Paolo Guerrero, la contaminación cruzada y la inocencia (de los medios)

El domingo 5 de mayo, el programa televisivo Domingo al día, de América Televisión, emitió un reportaje en el que una serie de extrabajadores y trabajadores del Swissotel de Lima brindaban testimonios que apuntaban a una compleja conspiración ocurrida al interior del hotel para encubrir la supuesta responsabilidad de la organización en el resultado analítico adverso que estuvo a punto de dejar a Paolo Guerrero fuera del mundial Rusia 2018.

(Si no recuerdan bien el caso Guerrero y las idas y venidas de su suspensión, lo expliqué en este otro artículo del blog)

Este es el reportaje televisivo:

Véanlo, vale la pena. Pero, por si acaso, estos son los puntos fundamentales:

  • El principal denunciante es Jorge (o Jordi) Alemany, quien trabajó en el Swissotel como «asistente de alimentos y bebidas». Alemany ingresó a trabajar al hotel el 16 de julio de 2018. Es decir, nueve meses después de la estadía de la selección peruana en la que supuestamente se produjo la ingesta de mate de coca por contaminación cruzada que derivó en el resultado analítico adverso de Paolo Guerrero.
  • Según la periodista Paola González, autora del reportaje, «no pasó mucho tiempo para darse cuenta de que el Swissotel no cumplía con la normativa internacional y que alguno de los afectados habría sido el Depredador (Paolo Guerrero)».
  • Según Alemany, cuando el fiscal que investigaba el caso acudió al hotel a realizar una inspección, «solicitan que vuelvan a hacer los montajes de los salones tal y como se realizó en su momento cuando estaban los futbolistas». Pero, dice Alemany, «siendo yo el responsable, lo hacen a escondidas mío».
  • Según Alemany, cuando cuestionó a su jefe directo al respecto, este le dijo «que si quería conservar mi puesto de trabajo, no volviera a preguntar sobre ese tema».
  • Esto llevó a que Alemany, armado con unos lentes con cámara oculta, decidiera investigar por su propia cuenta. Esto, de nuevo, casi un año después de la estancia de la selección peruana en el hotel.
Jorge Alemany con los lentes con cámara oculta
  • Ante la cámara oculta de Alemany, un mozo del hotel que atendió a la selección nacional dice: «yo tengo la seguridad de que la contaminación se dio en el hotel». El camarero, llamado Anthony Obando, dice también: «han agarrado una tacita o una jarrita, miento, una jarrita donde estaba servido el mate de coca, no la han lavado bien, han metido el té con limón y lo han servido ahí».
  • Obando, siempre ante la cámara oculta de Alemany, indica también que «sí se vendía mate de coca (…) en banquete y puntos de venta».
  • Obando dice que el gerente de alimentos y bebidas del hotel, indicó a él y otros dos camareros cambiar su versión de lo ocurrido. Según Obando, lo hicieron porque «te podían botar».
  • Alemany graba con su cámara oculta a otro trabajador del hotel, George Roman, quien según la periodista Paola González «habría preparado el té a Paolo». Roman dice ante la cámara oculta: «tú agarras un recipiente que está de mate de coca adentro, no lo lavas correctamente, no está limpio, sigue estando de mate de coca, nada más».
  • Un cuarto testimonio, este sí frente a las cámaras de Domingo al día, de otro extrabajador del hotel, Luis Escate, sirve para confirmar que, en palabras de la periodista Paola González, «los estándares de limpieza no se cumplían a cabalidad».
  • Hay un quinto testimonio, otro extrabajador del hotel, que indica que una vez Obando «nos confesó que él había sido partícipe directamente de eso».
  • Para terminar, la periodista Paola González le pregunta a Jorge Alemany si tiene miedo. Este responde: «En este país, y tú lo sabes mejor que yo, por un celular te matan. Por una información como esta por supuesto yo sé que mi vida puede hasta correr peligro. Ya lo hago público de aquí, si algo me ocurre es Swissotel».

Esa información podría resumirse en dos puntos claves, siempre según los testimonios presentes en el reportaje televisivo:

  • El hotel sí vendía mate de coca.
  • El protocolo de seguridad alimentaria del hotel era un desastre y eso permitió que se sirviera al capitán de la selección peruana un té con limón de una jarrita donde previamente se habría servido mate de coca, lo que produjo la contaminación cruzada que derivó en el resultado analítico adverso.

Como era previsible, el reportaje ha suscitado una ola de comentarios, artículos, opiniones y demás en la prensa y redes sociales peruanas. Todos, o la inmensa mayoría, dando por buenos los testimonios de los extrabajadores y trabajadores del hotel y, en consecuencia, acusando al Swissotel de mentir y perjudicar a Paolo Guerrero.

Según estos comentarios, los testimonios del reportaje de Domingo al día, demostrarían que Guerrero es inocente. Porque como, por ejemplo, señala en su columna del diario Perú21 el analista Augusto Rey (las negritas son mías):

Paolo Guerrero acudió a todas las instancias para demostrar su inocencia. Algunos lo acusaron de drogadicto. Le dijeron cocainómano, pero dio la cara. Eso es bastante valiente en un país donde una denuncia suele ser una sentencia. Se defendió con consistencia y mantuvo su versión. Se enfrentó a los medios y a sus detractores que aprovecharon el momento para hacerlo leña.

Los adjetivos que le llovieron en redes fueron injustos, igual que la sanción que lo alejó por meses de la cancha y de su trabajo. Aun así, cumplió su condena, pero hoy sale una versión de los hechos bastante creíble que demostraría su absoluta inocencia, una sobre la que varios nunca tuvimos dudas.

La pregunta aquí, que nadie o casi nadie se hace, es: ¿»su absoluta inocencia» de qué? O, de otra forma, ¿por qué fue sancionado en última instancia Paolo Guerrero?

La respuesta es sencilla y se encuentra en un documento que, al parecer, ninguno de los muchos comentaristas en medios y redes sociales, ha podido o querido consultar. El laudo del Tribunal Arbitral del Deporte (TAS por sus siglas en francés, o CAS por sus siglas en inglés):

El laudo emitido por el TAS/CAS el 14 de mayo de 2018 consta de 20 páginas y determinaba lo siguiente:

En resumen: Guerrero debía cumplir una sanción de 14 meses por haber violado el art. 6 del reglamento Anti-Doping de la FIFA («Presencia de una sustancia prohibida o de sus metabolitos o marcadores en la muestra de un jugador»).

Pero, ¿cómo es que llegó esa sustancia prohibida al cuerpo de Guerrero según el Tribunal?

El laudo del TAS/CAS es pródigo y prolijo en sus explicaciones. Primero, en el punto 67 señala que hay cuatro posibles fuentes:

  1. uso de cocaína.
  2. un té bebido en el comedor privado de la selección peruana del Swissotel en Lima el día 5 de octubre (T1)* (en el documento del laudo del TAS/CAS hay un pequeño error, en realidad sería el 3 de octubre, dos días antes del partido que fue jugado en Buenos Aires el 5 de octubre).
  3. un té bebido en el área de visitas del mismo hotel el mismo día (T2).
  4. un té bebido a la mañana siguiente del partido en Buenos Aires (T3).

El punto 68 indica que el Tribunal está «en general satisfecho con que el señor Guerrero ha establecido en un estándar no menor al 51% o, como se dice coloquialmente, con las justas, que la fuente de la sustancia prohibida fue un mate de coca».

El punto 69 señala que el tribunal rechaza tanto T1 (un té bebido en el comedor privado de la selección) como T3 (un té bebido a la mañana siguiente del partido en Buenos Aires).

A continuación, en el punto 70, el Tribunal indica que descarta el consumo de cocaína y considera probado T2 (un té bebido en el área de visitas del mismo hotel el mismo día) porque:

  • La cantidad de la sustancia prohibida encontrada en la muestra del señor Guerrero, de acuerdo a los dos expertos consultados, es consistente con cualquiera de los dos supuestos.
  • Ambos expertos consideran que la contaminación por mate de coca debido a una jarra o jarrita de té en donde otro té ha sido servido produciría una concentración menor a la cantidad encontrada.
  • Ambos expertos concuerdan en que el examen capilar elimina la posibilidad de que el señor Guerrero sea un consumidor habitual de la droga, si bien ambos también concuerdan, aunque con diferentes grados de énfasis, en que no puede descartarse un único uso de la droga en los siete días previos a la prueba.
  • Sería imprudente, si bien no inaudito, que un futbolista con un partido importante programado para como mucho una semana después tomara una droga que no va a mejorar su rendimiento en el campo de juego, que incluso podría ser contraproducente y que es tan fácil de detectar.
  • El señor Guerrero no solo tiene, hasta ahora y por un periodo prolongado de tiempo, un record impoluto en lo que concierne a controles antidoping sino que es también embajador y, de hecho, imagen de campañas por un deporte libre de drogas. El uso de la droga, si este fuera revelado, dañaría seriamente su reputación; el panel considera que puede tomar en consideración para el conjunto de la evaluación la improbabilidad de que asumiera un riesgo así.

Es decir, debido a la reputación de Guerrero y a las pruebas aportadas por él mismo, el Tribunal descartó la posibilidad del consumo de cocaína. Lo que dejó al Tribunal con una única respuesta. La denominada T2: un té bebido en el área de visitas del Swissotel durante la concentración de la selección peruana el día 5 de octubre de 2017.

