Domoslawski, el conocimiento de los pasillos del poder en la Polonia comunista configuró la mirada con que Kapuscinski abordaría después otras dos dictaduras decadentes, Etiopía e Irán, en los que serían probablemente sus dos libros más famosos: El Emperador y El Sha. Leyendo a Domoslawski, uno descubre que en la Polonia comunista, la gente de a pie e incluso varios hombres fuertes del régimen leyeron y entendieron esos dos libros como metáforas de la situación polaca. Para el biógrafo son algo más, son metáforas del poder a secas. Eso sí, no son periodismo.

Domoslawski echa un capote a Kapuscinski e insinúa que ni siquiera lo fueron para él mismo, cosa que el reportero polaco jamás afirmó. Ni en Polonia ni el extranjero. El periodista Arcadi Espada despacha el libro de Domoslawski precisamente por el tratamiento que el biógrafo da a El Emperador.

En concreto, porque a su entender “Domoslawski sólo tenía una obligación: ir a Addis Abeba y buscar algún meado. La antigua corte. Los antiguos dignatarios. Sus hijos. Repasar la lista de embajadores. Buscarlos. Un sólo testimonio que dijera sí, yo conocí al hombrecillo. O no. Nadie le conoció”. Espada se refiere a un famoso párrafo de El Emperador:

Era un perrito muy pequeño, de raza japonesa. Se llamaba Lulú. Disfrutaba del privilegio de dormir en el lecho imperial. A veces en el curso de alguna ceremonia saltaba de las rodillas del Emperador y se hacía pipí en los zapatos de los dignatarios. A éstos les estaba prohibido mostrar, con una mueca o un gesto, molestia alguna cuando notaban humedecidos los pies. Mis funciones consistían en ir de un dignatario a otro limpiándoles los orines de los zapatos. Para ello utilizaba un trapito de raso. Desempeñé este trabajo durante diez años.

Espada tiene razón hasta cierto punto. Domoslawski se apoya en el testimonio del profesor Harold G. Marcus, a quien describe como el “mayor experto en la vida de Haile Selassie”, quien refiriéndose al famoso párrafo dice: “Es cierto que al emperador le gustaba los perritos, pero jamás habría permitido que ningún animal humillara a sus súbditos”. No parece suficiente. Así como tampoco pareció suficiente a los abogados de Harcourt, la editorial norteamericana responsable de la primera edición en inglés de El Emperador, que Kapuscinski afirmase en el libro que lo que relataba le había sido confiado por distintos súbditos etíopes.

Como cuenta Domoslawski, la editorial insistió para que Kapuscinski le proporcionara las declaraciones y comprobaciones de esos testimonios a través del traductor del libro, William Brand. Cosa imposible, dadas las características del régimen etíope, según explicó Brand a la editorial y que se zanja con un documento firmado por él según el cual tanto Kapuscinski como Brand “se hacen responsables de cualquier reclamación que puedan interponer los etíopes”.

Si bien, como dice Espada, Domoslawski no se preocupó por partir en busca de la perrita Lulú, lo que hubiera sido importante para el libro, esa carencia no es suficiente para echar la biografía por la ventana.

Pese a sus fallos, que son muchísimos menos que sus aciertos, y gracias a los descubrimientos de los graves devaneos con la ficción que he comentado antes; al descubrimiento que hace de la omisión de una serie de fragmentos en la edición americana de El Sha concernientes a la actuación de la CIA en Irán y que con casi toda seguridad fueron omitidos por el propio Kapuscinski; al magnífico relato de los años del comunismo polaco, incluida la minuciosa descripción de los quehaceres y obligaciones –la mayoría de las veces inútiles— que para con el servicio secreto tenía un reportero de un país soviético (y también uno occidental) durante la Guerra Fría, Kapuscinski non-fiction resulta un libro fundamental para entender a Kapuscinski y su obra. Aunque no definitivo.

Y resulta, sobre todo, una magnífica oportunidad para discutir con muchísimos más elementos de juicio la obra del que probablemente sea el periodista más influyente en el ámbito hispanomericano. El debate no ha acabado, ni mucho menos.

Notre Dame, Nostradamus y la estructura de nuestra desinformación

Hace casi un mes, el día 24 de marzo, el diario peruano El Comercio publicitaba en su edición impresa y página web el lanzamiento de una campaña contra las llamadas «fake news», en alianza con los otros diez medios integrantes del Grupo de Diarios de América (GDA). Esta es la doble página del anuncio en el diario impreso:

Así titulaba El Comercio en su página web:

La nota abría con este video:

Y en el cuerpo del texto podía leerse (las negritas son mías):

Estamos inmersos dentro de una era de información, donde las noticias están a la orden del día. Donde la tecnología, las redes sociales y los medios de comunicación trabajan de la mano. Pero así como es una ventaja tener fácil acceso a la información, también hacemos caso a las noticias falsas o ‘Fake News’, que ponen en riesgo la reputación y confianza de medios de comunicación.

‘Fake News’ se traduce al español como ‘noticias falsas’. Son las noticias que carecen de veracidad y que son transmitidas a través de portales de noticias, medios de comunicación y difundidas por las redes sociales como si fuese una información verídica.

A inicios de año periodistas de El Comercio junto a editores de medios del Grupo de Diarios América (GDA) se reunieron en Lima para concientizar sobre la importancia de las buenas practicas periodísticas y combatir la desinformación y ‘Fake News’ en sus medios.

(…)

Las buenas prácticas del periodismo son una responsabilidad que no solo recae en los periodistas, lograr la transparencia y confianza del consumidores es un trabajo en conjunto de todo el medio de comunicación.

La verificación de una noticia, el averiguar la procedencia, antes de difundirla es el trabajo de todo comunicador y la repercusión de ello son los miles de rebotes que una noticia puede tener luego de ser expuesta. Desde El Comercio, a través de nuestros Principios Rectores, nos hemos unido a la lucha por mantenerlos no solo informados, sino bien informados.

Gracias a una generosa invitación de los responsables de El Comercio, yo participé de un almuerzo en el marco de esa reunión de «periodistas de El Comercio junto a editores de medios del Grupo de Diarios América». Fue una conversación distendida en la que compartimos dudas y preocupación por el estado actual de la industria, hablé del trabajo que realicé para mi libro y convenimos todos en la importancia que tiene, hoy más que nunca, la confianza de la audiencia en los medios. Tanto desde un punto de vista estrictamente periodístico como de negocio.

Otros medios del GDA, como La Nación (Argentina), El Universal (México) o El Tiempo (Colombia), también se hicieron eco de la campaña. Este último publicaba un editorial titulado con cierta grandilocuencia: «Alianza contra la mentira». En el texto podía leerse (las negritas son mías):

Conscientes de que es a sus lectores y audiencias a quienes se deben –en cualquier plataforma–, el GDA hace un llamado al consumo de información que emane de sitios confiables, al tiempo que emprende una campaña para erradicar las falsas noticias, advertir de quiénes las promueven y contribuir al fortalecimiento de mecanismos que generen tranquilidad hacia medios y periodistas.

Las ‘fake news’, como se conocen popularmente, han propiciado una serie de acontecimientos con consecuencias terribles, entre ellas poner en tela de juicio la legitimidad de un gobierno o promover su ascenso, torcer la voluntad de un pueblo o socavar los cimientos de la democracia. No es un asunto de poca entidad, sino una epidemia que lleva a cuestionarnos sobre nuestro papel como forjadores de opinión, pero también como retransmisores de lo que se publica en redes y portales. Decir no a las noticias falsas es un imperativo nuestro, sin duda, pero también de la sociedad en general.

Por suerte, el GDA no tuvo que esperar mucho para poner a prueba sus «buenas prácticas periodísticas» y sus esfuerzos por «combatir la desinformación».

Como casi todos los lectores sabrán, hace una semana, el lunes 15 de abril, la famosa catedral de Notre Dame en París ardió en un incendio. Todos los medios del mundo pusieron el ojo en la capital francesa y cubrieron de forma exhaustiva lo que se ha considerado una tragedia cultural que afecta a toda la Humanidad. Aquí pueden ver dos muy buenos reportajes sobre cómo se propagó el fuego y cuál es el alcance de los daños de la catedral.

Esta de abajo es una amplia selección de portadas de diarios europeos del día martes 16 compiladas por un usuario de Twitter:

Y estas son las portadas de algunos de los diarios del GDA en Latinoamérica:

La oferta informativa en los sitios web fue igual de unánime y abundante. Para poner un solo ejemplo: la edición online del diario El Comercio de Perú publicó entre el lunes 15 y el martes 16 más de sesenta notas distintas agrupadas bajo el tag «Notre Dame».

Entre ellas había una que me llamó la atención.

La vi antes en otro diario peruano, cuya vocación y empeño por difundir teorías de la conspiración y otras formas iguales o peores de desinformación hace tiempo ya que dejaron de sorprenderme:

Poco después de compartir la imagen en redes sociales, un contacto me hizo ver que La República no era el único medio peruano avivando las llamas de la superstición:

La nota publicada por El Comercio dice así (las negritas son mías):

«Un símbolo de la cristiandad en Francia o España arderá en fuego purificador. Nuestra señora llorará por todos nosotros y brillará en la lejanía», este es uno de los fragmentos que circula en redes sociales, otorgado al famoso libro ‘Las Profecías’ (1555), que supuestamente predice eventos futuros en el mundo y fue escrito por el médico y astrólogo francés Michel Nostradamus.

Este fragmento fue desempolvado en internet este lunes luego del incendio de la Catedral de Notre Dame que convirtió en cenizas el techo y la emblemática torre de la aguja. Usuarios en redes sociales han comentado que este fragmento había advertido este trágico evento.

Esta hipótesis empezó a circular debido a que la famosa astróloga Jessica Adams publicó un blog sobre este asunto. Allí menciona que el «horóscopo de Notre Dame» da pistas de que este evento del que habló el francés iba a a ocurrir justo el 15 de abril de 2019.

«Lo que tenemos aquí es Chiron, de hecho, al ‘jefe de Aries’ a solo tres grados del signo zodiacal. El sol, que arde de naranja al atardecer en París al caer Notre Dame, también se encuentra en Aries, en esta carta astrológica establecida para el lunes 15 de abril de 2019 a las 5.50 pm, París, Francia. La conmoción del momento es mostrada por Urano en 2 Tauro, haciendo un semisextil casi exacto para Quirón. De hecho, esta es una alineación que solo podría suceder una vez cada 80 años. La Luna está en 3 Virgo, exactamente quincunx Quirón».

Esta teoría conspirativa de la gran pérdida patrimonial es debatida por otros, quienes aseguran que esto no es cierto y en realidad el apunte de Nostradamus se refiere a Luis XIV y a la Guerra de Sucesión Española en 1702. Aseguran que lo que el profeta predijo fue el agitado y extenso siglo que siguió, que inició con la invasión de Francia a Italia en 1802 y Napoleón autoproclamándose como rey de la misma en 1805.

Entre tanto, las autoridades francesas priorizan la hipótesis de un origen accidental del incendio que devastó durante horas la catedral, al tiempo que investigadores comienzan a interrogar a testigos.

Nostradamus, o Michel de Nostredame, fue un médico, astrólogo y escritor francés nacido en Provenza a principios del siglo XVI, que publicó en 1555 su libro más conocido, una compilación de cuartetos poéticos titulada Les Prophéties, que fue actualizando años después. Antes, a partir de 1550, había empezado a publicar también una serie de textos astrológicos llamados Almanachs, en los que acumulaba centenares de supuestas profecías año a año. La obra de Nostradamus fue muy popular en su época y, pese a su muerte en 1566, sus libros han seguido imprimiéndose y concitando la atención de los aficionados a la astrología y superstición.

Cada vez que tiene lugar un acontecimiento de importancia global que resulta difícil de explicar o que despierta recelo o temor en mucha gente, no falta quien asegure que este ya había sido pronosticado en algún texto de Nostradamus. Quizá el ejemplo mayor sean los atentados del 11 de setiembre.

Internet está repleto de páginas que aseguran que la caída de las Torres Gemelas ya se encontraba descrita en Les Prophéties. Por supuesto, esto es una tontería. Aquí, por si hacía falta, el site Snopes, página pionera a la hora de desmontar bulos y patrañas en Internet, desmontaba la supuesta profecía de Nostradamus a las pocas semanas de ocurridos los atentados.