Esto parecería dar alas a la teoría de la contaminación cruzada esgrimida en el reportaje de Domingo al día pero en realidad lo que hace es descartarla.

¿Por qué?

Porque el mismo Tribunal lo hace en el punto 70.2 ya indicado, en base al testimonio de dos expertos consultados durante el proceso:

Repito:

Ambos expertos consideran que la contaminación por mate de coca debido a una jarra o jarrita de té en donde otro té ha sido servido produciría una concentración menor a la cantidad encontrada.

Entonces, si Guerrero no fue sancionado por consumo de cocaína ni por haber bebido un té que contenía trazas de mate de coca, ¿cuál fue la motivación de la sanción?

Una vez más, el laudo del TAS/CAS es meridianamente claro al respecto:

75. Los pasajes claves del testimonio del señor Guerrero ante el Tribunal fueron aquellos en que describió sus suposiciones cuando tomó el té el día en cuestión. El señor Guerrero asumió que había protocolos en marcha tanto en el comedor privado de los jugadores como el salón de visitantes. De hecho, como ha testificado la nutricionista [de la selección], el señor Guerrero estaba en lo cierto respecto al primero pero no al segundo. En base a esa falsa premisa, él luego asumió que el té que bebió en T2 (el salón de visitantes) era el mismo que bebió en T1 (el comedor privado). Ahí, en base a la evidencia analizada por el Tribunal, el señor Guerrero estaba equivocado. Ambos tés eran, de hecho, diferentes.

76. El Tribunal no cuestiona la veracidad del testimonio del señor Guerrero a la hora de explicar que estas fueron sus suposiciones. Como jugador experimentado –habiendo jugado profesionalmente por muchos años en Europa y Sudamérica– está acostumbrado a que los responsables del equipo proporcionen áreas seguras, tanto en locales de entrenamiento como durante los días de partido, tanto en lo que respecta a seguridad física como a no ser expuesto a comida o bebidas peligrosas, incluidas aquellas que puedan contener sustancias prohibidas. Pero el Tribunal observa que estas, y así lo admite el jugador, no eran sino suposiciones. Nunca preguntó a los responsables si había protocolos establecidos, ni dónde regían estos. Si estos regían en la sala de visitantes, que era un ambiente diferente en muchos aspectos al comedor privado, sobre todo respecto a quién podía acceder a él.

77. El Tribunal, sin embargo, duda de que el señor Guerrero haya inspeccionado, incluso en T1 (el comedor privado), la etiqueta del té que se le sirvió para verificar que se trataba de un anís. Dadas sus suposiciones acerca del comedor privado como un ambiente seguro, no habría necesidad de ello. Además, su descripción del filtrante que le fue servido en T1 señalaba que era de la marca Lipton’s McCollins, o sea amarillo, cuando según la evidencia aportada por WADA este era azul.

En otro momento, el Tribunal señala que «había varias maneras en que el señor Guerrero, en lugar de confiar en suposiciones, podía haber cumplido con su principal deber personal como atleta de asegurar que ninguna sustancia prohibida ingresara a su cuerpo».

Es decir, el TAS/CAS culpa a Paolo Guerrero de negligencia. De no haber sido lo suficientemente responsable respecto a qué comió o bebió pese a que se encontraba en un área no protegida.

Y lo hace dejando claro que, a su entender y en base al testimonio de dos expertos, una posible contaminación cruzada no fue la causa del resultado analítico. O sea, según el TAS/CAS, Guerrero habría bebido un mate de coca sin darse cuenta de ello. Esto señalan los puntos 70.8 y 70.9 del laudo:

  • El Swissotel sí tenía mate de coca, de la marca Delisse, disponible para sus huéspedes.
  • Hay evidencia considerable, proveniente del señor Guerrero y sus amigos, que el Panel ha escuchado y visto, de que bebió té en el salón de visitantes. T2 («un té bebido en el área de visitas del mismo hotel el mismo día») fue servido al señor Guerrero en un área donde, como testificó la nutricionista ante el Comité Disciplinario de la FIFA, no había protocolos de seguridad para alimentos y bebidas. No hay entonces el mismo nivel de imposibilidad de servir un mate de coca en T2 que sí había en T1. Además, como se explica abajo, el Tribunal duda de que, como él mismo dice, el señor Guerrero le haya dejado claro al camarero que quería un té de anís. El Tribunal considera más probable que se le pidiera un mate y, en consecuencia y sin error de su parte, le haya servido al señor Guerrero un mate de coca.

Volvamos entonces a las supuestas revelaciones del reportaje televisivo de Domingo al día. ¿Se acuerdan? Son estas:

  • El hotel sí vendía mate de coca.
  • El protocolo de seguridad alimentaria del hotel era un desastre y eso permitió que se sirviera al capitán de la selección peruana un té con limón de una jarrita donde previamente se habría servido mate de coca, lo que produjo la contaminación cruzada que derivó en el resultado analítico adverso. (punto aparte: los trabajadores y extrabajadores del Swissotel hablan en todo momento de un «té con limón», mientras que ante el TAS/CAS Guerrero indicó que pidió un «anís»)

Lo primero quedó establecido ya por el TAS/CAS en mayo del año pasado. Lo segundo, como he explicado detalladamente, fue descartado como explicación. Repito, en palabras del Tribunal: «Ambos expertos consideran que la contaminación por mate de coca debido a una jarra o tetera en donde otro té ha sido servido produciría una concentración menor a la cantidad encontrada«.

Comentario aparte merece la negativa del Swissotel a colaborar en un inicio en la investigación. Y el haber eliminado el mate de coca de su carta una vez ocurrido el escándalo. El propio Tribunal hace referencia a este pésimo manejo de crisis del hotel y señala: «la inferencia del Tribunal es que la gerencial del hotel estaba preocupada porque, con razón o no, pudieran ser objeto de críticas o incluso se les exigiera una compensación por poner la carrera del señor Guerrero en peligro al servirle una bebida que contenía una sustancia prohibida, y por ende intentó ocultar cualquier rastro que pudiera haber conducido a esta situación».

¿Prueba ello que el Swissotel es responsable de la situación del capitán de la selección peruana? No lo considera así el TAS/CAS. Se trata, a su entender, de un mal manejo de crisis, que a estas alturas resulta evidente para cualquiera que haya seguido el caso con cierta atención.

¿Qué hay entonces en las supuestas revelaciones del reportaje televisivo que demuestre la «absoluta inocencia» de Paolo Guerrero? Nada. Recordemos, según los testimonios presentes en el reportaje, en el hotel se le habría servido al futbolista un té con limón en una jarrita usada previamente para servir mate de coca.

Si el Tribunal, como he explicado, descartó el consumo de cocaína y descartó la contaminación cruzada como causas del resultado analítico adverso, los testimonios de trabajadores y extrabajadores del Swissotel asegurando que se sirvió un té contaminado a Guerrero –y tendrán que probarlo, me imagino, aunque para la periodista de Domingo al día y los comentaristas de otros medios y redes sociales no parezca necesario– en realidad no significan absolutamente nada.

*Como me hace ver en Twitter el usuario @notoriusmatsuda, en el documento del TAS/CAS hay un error en las fechas. En el momento en que explica las posibles fuentes de la sustancia prohibida, en el punto 67, indica «tea drunk in the Peruvian national team’s private dining room in the Swisshotel in Lima on October 5th» y luego repite esa fecha. Pero, en otro momento, en los antecedentes, sí se señala correctamente que los hechos habrían ocurrido en la «concentración del 3 de octubre» o «dos días antes del partido del 5 de octubre». Es una errata que no afecta al fondo de la resolución.

La muerte de Anthony Bourdain y la necesidad de la crítica cultural

Una de las cosas en que más pienso desde hace un buen tiempo, desde que empecé la escritura de No hemos entendido nada, es un tema que seguramente no le importa a nadie más, pero que a mí me supone un quebradero de cabeza.

Pienso, a veces, mientras leo y reflexiono sobre los enormes cambios en los hábitos de consumo de información, el sistema de producción de noticias y el ecosistema de medios, que una de las claves para comprender hacia dónde va el oficio periodístico y avanzar sin perder demasiado el norte se encuentra oculta en la respuesta a una pregunta que vengo haciéndome hace demasiados meses.

La pregunta es simple en su formulación. Pese a ello no he sido aún capaz de responderla de forma que me satisfaga. Llevo meses acumulando lecturas y aproximaciones al tema, recopilando notas, ejemplos y un sinfín de evidencia circunstancial. Acabo de comprobar que el borrador donde voy colocando links y ensayando ideas lleva abierto en el content manager de WordPress desde noviembre del año pasado. Y, en realidad, ese borrador inacabado es la segunda encarnación de un post que empecé a escribir meses antes y eliminé luego, cuando sentí por primera vez que no encontraba salida a la pregunta que planteaba.

La pregunta, como decía, es simple: ¿Para qué sirve un crítico cultural en tiempos de redes sociales?

Por supuesto, no soy, ni mucho menos, el único escritor intentando responderla.

Un autor que admiro profundamente, Alex Balk, editor y cofundador de ese oasis de inteligencia online que era The Awl (cerrado en enero de 2018), escribía en 2016 a propósito de Pete Wells, el crítico de restaurantes de The New York Times (lean, si pueden, a Wells, y lean también este perfil que le dedicó Ian Parker en The New Yorker), una pieza titulada El único crítico que importa. Balk hacía uso de su elocuencia y crudeza habitual para señalar aquello que muchos lectores piensan pero pocos nos atrevemos a decir en voz alta:

La crítica de libros es mala (lean tres reseñas del mismo libro y se darán cuenta de que todos los reseñistas usaron una cita idéntica del primer capítulo que de seguro se encontraba en algún lugar del dossier promocional adjunto a las galeradas, para luego esforzarse en demostrar que saben más del tema del libro que el propio autor, antes de emitir un veredicto habitualmente positivo); la crítica musical, en una época en la que todo el mundo puede escuchar cualquier cosa casi al mismo tiempo que el reseñista, es irrelevante; la crítica televisiva está llena de gente que siente que tiene que defenderse por pasar tanto tiempo viendo televisión e intenta de forma desesperada autoconvencerse de que la tv es la nueva literatura

Balk es excesivamente severo en su juicio adrede para reforzar su argumento, y de seguro más de un lector atento y curioso podría oponer ejemplos de críticos valiosos que escapan a esa cruel descripción. Pero ese no es el punto central de su artículo. El punto central es que, gracias a Internet y las redes sociales, la crítica profesional se ha vuelto irrelevante tanto para los lectores como para la industria que produce los artefactos culturales objeto de sus reseñas.

A propósito de eso mismo escribía hace casi un mes Rowland Manthorpe, editor de la edición británica de la revista Wired. En un ensayo titulado Childish Gambino and how the internet killed the cultural critic, Manthorpe explicaba que This Is America, el último video musical de Childish Gambino, alter ego del actor Donald Glover, lo había golpeado de tal forma que se puso a buscar inmediatamente artículos al respecto. Casi no encontró nada que estuviera a la altura de su curiosidad y apetito. «Quería profundidad. En su lugar, me topé con listicles«, escribe.

Párrafos después, Manthorpe resumía así la desconfianza y/o falta de interés con que el público (no) lee hoy reseñas o críticas hechas por un profesional:

En un mundo de opiniones candentes, la crítica es fría, lenta y distante. ¿Quién quiere oír acerca de una novela que nunca ha leído o una película que no va a ver o, en el caso del teatro, una obra a la que con casi toda certeza nunca asistirá? Quizá si tienes intenciones de comprar una entrada o una copia, pero en ese caso, ¿qué te garantiza que la reseña no vaya a arruinarte el final? La alergia a los spoilers en redes sociales es una sentencia de muerte para el trabajo crítico de cualquier tipo.

En el peor de los casos, una reseña es, a fin de cuentas, tan solo una opinión. Y cuando todo el mundo puede exponer su opinión el valor de esta se ve disminuido. Si uno quiere saber si vale la pena ver una película, tiene mucho más sentido ir a Rotten Tomatoes o dejar que Netflix le haga una recomendación. ¿Por qué depositar nuestra fe en una única voz cuando podemos confiar en los datos?

Líneas más adelante, Manthorpe explica el malentendido que reside en esa visión:

Es cierto, los críticos ponen calificaciones y recomiendan; pero, sobre todo, critican, y eso es algo muy diferente. Una buena reseña cata el aire cultural para descubrir el hedor de hipocresía, el aroma dulce de la verdad, la esencia de lo que está por venir. Una buena reseña es generosa, o cruel, pero nunca titubeante. Una buena reseña es, a su manera, tan valiosa artísticamente hablando como el objeto de la crítica.

Pensaba en todo eso la mañana del viernes 8 de junio, luego de que me despertara con la noticia de que Anthony Bourdain se había suicidado. Bourdain, como seguramente saben, es –me resisto a escribir era– un autor y presentador de televisión especializado en viajes y comida. El periodista gastronómico más importante e influyente del mundo en una época en que comer se ha convertido en el principal evento cultural de nuestras vidas.

Bourdain, saltó a la fama en el año 2000 con un libro de memorias sobre su trabajo como cocinero. Luego del éxito de Kitchen Confidential, se convirtió en una estrella televisiva, encadenando una serie de programas gastronómicos que lo llevaron a todos los rincones del planeta y le hicieron acumular seguidores en todos los idiomas.

El éxito de sus libros y shows televisivos convirtió a Bourdain no solo en una celebridad global sino en un hombre clave para entender la cultura popular de los últimos 20 años. Incluso si uno no ha leído jamás uno de sus libros o no ha visto un solo episodio de No Reservations (2005–2012) o Parts Unknown (en el aire desde 2013 hasta el día de hoy: la muerte de Bourdain ocurrió mientras grababa un episodio en Francia para la nueva temporada), difícilmente haya escapado a la influencia de este ex cocinero reconvertido en escritor que odiaba el brunch y popularizó el mantra según el cual no hay que pedir pescado los lunes en los restaurantes.

Bourdain es uno de los responsables de que hoy los chefs compitan en celebridad con deportistas y estrellas de cine, de que nuestro feed de Instagram esté repleto de imágenes de platos de comida y de que miles sino millones de personas alrededor del mundo planifiquen sus vacaciones pensando en los restaurantes donde van a comer. Pocos autores contemporáneos han moldeado de forma tan inmediata y palpable el mundo en que vivimos, incluso yendo más allá de las fronteras de su nacionalidad e idioma.

Así que luego de leer tres o cuatro notas rápidas buscando detalles sobre lo que había ocurrido, me fui a buscar textos antiguos sobre Bourdain, a la espera de que alguno de los muchos periodistas gastronómicos que sigo en Twitter y leo con frecuencia escribiera algo a la altura del personaje y su legado.

Primero recordé este perfil que le dedicó The New Yorker en febrero de 2017. En él Patrick Radden Keefe revela, entre otras cosas, la dedicación con que Bourdain persiguió una carrera literaria desde mucho antes de que The New Yorker le publicara, en 1999, el ensayo que terminaría convirtiéndose en Kitchen Confidential:

Cuando Bourdain cuenta su propia historia, con frecuencia hace que parezca que el éxito literario fue algo que le cayó del cielo; en realidad, pasó años intentando que la escritura fuera su pasaje de ida fuera de la cocina. En 1985 empezó a enviar manuscritos no solicitados a Joel Rose, quien por entonces editaba una revista literaria de Nueva York, Between C & D. «Para decirlo de forma sencilla, mi deseo por la letra impresa no conoce límites», escribió Bourdain en una carta de presentación que envió junto a una serie de dibujos y relatos.

Ese mismo año, según cuenta Keefe, Bourdain se matriculó en el taller de escritura de Gordon Lish, el legendario editor de Raymond Carver. Pasarían otros diez años hasta que Bourdain publicara una novela, Bone in the Throat (1995), que no leyó nadie en su momento, y cuatro más para que David Remnick, editor de The New Yorker, recibiera y aceptara el manuscrito que le daría la vuelta a la carrera del cocinero.

Luego recordé una entrevista reciente, realizada por Isaac Chotiner para Slate, en la que, a la luz del movimiento #MeToo y las denuncias de acoso sexual de Harvey Weinstein y otros hombres poderosos, Bourdain discute hasta qué punto su libro y él mismo han sido responsables de romantizar la cultura machista que sobrevive en muchas cocinas profesionales:

Y he estado pensando mucho acerca de Kitchen Confidential. En cuando iba a firmas de libros algunos años después de que se publicara Kitchen Confidential y alguna gente, sobre todo tipos, me hacía high-five con una mano y me deslizaba un paquetito de cocaína con la otra. Y yo pensaba, compadre, ¿acaso no has leído el libro? ¿qué carajo te pasa?

(…)

He tenido que preguntarme, y lo he hecho durante un buen tiempo, ¿hasta qué punto en ese libro ofrecí validación a estos cabezas de chorlito?

Si lees el libro, ahí hay muchas palabrotas. Mucha sexualización de la comida. No recuerdo nada particularmente lascivo o lúbrico en el libro más allá de esa primera escena en la que siendo un muchacho joven veo al chef teniendo relaciones sexuales consentidas con una cliente. Pero aún así, eso también pertenece a esa cultura de machos idiotas.

Leí también los varios tuits que le dedicaron algunos de sus amigos del mundo gastronómico.

Pero fue recién cuando me topé con esta pieza escrita a las pocas horas de la muerte de Bourdain por Helen Rosner, la corresponsal gastronómica de The New Yorker, que caí en cuenta de que no me bastaba con volver a revisar notas antiguas sobre Bourdain o escritas por él. Fue cuando leí lo siguiente que empecé a caer en cuenta de que, si bien aún no encuentro la forma de explicar para qué sirve un crítico cultural en nuestros días, quizá sí puedo mostrarlo con algunos ejemplos:

La atracción por los secretos detrás de la fachada -por el frenético e insinuado manejo de escena tras bambalinas– es quizá el tema principal que recorre toda la obra de Bourdain. Era un lector inagotable, en busca no solo de conocimiento y diversión sino de herramientas para el oficio. Fue más un creador que una estrella televisiva: un obsesivo aficionado del cine que confeccionaba cada episodio de Parts Unknown como si se tratara de una película, guionizando cada toma, cada cortinilla musical, cada arreglo visual. Cuando lo entrevisté para un podcast en 2016, hablamos de cómo utilizaba esas herramientas narrativas como una manera de acercarse a su público, de atraerlos a un territorio en el que pudieran de verdad entender aquello que él les estaba mostrando. «Uno quiere que sientan lo que sintió uno mismo en ese momento, si está narrando algo que ha experimentado», dijo. «O quiere acercarlos a cierta opinión o forma de ver las cosas».