Volvamos ahora a la nota publicada por El Comercio, que curiosamente viene firmada por otro diario miembro del GDA:

Así que, como aconsejaba el propio diario El Comercio en su campaña contra las «fake news», decidí «averiguar la procedencia» y verificar qué decía El Tiempo acerca de Nostradamus y su profecía sobre Notre Dame. Bastó con una sencilla búsqueda de Google para dar con esto:

El titular y cuerpo del texto eran idénticos en las notas de ambos diarios. Solo se diferenciaban en la bajada. Mientras El Tiempo hacía énfasis en lo dicho por la «famosa astróloga Jessica Adams…que se volvió viral» (!!!), en El Comercio afirmaban lo siguiente:

Esta teoría conspirativa sobre el incendio de Notre Dame es debatida por otros, quienes aseguran que esto no es cierto y en realidad el apunte de Nostradamus se refiere a otros sucesos de la historia.

Es decir, según El Comercio, el problema no se encuentra en difundir una «teoría conspirativa» (como el o la redactora anónima la califica) sino en que hay quienes «aseguran que…en realidad el apunte de Nostradamus se refiere a otros sucesos de la historia».

Me pudo la curiosidad, así que fui a buscar qué otro medio del GDA, esa «alianza contra la mentira», había también invocado el espíritu de Nostradamus de cara a la tragedia parisina. No tardé mucho. El Nacional de Venezuela publicaba exactamente la misma nota que sus pares peruano y colombiano, con la bajada que ya había visto en El Tiempo:

Por su parte, el representante argentino del Grupo de Diarios de América, La Nación, se mostraba más osado que sus homólogos –que se refugiaban en dos signos de interrogación para esconder su irresponsabilidad en la diseminación de teorías conspirativas– y afirmaba con rotundidad:

La nota de La Nación era más corta que la de El Comercio y El Tiempo, pero mencionaba también el supuesto escrito donde Nostradamus vaticinaba el incendio de la catedral ocurrido el lunes 15 de abril de 2019:

Un símbolo de la cristiandad en Francia o España arderá en fuego purificador. Nuestra Señora llorará por todos nosotros y brillará en la lejanía. Con la entrada de la primavera una iglesia de todos los tiempos arderá por los pecadores.

El texto citado por El Tiempo, El Comercio y El Nacional no incluía la última oración que arriba marqué en negritas y quedaba así:

Un símbolo de la cristiandad en Francia o España arderá en fuego purificador. Nuestra señora llorará por todos nosotros y brillará en la lejanía.

Según los primeros tres diarios, «este es uno de los fragmentos que circula en redes sociales otorgado al famoso libro ‘Las Profecías'» (sic); mientras que para La Nación, es la «frase que rescatan los exégetas del boticario y adivino francés cuyas profecías fueron publicadas en 1555, bajo el título de Propheties».

Dejemos por un momento de lado el hecho de publicar como cierto en un titular que una supuesta profecía se ha cumplido (La Nación), o de insinuar la posibilidad de que Nostradamus sea, en efecto, un adivino con poderes paranormales que profetizó hace casi 500 años una serie de desastres, entre ellos el incendio de la catedral de Notre Dame (El Tiempo, El Comercio y El Nacional).

Supongamos que con ese «otorgado» el o la periodista autor(a) de la nota en El Tiempo ha querido decir «atribuido». Entonces, según los cuatro diarios del GDA exégetas de Nostradamus, ese fragmento sería obra o, al menos, habría sido atribuido a Las Profecías. Pero, ¿por qué atribuido? ¿Acaso no es posible comprobar si el astrólogo francés, en efecto, escribió esas palabras?

Como decía varios párrafos arriba, la obra de Nostradamus lleva unos cuantos siglos siendo tremendamente popular y es, por ende, muy sencillo acceder a ella. Así que, primero, hice lo más fácil: cogí el fragmento citado por los tres diarios y realicé una búsqueda de Google.

Por supuesto, todos los resultados que encontré en esa primera búsqueda hacían referencia –a posteriori– a cómo Nostradamus había pronosticado el desastre de Notre Dame. Así que, a continuación, aislé la búsqueda para obtener solo resultados anteriores al 15 de abril, fecha del incendio.

Para mi sorpresa, no encontré nada. Ni un solo resultado anterior al 15 de abril que citara la profecía de Nostradamus. Ni uno. Aquí recordé que la nota de El Tiempo, y debido a ello las de El Comercio y El Nacional, citaban un tuit como fuente del «fragmento» que «había advertido este trágico evento». Este es el tuit:

El tuit de @CHAVASILVA25 fue publicado el mismo día 15 a las 2:28 pm hora de Bogotá, Colombia, alrededor de tres horas después que empezara el incendio en París. Dejemos de lado ahora que los tres diarios citaban como fuente de autoridad un tuit de un usuario o usuaria que cuenta con 238 seguidores y que se define como «opinatologa (empírica )» (sic) y volvamos a concentrarnos en el texto de la «profecía».

Como no encontré en Google ninguna referencia al supuesto fragmento profético de Nostradamus, decidí buscar también en Twitter, utilizando tanto el texto citado como la palabra «Nostradamus» y el hashtag #Nostradamus. De nuevo, no encontré ninguna mención anterior al 15 de abril que aludiera a «Un símbolo de la cristiandad en Francia o España arderá en fuego purificador».

A continuación, como Google y Twitter no me daban respuesta, descargué dos ediciones distintas de Les Prophéties, una en el original francés con traducción al inglés y otra en español. Las profecías está dividido en diez centurias, cada una compuesta, como su nombre indica, por casi un centenar de cuartetos.

Por supuesto, como era de esperar a estas alturas, el dichoso fragmento citado por los cuatro diarios del GDA no se encuentra por ningún lado entre esos cerca de mil cuartetos escritos por Michele de Nostredame a mediados del siglo XVI. Tampoco, por si les interesa, se encuentra en ninguno de los Almanachs que Nostradamus publicó entre 1550 y 1566.

Intenté conversar con responsables del diario El Tiempo para entender por qué habían publicado la nota que dio origen a los artículos publicados luego por sus colegas del GDA y cuáles habían sido los procesos que lo permitieron.

Me comuniqué primero con quien en su perfil de LinkedIn señala ser el Coordinador de Mesa Digital del diario. Le escribí un mensaje por Twitter solicitándole una dirección de email. Me respondió amablemente diciéndome que le escriba. Lo hice preguntándole si, en efecto, era él uno de los responsables del contenido de digital del diario y señalando que quería enviarle unas preguntas. Me dijo que sí y me preguntó qué necesitaba. A vuelta de correo, le envié mis dudas sobre el artículo en cuestión. Nunca más obtuve respuesta.

Me comuniqué luego con un editor de El Tiempo que había conocido en esa reunión de principios de año en Lima que mencionaba la nota de El Comercio sobre la campaña del GDA contra las «fake news». Cuando le expliqué la razón de mi mensaje, me dijo que veía que esa nota era «del puntocom» y me facilitó el contacto de tres personas que podrían ayudarme. Verifiqué que dos de los tres sí tenían responsabilidades en el área digital del diario y les escribí.

Pasados unos días sin obtener respuesta, volví a escribirle al editor que había conocido brevemente en Lima. Me respondió de inmediato diciéndome «cuál es puntualmente la duda que tienes» y «me dicen los editores que estás cuestionando el perfil editorial de la nota». Le ofrecí enviarle el mensaje que les había dirigido a sus editores. Se lo envié. No volví a obtener respuesta.

Hice lo mismo con dos responsables del área digital del diario El Comercio. Les escribí por WhatsApp señalando que tenía algunas preguntas. Uno de ellos nunca me respondió. El otro me dijo que estaba haciendo lo posible porque algún editor del contenido digital del diario me respondiera. Esperé varios días pero tampoco fue posible.

Recapitulemos: cuatro de los diarios más importantes de América Latina, miembros de un «un consorcio exclusivo integrado por los once periódicos independientes con más influencia» de la región, que de manera entusiasta lanzaron hace menos de un mes una campaña contra las «noticias falsas» donde señalaban que la «verificación de una noticia, el averiguar la procedencia, antes de difundirla» es «el trabajo de todo comunicador», publican al unísono que un astrólogo muerto en 1566 predijo un incendio producido en abril de 2019.

No contentos con eso, con utilizar sus plataformas para difundir superchería y teorías de la conspiración, ni siquiera comprueban si el supuesto texto del astrólogo muerto hace más de 400 años existe o no. Porque no existe, claro. ¿De dónde sacaron que un texto del astrólogo francés había pronosticado el incendio? De un tuit. Ya saben:

Por suerte, la catedral de Notre Dame logró sobrevivir al incendio y se encuentra «estructuralmente bien», según lo dicho por las autoridades francesas luego de una primera inspección ya con las llamas apagadas.

Lastimosamente, no puede decirse lo mismo de los diarios que, pese a campañas y editoriales bienintencionados, siguen publicando mentiras y difundiendo desinformación día tras día. Y con ello, como bien señalaba la campaña contra las «noticias falsas» de El Comercio, «ponen en riesgo la reputación y confianza de medios de comunicación».

ABC, la Luna, los rusos y los diarios teóricos de la conspiración

Me encantan las teorías de la conspiración. Creo haberlo contado ya varias veces. Encuentro algo irresistible en esa pulsión que lleva a tanta gente a creer en elaborados complots, en ejércitos de seres humanos ejecutando al unísono un complejísimo plan sin desviarse un milímetro, sin equivocaciones ni accidentes y, sobre todo, sin filtraciones indiscretas que echen por la borda el diseño elaborado por un oscuro genio del mal.

En el fondo, más allá del delirio y la paranoia, hay en las teorías de la conspiración una fe humanista, una confianza en el carácter perfectible y la diligencia humana, que me gustaría compartir.

Por eso, cuando vi pasar esta «noticia» del diario español ABC, no pude evitar el click:

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Díganme si no es una maravilla. No sé ustedes, pero a mí me encanta particularmente que la nota se encuentre en el apartado CIENCIA del site.

El corazón del cuerpo de la nota, que va sin firma, dice así:

Desde entonces, y pese a la insistencia de Estados Unidos y la NASA en la veracidad de aquel primer alunizaje, han sido muchos los que han dudado de que fuese real. Las dudas acerca de si el Apolo 11 y Armstrong llegaron a la Luna han estado siempre presentes, e incluso las teorías más conspiranoicas aseguran que este nunca fue real.

El próximo año se cumplirán cincuenta años de aquel histórico instante [la llegada del Apolo 11 la Luna], que desde Rusia tampoco terminan de creer como veraz. En ese sentido, Roscosmos, la agencia espacial rusa, ha anunciado ahora la propuesta de una misión a la Luna que se encargue de verificar si aquel alunizaje del Apolo 11 fue o no real.

Así lo ha confirmado este sábado el director general de Roscosmos, Dmitry Rogozin. «Hemos establecido este objetivo: de volar y verificar si los estadounidenses estuvieron allí o no», señaló Rogozin, en respuesta acerca de una pregunta sobre si la NASA llegó a la Luna o no. Una afirmación que hizo en tono distendido, aunque los antecedentes dotan de mucha realidad.

Pese a la insistencia de Estados Unidos y la NASA en la veracidad de aquel primer alunizaje.

En tono distendido.

Nada de eso, por supuesto, fue óbice para titular «Rusia organizará una misión para «confirmar» si Neil Armstrong llegó a la Luna» y darle una palmadita de reconocimiento a una de las más extendidas teorías de la conspiración.

Que Neil Armstrong y Buzz Aldrin nunca pusieron pie en la Luna no solo es una de las teorías de la conspiración más populares del mundo, sino que existen decenas de versiones. La más delirante de todas señala que el alunizaje y la caminata lunar fueron filmadas por Stanley Kubrick, con guión de Arthur C. Clarke, en un estudio de Hollywood.

No son pocas las personas que defienden esta hipótesis o alguna parecida. Hace unos meses, el ex capitán de la selección española de fútbol y del Real Madrid, campeón del mundo en 2010, Iker Casillas, quien cuenta con más de ocho millones de seguidores en Twitter, se apuntaba al club de la conspiración:

Por supuesto, que la NASA puso a dos hombres en la Luna es un hecho probado y las teorías de la conspiración que señalan lo contrario no son sino delirios paranoicos o mentiras interesadas. Aquí pueden leer una nota de National Geographic en español donde desmontan una a una varias de las supuestas pruebas que esgrimen los conspiranoicos.