(…)

Bourdain, en efecto, creó el personaje de «chef chico malo», pero con el paso del tiempo empezó a ver sus efectos perniciosos en la industria de restaurantes. Con Medium Raw, la secuela de Kitchen Confidential publicada en 2010, intentó volver a narrar su historia desde un lugar mucho más sensato: las drogas, el sexo, los ademanes de hijo de puta arrogante, ya no como manual de instrucciones sino como advertencia.

Lo mismo pensé cuando leí poco después este artículo escrito por Jeff Gordinier, editor gastronómico de Esquire:

La gente insiste en clasificar a Bourdain como chef, pero esto siempre me ha parecido raro. Él mismo ha admitido que fue un chef mediocre. Lo que hacía brillar a Bourdain era la escritura. Gracias a su talento y fuerza de voluntad y carisma y sudor y hambre, Bourdain se convirtió en el más destacado escritor gastronómico y de viajes de su tiempo. Su ascenso coincidió con un momento en la cultura americana en el que, de pronto, los chefs se convirtieron en personajes más interesantes (más auténticos, menos maquillados, más volubles, menos manipuladores, o al menos eso pensábamos) que las estrellas de cine o los músicos. Bourdain se convirtió en el bardo oficial de esta era, como Hunter S. Thompson en la campaña electoral de 1972 o Pauline Kael cubriendo la revolución cinematográfica de los años 60 y 70.

Y, por supuesto, no podía faltar este otro artículo escrito por Pete «el único crítico que importa» Wells:

Si bien no era inmune a la hipérbole, tenía un odio de editor de periódico amarrado a un cigarrillo por la hipocresía autoindulgente, particularmente cuando se trataba de otros presentadores de televisión. Disfrutaba de burlarse de chefs famosos como Guy Fieri (a cuyo restaurante de de Times Square bautizó «the Terrordome») y Paula Deen («La peor y más peligrosa persona de América»).

A ratos, las dotes de Bourdain para cantar verdades podían desteñirse para dar paso a otros aspectos menos agradables de su personalidad: el matón que busca llamar la atención, el proveedor de numeritos bien ensayados, el conferenciante que, a la orden, suelta palabrotas como un cocinero que se acaba de de volar la tapa del dedo con el cuchillo.

«Hago muchos bolos como orador y a veces siento que me pagan para soltar palabrotas delante de gente que no ha escuchado ninguna en un buen tiempo», dijo en una entrevista de 2008.

Yo preferiría, la verdad, que quienes lean este post se asomaran al trabajo de Helen Rosner, Jeff Gordinier o Pete Wells en otras circunstancias. Pero quizá hace falta que ocurra algo tan tremendo, espantoso e incomprensible como el suicidio de una figura cultural de la talla de Anthony Bourdain para explicar, mostrando y no diciendo, para qué sirve un crítico cultural en tiempos de redes sociales.

Yo seguiré, pasado el duelo, intentando encontrar una respuesta. Confío en poder decirla por aquí pronto.

Postdata: Mientras escribía este post me sorprendió caer en cuenta de que, pese a los varios años que llevo escribiendo sobre gastronomía y libros, y a que he leído casi todo lo que Bourdain publicó en las últimas dos décadas, nunca he escrito sobre él más que muy de pasada aquí y aquí.

 

Frida Sofía no estaba ahí o los peligros del periodismo en directo

El 20 de setiembre a las 9.18 de la mañana, veinte horas después de que un terremoto de 7.1 grados remeciera la Ciudad de México, la periodista Danielle Dithurbide conectaba en directo con el set de Televisa Noticias, donde se encontraba el presentador Carlos Loret de Mola.

Dithurbide, conductora de un informativo matutino y directora de información internacional de noticieros Televisa, había llegado la tarde anterior al colegio Enrique Rébsamen, ubicado al sur de la ciudad.

En el momento del terremoto, el 19 de setiembre a las 13.14, Dithurbide se encontraba en las oficinas de Televisa Chapultepec en el corazón de la ciudad, según me dijo en una de nuestras conversaciones telefónicas. Siguiendo el protocolo del canal de noticias 24 horas de Televisa, Foro TV, Dithurbide empezó a transmitir en vivo los detalles de la emergencia junto a otros dos periodistas desde el set.

Sobre las 17.00 de la tarde, luego de casi cuatro horas frente a cámara y de que tomara el relevo la conductora principal de noticias de Televisa, Denise Maerker, Dithurbide subió a una moto que la llevó hasta el colegio Enrique Rébsamen. Uno de los edificios de la escuela había colapsado ante las cámaras horas antes y se creía que había niños y profesores por rescatar.

Dithurbide cuenta que mientras se encontraba al aire en el set, la redacción le iba pasando datos de los lugares donde se habían reportado daños y el nombre de la escuela Rébsamen se le quedó grabado porque las anotaciones indicaban «hay niños atrapados dentro».

Cuando su jefe le indicó que saliera a reportear desde el terreno, Dithurbide buscó el colegio en Google Maps e indicó al motorizado que la llevara para allá. Este es el trayecto entre los estudios de Televisa y la escuela Rébsamen:En condiciones normales, a bordo de una moto el camino debe tomar unos treinta minutos. Según cuenta la periodista, esa tarde tardaron alrededor de una hora porque «todas las calles, todas las avenidas estaban paradas, parecían un gran estacionamiento». Durante esa hora, desde detrás de la moto la periodista vio «casas derrumbadas, cadenas de remoción de escombros impresionantes, gente caminando como zombies entre los coches, gente con letreros, cartulinas que decían ‘hablo inglés, si necesitas ayuda acércate’, ‘dame ride, no me tengas miedo’, gente muy agresiva, gente muy nerviosa».

Una vez llegó a la escuela, la periodista empezó a enviar despachos telefónicos desde una tienda cercana porque al principio y debido al caos no consiguió encontrar al camarógrafo que se suponía estaba en la zona y, además, la señal celular era muy débil. Su primer reporte en vivo, en conversación con Maerker, tuvo lugar a las 18.16 de ese martes 19.

Pero no sería sino hasta la mañana siguiente, luego de haber enlazado en directo unas quince veces a lo largo de la noche, que su nombre empezaría a hacerse familiar para todos los mexicanos.

La mañana del jueves 20 a las 9.18, el relato de Dithurbide decía así:

Las imágenes que ustedes están viendo son desde el techo de una de las estructuras de la escuela que se mantiene en pie. Estamos literalmente en la zona cero de esta desgracia y estamos viviendo un momento muy emocionante, Carlos. Te puedo confirmar que están teniendo contacto con una niña con vida, le acaban de pasar una manguera para que pueda tomar agua (…) Está muy alejada de la zona a la que pueden tener acceso hasta el momento los rescatistas pero, bueno, te puedo confirmar que está con vida y que tan solo en unos minutos podremos estar al aire con el rescate de esta pequeñita.

El rescate, pudimos saber casi treinta horas después, no iba a ocurrir nunca. Es más, la pequeñita “no fue una realidad”, en palabras del subsecretario de Marina, el almirante Ángel Enrique Sarmiento.

El jueves 21 a las 14.05 de la tarde, Sarmiento leía ante las cámaras un comunicado que afirmaba que no quedaba ningún niño por rescatar y “que la versión que se sacó con el nombre de una niña, no tenemos conocimiento, nosotros nunca tuvimos conocimiento de esa versión” (sic).

Esto, pese a que tanto él como el almirante José Luis Vergara, Oficial Mayor de la Marina y responsable junto a Sarmiento de las labores de rescate en el colegio Rébsamen, habían repetido lo contrario a las cámaras de distintos medios el día anterior.

Pese a que entre las nueve de la mañana del 20 y las dos de la tarde del 21, la pequeñita había adquirido nombre, Frida Sofía; nombre que fue confirmado, en una entrevista en directo con Milenio TV, por el almirante Vergara a las once de la noche del 20; pese a que se le asignó una edad, entre 12 y 13 años; pese a que se dijo primero que sus padres estaban presentes en la escena, para que luego horas después el secretario de Educación Pública, Aurelio Nuño, dijera lo contrario en directo durante una comunicación telefónica con los periodistas Denise Maerker y Joaquín López Dóriga; pese a que se dijo, en distintas ocasiones, que había sido ubicada por perros de rescate, que un escáner térmicoen realidad dos– había registrado su temperatura corporal, que había respondido con golpecitos, que habían escuchado su voz, sus gemidos y llanto, que se habían comunicado con ella, que había dicho su nombre y que, incluso, había indicado que tenía dos, tres y hasta cinco cuerpos cercanos que ella creía estaban con vida; a que se dijo que ella y los otros niños -dos, tres, cinco- estaban a salvo debajo de una mesa de granito en la oficina de la profesora directora de la escuela; que se le había dado agua, que había hablado con uno o varios rescatistas y hasta con una maestra.

Toda esta información, nombre incluido, fue divulgada o validada, en distintos momentos durante los días 20 y 21, por el almirante José Luis Vergara o por el almirante Sarmiento, responsables del centro de mando, delante de una cámara de televisión o en conversación con periodistas.

Un detalle tangencial, que a muchos ha pasado desapercibido, es que Frida Sofía es también el nombre de la hija de una de las artistas más populares de México.

¿Se acuerdan de ese hit noventero de Alejandra Guzmán llamado Yo te esperaba?

A quien Alejandra Guzmán esperaba cuando compuso esa canción es a su hija Frida Sofía, quien hoy, a los 26 años, convertida en instructora de fitness y chica de portada Playboy, acumula medio millón de seguidores en su cuenta de Instagram y aparece con regularidad en las páginas sociales de los medios mexicanos.

Así que cuando el día 20, fuentes oficiales y periodistas ubicados en la escuela Rébsamen empezaron a repetir que la niña del rescate inminente se llamaba Frida Sofía, el nombre -sonoro de por sí- no tuvo que hacer mucho para clavarse en la memoria del público.

El nombre y todos los otros detalles que fueron surgiendo a lo largo de los dos días fueron además corroborados ante cámaras -y fuera de ellas- por distintos rescatistas, miembros de la Marina o el Ejército y civiles. Algunos de los cuales eran, de hecho, las fuentes originales de la información. Léase, aquellos que habían realizado algún descubrimiento y lo habían comunicado a Vergara y Sarmiento, y que luego declararon por su cuenta a los periodistas. Volveré sobre este punto, fundamental, más adelante.

Luego del desmentido de Sarmiento, y de las disculpas públicas que él y Vergara más tarde ofrecerían también ante cámaras, las redes sociales mexicanas estallaron.

En Twitter y Facebook todos tenemos siempre a mano una antorcha encendida y un trinche afilado para linchar a quien, creemos, ha cometido un error. Yo mismo, periodista y analista de medios, lancé una serie de tuits y estados de Facebook en los que reflexionaba sobre la importancia de dudar de las fuentes oficiales. Dirigiendo las críticas, como casi todos los periodistas cuyos comentarios leí, a los reporteros de Televisa que habían dado cuenta de la historia de Frida Sofía.

Digamos que la Marina y el gobierno mexicano tuvieron suerte de que fuera Televisa -y su querencia por las telenovelas- quien puso en pantalla durante dos días la historia de esa pequeñita inexistente bautizada con el nombre más mexicano que se nos pueda ocurrir.

Solo el odio que despierta Televisa y su siempre cuestionada relación con el gobierno de turno consiguió que pasemos por alto el desastre que fue la gestión de información de los responsables del rescate en el colegio Rébsamen.

Como muestra un botón.

El miércoles 20 a las 14.39, el subsecretario Sarmiento aparece en directo frente a una multitud de cámaras y micrófonos junto a tres rescatistas. Uno de ellos, llamado Juan Ramiro de la Fuente, le explica lo que ha hallado el escáner térmico que opera. “Tenemos dos temperaturas, este que vemos aquí puede ser tórax, o sea órganos vitales. Ahorita confirmados por la doctora de policía federal”, dice De la Fuente. En ese momento interrumpe otro rescatista, vestido de azul y casco amarillo: “Dice que puede ser un cuerpo. Y debe estar con vida, porque la temperatura de todo el entorno es fría y un cuerpo sin vida toma la temperatura del entorno”. Ahí retoma la explicación De la Fuente: “Mi recomendación sería tratar de ver un ángulo distinto, con una cámara, con la intención de asegurarlo al cien, para poder ahora sí utilizar todos los recursos. Tendríamos que volver a entrar al compañero –en este momento, un tercer rescatista a su derecha, con camiseta militar, dice ‘Yo soy’-, tendríamos que volver a entrar para tratar de girar un poco la cámara a ver si pudiéramos ver el tórax y más de la cabeza y de los brazos”. Aquí vuelve a intervenir el segundo rescatista, que dice: “Pero definitivamente es un cuerpo con vida”.

En ese momento, Sarmiento, a quien toda esta explicación iba dirigida (además de a las cámaras de televisión, claro), pregunta: “¿Y gritaron ‘mueve los dedos’?”. Los tres rescatistas asienten y dicen que sí. El tercero, el de la camiseta militar, dice: “Movió y con el escáner logramos detectar. Y después me pasaron la cámara técnica y ya con eso” (sic). Sarmiento aquí pregunta: “¿Físicamente, la ven?” Los rescatistas dicen que no. De la Fuente aclara: “En la parte de movimiento y en la parte térmica está confirmado. En la parte sonora no está confirmado, hay mucho ruido ambiental. Entonces tendríamos pues tratar de tomar una adicional” (sic). El rescatista de la camiseta militar interviene: “Yo creo que hay que girar”. Sarmiento, dirigiéndose a él dice: “¿Quién entraría otra vez? ¿Tú?” El rescatista asiente y un cuarto rescatista con casco blanco detrás de él dice: “Volvería a entrar él, mi almirante”. Sarmiento aquí se dirige a De la Fuente y le dice: “¿Tú también entrarías de nuevo?”. Este responde: “Sí, pero yo entro en la parte exterior. Yo llevo el apoyo técnico con él. Entraría la parte de la Secretaría de Marina, el grupo de rescate es el que entraría con él”. Sarmiento asiente y dice: “Ok, sale. Adelante”.

Aquí pueden ver la escena casi al completo. Ocurre entre el minuto 7:24 y el 8:45:

Un minuto después, Sarmiento declara de nuevo en directo, esta vez ante las cámaras de Milenio TV: “Responde a las señales, le indican que mueva las manos y al menos en el equipo térmico hay movimiento. Físicamente no la ven, pero con el equipo térmico está respondiendo, entonces ahorita lo que van a hacer es corroborar por otro medio que realmente esté la niña ahí y entonces ahora sí meter más equipos para poder sacarla”. Pueden verlo aquí:

Conversé por teléfono con Juan Ramiro de la Fuente, voluntario civil, miembro de Rotary International, unos días después, cuando se encontraba, según me dijo, ayudando en otras labores de rescate en Oaxaca.

De la Fuente tiene 20 años de experiencia en rescate en estructuras colapsadas y opera ese equipo térmico y de ultrasonido, propiedad del Rotary, desde hace unos dos años. Le pregunté si la explicación que vimos por televisión fue en realidad en directo. Es decir, si el subsecretario Sarmiento se enteró al mismo tiempo que todos los televidentes de los hallazgos del equipo que él manejaba. Me dijo que sí.

Es decir, el responsable del centro de mando de la Marina permitió que se le diera una información extremadamente sensible, la posible confirmación de la detección de un sobreviviente, ante las cámaras. Convirtiendo así uno de los momentos claves del supuesto rescate en un espectáculo televisivo.

Si uno ve las imágenes o relee la descripción, puede ver cómo lo que era en principio la detección de una variación de temperatura y cierta cautela de De la Fuente recomendando la confirmación de este hallazgo con un nuevo ingreso de un rescatista en el boquete donde se presume se encuentra la niña, se convierte ante cámaras, en cuestión de segundos, en “un cuerpo vivo” que “mueve los dedos”.

Quise conocer la versión de los dos oficiales de Marina al mando, entender por qué habían permitido que las cámaras presenciaran esta y otras escenas igual de delicadas, y preguntar acerca de la manera en que habían manejado la información que iban recibiendo durante el rescate. Solicité a la oficina de Atención a Medios de la Secretaría de Marina, tanto por teléfono como por email, conversar con el almirante Sarmiento y el almirante Vergara, pero nunca recibí respuesta.

En mi conversación con De la Fuente, le pregunté qué es lo que había podido detectar su equipo, ahora que sabíamos que no había ahí ningún cuerpo con vida en el lugar donde trabajó su escáner. Luego de una compleja explicación, en la que me dijo que “lo que hacen estos equipos son dar probabilidades, porcentajes de aproximación a una hipótesis”, De la Fuente recalcó que su equipo “detectó una temperatura” y “unos sonidos de movimiento”. A continuación, comentó que durante los trabajos tuvieron varios falsos positivos.

Cuando insistí en qué podían haber sido esas temperaturas y movimientos, me dijo: “Muchas cosas, por ejemplo, si tú tienes una entrada de luz a esa zona, por cualquier orificio, esa entrada de luz puede calentar una superficie y eso te lo puede marcar la cámara térmica, si tú tienes un tubo o una lámina o un cable y en la parte exterior está expuesto al sol, como es un conductor puede generar un aumento de temperatura. Esos son los falsos positivos normales en un rescate”.

Sin una multitud de cámaras delante, De la Fuente seguramente habría podido explicarle esto al almirante Sarmiento, quien, a su vez, podría haber tomado con pinzas la delicada información. En una transmisión en vivo y en directo, “unas temperaturas” se convirtieron en pocos segundos en “un cuerpo con vida”.

Tanto Danielle Dithurbide como otros periodistas –Televisa no fue el único medio que desplegó reporteros y cámaras en la escuela Rébsamen y fue dando detalles sobre la niña y su inminente rescate- tienen parte de responsabilidad al haber transformado esta historia en una telenovela en vivo. Pero casi toda esa responsabilidad recae en la espectacularización propia de la televisión en directo antes que en el trabajo individual de uno u otro reportero.

Incluso algunos medios y periodistas que luego se han colgado medallas incurrieron en prácticas cuestionables, presas también ellos de la urgencia del directo. Por ejemplo, hay cierto consenso entre la prensa y el público mexicano en que quienes desbarataron la «farsa» de Frida Sofía fueron Carmen Aristegui y los reporteros de su canal online Aristegui Noticias. Lo cual, en realidad, no es cierto.

Aristegui y su equipo plantearon dudas sobre lo que ocurría en la escuela Rébsamen, alguna de ellas alarmada y alarmante, pero no lograron desbaratar nada porque no llegaron a verificar nada. De hecho, hicieron lo mismo que criticaron a sus colegas de Televisa y otras cadenas: repetir -o amplificar- testimonios ajenos sin hacer esfuerzo alguno para contrastarlos.