También pueden ver este programa de la televisión española de 2014, escrito y dirigido por Luis Alfonso Gámez y José A. Pérez, que hace lo mismo en un entretenido y didáctico formato audiovisual:

Existen múltiples razones por las que los seres humanos somos propensos a creer en teorías de la conspiración por muy absurdas que estas sean. En este artículo, la periodista Elizabeth Svoboda hace un estupendo trabajo explicando y resumiendo algunas. Escribe Svoboda (la traducción es mía):

Si bien la debilidad de la gente por teorías de la conspiración puede parecer irracional, nace de un lógico deseo por dotar al mundo de sentido. Atribuir significado a lo que nos ocurre ha ayudado a los seres humanos a prosperar como especie, y las teorías de la conspiración son historias con cohesión interna que «nos ayudan a entender lo desconocido cuando tienen lugar hechos inesperados o que nos producen temor», dice Jan-Willem van Prooijen, un psicólogo social de la Universidad Vrije en Amsterdam. Para algunos creyentes, la sensación de claridad y confort ofrecida por esas historias se anteponen a su veracidad.

Pero, ¿es Dmitry Rogozin, el director de Roscosmos, la agencia espacial rusa, uno de esos creyentes como el artículo del ABC invita a pensar? ¿Cuáles son esos «antecedentes [que] dotan de mucha realidad» a la supuesta afirmación de Rogozin?

Los supuestos antecedentes, según la misma nota, en realidad son solo un antecedente. Este:

El pasado año 2015, el Comité de Investigación de Rusia pidió la apertura de una investigación acerca de los alunizajes estadounidense, dudando así de su veracidad.

¿A qué investigación se refiere el redactor anónimo del ABC?

A una que nunca ocurrió.

¿Saben por qué?

Porque, en realidad, el Comité de Investigación de la Federación Rusa, un organismo equivalente al FBI norteamericano, no solicitó ninguna investigación. Lo cuenta en este artículo para de The Washington Post publicado en junio de 2015 el periodista Rick Noack .

En ese entonces, un portavoz del Comité de Investigación de la Federación Rusa llamado Vladimir Markin escribió una columna donde se quejaba de una investigación del FBI que terminaría destapando el gigantesco escándalo de corrupción de la FIFA que acabó con la carrera de Joseph Blatter y otros dirigentes del fútbol mundial.

Markin renegaba del intervencionismo americano. Las autoridades de ese país, escribía el portavoz del Comité de Investigación, se han «autoproclamado árbitros supremos de los asuntos relacionados con el fútbol internacional». Estados Unidos, decía Markin, debía atenerse al mismo rigor investigador que imponía al resto. Ya que Washington «ha encubierto, respaldado y luego usado a sus propios aliados como víctimas y arietes para apuntalar su dominio en el mundo».

De ser así, continuaba Markin:

Podemos también ayudar a realizar una investigación internacional acerca de dónde se filmó el video, si fue grabado por astronautas en la Luna, o dónde están escondidos esos 400 kilos de suelo lunar que nadie ha visto. No, no estamos diciendo que no volaron [a la Luna] y simplemente hicieron una película. Pero todos esos artefactos científicos, o quizá culturales, son parte de la herencia de la Humanidad y su desaparición sin rastro es una pérdida compartida por todos. Y la investigación dirá.

Por supuesto, la supuesta investigación nunca ocurrió. La bravata de Markin nunca abandonó los confines de las páginas del diario Izvestia, donde fue originalmente publicada. Porque nunca fue nada más que eso. Un «y tú más» de casi 3000 caracteres dirigido a «los americanos», ese enemigo mortal del estado ruso y sus distintas encarnaciones.

Pero, volviendo al presente y a la nueva investigación que supuestamente lanzará Roscosmos, ¿qué dijo, en realidad, hace unos pocos días Dmitry Rogozin, director de Roscosmos? ¿Estaba poniendo en duda el máximo responsable de la agencia espacial rusa que Neil Armstrong y Buzz Aldrin pusieron pie en la Luna en julio de 1969, como el diario ABC afirma?

Si alguno de ustedes entiende ruso puede escucharlo aquí:

El video fue compartido por el propio Rogozin en su cuenta oficial de Twitter:

Según la traducción ofrecida por Microsoft para Twitter en inglés, Rogozin presenta el video así:

I answer questions of the President of Moldova: whether there were Americans on the moon, why do you have @ fighters and trams and how Russian astronautics will help Moldovan grapes?

Traduzco:

Respondo a las preguntas del presidente de Moldavia: ¿Hubo americanos en la Luna? ¿Por qué tienen aviones de combate y tranvías en @roscosmos? ¿Y cómo la astronáutica rusa ayudará a las uvas moldavas?

Como no sé ruso, no puedo saber el momento exacto en que Rogozin habla en el video acerca de la investigación que supuestamente organizará para comprobar si el Apolo XI llegó a la Luna entre sonrisas. Pero sí puedo ver qué dijeron otros medios al respecto.

Si uno realiza un google search utilizando las palabras «Dmitry Rogozin» y «Roscosmos», encontrará que decenas de medios en español y en inglés compartieron la «noticia», todos con distintas variaciones de «Rusia propone verificar si Estados Unidos llegó a la Luna» en el titular.

Encontrará también, que algunos medios en inglés señalaron que Rogozin hizo la propuesta «with a smirk». Es decir, con una sonrisa. Fue así, gracias a esa expresión, que descubrí que todos los medios en español y en inglés que se han hecho eco de la inminente investigación rusa, se basan, a sabiendas o no, en este cable de la agencia Associated Press (AP) del día 24 de noviembre:

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¿Qué es lo que dice la nota de AP? Esto (la traducción es mía):

MOSCÚ (AP) — El director de la agencia espacial rusa Roscosmos dijo que ha propuesto una misión rusa a la Luna para verificar si los alunizajes realizados por Estados Unidos fueron reales, aunque aparentemente estaba bromeando.

«Hemos establecido el objetivo de volar y verificar si estuvieron ahí o no, dijo Dmitry Rogozin en un video publicado el sábado en Twitter.

Rogozin estaba respondiendo a una pregunta acerca de si la NASA alunizó en realidad hace casi 50 años. Parecía estar bromeando, dado que sonrió y se encogió de hombros mientras respondía. Sin embargo, las conspiraciones alrededor de las misiones a la Luna de la NASA son comunes en Rusia.

La Unión Soviética abandonó su programa lunar a mediados de los años 70, luego de que cuatro cohetes experimentales explotaran.

Aparentemente estaba bromeando.

Parecía estar bromeando, dado que sonreía y se encogió de hombros cuando respondió.

La agencia estatal noticiosa rusa RIA Novosti publicó un artículo similar el mismo día, aunque se ahorraba la referencia a la sonrisa de Rogozin. Sin embargo, al día siguiente, en un nuevo artículo, la misma agencia aclaraba que todo era una broma del director de Roscosmos:

«Es un chiste, por supuesto», dijo un representante oficial de Roscosmos a RIA Novostia en respuesta a la solicitud de un comentario acerca de las palabras del director de la empresa estatal.

No sé ustedes, pero para mí el verdadero chiste es que páginas informativas conviertan un cable de una agencia en el que se indica que un oficial ruso realiza un comentario en broma en una noticia que apalanca una de las más absurdas y extendidas teorías de la conspiración.

El chiste es que en las redacciones parece que todo vale con tal de publicar un titular atractivo que «garantice» un buen puñado de clicks.

El problema es que el chiste es tan habitual ya que hace tiempo que dejó de tener gracia. El chiste es tan malo que la broma, en realidad, hace rato que pasamos a ser nosotros, los periodistas. Lo más triste, al menos para mí, es que a nadie parece importarle.

ACTUALIZACIÓN

En ABC han cambiado, en algún momento y sin aclaración alguna en la nota, la bajada y un fragmento del artículo titulado «Rusia organizará una misión para «confirmar» si Neil Armstrong llegó a la Luna» para incluir que la afirmación del director de Roscosmos parece una broma.

Titular y bajada aparecen ahora así:

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El fragmento en cuestión del cuerpo del texto aparece ahora así:

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Así fueron publicados originalmente, sin bromitas de por medio:

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Ningún restaurante vegetariano tailandés fue clausurado por servir carne humana

El día lunes 5 de noviembre, mi feed de Twitter empezó a llenarse de tuits de distintos medios, todos con variaciones de un mismo titular: «Cierran un restaurante vegetariano que servía carne humana».

No tardé mucho en dar click. ¿Quién puede resistirse a esa triada «restaurante vegetariano + asesinato + carne humana»? Luego de leer las notas de La Vanguardia y El Comercio, fui a buscar la «noticia» a Google News.

El «macabro hecho», como describían varios medios lo ocurrido, ya había sido objeto de artículos publicados por otras páginas en español una semana antes:

Estos cinco medios no fueron los únicos en nuestro idioma. También se hicieron eco de lo ocurrido en ese restaurante de Bangkok medios como El Español, 20 Minutos, el Heraldo de Aragón, El Plural, La Voz de Galicia y La Sexta en España; Excelsior de México; ATV, Correo y El Popular en Perú; así como El Comercio de Ecuador, entre muchas otras páginas desperdigadas por Hispanoamérica y el mundo que relataron la «espeluznante noticia» de Prasit Inpathom, cuyos restos habían sido supuestamente servidos en un plato de fideos «vegetarianos».

De uno a otro medio se repetían los siguientes detalles:

  • Algunos clientes se habían quejado porque encontraron en sus fideos vegetarianos trozos de carne.
  • Al inspeccionar el local la policía encontró sangre en el suelo y paredes.
  • La policía de Tailandia localizó el cadáver de un hombre de 61 años en un tanque séptico del restaurante.
  • Autoridades señalaron que la intención del propietario era deshacerse del cuerpo moliéndolo y sirviéndolo por partes a los clientes.
  • El dueño se había dado a la fuga.

¿De dónde provenía toda esa información?

La fuente, como es costumbre cuando se trata de historias estrambóticas, era la página web del Daily Mail. Ya he escrito alguna vez que el diario británico es uno de los medios que más noticias basura publica. Pese a ello, legiones de periodistas en redacciones de todo el mundo siguen acudiendo al site inglés en busca de «noticias» con las que llamar la atención –y mendigar un click– de los usuarios de redes sociales.

¿Qué decía el Daily Mail? Esto:

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Sirven CARNE HUMANA a comensales horrorizados luego de que el dueño del restaurante «matara a un cliente y encontrara una forma repugnante de deshacerse del cadaver»

  • Clientes de un restaurante vegetariano horrorizados al descubrir que les sirvieron carne humana
  • La policía investigaba un restaurante tailandés cuando encontró un cadaver en descomposición en la cocina
  • El cuerpo identificado era de un cliente habitual que se peleó con el dueño
  • La víctima, de 61 años, estuvo desaparecida por más de una semana

El cuerpo de la nota no aportaba mucho. Un par de detalles extra, varias fotos y poco más:

  • Un estudio de la carne encontrada en el local determinó que no era de res ni de cerdo sino humana.
  • La víctima, un visitante habitual del local, se llamaba Prasit Inpathom y había sido visto por última vez en el restaurante tomando copas con su hermano el 21 de octubre.
  • Había sido golpeado con un objeto contundente en la cabeza y apuñalada seis veces en el estómago y la pierna.

Había sí una respuesta a la pregunta que venía haciéndome desde que empecé a leer la nota. ¿Cómo sabía todo esto quien firma el artículo, Alex Chapman, periodista de la edición australiana del Daily Mail?

Si uno revisa los artículos firmados por Chapman para el Daily Mail, se dará cuenta de que el grueso de su producción está centrada en historias ocurridas en Sidney, Melbourne, Adelaide, Perth y otras localidades australianas.

Este es el último de sus grandes éxitos, publicado el día 6 de noviembre: «Un doctor de Melbourne, de 33 años, muere al ser atacado por un tiburón en la localidad de Whitsundays luego de saltar de una tabla de paddle mientras sus colegas trataban desesperadamente de salvarlo (IMÁGENES)».

El 31 de octubre, el día en que publicó la terrorífica historia del restaurante vegetariano de Bangkok que servía carne humana, Chapman escribió otras cinco historias en el site del Daily Mail. Las cinco narraban hechos ocurridos en distintas ciudades de Australia. ¿Cómo hizo el reportero para, además, despachar una jugosa historia policial desde Bangkok?

La respuesta que buscaba se encuentra en una línea de su artículo. Esta:

According to local publications, Prasit was involved in a verbal altercation with the boss of the restaurant.

Traduzco: «Según medios locales, Prasit [Inpathom, el asesinado] se vio envuelto en un altercado verbal con el jefe del restaurante».