Dos ejemplos.

El día 20 las 12.12 del mediodía, Aristegui conectaba por teléfono con su reportera Laura Castellanos, quien desde el colegio Rébsamen le decía:

Es una buena noticia. La maestra Amalia Carrillo de sexto de primaria nos dice que desde hace 40 minutos ubicaron a una niña que movió la mano y la están hidratando, precisamente a través de una de estas camelback, le están dando agua, no saben quién es esta niña, simplemente la tienen ubicada y están en las labores de rescate.

A continuación, Castellanos empieza a dar el reporte de algunas personas que han sido encontradas en el área cuando alguien la interrumpe, a lo que Aristegui replica: “Laura, ¿qué sucedió?» Y Castellanos aclara:

Lo que pasa, me están pidiendo un momento, me acaban de proporcionar la información de la otra persona adulta, cuerpo femenino, me pasaron los datos pero ahorita se está acercando un funcionario de la oficina del Comisionado Nacional de Seguridad y me está…que todavía yo no mencione esta información que directamente me dio la agente del Ministerio Público. Esperamos un momento a que él me precise esta información, Carmen. Bueno, lamentablemente como estoy ahorita en una mesa cargando el celular en la mesa precisamente pensaron que yo era autoridad y ahorita me dieron esa información a mí.

Pueden ver la secuencia entera desde el minuto 4:13:00:

Pero el momento cumbre de la transmisión de Aristegui Noticias llegaría sobre las 13.00 de la tarde del viernes 21 de setiembre, cuando Carmen Aristegui pone en pantalla y conversa, en vivo, con un muchacho llamado Dorian Riva.

Según explica Aristegui, Riva es «un joven traductor alemán que esta mañana acompañó a los brigadistas alemanes y escuchó a un jefe policiaco mexicano que Frida Sofía no existe y que la esperanza de vida es nula, qué tremendo». Tras la introducción, Aristegui conecta con Riva para que de su testimonio en vivo:

Estaba yo afuera y comenzaron a preguntar por voluntarios que traducieran (sic) alemán para los brigadistas alemanes y entré. En lo que nos daban un casco y todo para, pues para ayudar, me puse a platicar con uno de los encargados de la policía federal, el cual me contó que todo eso de Frida Sofía y que están intentando rescatar gente pues que no es cierto, que solamente están intentando que el edificio no colapse. O sea que hay gente adentro pero que la esperanza de vida que tienen es nula, que ya no se les puede salvar, o sea que es muy difícil, pero pues me dijo que eso de que Frida Sofía está dentro, que ni siquiera existe una Frida Sofía, ni siquiera saben qué nombres hay, ni siquiera saben dónde están, o sea en sí no están intentando salvar gente. simplemente están rescatando el edificio. Y me enseñó una foto de una señora alemana que rescataron hace un rato. Él tiene la foto únicamente, dice que no quiere lucrar con la desgracia de los demás y por eso no va a mandar la foto, pero dijo que rescató una alemana y que ahorita ya no están rescatando gente, que solamente están pues, este, evitando que el edificio colapse.

La periodista, desde el set, replica:

Dorian, lo que nos cuentas es muy fuerte porque efectivamente se ha creado una expectativa nacional sobre esta niña, se han hecho crónicas, informaciones que hablan, y las hemos aquí comentado, citando a los medios que están compartiendo estas crónicas, una serie de informaciones en donde se dice que Frida Sofía, la presunta Frida Sofía, habría pedido ayuda, que la única palabra que había pronunciado era auxilio, que había movido la manita, que la habían hidratado, todo eso que se ha ido diciendo a lo largo de las horas, si no existe una niña Frida Sofía, bueno, pues, se pone en duda la historia misma.

El improvisado traductor insiste:

A mí me dijo que todo eso que se está comunicando desde adentro y que hay gente con ella y con eso, que es mentira. No hay ninguna comunicación desde adentro, y que pues no se sabe si hay gente acompañando a la tal Frida Sofía, no se sabe.

Aristegui comenta la ausencia de padres de Frida Sofía y Riva le dice:

El policía dijo también que no hay ningún papá aquí dentro reclamando niñas o niños, que no hay nadie esperando a sus hijos, y ahí me dijo «si tú fueras papá, a poco no estarías aquí esperando a tu hija, no te moverías de aquí». Dice que no hay ningún papá aquí y que la directora del colegio Rébsamen está yendo de casa en casa a preguntar si están los papás y los hijos, para saber en verdad quién falta. Porque no saben quién falta, no se sabe cuántas personas hay adentro y no se sabe quiénes son.

Luego de esto, finalmente, Aristegui parece recordar que el trabajo periodístico no se limita a ponerle un micrófono delante a una fuente para que declare sin filtro, por muy explosivo que sea su testimonio, y dice:

Déjame regresar al punto de tu fuente en este momento, Dorian. Volvemos a decir, tú eres un joven que está trabajando en este momento ayudando a los brigadistas alemanes, que han venido a México a ayudar en la tarea estructural y en este trabajo de traductor del alemán tuviste acceso a lo más cercano, precisamente del asunto, estás directamente trabajando con los alemanes en la traducción. Ahí es cuando este diálogo tuyo con un elemento policiaco o militar o… ¿puedes reconocer quién te dijo lo que nos estás diciendo ahora?

El muchacho responde:

No, no me sé su nombre, pero era un miembro de la policía federal, quien acompañaba al encargado de todo esto que está pasando aquí en el colegio Rébsamen. Era el encargado de todo, estaba organizando todo, estaba viendo quién debe entrar y quién no debe entrar, él decía qué se necesita y qué no se necesita, el que me dijo esto iba acompañando a esa persona.

Aristegui aquí -de nuevo, en vivo y en directo- hace las preguntas que algún periodista tendría que haber hecho antes de poner el testimonio en cámara:

Quieres decir que es alguien que lleva mando en la escena de rescate. Perdón que te lo vuelva a preguntar de esta manera, Dorian, ¿cómo es que fraseó las cosas? ¿recuerdas exactamente cómo te lo dijo? ¿por qué empezaron a hablar del tema? ¿cómo se dio la conversación entre tú y esa persona que ahora nos estás compartiendo?

Aquí pueden ver toda la entrevista:

Recapitulemos. Una de las periodistas más prestigiosas y respetadas de México, azote de los poderosos y crítica severa de sus colegas, pone en pantalla, en vivo y en directo, a un muchacho ubicado en una zona de desastre del que no sabe absolutamente nada, tan solo el nombre, para que su testimonio se tumbe la operación de rescate que realiza la Secretaría de Marina. Testimonio que, como el mismo muchacho admite, está basado en lo dicho por un tercero, cuya identidad desconocen tanto el entrevistado como la periodista.

¿Cuál es la diferencia, visto lo ocurrido en la cobertura del rescate en el colegio Enrique Rébsamen, entre el trabajo de Carmen Aristegui y su equipo y el de Danielle Dithurbide o Denise Maerker?  ¿Quién hizo más esfuerzos por verificar los testimonios que ponían en pantalla? ¿De quién podemos decir que intentó conducirse con el mínimo rigor periodístico exigible?

Que Dorian Riva estuviese parcialmente en lo cierto resulta irrelevante. Aristegui, cuando decidió ponerle una cámara y un micrófono delante, no tenía cómo saber que el muchacho no mentía o su relato era cierto.

El periodismo es, sobre todo, un método, un procedimiento. Y aquí el procedimiento, visto lo visto, tuvo el mismo rigor que una tirada de dados en una mesa de casino. Lo que, lastimosamente, es demasiado habitual en el periodismo televisivo que se hace en vivo.

Muchos periodistas y parte del público ven en la transmisión en directo una cima del periodismo. Un error que historias como esta desnudan. Se piensa que es así porque, posmodernos todos, creemos que la información trabajada por un periodista está mediatizada, y esa mediación supone un obstáculo para conocer la verdad. La cámara transmitiendo en directo y el periodista narrando al mismo tiempo lo que nuestros ojos ven serían así el ejemplo más puro de periodismo no contaminado por la subjetividad humana.

Pero, en realidad, es precisamente debido a la mediación, a que un periodista se da el trabajo y se toma el tiempo de verificar, contextualizar y narrar unos hechos que ha presenciado o reconstruido a partir de testimonios ajenos, que el periodismo puede acercarnos a la verdad.

El periodismo en directo es casi un oxímoron. En directo pueden presenciarse y hasta narrarse hechos, pero verificarlos y dotarlos de contexto se hace extremadamente difícil. El directo añade una barrera aun más alta, muchas veces infranqueable, a la de por sí complicada labor de hacer periodismo.

Pese a ello, algunos de los periodistas presentes en la escuela Enrique Rébsamen, entre ellos Dithurbide, lo intentaron. Luego de conversar con ella y contrastar su testimonio con decenas y decenas de horas de transmisión, los reportes de otros periodistas y las declaraciones de las distintas personas que hablaron para la televisión, mi conclusión es que su trabajo estaba condenado al fracaso. No porque confiara en una fuente oficial sin verificar, como muchos criticamos instantánea y alegremente en redes sociales. Sino porque esas fuentes oficiales se encontraban montadas junto con los rescatistas en una montaña rusa de entusiasmo de la que nadie, ni siquiera los periodistas, supo bajarse.

Ese es uno de los peligros del directo: sin tiempo para digerir la información resulta extremadamente difícil, si no imposible, que un periodista haga a un lado las emociones de un rescate que ofrece un envión de esperanza en medio de la tragedia.