¿A qué medios locales se refiere Chapman? Su link redirecciona a uno solo: Asia One.

El problema es que, pese a lo que señala el periodista Alex Chapman, Asia One no es un medio tailandés. Asia One es un agregador de noticias con sede en Singapur, propiedad del conglomerado de medios Singapore Press Holdings.

Un segundo problema es que, pocos días después de publicado, el 2 de noviembre, el artículo de Lam Min Lee era corregido –y desmentido– en la misma página de Asia One.

Si uno hace click hoy sobre el link que redirige a Asia One verá una nota distinta a la que vio –y copió– Chapman. El artículo original, escrito por la periodista Lam Min Lee y publicado el 29 de octubre, tiene ya todos y cada uno de los elementos informativos que posteriormente reproducirá en su artículo el reportero del Daily Mail y que, a continuación, replicarán un buen número de medios en español y en inglés –VICE, Newsweek, Toronto Sun, Daily Mirror, The Sun– durante los días siguientes.

Así abría el artículo cuando fue publicado (esta versión aún puede consultarse en la caché de Google) por primera vez en Asia One el 29 de octubre:

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Esta es la apertura del artículo ahora, luego de que fuera actualizado el día 2 de noviembre:

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En la actualización, la periodista de Asia Online indica:

La policía tailandesa ha aclarado en un comunicado que la carne de un hombre asesinado no fue servida en platos de comida de una restaurante vegetariano de Bangkok, información que había circulado en reportes de la prensa extranjera.

De acuerdo al sitio de noticias en tailandés Khaosod, el restaurante no se encontraba abierto al público en el momento del incidente ya que se encontraba en construcción.

Parece que la modestia de Lam Min Lee le impide señalar que esos «reportes de la prensa extranjera» que informaron sobre el famoso restaurante vegetariano que sirve carne humana lo hicieron todos basándose en el artículo que ella misma escribió para Asia One.

Pero, ¿de dónde sacó la información Lam Min Le?

En su nota la periodista remitía, a través de un link en el primer párrafo, a la página web del Lianhe Zaobao, el principal diario en chino de Singapur. Esa nota del Lianhe Zaobao, publicada el 28 de octubre (desde entonces el artículo ha sido actualizado para incluir una corrección que señala que nunca se sirvió carne humana en el restaurante), remitía a su vez a otro medio: el Oriental Daily News, un periódico en chino publicado en Malasia.

Repasemos: un site en inglés de Singapur (Asia One) publica un artículo sobre un restaurante vegetariano ubicado en Bangkok, Tailandia, que supuestamente sirve carne humana. El site en inglés con sede en Singapur hace esto basándose en la información proveniente de un diario que publica en chino desde Singapur (Lianhe Zaobao) y de otro diario en chino con sede en Malasia (Oriental Daily News).

Acto seguido, un periodista ubicado en Melbourne (Alex Chapman), que trabaja para un diario británico (Daily Mail), copia toda la información de esa nota publicada por el agregador de noticias de Singapur (Asia One) y consigue con su artículo que medios de todo el mundo, de Estados Unidos a España, pasando por Ecuador y Perú, se hagan eco de la fantástica y falsa historia de un restaurante vegetariano que supuestamente sirvió carne humana a sus clientes luego de que el dueño supuestamente asesinara a uno de sus clientes. Todo esto, por cierto, cuando el restaurante ni siquiera estaba abierto.

Hubo, sin embargo, un medio tailandés que sí hizo su trabajo. El site Coconuts, que cubre en inglés varias ciudades del sudeste asiático –Bangkok. Manila, Hong Kong, Singapur, Kuala Lumpur, Jakarta, Bali y Yangon–, publicó un artículo en el que desmontaba esta «macabra» y «espeluznante» historia.

¿Cómo lo hizo? De la forma más sencilla que un periodista puede imaginar: preguntando a los policías responsables de la investigación.

Los periodistas de Coconuts entrevistaron a Adul Thongpetch, policía del distrito de Lat Krabang a cargo del caso, quien indicó lo siguiente:

dado que el restaurante no estaba abierto durante o incluso después de la fecha en que la víctima Prasit Inpathom, de 61 años, fue supuestamente asesinada.

El presunto asesinato, siempre según el oficial Adul Thongpetch, habría ocurrido el 21 de octubre. Durante su entrevista con Coconuts, el policía señaló:

el restaurante no había terminado las obras. Abrieron por tres días de cara al festival vegetariano (que terminó el día 17 de octubre). Esto significa que el local estuvo cerrado desde varios días antes de que el sujeto muriera.

Cuando se le preguntó si faltaba algún trozo de carne de la víctima, el oficial Adul Thongpetch dijo que no. Otro oficial de la policía de Lat Krabang confirmó todos esos datos a los periodistas de Coconuts:

«Esta es una simple investigación de asesinato», dijo el subteniente Sawang Wongbut, riendo ante la forma en que distintos medios habían reportado lo ocurrido.

Pero no solo eso. Según el reporte de Coconuts, el principal sospechoso del crimen no es el dueño del restaurante, sino su hermano:

Boonyuen Kamtawee es el hermano del dueño del local y este le pagaba por trabajar en la construcción. La víctima, por su parte, también recibía dinero por ayudar a Boonyuen. Ambos eran vistos con frecuencia bebiendo juntos hasta altas horas de la noche.

«El sospechoso de asesinato estaba asistiendo regularmente a la obra del restaurante. Cuando ocurrió el asesinato, desapareció. Dos días después (el 23 de octubre), el dueño fue al local y al no encontrar a nadie alertó a la policía».

(…)

Boonyuen, quien «había viajado a su ciudad natal» en la provincia de Prachuap Khiri Khan, se entregó a las autoridades el día 27 de octubre, luego de que se expidiera una orden de arresto. Se ha negado a colaborar con la policía y está preparándose junto a un abogado para defenderse en la corte.

Es decir, según la policía del distrito de Lat Krabang en Bangkok la gran mayoría de datos repetidos por casi todos los medios son falsos. Recordemos:

  • Algunos clientes se habían quejado porque encontraron en sus fideos vegetarianos trozos de carne. FALSO (Nunca hubo fideos con trozos de carne de ningún tipo)
  • La víctima, un visitante habitual del local, se llamaba Prasit Inpathom y había sido visto por última vez en el restaurante tomando copas con su hermano el 21 de octubre. FALSO (Prasit Inpathom había sido visto bebiendo con el hermano del propietario, no con el suyo)
  • Autoridades señalaron que la intención del propietario era deshacerse del cuerpo moliéndolo y sirviéndolo por partes a los clientes. FALSO (Ninguna autoridad declaró esto)
  • El dueño se había dado a la fuga. FALSO (Quien se dio a la fuga fue el hermano del dueño)
  • Un estudio de la carne encontrada en el local determinó que no era de res ni de cerdo sino humana. FALSO (No se encontró carne de ningún tipo)

Hubo también un medio en español que intentó hacer, a su modo, una parte del trabajo. El diario peruano La República, que como ya he señalado alguna vez tiene una extraña afición por historias de «reptilianos» y otras «noticias» que denominan «tendencias».

El día 5 de noviembre, mientras varios medios en nuestro idioma seguían produciendo notas sobre el restaurante vegetariano que sirvió carne humana a sus clientes, La República publicó un artículo titulado «La historia real detrás del ‘restaurante vegetariano que sirvió carne humana’».

En el artículo, sin citar ninguna fuente, La República concluye:

Sin embargo, la policía de Tailandia emitió un comunicado desmintiendo dicha información. Aseguraron que el asesino no ideó tal plan macabro para deshacerse del cuerpo, ni los comensales probaron carne humana. Si bien se encontraron restos del cadáver en la cocina del restaurante vegetariano, no se utilizó el cuerpo de Prasit Inpathom para servirlo en el menú.

De hecho, nadie había llamado a las autoridades para quejarse por encontrar carne en su plato, porque el restaurante ya estaba cerrado por remodelaciones.

La policía de Tailandia, además de desmentir las especulaciones sobre el restaurante vegetariano en el que se encontró el cadáver, está en búsqueda del principal sospechoso. El jefe del local fue visto por última vez cuando bebía licor con la víctima, Prasit Inpathom.

Pese al esfuerzo, la nota de La República repite varias falsedades. Como ya señalé párrafos arriba, no se encontraron restos de carne del cadáver en la cocina del restaurante. Ni fue el jefe o dueño del local quien había sido visto bebiendo con la víctima. Ni la policía se encuentra en búsqueda del sospechoso, ya que este, el hermano del dueño del local, se entregó el día 27 de octubre.

Pero, bueno, algo es algo. Quizá la próxima.

Dos libros para entender un país Rexona

A principios de los años 90 se emitió en Perú un anuncio televisivo de desodorante protagonizado por una estrella de la época. El personaje interpretado por Franco Scavia –entonces un famoso conductor de un programa de concursos– era un tipo joven que se lamentaba de su suerte en el amor.

Conseguía que le prestaran un automóvil y, pese a ello, «no pasó nada». Se compró ropa nueva y, nuevamente, «no pasó nada». Se metió al gimnasio y hacía pesas tres veces por semana y, ya saben, «no pasó nada.

Su suerte recién cambia cuando prueba un nuevo desodorante. Rexona hombre con sex appeal. El propio Scavia, que aparece en la escena final bailando con una señorita que lo mira arrobada, nos lo confirma con un «y pasó».

Aquí pueden ver el anuncio completo:

No recuerdo si el anuncio fue particularmente popular en esos años. Imagino que sí y –dejando de lado lo ridículo de la conexión desodorante-éxito sexual, que tan bien explotaría años después Axe– por eso es que esa frase «y no pasó nada» se me quedó clavada en la cabeza, aunque no podría asegurarlo. Desde entonces, ese «y no pasó nada» es una suerte de broma privada a la que recurro de tanto en tanto, la mayoría de las veces sin que nadie me entienda.

Como he escrito alguna vez en el pasado, las mesas de novedades de las librerías peruanas suelen encontrarse vacías de libros de no ficción orientados a reflexionar con inteligencia y rigor sobre nuestro país, a contar y examinar aquello que el historiador y periodista británico Timothy Garton Ash llamó hace ya unos años la «Historia del presente».

Así que cuando en la última Feria Internacional del Libro de Lima me topé con un puñado de libros recién publicados que, a priori, prometían abordar desde un punto de vista periodístico distintos episodios del pasado reciente de nuestro país, me propuse leerlos y escribir acerca de ellos.

Los dos de que voy a hablar no han sido los únicos, hay alguno más –El informe Chinochet de Carlos MeléndezLa biblioteca fantasma de David Hidalgo y la reedición aumentada de Ciudadanos sin república de Alberto Vergara– y espero escribir de ellos en el futuro, pero sí son los dos que se adentran en fenómenos con ecos más inmediatos y de alcance mayor.

Son, además, dos libros que, una vez leídos, me trajeron de vuelta a la cabeza la frasesita Rexona: Y no pasó nada. Porque, ya se sabe, en el Perú, ante el crimen, ante la corrupción, ante el abuso, aunque a veces pudiera parecer lo contrario, casi nunca pasa nada.

 

no te mato porque te quieroEmpiezo con No te mato porque te quiero (Planeta, 2018), el libro en el que la periodista Lorena Álvarez relata con mano firme el calvario que debe pasar una mujer en el Perú para denunciar a su agresor. Álvarez fue víctima de un espantoso episodio de violencia a manos de su entonces pareja, el economista y comentarista en prensa Juan Mendoza. El caso, dada la celebridad televisiva de la periodista, fue objeto de decenas de artículos y análisis en prensa, así como de reportajes televisivos y hasta comunicaciones oficiales del gobierno.

Álvarez relata todo lo que ocurrió alrededor de su denuncia sin concesiones al sentimentalismo ni a los detalles escabrosos que seguro más de un lector esperaba encontrar. Por el contrario, con ojo de reportera y una prosa acelerada pero contenida, Álvarez pone el énfasis en el laberíntico y muchas veces delirante proceso que debe seguir una mujer víctima de violencia de género en busca de justicia en el Perú. A la periodista no le basta con su propio caso sino que va también en busca de las historias de otras mujeres que han debido pasar por situaciones similares, mujeres menos afortunadas que ella, que o no contaban con el privilegio de la notoriedad pública o que, sencillamente, no sobrevivieron a los ataques de sus victimarios.

Hay un caso paradigmático de los varios que relata Álvarez y que demuestra la manera sistemática y alevosa con que la justicia peruana les ha dado y sigue dando la espalda a las mujeres que son víctimas de violencia por parte de hombres, muchas veces sus propias parejas.

El 15 de setiembre de 2016, Rosa Álvarez Rivera (sin relación con la autora), una mujer residente en Zarumilla, Tumbes, debió ser socorrida por sus vecinos porque estaba ardiendo en llamas en el patio de su casa:

Los vecinos le tiraron al cuerpo incandescente agua en baldes y barro acumulado en el piso y así lograron apagar las llamas, luego la cubrieron con una sábana y la cargaron entre tres para llevarla hasta la posta médica más cercana en un mototaxi. Rosa Álvarez tenía el 85% del cuerpo con quemaduras de segundo y tercer grado. El caso era tan terrible que una doctora y las enfermeras del Centro de Salud de Zarumilla solo la doparon para calmar sus dolores, e inmediatamente la transfirieron al Hospirtal Regional de Tumbes. Rosa no resistiría. Moriría en el pabellón de quemados del hospital Arzobispo Loayza de Lima, ocho días después.

Según cuenta la periodista, el principal sospechoso era la pareja de Rosa, Carlos Bruno Paiva, con quien tenía una hija:

Varios vecinos, especialmente María Teresa Ramírez, declararon ante las autoridades que la pareja había estado discutiendo desde temprano porque Rosa había encontrado, unos días antes, mensajes de otra mujer en el teléfono de su conviviente y que ese día, jueves 15 de setiembre, él le reclamaba un dinero que ella guardaba y se negaba a darle por sus sospechas de infidelidad. Ante esa negativa, cuenta la vecina, Carlos Bruno salió de la casa, tomó su motocicleta y partió. Regresó al poco tiempo y en unos minutos escucharon los fuertes gritos de Rosa. El conviviente también colaboró con auxiliar a la mujer quemada y hasta dio dinero para que la lleven al Centro de Salid, pero no quiso ser él quien la llevara.

En diciembre de 2017, Bruno Paiva fue condenado a veinticinco años de prisión por el Juzgado Penal Colegiado de la Corte Superior de Justicia de Tumbes. Medio año después, «el 5 de junio de 2018 la Sala Penal de Apelaciones de Tumbes lo absolvió de todo cargo y ordenó su libertad inmediata». Según explica Álvarez, en la resolución que absuelve a Bruno Paiva los tres jueces de esta sala concluyen que «Rosa Álvarez se prendió fuego sola quemando basura. No le dieron importancia a los testimonios concurrentes de enfermeras, médicos y vecinos porque, según dicen estos jueces, ninguno vio el instante en que Rosa se prendió».

A continuación, luego de analizar la improbabilidad de lo que determinó la Sala Penal de Apelaciones de Tumbes, Lorena Álvarez escribe:

¿Quién hace justicia por Rosa Álvarez? Si el fiscal no fue lo suficientemente diligente o argumentó mal, si los jueces tienen poco criterio, ¿qué importan a quien le echemos la culpa? Rosa está muerta, agonizó calcinada durante ocho días. ¿Se quemó sola? El sistema de justicia siempre encuentra la forma de acabar enviando el mensaje más poderoso de todos: Perú, el país de la impunidad.

Por si uno no queda tristemente convencido de esa afirmación al acabar de leer No te mato porque te quiero, hace poco menos de un mes la periodista hacía uso de su cuenta de Twitter para añadirle una suerte de posfacio digital a su libro y recordarle al Ministerio Público que ha pasado un año de su denuncia y que, pese a los golpes de pecho de distintas instancias del gobierno, sigue sin haber acusación de parte de la Fiscalía:

 

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Habrá seguramente quien quiera quitar mérito a H&H: Escenas de la vida conyugal de Humala y Heredia, el libro del periodista Marco Sifuentes, señalando que no se trata de una investigación reveladora. He escuchado ya ese comentario en boca de algún crítico de salón, que justifica su reticencia señalando que el relato hilado por Sifuentes está apoyado sobre todo en reportajes y testimonios publicados anteriormente (algunos por el mismo autor en diversos medios).

Si bien H&H podría no resultar revelador para los pocos que hayan seguido con obsesiva atención la carrera política de Ollanta Humala y Nadine Heredia, el libro de Sifuentes es iluminador en el sentido que lo es siempre el buen periodismo de largo aliento, un bien escaso en la producción editorial local.

El trabajo de recopilación y montaje realizado por Sifuentes, con el apoyo del periodista Jonathan Castro, es admirable tanto en fondo como en forma. No conozco otro esfuerzo similar que, con tanto éxito, construya un retrato así de abarcador, y a la vez certero y entretenido, de dos personajes tan importantes en la historia reciente del país.

Harían bien en leerlo con atención –y, ojalá, horrorizados– muchos activistas de Twitter, los mismos que defendieron a capa y espada, y contra toda evidencia, la honorabilidad o rectitud del gobierno de Humala y Heredia (el relato de Sifuentes despeja dudas sobre esa bicefalia) hasta el final; que convirtieron en héroes de la patria por unos días a Kenji Fujimori, Pedro Cateriano, Rosa María Palacios o Alberto Borea en diciembre de 2017 por sus supuestos servicios en la defensa de la democracia; y que hasta hace poco seguían riéndole las gracias al ex general, ex ministro del Interior del gobierno Humala y fallido candidato presidencia y municipal, Daniel Urresti.

Los mismos que en su jolgorio tuitero olvidan que Keiko Fujimori es un peligro no porque nos caiga mal sino por lo que hace y lo que representa, que, bien mirado, si uno termina de leer el libro de Sifuentes y es honesto consigo mismo, terminará concluyendo que es, con matices, lo que representan Humala, Heredia y buena parte de sus secuaces. Muchos de los cuales siguen despachando habitualmente desde alguno de los varios cafés de la calle Dasso en San Isidro y, de nuevo, aquí no pasó nada. Ese pragmatismo que dicta que las leyes y las reglas son una inútil recomendación que solo atienden los idiotas, los pavos, los don nadie; que el fin, cualquier fin, por lo general uno alineado a mis intereses y los de mis amigos, justifica siempre los medios.

Un pragmatismo además torpón, poco inteligente, que deja regadas piezas de la falta o el delito por todas partes, como un niño que juega con sus Lego y se aburre y pasa a otra cosa de inmediato. Pero que además se tiene en muy alta estima a sí mismo, que se conduce y habla de sí como si el escenario de sus fechorías fuera una superproducción escrita por Aaron Sorkin y dirigida por David Fincher, cuando la realidad por lo general está más cerca de un guión de Al fondo hay sitio.

Un pragmatismo eso sí, en el caso de Humala y Heredia, y tantos otros paracaidistas, envuelto en la bandera del antifujimorismo, el progresismo de selfie, y edulcorado con chocolates Godiva.

Como este es un blog que habla sobre todo de periodismo, quiero detenerme un momento en un episodio para mí particularmente revelador sobre la relación entre poder y medios en nuestro país. Sobre cómo entienden la labor periodística muchos periodistas y dueños de medios peruanos (aunque no solo).

Hacia el final del libro, Sifuentes relata cómo la coalición antifujimorista hizo piña alrededor de la figura de Mario Vargas Llosa para abrazar la candidatura presidencial de Ollanta Humala. Escribe Sifuentes:

–Necesitamos una garantía de titanio –le insistió Gorriti–. Tiene que ser un compromiso de fondo. No basta una promesa: tiene que ser un juramento.

Ese fue el nacimiento del «Compromiso en Defensa de la Democracia», un evento revestido de solemnidad, montado en lo que Gorriti llamó el sitio secular más sagrado, el foro laico del Perú: la Casona de San Marcos. Se pensaba que, para un militar, un juramento público tendría una gravitación mayor que cualquier otro tipo de compromiso. Ocurrió el 14 de mayo, solo tres semanas antes de las elecciones. La asistencia de «testigos» notables fue impresionante. Artistas de todas las ramas se mezclaron con políticos de todas las tendencias, pero, a pesar de los intentos de Vargas Llosa, hubo dos ausencias cruciales: Luis Bedoya Reyes y Fernando de Szyszlo. Pero esto no lo notó nadie en cuanto vieron aparecer, en un écran gigante, al Nobel.

–Los exhorto a votar por Ollanta Humala –dijo Vargas Llosa, cuidándose de mostrar algún atisbo de entusiasmo– para defender la democracia en el Perú y evitarnos el escarnio de una nueva dictadura.

El mensaje, de dos minutos y medio, había sido grabado, en privado, unos días antes por Rolando Toledo, dueño de La Mula, en el piso madrileño del escritor. No solo fue un golpe de efecto: era la bendición final. Zeus bajaba del cielo y, desde un proyector de video, decidía el destino de los congregados. Deus ex machina.

En ese momento, Canal N interrumpió la transmisión del evento para dar pase a «un informe especial sobre las divas del pop», Lady Gaga y Rihanna.

Canal N, como sabrán muchos, es el canal de televisión por cable del grupo El Comercio, la empresa de medios más importante del país. Empresa a la que se acusó –con razón– de tomar partido, hasta el punto de quebrar normas básicas de ética periodística, por la candidata Keiko Fujimori en sus distintas cabeceras durante la campaña presidencial de 2011. Continúa Sifuentes:

El 22 de mayo, Gustavo Mohme, director de La República y miembro del Consejo Editorial de América Televisión [el canal en abierto del Grupo El Comercio, donde Mohme tiene una participación], presentó, por escrito, una insólita propuesta: para equilibrar el abiertamente sesgado programa de Jaime Bayly, él ya tenía listo uno con Mario Vargas Llosa. El escritor conduciría y de la producción se encargarían su sobrino, el cineasta Luis Llosa, y Gustavo Gorriti.

La propuesta fue rechazada. Después, en una entrevista publicada en La República, Vargas Llosa diría que Bayly –cuya carrera de escritor había apadrinado en sus inicios – se había convertido en un bufón maligno al servicio del fujimontesinismo». A los pocos días, el Nobel renunció a seguir publicando en El Comercio, alegando que el diario violaba «las más elementales nociones de objetividad y ética periodísticas» desde que el grupo había sido tomado por «un grupo de accionistas, encabezados por la señora Martha Meier Miró Quesada».

Veamos. ¿Cómo reaccionan dos dueños de medios –Rolando Toledo y Gustavo Mohme– ante la abierta toma de posición de un grupo de medios rival a favor de una candidatura? Poniendo sus recursos al servicio del otro candidato. ¿Cómo quiere contrarrestar Gustavo Mohme el programa televisivo que Jaime Bayly –ese «bufón maligno al servicio del fujimontesinismo»– hace a favor de Keiko Fujimori y en contra de Ollanta Humala? Produciendo un programa con Mario Vargas Llosa y Gustavo Gorriti a favor de Ollanta Humala y en contra de Keiko Fujimori.

No sé yo, pero pareciera que, bajo la excusa de luchar ya sea contra el fantasma del chavismo (representado supuestamente por Humala) unos o para salvar la democracia otros, a nadie aquí le importaban en realidad las «más elementales nociones de objetividad y ética periodísticas».

Si alguien no recuerda el abierto favoritismo que el diario La República –dirigido por Gustavo Mohme– mostró por la candidatura de Humala,  esta es la portada que publicó el lunes 6 de junio de 2011, al día siguiente de las elecciones:

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Acabo con las dos únicas cosas que creo pueden reprochársele al libro de Sifuentes. Por un lado, un reparo menor que tiene que ver con algunos arrebatos literarios innecesarios, como terminar con una alusión a la famosa frase de García Márquez «las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra», remixeada para la ocasión.

Otro arrebato de estilo ocurre en el capítulo dedicado a ese personaje tan turbio como fascinante que es Óscar López Meneses, una especie de facilitador que ha servido a distintos intereses en la política peruana desde los años 90, cuando se convirtió en un alfil de Vladimiro Montesinos.

Sifuentes inicia el capítulo con un collage de las distintas teorías que corrían en la Lima de finales 2013 acerca de las razones detrás del extrañísimo resguardo policial que recibió la casa de López Meneses y que incluía «dos motocicletas y ocho automóviles de custodia, incluido un vehículo del SUAT, una camioneta de apariencia civil asignada a la seguridad presidencial, otra del Serenazgo de la Municipalidad de Surco y un par de patrulleros». El collage de voces se extiende solo por una página pero es, en mi opinión, una distracción innecesaria que altera, como un bache en la carretera, el pulcro  recorrido del resto del texto.