En una zona de desastre quien controla todo, incluido el flujo de información, debe ser la autoridad al mando. Los periodistas debemos hacer nuestro trabajo intentando no poner en riesgo las labores de rescate, mucho más importantes que la labor informativa ya que de su éxito depende la vida de personas. Muchas veces, eso supone confiar en la información que nos brinda una fuente oficial. No es una confianza a ciegas, ni mucho menos. Hay formas de verificar de forma suficiente lo que se nos dice sin entorpecer los trabajos.

¿Qué podía hacer un periodista que retransmite en directo cuando alrededor reina el caos y el entusiasmo y la principal fuente de información es oficial? Podía haber buscado las listas de alumnos del colegio. Podía haber insistido en hablar con los supuestos padres que aguardaban el rescate de su hija. Dithurbide me dijo que lo hizo, pero cuando uno de los supuestos padres señalados por el almirante Vergara le pidió respeto, accedió a su pedido y se retiró sin más preguntas.

El problema mayor en el colegio Enrique Rébsamen fue que quien debía controlarlo todo no ejerció ningún tipo de control. Los oficiales al mando no solo no manejaban el flujo de información y recibían datos sensibles -que hubieran tenido que valorar y confirmar en privado- delante de las cámaras. Esa información no solo provenía muchas veces de fuentes civiles sobre las que no tenían ninguna autoridad ni control, sino que, como he explicado ya, la repetían casi de inmediato ellos mismos frente a las cámaras, convirtiéndola así en oficial.

Luego, los rescatistas que habían sido el origen de la información volvían a compartirla ante otras cámaras, sazonando su pequeña pieza con los detalles declarados por otra fuente, haciéndolos suyos sin filtro alguno y acrecentando la bola sin que nadie se percatara ni pisara el freno.

Aquí, por ejemplo, un rescatista que supuestamente ingresó al boquete por donde se buscaba rescatar a Frida Sofía cuenta que «la niña hablaba por teléfono y le mandaba whastapps a la directora»:

Aquí otro indica que escuchó «unas voces muy débiles de una niña, al parecer de nombre Sofía…se le preguntaba su nombre y decía ‘Sofi, Sofi'»:

Aquí un tercero dice que es posible que haya más de un niño «porque se confirmó con cámara termodinámica» (sic):

Y aquí un cuarto señala que «la niña lloraba, pero muy muy muy bajo, en un tono muy bajo. Se siente que está muy desgastada. Se escuchaban lloriqueos. Dos diferentes niños, niños más chicos, más pequeños que ella. Ella se escucha una niña ya…yo no soy experto, pero arriba de 10 años»:

Y aquí Juan Ramiro de la Fuente, el rescatista del Rotary que manejaba el escáner térmico, vuelve a declarar delante de cámaras sobre los «hallazgos» de su equipo. Entre otras cosas, dice que «al momento que generamos la pregunta [a la niña] inmediatamente nos contestó, se comunicó, se escuchaban quejidos en el ultrasonido»:

En esta otra entrevista un oficial del Ejército, que también maneja un escáner térmico, afirma que el aparato les «ha permitido identificar oportunamente» hasta «cinco cuerpos con vida», cuya «ubicación está perfectamente bien identificada». Pero además, dice el oficial, hicieron «contacto con una niña, de nombre Sofía, que lloró, y estaban algo desesperados»:

Los picos más altos de ese descontrol informativo ocurrieron la noche del día 20, cuando distintos rescatistas anunciaron a las cámaras que Frida Sofía había sido rescatada:

¿Podemos atribuir todos esos testimonios a la mala fe? ¿Podemos suponer que todas esas personas que dijeron haber detectado, sentido, oído, visto a una inexistente niña debajo de los escombros de un colegio tras un terremoto están mintiendo interesadamente? ¿Podemos argüir que existió un oscuro poder intentando manipular a una población en estado de shock en medio de un desastre nacional?

Sí, claro. De hecho, no son pocos los que lo han hecho. No voy a premiar a los conspiranoicos con links pero Google, Facebook y Youtube están repletos de artículos, columnas, declaraciones y videos en esa línea.  El binomio Gobierno de México y Televisa supone un sueño húmedo para los teóricos de la conspiración.

Pero, como he mostrado, Televisa no fue la única televisora que convirtió esta historia en una telenovela ni todos los rescatistas que salieron a declarar eran agentes de alguna entidad estatal o gubernamental. Por supuesto, cabe la posibilidad de que todos esos marinos, militares, civiles y periodistas estuvieran compinchados para engañar a un país entero pero, la verdad, visto el caos informativo y la cantidad de gente que había en el colegio Enrique Rébsamen, resulta bastante difícil de creer.

Como sabe cualquier aficionado a desmenuzar teorías de la conspiración -y yo me cuento entre ellos- la inmensa mayoría de las veces aquello que queremos atribuir a un cerebro maligno y un aceitado engranaje de manipulación es achacable, en realidad, a la inepcia o el azar. Y, también, a las diversas y complejas maneras que tiene de engañarnos nuestro propio cerebro.

Luego de que la Marina pidiera disculpas y se reafirmara en que Frida Sofía nunca existió, otro rescatista, este llamado Antonio Juárez Valladares, se convirtió en noticia gracias un video de Facebook Live que colgó en su cuenta personal. Júarez Valladares ha eliminado ya el video, pero hay varias copias que sobreviven en Youtube y en otros muros de Facebook:

Esta es la transcripción de su testimonio, que fue visto por cientos de miles de personas en Facebook, Twitter y Youtube:

Hola, tengo dos minutos para decirles. En verdad, estuve ahí. Cuando empezamos a rascar por la parte de arriba del colegio Rébsamen, encontramos una vocecita de una niña, le pedimos cómo se llamaba y la niña nos respondió ‘Sofía’. Es verdad, hay una niña ahí de nombre Sofía, yo y otros brigadistas estábamos ahí, alrededor de ocho, vino un marino que con su radio y un escáner detectó el calor y nos dijo ‘sí, aquí hay vida’. Empezamos a golpear, la niña nos respondió y le preguntamos ‘Si estás viva, golpea dos veces», golpeó las dos veces. Le preguntamos «Si estás con más personas, golpea por cada una de esas personas» y nos golpeó tres veces. Con un micrófono especial, un especialista, un topo, le preguntó si estaba con alguien más y se escuchó que estaba con tres personas y estaba debajo de una mesa. Hablé con la maestra, la dueña de esa casa, que es la maestra Mónica y nos dijo que sí, en efecto hay una mesa de granito con polines de metal, que era la mesa principal y que posiblemente los niños, o los adolescentes, habían corrido hacia su casa para salvarse o por algo llegaron ahí. El chiste es que no solamente hay esas cinco personas, no solamente está el nombre de Frida Sofía sino también hay otras personas, aparentemente cinco o cuatro por lo que escuchamos con el sonar, con el infrarrojo, que están en el primer piso. Hoy 21 de setiembre nos han sacado a las cinco de la tarde, la Marina nos retiró, tuvimos una entrevista con medios que no ha salido a televisión diciendo «sí existe una niña llamada Sofía», estábamos ahí ocho personas inclusive un capitán de la Marina que tuvo comunicación con el almirante y el almirante no se dejó llevar por dudas. Supo de su existencia, aparentemente hicieron una mala maniobra que colapsó la manera en cómo iban a rescatarla, pero al colapsarla se perdió la posibilidad de rescatarla, por eso la están desapareciendo. Muy trucha, que esto no vaya a pasar en otros lugares, que la Marina no vaya a desplazar a los topos y a los civiles, por favor difundan esta información.

En esta secuencia de imágenes, sacada de la transmisión de Televisa del día 19, puede verse a Juárez Valladares en el rescate del colegio Rébsamen. En esta escena, el rescatista, reconocible por el chaleco fucsia que lleva también en su video, ingresa al boquete donde se suponía que se encontraba Frida Sofía, luego sale y pide silencio:

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Al comienzo de mi investigación, tras ver el video de su testimonio y atisbarlo en varios momentos de la transmisión de Televisa y otros medios, intenté ubicar a Antonio Juárez Valladares. Dado que, según averigüé, es payaso y su nombre artístico –ToTo, el payaso loco– es bastante específico, pensé que no sería muy complicado comunicarme con él. Intenté por varios medios pero no obtuve respuesta. Sin mucha esperanza, dejé un mensaje directo a través de su cuenta personal de Facebook.

Durante semanas, Juárez Valladares ni siquiera vio mi mensaje. Hasta que, unos veinte días después, el viernes 13 de octubre por la noche una alerta de Facebook me indicó que el payaso había aceptado y visto mi mensaje. Tras unos minutos, a las 23.25, Juárez Valladares me envió un mensaje de voz. Intercambiamos unos cuantos mensajes de inmediato y acordamos una entrevista para la mañana siguiente.

Charlamos durante una hora y cuarto. Una de las primeras cosas que me dijo y que volvió a recalcar varias veces durante nuestra conversación es que él no es rescatista. El chaleco que llevaba durante las labores del colegio Rébsamen pertenece a Escápate Ecoturismo, una agencia de viajes que busca, según su propia página de Facebook, «fomentar experiencias de turismo que aperturen la visión de cada viajero y generen sensibilidad cultural, ecológica y social en nuestro país y otras latitudes». Juárez Valladares trabaja con la agencia y participa en sus viajes, donde realizan actividades como «rescatar huevos de tortuga de los desoves».