La otra cuestión, algo más seria, tiene que ver con una mala costumbre de la prensa peruana: la manera en que (no) atribuye fuentes o las atribuye de manera errónea, sobre todo cuando se trata de reconocer el trabajo de otros periodistas.

En el capítulo que Sifuentes dedica a la revelación de las famosas agendas de Nadine Heredia, el periodista atribuye toda la investigación y trabajo sobre el material a los periodistas Marco Vásquez y Rosana Cueva, de Panorama. Omite que Panorama realizó ese trabajo en conjunto con el diario Perú21, que en ese entonces era dirigido por Juan José Garrido, hoy director de El Comercio, y del cual yo era editor multiplataforma.

Como dice Sifuentes en el libro, Panorama emite el reportaje televisivo sobre las agendas de Heredia el domingo 16 de agosto de 2015. Ese mismo día, Perú21 informa sobre los documentos en portada, y amplía la información acerca del contenido de estos al día siguiente, lunes 17, respetando el acuerdo de publicación al que se había llegado con Panorama. Aquí pueden ver a la periodista Rosana Cueva, directora de Panorama, comentando el reportaje original y señalando la colaboración entre su programa y Perú21.

Estas son las dos primeras portadas que el diario dedicó al tema:

Un día antes, el sábado 15, el diario ya había mencionado por primera vez en prensa la existencia de las agendas:

La ausencia de esta mención por parte de Sifuentes es particularmente llamativa en un libro donde cada capítulo se cierra con un espacio que el autor ha denominado «Apuntes documentales». En esos apuntes Sifuentes señala con detalle de dónde procede buena parte de la información que ha servido para construir el relato periodístico.

En los apuntes documentales correspondientes al capítulo dedicado a las agendas de Heredia, Sifuentes indica:

El 4 de setiembre de 2015, Víctor Caballero publicó en Útero.pe «EXCLUSIVO: En una encomienda de choclos y quesos nos llegaron las agendas de Nadine». Aún ahora, sigue siendo el único lugar donde cualquier persona puede acceder en su integridad a las agendas, salvo la Renzo Costa, que nunca nos fue entregada.

Sifuentes, no sé por qué, omite señalar que la razón por la que Útero.pe accedió a ese material fue porque nosotros, léase los responsables de Perú21 en ese momento, se lo entregamos. Lo sé porque yo mismo le di en la mano el USB con los archivos a Víctor Caballero.

The New Yorker, David Remnick, Steve Bannon, el debate y la empatía

I want to understand. If others understand in the same way I’ve understood that gives me a sense of satisfaction, like being among equals.
Hannah Arendt

Si ustedes, como yo, siguen con cierta atención lo que ocurre en la política y la industria de medios norteamericana, sabrán ya que la semana anterior fue particularmente agitada. La cereza de la torta fue este Op-Ed (columna de opinión de una firma invitada) publicado el miércoles 5 de setiembre por The New York Times. La columna se titulaba, de forma grandilocuente, «Soy parte de la resistencia dentro del gobierno de Trump» (aquí pueden leerla en español), y no llevaba firma.

La sección de Opinión del diario, que en el caso del Times es independiente de la redacción y no entra dentro del mandato del director, justificaba de esta forma su decisión de publicar la columna respetando el anonimato del autor o autora:

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Según datos del propio Times, entre el miércoles –cuando apareció el Op-Ed– y el viernes, el diario recibió 23 mil mensajes de lectores preguntando por el proceso de verificación que había realizado. De nuevo, veintitrés mil mensajes de lectores sobre una sola columna. Veintitrés mil mensajes de lectores intentando entender por qué había hecho lo que había hecho el Times.

Quien quiera comprender un poco más sobre el Op-Ed anónimo y su relevancia puede leer este largo hilo de Twitter del periodista Eduardo Suárez, así como revisar esta versión anotada que el mismo Suárez hizo para Univisión. También puede interesarles el behind the scenes que relató aquí el corresponsal de medios de CNN, Brian Stelter.

Pero, como decía antes, esta fue solo la cereza de la torta en una semana especialmente agitada. Dos días antes, el lunes 3 de setiembre, otra venerada institución periodística neoyorquina vivió su propio momento convulso.

Ese día, a través de un artículo en The New York Times, los seguidores de la revista The New Yorker descubrieron que Steve Bannon, ex asesor y jefe de estrategia del presidente Donald Trump, además de una de las figuras más controvertidas de la política norteamericana, encabezaría la lista de invitados de The New Yorker Festival, el «festival de ideas» que la revista celebra todos los otoños en Nueva York:Screen Shot 2018-09-07 at 7.29.24 PM

Antes de dedicarse de lleno a la asesoría política, Bannon fue fundador y luego CEO de Breitbart News, un site noticioso conocido por haber sido el órgano de propaganda de Donald Trump durante la campaña electoral de 2016, difundir teorías de la conspiración sobre el ex presidente Barack Obama y la ex candidata Hillary Clinton, así como por su denodado esfuerzo por insertar ideas neonazis en el debate público norteamericano.

Luego de la toma de posesión del presidente Trump, Bannon se convirtió en el segundo hombre más poderoso de la Casa Blanca y ha sido señalado como uno de los principales responsables de la agenda anti-inmigración, de nacionalismo duro, aislacionismo económico y coqueteos abiertos con la llamada alt-right (eufemismo para referirse a la extrema derecha neonazi norteamericana de camisa y corbata) del actual gobierno.

En agosto de 2017, un año después de haberse sumado a la campaña electoral de Trump y siete meses después de la toma de mando, fue despedido de la Casa Blanca. La caída de Bannon ocurrió pocos días después de que el presidente Trump apareciera ante cámaras luego de los incidentes de Charlottesville, donde una mujer fue asesinada durante las manifestaciones de supremacistas blancos/neonazis/alt-right, para decir:

«Condenamos en los más poderosos términos esta indignante demostración de odio, intolerancia y violencia proveniente de varios lados, varios lados«

En una segunda declaración, días después, el presidente Trump insistió en repartir culpas entre supremacistas blancos y manifestantes antifascistas –entre los que se encontraba la mujer atropellada y asesinada– que protestaban por la exhibición de violencia de los primeros:

«Tenemos alguna gente muy mala en ese grupo, pero también tenemos algunas personas que son muy buenas personas, en ambos lados (…) ¿Y qué ocurre con la izquierda alternativa (alt-left) que vino a atacar a la alt-right? ¿Tienen ellos alguna pizca de culpa?»

Algunos analistas señalaron que la mano detrás de esas palabras de Trump no era otra que la de Steve Bannon. El asesor presidencial, según distintos reportes, se había mostrado «entusiasmado» y «orgulloso» luego de escuchar las declaraciones de su jefe.

Las críticas al discurso de Trump colocaron a Bannon, que no solo se mostró orgulloso sino que defendió extasiado las declaraciones ante los medios, en una posición incómoda de cara a otros miembros del gobierno. No eran pocos en la Casa Blanca los que estaban enfrentados con Bannon desde hacía meses. Incluso Jared Kushner, yerno y también asesor del presidente, habría pedido en su momento que el ex responsable de Breitbart fuera despedido.

La presión hizo que Trump terminara deshaciéndose de Bannon el 18 de agosto, seis días después de las primeras declaraciones del presidente sobre Charlottesville. Al día siguiente, Trump se despedía públicamente de su ex jefe de campaña y estratega de la Casa Blanca con este tuit:

Desde entonces, luego de haber susurrado al oído del hombre más poderoso del mundo, Bannon empezó a caer en la irrelevancia política y mediática. En especial después de que el libro del periodista Michael Wolff sobre la presidencia Trump, Fire and Fury, revelara el desprecio de Bannon hacia algunos personajes del entorno de Trump, incluido su hijo Donald Jr.

A partir de ahí, y gracias al revuelo causado por el libro de Wolff, el ex asesor perdió el favor no solo del presidente sino de varios de sus antiguos aliados. Después de esto, sus socios de Breitbart decidieron que era hora de deshacerse de él.

Desde enero de este año, lo único que se sabía de Bannon es que estaba uniendo fuerzas con nacionalistas de extrema derecha al otro lado del Atlántico como el primer ministro italiano Matteo Salvini, el primer ministro húngaro Viktor Orban o el líder del movimiento de apoyo al Brexit en Inglaterra, Nigel Farage, para formar una organización europea ultraconservadora llamada The Movement.

Y así llegamos al lunes 3 de setiembre y el artículo publicado en la web de The New York Times. Steve Bannon, decía el Times, iba a ser entrevistado en el escenario de The New Yorker Festival por el editor de la revista, el reconocido periodista David Remnick, autor, entre otros libros, de una extensa biografía del ex presidente Barack Obama.

En entrevista telefónica con el Times, Remnick decía:

«Tengo toda la intención de hacerle preguntas difíciles y entablar una conversación seria e incluso combativa (…) La misma audiencia, por el solo hecho de estar ahí presente, pone una cierta presión a la charla que una entrevista uno a uno no consigue. [Con una audiencia delante] No puedes saltar del on al off the record«.

Pero, ¿qué es exactamente The New Yorker Festival?

Como explica el periodista Zack Beauchamp en este artículo para Vox, es un evento organizado por la revista, básicamente, para ganar dinero:

La publicación invita personas famosas e interesantes, las coloca en paneles con escritores de la revista y cobra a lo lectores que tienen interés en asistir a esas charlas.

Este tipo de eventos son, por su propia naturaleza, difíciles de manejar. Necesitan ser atractivos para la audiencia, lo que se traduce en fichar oradores interesantes y/o controversiales. Para que el evento tenga lugar necesita que los oradores asistan, lo que muchas veces significa pagarles, y puede que estos no quieran meterse a la boca del lobo de una entrevista conflictiva en vivo delante de público.

Al mismo tiempo, las entrevistas no pueden traicionar la misión periodística que es el centro de la publicación. No pueden, de cierta forma, ser a la vez trabajo de reportería y promoción de marca. Lo que significa que los periodistas no pueden (en teoría) tan solo adular a los oradores y cantarles loas –aunque demasiadas veces eso es lo que ocurre– sino que deben cuestionar de forma respetuosa sus ideas y argumentos.

¿Qué otros invitados tenía The New Yorker para esta edición del festival?

Según el artículo de The New York Times con que iniciaba este post y otras fuentes, el listado de oradores lo completaban:

–Los actores Jim Carrey, Emily Blunt, Maggie Gyllenhaal, Patton Oswald, John Krasinski.

-El director y productor Judd Appatow.

–Los comediantes Jimmy Fallon, Hassan Minhaj y Bo Burnham.

–Los escritores Haruki Murakami, Zadie Smith y Janet Mock.

–La ex fiscal general adjunta de los Estados Unidos Sally Q. Yates,

–Los músicos Kelela, Miguel, Jack Antonoff y Kacey Musgraves.

Pero una vez se supo que Bannon sería parte del festival, una semana antes de que salieran a la venta las entradas, varios de los nombres confirmados anunciaron a través de Twitter que no asistirían:

A esto se sumaron centenares de voces indignadas en redes sociales, sobre todo en Twitter, que anunciaban la cancelación de su suscripción a la revista o amenazaban con hacerlo si Remnick no retrocedía en su decisión:

Esto podría parecer una tontería, la pataleta de unos cuantos tuiteros con la piel demasiado fina, pero en un mundo en el que los medios sufren para monetizar sus audiencias, The New Yorker es uno de los mayores –y contados– casos de éxito. Gracias, precisamente, a las suscripciones.

La revista es uno de los pocos medios del mundo cuyos ingresos provienen, principalmente de sus lectores. El 65% del dinero que ingresa proviene de alrededor de 1.2 millones de lectores de pago, que gastan en promedio 120 dólares al año por una suscripción print + digital. Si para cualquier medio hoy la relación con sus lectores es fundamental, para The New Yorker esa relación es todo.

Junto a los suscriptores y lectores indignados, unos cuantos escritores de la revista hicieron público su rechazo a la presencia de Bannon en el festival. Algunos como Kathryn Schulz incluso pedían a los lectores que escribieran a The New Yorker para dejar claro su descontento:

La presión para Remnick creció al punto que, como reveló en un tuit otro escritor de la revista, Adam Davidson, el editor pasó buena parte del día conversando con miembros de su staff, muchos de los cuales intentaban explicarle por qué la invitación a Bannon era un error:

En el tuit, parte de un largo hilo que hablaba de la estupenda cobertura que la revista venía realizando desde hace años sobre Trump y sus compinches, Davidson decía:

En resumen, David [Remnick] se ha más que ganado el derecho a cagarla de vez en cuando.

Además, nunca he tenido un jefe tan abierto a las críticas. Ha pasado todo el día al teléfono escuchando a escritores y miembros del staff diciéndole que está equivocado. Ha escuchado, ha oído.

Algunos de esos escritores eran pesos pesados de la revista, como el historiador y profesor de Columbia University Jelani Cobb, o la crítica de televisión Emily Nussbaum, ganadora del National Magazine Award como columnista en 2014 y premio Pulitzer de crítica cultural en 2016:

Poco después de esos tuits, que ya dejaban saber que pronto habría una comunicación de la revista sobre el tema, el anuncio final llegó.

El mismo lunes 3 de setiembre a las 17:43 hora de Nueva York, y luego de haber sido distribuido primero entre el staff de la propia revista, se hizo público un comunicado a través de la cuenta oficial de Twitter @NewYorker. El comunicado, firmado por David Remnick, señalaba que el editor daba marcha atrás y retiraba la invitación a Steve Bannon:

El texto de Remnick concluía así:

Lo he pensado bien, he hablado con mis colegas, y he reconsiderado mi decisión. He cambiado de parecer. Hay una manera mejor de hacer esto. Nuestros escritores han entrevistado a Steve Bannon para The New Yorker antes, y si la oportunidad se presenta, lo entrevistaré en un marco más tradicionalmente periodístico como fue mi primera intención, no en un escenario.

Luego del comunicado, algunos escritores de la revista mostraron su alivio. Otros expresaron su decepción ante lo que consideraba una capitulación intelectual.

Esta es, por ejemplo, Alexandra Schwartz, staff writer especializada en libros y una de las voces más brillantes de la nueva generación de escritores de la publicación:

Schwartz concluía su tuit con un «me siento tremendamente aliviada porque este evento no tendrá lugar».

A Schwartz le respondió Malcolm Gladwell, uno de los escritores más célebres de la revista, con una ironía:

Llámenme anticuado, pero yo hubiera pensado que el punto de un festival de ideas era exponer ideas ante el público. Si solo invitas a tus amigos, se trata de una cena en casa.

Por supuesto, la decisión final de Remnick de desinvitar a Bannon no terminó, ni mucho menos, el debate. Ni dentro ni fuera de la revista. Varios periodistas, entre ellos algunas de las plumas más respetadas de la crítica o análisis de medios en Estados Unidos, saltaron a dar su opinión en medios y redes sociales.

Jack Shafer, columnista de medios de Politico, escribía con su mordacidad habitual:

Esa urgencia por colocar un cordón sanitario alrededor de Bannon viene del mismo impulso paternalista que lleva a censores a prohibir ideas políticas, libros, arte, obscenidades, música, religiones, bailes y expresiones eroticas que no les gustan. Interpretando el papel de guardianes los enemigos de Bannon piensan que están protegiendo a las masas. En realidad, le están permitiendo hacerse el mártir y, con eso, hacerse más fuerte.

En un tono aún más duro, Brett Stephens, columnista conservador de The New York Times, escribió una columna al respecto titulada «Ahora Twitter edita The New Yorker»:

[Este episodio] ha colocado el nombre de Bannon de forma prominente en las noticias, lo que sin duda ha sido motivo de considerable deleite para él. Ha convertido a un fanático nativista en una víctima de la censura progresista. Le ha otorgado credibilidad a la idea de que los periodistas son, como dijo Bannon de Remnick, unos cobardes. Ha corroborado la idea de que la prensa es una colección de pensadores de izquierda, que cuando no están promoviendo «fake news», están interesados solo en sus propias verdades. Ha conseguido aislar a los lectores de The New Yorker en su cámara de eco habitual. Ha consolidado la idea de que las instituciones vulnerables pueden ser acosadas de manera que terminen sometiéndose a las irascibles (e insaciables) exigencias de las hordas de redes sociales. Y, sobre todo, ha liquidado una oportunidad de someter a Bannon al tipo de interrogatorio inquisitivo que Remnick había prometido en un inicio, y eso es periodismo en su mejor expresión.

Otro periodista, Erick Wemple, este de The Washingont Post, apuntaba de forma similar:

¿Por qué demonios darle a esta gente una plataforma?, reza la objeción.

(…)

La respuesta es que los periodistas entrevistan a personas que representan todos los ángulos de una historia, incluso a aquellos que resultan unos mentirosos o algo peor. Enfrentarlos –en lugar de ignorarlos– es lo que alguien como Remnick hace.

Su colega Margaret Sullivan, columnista de medios también en The Washington Post, no estaba de acuerdo. Sullivan, antigua defensora del lector en The New York Times y una de las periodistas más brillantes y respetadas de su generación, escribía que la decisión de ofrecer a Bannon un «escenario prestigioso» era «una idea terriblemente mala». Y continuaba:

No hay nada más que aprender de Bannon acerca de su marca particular de populismo, con su insolente cubierta de supremacismo blanco (…) No hay nada más que aprender. Pero, al elevar esas ideas y sus ponente una y otra vez, hay muchísimo que sí podríamos perder.

Algo parecido decía Suzanne Nossel, directora ejecutiva de PEN America, una importante agrupación de escritores que vela por la libertad de expresión dentro y fuera de Estados Unidos. Nossel respondía a la columna de Wemple que cito un par de párrafos arriba con un tuit:

Parece que The New Yorker ha perdido de vista la distinción clave entre escuchar de forma cuidadosa y someter a escrutinio las ideas de Bannon, frente a festejarlo como cabeza de cartel de un festival. Al igual que un título honorario o una posición distinguida como conferenciante, esta implica una dosis de alabanzas.

En esa vía profundizaba la periodista Josephine Livingston, que en un artículo para The New Republic decía:

El encuentro propuesto entre Remnick y Bannon representaba mucho más que el dilema político sobre «ofrecer una plataforma» a gente odiosa. De ocurrir, se hubiera tratado de dos figuras públicas en el pináculo de sus respectivos clanes reuniéndose para crear un espectáculo que habría generado ingresos para la revista de Remnick y una mezcla de prestigio y notoriedad para Bannon. El mérito del contenido del evento (cualquiera que este hubiera sido, nunca lo sabremos) era en realidad casi irrelevante. La entrevista estaba viciada desde el saque.

La respuesta de Bannon a la desinvitación por parte de Remnick parecía confirmar lo que apuntaba Livingston:

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Luego de ser contactado hace varios meses y luego de siete semanas de insistencia, acepté la invitación de The New Yorker sin la expectativa de un honorario. La razón por la que acepté es simple: estaría enfrentándome a uno de los periodistas más valientes de su generación. En lo que yo llamaría un momento decisivo, David Remnick mostró, confrontado por una turba online que pega alaridos, que no tiene agallas.

Charlie Warzel, reportero especializado en tecnología de Buzzfeed y uno de los periodistas que mejor ha explorado el universo online de la extrema derecha en Estados Unidos, aportaba una visión distinta al debate:

Para mí, el asunto Bannon-New Yorker simplemente ilustra que la prensa sigue sin saber qué hacer realmente con los troles del universo «Make America Great Again». Siguen peleando con la disyuntiva entre cobertura noticiosa y simplemente convertir a unos tíos en líderes de opinión.

En un tuit posterior, Warzel abundaba en su comentario:

Hay (¡obviamente!) valor periodístico en hablar con personas con las que estás en desacuerdo o que aborreces. ¡E incluso con los voceros del circo! Pero creo que la siguiente fiebre cultural nacida en Internet que inunde nuestra política exigirá a los medios una mayor imaginación a la hora de lidiar con las maneras en que están siendo utilizados.

No sé que piensan ustedes pero a mí me parece un debate fascinante.

¿Qué hacemos, desde un punto de vista intelectual, más allá del mero rechazo visceral, con los mensajes de odio, con las expresiones ideológicas que atacan aquello en lo que creemos quienes defendemos una democracia liberal?

¿Qué hacemos cuando, además, la forma en que esas ideas son diseminadas en Internet (y no solo en Internet) está diseñada para que medios y periodistas sean víctimas de su propaganda y la amplifiquen?

Pero –y no sé si les ocurre a ustedes también– hay algo de la forma en que está llevándose a cabo el debate que me chirría. Algo que, de hecho, lleva una semana retumbándome en el fondo del oído cada vez que leo un comentario como los muchos que he reseñado párrafos arriba.

Lo que me chirría es la seguridad con que los muchos participantes del debate exponen sus posiciones. La certeza casi absoluta con que, al dar su opinión, dan por sentado que se trata de la conclusión correcta. Sin ápice de duda. Incluso con desdén. Sin conceder que, quizá, quien expresa la opinión contraria podría estar en lo cierto o, al menos, ha reflexionado y debatido consigo mismo en un proceso similar al propio antes de llegar a esa conclusión.

Ya sea que piensen que no debe dársele nunca una plataforma a alguien como Bannon o que Bannon y sus ideas deben ser confrontados en público siempre, pareciera que casi todas estas personas inteligentes y cultas, la crema y nata del mundo intelectual / cultural / periodístico norteamericano, creen seriamente que tienen toda la razón. Que cualquier análisis honesto y acucioso de la cuestión llevará necesariamente al mismo lugar al que ellos o ellas han llegado antes. Sin desvío ni dilación que valga.

Por supuesto, esto no es así.

Hay asuntos que no son debatibles, existen verdades que se nos muestran irrevocables a todos por igual, pero este no es ni por asomo el caso. Yo mismo, no sé ustedes, luego de haber leído todo lo que he ido reseñando y linkando en este post, sigo sin estar seguro de qué es lo correcto en un caso como este.

Pero, más allá de este episodio puntual, me interesa lo que esconde esa negativa a concederle legitimidad a la opinión discrepante del otro. Y más aun cuando, como en este debate concreto, el otro ni siquiera es otro.

Hay un detalle que no sé si han notado. Con la sola excepción de Bret Stephens, todos los otros polemistas que he citado cabrían dentro de esa definición de carpa amplia que en Estados Unidos se denomina «liberal» y que en español podríamos traducir como «progresista».

Pese a ello, un autor de la inteligencia de Malcolm Gladwell es incapaz de responder a una colega con otra cosa que no sea una ironía gruesa vía Twitter. Y una periodista tan brillante y experimentada como Margaret Sullivan opta por zanjar la discusión en una columna con un «no hay nada más que aprender [sobre Bannon y sus ideas]».

Cuando, créanme, existe evidencia y argumentos suficientes para defender, con matices, una y otra postura.

¿Por qué somos incapaces de conceder al otro ese beneficio de la duda, esa cortesía de los matices, incluso cuando como en este caso se trata de un otro tan cercano, un otro que podríamos ser nosotros mismos, un otro con el que tenemos muchísimas más ideas en común que ideas que nos separan?

Aquí, a riesgo de sonar cursi o, peor, de que mi prosa caiga en el abismo amelcochado y fraudulento de un coach holístico, me gustaría introducir un concepto que viene obsesionándome de un tiempo a esta parte: la empatía como herramienta intelectual, la empatía como herramienta para el conocimiento.

Empatía, en este contexto, no significa justificar el comportamiento ajeno o, ni siquiera, ponerse de acuerdo con ese otro. Empatía significa aquí que nos tomamos el trabajo de mirar al otro y reconocerle la posibilidad de estar en lo correcto o de estar equivocado, sin que esto suponga que su proceso de pensamiento es un error en sí mismo o que es un proceso viciado ya sea por la ignorancia o la deshonestidad intelectual. Aceptar que, así como creemos y defendemos que nuestras opiniones y decisiones están basadas en una reflexión honesta, las de otros –incluso o, sobre todo, cuando discrepamos con ellas– son fruto de un proceso similar. Esa actitud, creo, es indispensable ya no para entender sino siquiera para intentarlo.

Voy a poner un ejemplo para que se entienda bien a qué me refiero.

Hace unos diez días, el escritor Sergio del Molino publicaba este raro artículo en la revista digital CTXT.  En él, Del Molino contaba que en mayo había aceptado una invitación a ver una corrida de toros en la plaza madrileña de Las Ventas. En un inicio, ante la invitación, Del Molino le había dicho a su anfitrión que «no había ido a los toros en mi vida y que me tengo por antitaurino». Este, un periodista taurino y miembro de la Fundación Toro de Lidia, reaccionó de una forma que sorprendió al escritor:

Casi se relamió con la idea de enseñarle a un alma virgen los toros por primera vez. Lo comparó con llevar a alguien a ver el mar, estaba deseando ver mi reacción. Te invitamos para que luego cuentes lo que te dé la gana, me dijo, o no cuentes nada, pero creo que merece la pena que conozcas este mundo.