En esta imagen de la página de Escápate Ecoturismo se puede ver a Juárez Valladares llevando el chaleco que lo haría reconocible en la zona de desastre del colegio Rébsamen:

La razón por la que llevó el chaleco durante las labores de rescate, me dijo, fue que «era lo único fosforescente, visible» que tenía. Ocurre que, como el mismo Juárez Valladares me dijo, «en esa situación todas las personas que llevaban algún chaleco se convertían en rescatista. Así tuvieras el chaleco debajo de la almohada, lo sacabas y en la calle automáticamente ya eras un rescatista».

Luego del terremoto del 19, según su propio relato, Juárez Valladares se quedó en casa escuchando la radio porque «no había internet, no había celular». Luego de dos horas, un vecino le tocó la puerta, le mostró videos de edificios colapsados en otras zonas de la ciudad que había recorrido caminando de vuelta de la oficina y le dijo que debían ir a ayudar. Juárez Valladares le hizo caso y, según me contó, pasó la tarde colaborando en distintas labores, sacando escombros, alcanzando alimentos, cargando herramientas, hasta que, caída la noche regresó a su casa.

Pese al agotamiento, no consiguió dormir. «Mientras yo estoy durmiendo hay alguien que está ahí debajo de los escombros», me dijo que pensaba. Así que se levantó, se duchó, volvió a ponerse el chaleco y salió a buscar lugares para seguir ayudando. Pasó por varios pero todos se encontraban ya bien organizados y no necesitaban más manos.

Luego de caminar un rato, sobre las 4.00 de la madrugada, llegó al colegio Rébsamen. Ahí «no sé por qué estaba hecho eso un bunker para entrar, pero adentro era un desmadre, no estaba nada organizado». Que el acceso estuviera fuertemente resguardado podía deberse a que, horas antes, sobre las 22.00 de la noche, el presidente Enrique Peña Nieto había visitado la escuela:

Las razones de la desorganización dentro de la escuela, bueno, podemos achacarlas al descontrol de las autoridades al mando y el caos general que, como he relatado, dominó esa zona de desastre particular de inicio a fin.

Juárez Valladares, me dijo, logró ingresar ayudando a un voluntario que había traído una olla de tamales y unos recipientes con café. Una vez superados varios retenes, dejó el café y un rescatista le pidió que se quedara a cargo de picos, palas y otras herramientas. Según avanzaba la noche tuvo que aprender qué era un «disco de corte limado», y que una «maceta» en argot de construcción es una especie de martillo grande de doble cara.

Ya a la mañana, Juárez Valladares entra en contacto con otro rescatista que también ganó fama durante el rescate del colegio Rébsamen. Se le conoció por el apelativo Jorge ‘Houston’ debido al estampado de la sudadera que llevaba:

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En este Moments de Twitter pueden ver más sobre ‘Houston’

Según Juárez Valladares, «si Cantiflas fuera rescatista sería Jorge ‘Houston’, era la representación viva del pueblo mexicano». Pero los espectadores no pudimos ver ese despliegue de carácter costumbrista que hizo popular a ‘Houston’ entre quienes se encontraban en la zona de desastre. Lo que sí pudimos ver fue cuando el rescatista de la sudadera estampada, a quien los periodistas en la zona describían como «un hombre de complexión delgada, piel blanca y cabello negro», ingresaba o salía de alguno de los boquetes que se suponía conectaban con el lugar bajo los escombros donde se encontraba Frida Sofía.

De hecho, es a Jorge ‘Houston’ a quien Juárez Valladares está asistiendo cuando lo vemos entrar y salir de un boquete en la secuencia de imágenes varios párrafos arriba. Según me dijo Juárez Valladares, «Jorge era de esas personas que no creen en el gobierno y no quería que ningún marino lo tocara». Por eso le pidió a él que lo asistiera con la soga y las herramientas cuando entró a buscar a la supuesta sobreviviente que luego conoceríamos como Frida Sofía.

¿Por qué ingresó también Juárez Valladares al boquete? Según su relato:

No había cuerdas de vida profesionales, eran unas cuerdas que aquí les decimos mecates, amarillos, que consigues en cualquier ferretería. No había equipo. Entonces el marino me dice muy cortésmente ‘¿quieres entrar?’, el Jorge ‘Houston’ mientras me está diciendo ‘¡Pásame una cegueta, pásame un polín!’. Pero ya estaba muy adentro, muy adentro. Y cuando le digo sí, yo ya estaba dentro. Me habían empujado. Cuando dije sí, el marino y un topo, que se supone que son los que debían estar ahí, me meten.

No tengo cómo verificar esa parte del relato de Juárez Valladares, la Marina no respondió a mi solicitud y nadie ha sido capaz de ubicar a Jorge ‘Houston’, el «héroe anónimo» de la escuela Enrique Rébsamen. Pese a ello, el testimonio que da del desgobierno y desorganización que reinaban en el rescate del colegio Rébsamen coincide con lo que he podido ir reconstruyendo y que, de hecho, todos pudimos ver a través de la televisión. 

Lo que no coincide, al menos con el consenso general alcanzado tras las declaraciones y disculpas de los almirantes Vergara y Sarmiento, es su aseveración de que en las ruinas del colegio Rébsamen sí había personas vivas. Entre ellas una niña «llamada Frida, que no se llamó Frida, no sé ni por qué le pusieron Frida, se llamaba Sofía y estaba ahí». Ella y el resto, según Juárez Valladares, habrían sido abandonados a su suerte por la Marina y el gobierno.

Cada vez que le pregunté si seguía pensando lo mismo, si se reafirmaba en lo dicho en su famoso video de Facebook, la voz de Juárez Valladares se quebró, lloró y me dijo que sí. También me dijo que llevaba varios días sin dormir y sentía fiebres.

No soy experto en estrés postraumático ni pretendo diagnosticar a nadie. Solo un profesional en psiquiatría, luego de auscultar a los pacientes, podría afirmar si es el caso. Pero resulta útil ver los varios testimonios de los rescatistas -Juárez Valladares incluido-, que afirmaron durante dos días que habían visto, oído o percibido a una niña, a la luz de lo que sabemos ocurre con la memoria y el proceso de formación de recuerdos cuando nos enfrentamos a situaciones de estrés elevado.

Según explica el doctor Bessel van der Kolk en su libro The Body Keeps the Score: Brain, Mind, and Body in the Healing of Trauma, «enfrentados al horror, este sistema [de formación de memoria] se ve abrumado y se quiebra». En estudios donde han replicado en laboratorio las condiciones que producen experiencias traumáticas, se ha descubierto que…

…cuando se reactivan rastros de los sonidos, imágenes y sensaciones originales, el lóbulo frontal se apaga, incluyendo la región necesaria para poner nuestros sentimientos en palabras, la región que crea nuestra sensación de ubicación temporal, y el tálamo, que integra la data en bruto de nuestras emociones. En este punto, el cerebro emocional, que no se encuentra bajo nuestro control consciente y no se puede comunicar con palabras, se adueña de la situación. El cerebro emocional (el área límbica y el tallo cerebral) expresa su alteración a través de agitación emocional, fisiología corporal y acción muscular. En condiciones normales los dos sistemas de memoria -racional y emocional- colaboran para producir una respuesta integrada. Pero la agitación emocional no solo altera el balance entre ambos sino que también desconecta otras áreas del cerebro necesarias para el almacenamiento y procesado de información, como el hipocampo y el tálamo. Como resultado, las huellas de experiencias traumáticas no están organizadas en relatos con coherencia lógica sino en sensaciones fragmentadas y rastros emocionales.

A sabiendas de la manera en que se comporta nuestro cerebro ante situaciones traumática, no podemos pretender que rescatistas voluntarios, sin mayor experiencia en zona de desastres ni en manejo de situaciones de alto estrés, mantengan la calma, el orden y además se conviertan en voceros confiables cuando tienen una cámara o un micrófono delante.

No se puede decir lo mismo de profesionales entrenados y experimentados, como se supone que son dos altos oficiales de la Marina como los almirantes Vergara y Sarmiento, y el resto del personal militar que estuvo apostado en el colegio Rébsamen. Si bien estos también pueden ser presa del estrés postraumático, debido a su entrenamiento sí podría exigírseles cautela a la hora de manejar información delicada y que no contribuyan al caos informativo con declaraciones a cámara en vivo.

Fue así que una niña inexistente mantuvo en vilo a un país gracias a la cámara de eco que construyeron unas autoridades irresponsables -que además intentaron luego escurrir el bulto- y unos medios presos de la espectacularidad del directo, sobre las ruinas de un colegio en el que murieron 19 niños y siete adultos. Estos sí, todos de verdad. De ellos seguimos sin saber casi nada.

*Fe de erratas del día domingo 22 de octubre de 2017: En dos momentos distintos, el mapa de Google Maps incrustado ha mostrado una dirección incorrecta del colegio Enrique Rébsamen. Existen varios colegios con ese nombre en distintas ubicaciones, cosa que advertí mientras trabajaba en el artículo. Cuando se publicó el jueves, a los pocos minutos un lector me advirtió por primera vez de que el mapa mostraba otro colegio. Lo corregí y no le di más importancia, pensando que yo mismo me habría equivocado en alguna de las múltiples ediciones de la nota. El domingo 22 de octubre de 2017, otro lector, esta vez en los comentarios, ha vuelto a señalar un error en la ubicación. Así que he colocado una imagen fija en lugar del mapa incrustado.