Acto seguido, Del Molino relataba la manera en que su curiosidad fue recibida por la gente de su entorno:

Con solo aceptar la invitación de Chapu ya tuve una discusión con mi madre, que se enfadó mucho conmigo. No sé qué se te ha perdido ahí, decía, ni qué curiosidad ni qué leches. Coincidía mi madre con algunos tuiteros y gente del Facebook, que me llamaron criminal y asesino cuando colgué una foto en la puerta de Las Ventas. Y aún no había ni entrado a la plaza.

Para seguir con la sorpresa, Del Molino cuenta que disfrutó mucho. Y se extiende en el debate interno que le suscitó ese disfrute:

Algunos de mis amigos más sensibles y cultos, cuya inteligencia y personalidad admiro, son aficionados taurinos y sienten de alguna forma y en algún grado esa visión [que los toros recuerdan que el ser humano es un depredador y que la única forma digna y valiente de afrontar su condición es mirar a los ojos a su presa antes de matarla]. Otros creen, como yo, que es un anacronismo que no tiene cabida en el mundo de hoy y que, inevitablemente, desaparecerá, pero asumen su contradicción: racionalmente les repugna; emocionalmente les fascina. Y lo entiendo: no hay ninguna otra expresión cultural en occidente que obligue a quien la presencia a hurgar en sus propios dilemas y a palparse las paradojas de una manera tan radical. Solo un fanático o un mentecato puede salir de una corrida igual que entró. Me resisto a creer que fue cosa mía. Chapu, como buen Mefistófeles, sabía dónde me metía y sabía qué estaba haciendo cuando me susurraba al oído su retransmisión personalísima del espectáculo. Sabía que me estaba llevando a un lugar incómodo. Sabía que me estaba inoculando un dilema que, aún hoy, meses después, no he resuelto.

En otro momento, Del Molino define, quizá sin querer, aquello que antes he llamado la necesidad de la empatía como herramienta intelectual:

Cuando doy una charla o tengo un acto literario y, en el turno de preguntas, alguien del público empieza disculpándose porque aún no ha leído mi libro, le suelo responder: mejor, así tendrá una opinión contundente de él, que la lectura no le ha estropeado. Es un chiste pero lo digo en serio: la forma más eficaz y definitiva de oponerse a algo es no conocerlo. Es muy difícil mantener una convicción firme sobre cualquier cosa una vez se ha visto la tal cosa de cerca. En lenguaje taurino –que ha aportado tantísimas expresiones coloquiales al castellano, la mayoría de las cuales ni siquiera suenan taurinas–, eso se llama ver los toros desde la barrera (es decir, lo que hice yo, literalmente).

Si Sergio del Molino puede acercarse a un mundo que le repugna visceralmente a él y los suyos y mostrar con esa transparencia los dilemas intelectuales y de sensibilidad que le ha planteando, si puede hacer uso de esa empatía en el esfuerzo por entender (y entenderse) mejor, ¿por qué nosotros no podemos extender esa empatía a discusiones muchísimo menos enconadas, a situaciones donde, de nuevo, las posturas en el fondo se encuentran mucho más cerca de lo que parece?

Con esto cierro.

No descubro nada si afirmo que The New Yorker ha sido una de las publicaciones que mejor y de forma más dura ha cubierto la presidencia Trump, y eso incluye la cobertura sobre Steve Bannon. Nadie en la industria duda de eso. Es un reconocimiento general entre periodistas. Aquí, por ejemplo, lo dice Isaac Chotiner, escritor de Slate y conductor del podcast I Have to Ask:

Me parece importante decir que la cobertura que The New Yorker ha hecho del gobierno Trump ha sido ejemplar, sobre todo debido a sus investigaciones, pero también por la ausencia de eufemismos en las páginas de Opinion. Resulta difícil pensar en una publicación que haya hecho un mejor trabajo, y eso incluye a The New York Times y The Washington Post.

Pero también lo reconocen –y premian– los lectores. La revista capitaneada por Remnick (que publicó el 9 de noviembre de 2016, al día siguiente de las elecciones, una columna excepcional sobre la victoria de Trump titulada «Una tragedia americana») consiguió en enero de 2017 un record de nuevas suscripciones: 100 mil. Un incremento de 300% con respecto al mismo mes en 2016.

Entonces, si todos, periodistas y lectores sabemos esto, no solo lo sabemos sino que lo celebramos, ¿por qué nos cuesta tanto entender que la reflexión inicial de David Remnick, el proceso de pensamiento que le hizo creer que invitar a Steve Bannon, no solo fue realizado en buena fe sino que podía ser correcto?

De la misma forma, ¿por qué nos cuesta tanto entender que una vez Remnick escuchó a sus lectores y colegas, decidió que era mejor dar marcha atrás sin que lo empujara ningún ánimo censor? ¿Por qué nos cuesta tanto entender que en asuntos complejos como este la única decisión 100% correcta, la única decisión infalible, es la que no se toma? ¿Por qué despachamos la discrepancia con tanta facilidad y desdén?

Hay otro periodista que ha debido lidiar con Bannon recientemente: el cineasta Errol Morris, quien ha dirigido un documental centrado en el ex asesor de Trump. Morris debió enfrentar las críticas de quienes lo acusaban de estar ofreciendo un altavoz a Bannon. Ante eso, respondió:

Si me preguntan si he batallado con la cuestión [de realizar o no el documental], la respuesta es sí. Si la pregunta es si sigo debatiéndome al respecto, la respuesta sigue siendo sí. Mi respuesta [a los cuestionamientos propios y ajenos] ha sido hacer esta película.

(…)

Si he hecho algo para ayudarnos a entender quién es, no quiero exagerar aquí pero creo que es un aporte importante. Es parte de lo que el periodismo debe hacer.

¿Es esto un error de parte de Morris? Podría serlo. Y su honestidad intelectual es tal que está dispuesto a aceptarlo.

Como decía Malcolm Gladwell en el último episodio de la estupenda tercera temporada de su podcast Revisionist History (el mismo Gladwell que párrafos arriba no podía evitar zanjar este complejísimo debate con una ironía simplona en Twitter), «lo más fácil del mundo es mirar esos errores y condenarlos. Es mucho más difícil mirar esos errores y entenderlos».

Ocurre, creo, que no terminamos de entender –incluso personas con la inteligencia y experiencia de Gladwell– que las redes sociales no son, hoy por hoy, el lugar apropiado para albergar este tipo de discusiones. Para apreciar la buena fe en la argumentación ajena y extender esa cortesía de los matices de la que hablaba antes. No están diseñadas para ello. De la misma forma que una mesa de ping pong no está diseñada para jugar al fútbol.

Si no entendemos eso y seguimos insistiendo en trasladar todas las discusiones ahí o, peor aún, insistimos en importar los códigos y reglas propios de las redes sociales a otras arenas, estamos condenándonos a discutir siempre con la raqueta en la mano, listos para lanzársela al otro a la cara a la primera discrepancia.

Estamos despojándonos del espacio y la calma necesarios para discrepar y llegar –o no– a algún tipo de acuerdo. Estamos permitiendo que el debate discurra siempre con los códigos propios de las redes sociales, que benefician la inmediatez y el efectismo, y penalizan la empatía y la reflexión.

Es absurdo, ¿no? Pero eso es lo que estamos haciendo. Y todos somos cómplices. Y, créanme, mientras más lo pienso, no veo por qué no somos capaces de dejar de hacerlo.

No hemos entendido nada en Kindle e iBooks

Como saben quienes siguen este blog, mi libro No hemos entendido nada: Qué ocurre cuando dejamos el futuro de la prensa a merced de un algoritmo (Debate, 2018) ha aparecido primero en Perú, con motivo de la Feria Internacional del Libro de Lima. En los próximos meses se irá publicando en otros países hispanoparlantes donde tiene presencia el grupo editorial Penguin Random House. Prometo avisar de esas fechas de publicación según se vayan confirmando.Mientras tanto, quienes no vivan en el Perú y deseen leerlo antes de que aparezcan las ediciones de otros países, pueden hacerlo en ebook, tanto en Amazon Kindle como en Apple iBooks.

-Si utilizan una cuenta de Amazon domiciliada en Estados Unidos, pueden comprarlo aquí.

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Gracias por leer.

 

 

Alfonso Armada: Lidiar con la verdad

Cuando en 2012 me despedí del Máster de Periodismo ABC-Universidad Complutense de Madrid porque volvía a vivir a Lima, el entonces director de la escuela, Alfonso Armada, me preguntó: «Después de diez años aquí, ¿qué te sigue llamando la atención de España? ¿Cuáles crees que son los problemas más serios que tiene este país como sociedad?»

Alfonso es un grandísimo reportero, corresponsal para diversos medios en Nueva York, varias ciudades de África y Sarajevo (en 2015 publicó un libro sobre su paso por esta última ciudad y su famoso conflicto, que lastimosamente aún no he podido leer); además de fundador de una revista digital en la que he colaborado en un par de ocasionesFronteraD. Durante su última etapa en el diario ABC, que acabó en marzo de 2017, dirigió el suplemento ABC Cultural.

Fue Alfonso quien me invitó a enseñar en el máster, donde dicté Crónica y reportaje durante tres años, y le estaré agradecido siempre por haberme brindado una de las experiencias más gratificantes y educativas de mi vida como periodista.

He mencionado esto varias veces en conversaciones con amigos y colegas, pero creo que nunca lo he dejado por escrito. Más allá del cliché de que el profesor aprende de sus alumnos tanto como ellos de él, lo que sí es cierto es que dictar un curso sobre aquello en lo que uno trabaja, sobre aquello a lo que dedica su día a día, es una escuela estupenda porque obliga a ver el propio trabajo con cierta perspectiva, a reflexionar sobre lo que hace en lugar de solo hacerlo, que es lo que ocurre casi siempre cuando uno se dedica a tiempo completo a un oficio tan demandante como este.

Durante esos tres años en el máster, hablamos bastante de esto último con Alfonso y otros profesores de la escuela, en particular con William Lyon, un periodista y editor norteamericano afincado en España desde hace décadas y autor de un pequeño e indispensable manual de escritura periodística.

Pero, además de todo eso que cuento párrafos arriba, Alfonso es un hombre tranquilo, al que muy pocas veces he visto u oído decir una frase más alta que otra, pese a que durante los tres años que enseñé en el máster nos veíamos por lo menos una o dos veces por semana y compartimos infinidad de charlas, discusiones y cañas. Esa calma para mí, preso de la vehemencia natural de mi carácter y el ímpetu de mis años 20, era una cualidad rara, que me despertaba a partes iguales admiración y extrañeza.

Ese día de abril de 2012, Alfonso me acompañaba de camino a la puerta, cuando con su sosiego habitual y esos ojos pequeños repletos de curiosidad que lo asemejan a Tintin, disparó la pregunta con que empecé: «Después de diez años aquí, ¿qué te sigue llamando la atención de España? ¿Cuáles crees que son los problemas más serios que tiene este país como sociedad?»

Me quedé pensando un rato, creo que mientras andábamos y dejábamos atrás el salón de clase, pegado a la redacción del diario, nos topamos con algún otro profesor y/o periodista, intercambiamos las cortesías habituales, y proseguimos el camino hacia la salida. Hasta que volteé y le dije, más o menos, lo siguiente: «La verdad. Lo que más me sorprende de España son los enormes problemas que su sociedad y sus intelectuales tienen para lidiar con la verdad. Es este un país que le rehuye de forma infantil a la verdad». Un tema, por cierto, al que Ramón González Férriz, entonces editor de Letras Libres en Madrid, y yo dedicamos miles de horas de charla y gintonics.

Alfonso asintió e intercambiamos pareceres al respecto durante unos minutos más, para darnos después un abrazo de despedida.

Quién me iba a decir entonces, días antes de subirme a un avión para regresar al Perú, el país que había dejado con 20 años recién cumplidos una década antes, que esos problemas con la verdad serían la norma en todas partes pocos años después. Y serían la norma hasta en los casos más absurdos, inverosímiles e insignificantes también en mi país, donde casi nadie está dispuesto a honrar el compromiso más básico que tenemos los periodistas con nuestros lectores: relatar hechos ciertos.

Es decir, lidiar con la verdad.

 

Nota: La fotografía de cabecera fue tomada por Miguel Lucas Prieto y publicada en una entrevista en el site negratinta.